No mientas
Capítulo 90
90
3 de octubre del 2019. Londres.
Alison se montó en el coche y abandonó la calle donde vivía Andrew.
Llovía.
El hombre del tiempo no se había equivocado con la previsión meteorológica. Había sido avisada para no dejarse engañar por el sol de la mañana, pero nadie le advirtió del naufragio que se produciría en su corazón al llegar la noche.
Y ahora se sentía rota. Deshecha.
Alison lloró a lo largo del camino, y lo hizo con mayor fuerza cuando tomó la A23. El limpiaparabrisas del coche casi no podía barrer el agua que se acumulaba sobre el cristal, y sus ojos, envidiosos, no dejaban de derramar lágrimas anegándole las mejillas. El maldito sonido del desafinado violín inundó su cabeza, amenazando con ocasionarle daños irreparables. Debía frenarlo, cambiar su melodía por otra, una tan fuerte, tan grande, que fuera capaz de resonar por encima de él. Las solemnes notas del O fortuna, el fragmento más famoso del Carmina Burana de Carl Orff, se hundieron en el cerebro de Alison con la fuerza de un vendaval. Se obligó a que esa parte de la famosa cantata resonara en su mente una y otra vez, en bucle, para no oír ni un solo segundo del chirriante sonido de cuerda que le ponía el vello de punta.
La fuerza del agua aflojó a la altura de Lewes, y al llegar a Beddihgam ya no caía una sola gota. Sin embargo, no sucedía igual en los ojos de
Alison, que tras dos horas de viaje, y por muy increíble que pareciera, aún seguían llorando. Una rabia acerba le nació en las entrañas y se apoderó de su alma en segundos, y todo tipo de música dejó de sonar en su cerebro. De pronto quería gritar, chillar a pleno pulmón. Y beber. Sí, necesitaba tomarse unas copas, estar a solas con su agonía y asfixiarla a base de alcohol; lo que solía hacer cuando tocaba fondo.
A punto de entrar en Newhaven, Alison supo que no podía ir a casa de Charlie en esas condiciones; no estando desposada con el tormento. Paró en una estación de servicio y se sonó los mocos, estaba congestionada por tanto llanto. Luego se enjugó las lágrimas y carraspeó unas cuantas veces para aclararse la voz. Tomó el móvil y llamó a Lowell para comunicarle que no llegaría hasta primera hora de la mañana. Ni siquiera le dio una explicación al respecto, y colgó antes de que el sargento se la pidiera. Se observó en el espejo retrovisor del automóvil, quería comprobar su aspecto antes de salir, no tenía ganas de miradas curiosas y menos de dar pena; lo odiaba.
Entró en la tienda de la gasolinera y trató de no levantar mucho la cabeza para que los ojos hinchados no delataran su llanto. Por suerte, el joven cajero estaba más pendiente de un par de jovencitas que del resto de clientes, y Alison se relajó. Compró una botella de tequila y un paquete de cervezas, su estómago se encargaría de preparar los submarinos amarillos que iba a ingerir. Cuando pagó, el dependiente apenas la miró a la cara. Y
fue lo mejor que pudo hacer, porque tal y como se encontraba Alison, con la lengua colmada de veneno, el muchacho se ahorró escuchar por parte de la detective algún comentario impertinente o directamente hiriente.
Dentro del coche, antes de partir, Alison pensó adónde acudir para pasar la noche. Frente al cruce, observó los carteles indicadores de la carretera; Seaford estaba a menos de cuatro millas. El lugar contaba con unos grandes acantilados, así que dispondría de buenas vistas mientras bebía para olvidar la mierda de vida que tenía.
Dicho y hecho.
Tardó poco más de diez minutos en llegar a Seaford, y en quince ya estaba en el acantilado contemplando desde su coche el mar oscuro y el horizonte. Las nubes cubrían con un espeso velo el brillo de la luna,
dotando a la noche de una tenebrosidad notable, la misma que inundaba el alma de Alison, lóbrega y lúgubre.
La detective abrió la primera cerveza, pero antes echó un trago a la botella de tequila. El líquido resbaló por su garganta abriéndole surcos.
Alison trató de rebajar el ardor bebiéndose media cerveza de golpe.
Charlotte apareció en su mente, sonriendo. Volvió a beber cerveza. Recordó la cara de Andrew mientras hacían el amor, lo mucho que sus ojos la amaban. Se echó un trago de tequila. Vio a Charlotte en sus brazos y se deleitó con la carita de su pequeña: su pelito moreno, sus sonrosados mofletes y sus labios de piñón. De nuevo bebió cerveza. Su recuerdo le escupió el malestar de Andrew, lo dolido que estaba y lo confuso que se sentía. Tomó aire antes de echarse otro trago de tequila. Evocó el feliz día del nacimiento de su pequeña y la tristeza infinita cuando la perdió. Abrió otra cerveza y bebió. Charlotte estaba en la cuna. Un trago más de tequila.
Lloraba y ella no podía dormir. Cerveza. La acunó y la dejó dormida.
Tequila. La pequeña lloró de nuevo. Cerveza. La durmió otra vez. Tequila.
No despertó. Tequila. Nunca despertó. Tequila. Tequila. Tequila…
Gritó. Rememorar ese momento le hacía pedazos el alma.
Volvió a gritar. La fuerte vibración le arañó la garganta.
Aporreó el volante una y otra vez, con saña. Lloró con rabia, no con pena. Siguió chillando, contrapeando el llanto con los gritos. Sabía que se comportaba como una desquiciada, pero en realidad era como se sentía, estaba enloquecida de dolor. Tenía algo dentro de ella que la destrozaba y pretendía sacarlo, debía liberarse de ese ente que la agostaba lentamente.
Se preguntó cómo podía haber ocultado algo de tal magnitud, cómo podía haber mentido de forma tan flagrante, cómo podía mirar a Andrew a la cara sabiendo lo que le escondía. Pero cómo habría podido ella adivinar que aquel día, y sin ningún tipo de piedad, le aguardaba la desgracia en su casa. Y mintió. Y la mentira se alió de tal forma con Alison que se convirtió en verdad a ojos de todos. Y ese era su mayor lastre, haberlos engañado.
Porque las mentiras eran como las garrapatas, chupaban la sangre del que las mantenía. Peor aún, eran como virus, agentes infecciosos que perjudicaban de forma virulenta. Frenadas a tiempo eran dañinas, pero no peligrosas, como un resfriado que se supera tras unos días de cuidados. Pero
si nadie las detenía, si se les permitía crecer, se convertían en una fuerte gripe capaz de dejar secuelas e incluso provocar la muerte. En ese punto se encontraba la mentira de Alison, se había transformado en una ponzoñosa gripe porque ella había dejado pasar el tiempo, porque su conducta de silencio contribuyó a hacerla más grande y resistente. No escaparía de esa mentira sin sufrir consecuencias trascendentales, y ella lo sabía.
Alison se apeó del coche con la botella de tequila en la mano y se echó otro trago. Uno más largo. El alcohol ya no le quemaba, se deslizaba sin ninguna dificultad hasta su estómago, que lo acogía con ganas. Caminó despacio, casi arrastrando los pies y con un leve zigzagueo. Se sentía tan miserable que se dio asco. Se detuvo en el borde del acantilado y miró hacia abajo. Había una altura considerable, de vértigo.
—Sí tuvieras agallas te tirarías, Alison Wood —se dijo a sí misma, tan enfurecida como apesadumbrada—, te quitarías de en medio de una puta vez, estúpida de mierda, pero eres tan patética que ni siquiera tienes huevos para matarte. —Volvió a beber.
Acarició la cruz que le colgaba del cuello, como solía hacer en los momentos de mayor desesperación. Con ella arropada entre sus dedos, aprovechó una vez más para pedirle fuerzas a Dios y para implorar su perdón. Sabía que el suicidio era un pecado, pero estaba segura de que el Todopoderoso entendía sus pensamientos y no iba a reprochárselos. Lo único que le molestaría a Dios, porque incumplía el octavo mandamiento, era que hubiera ocultado aquel terrible secreto, el que Andrew debió conocer desde un principio. Apartó la mano del crucifijo, de repente sintió que le abrasaba la palma. Se la observó y, fruto de su mala conciencia, leyó una palabra en ella: mentirosa. Volvió a beber un largo trago de tequila mientras pensaba que aquello tenía que ser una alucinación. De nuevo se miró la mano, la palabra seguía escrita, ahora en color rojo en lugar de negro. Alison creyó que era una señal divina indicándole su deber: hacer frente de una vez por todas a la verdad. Debía compartirla con el padre de Charlotte, ya no podía eludirlo más. Sería lo primero que haría nada más regresar a Londres.
Alison suspiró hondo y volvió a echar un trago. Cuando Andrew supiera la verdad la odiaría por ello y se quedaría sola. Ella presumía de que le
gustaba la soledad, aunque la realidad era otra. Nunca lo verbalizaba, no se lo reconocía ni a sí misma, pero prefería tener compañía, sobre todo la de Andrew. Quería estar sola, pero, de forma contradictoria, no quería que él le faltase. Y estaba a un paso de perderlo. Se preguntó qué haría con su vida a partir de ese momento, cuando ya no pudiera contar con Andrew nunca más. Sintió un hondo agujero de pesar en su pecho, un abismo. Bajó la vista, se notó mareada y volvió a observar más allá del acantilado, la altura que la separaba del mar era enorme. Se quedó absorta contemplando la negrura, oyendo cómo rugía aquella masa de agua salada, con qué ímpetu rompían las olas contra las rocas. Su vigor las castigaba, las desgastaba, las erosionaba hasta hacerlas desaparecer. Y eso era lo que debía hacer ella, dejar de existir.
Alison pensó que quizás el rechazo de Andrew podía proporcionarle el valor necesario para abandonar este mundo de una vez. Esperanzada, bebió de nuevo.
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La verdad y la justicia no siempre van de la mano.
JULIO N. BERNA
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