No mientas

Eva Zamora · Capítulo 10 de 99

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No mientas

Capítulo 8

8

28 de septiembre del 2019. Newhaven.

A Lily el tiempo se le hizo eterno. Cada segundo duraba un minuto, cada minuto una hora y cada hora un mundo. No había parado de dar vueltas por el salón desde que Charlie se había marchado, ni de dárselas a la cabeza, preguntándose a quién podía considerar él sospechoso. Llevaba viviendo en Newhaven cerca de once años, no tenía problemas con nadie y se sentía querida por la gente. No imaginaba que algún vecino quisiera hacerle daño ni a ella ni a Tommy, y mucho menos a Charlie. Debía de ser alguien de fuera de Newhaven que, por el lugar donde vivían, había pensado que sus posibilidades económicas eran altas. No era algo descabellado siendo el municipio un lugar bastante visitado por turistas, sobre todo londinenses.

Después de dar más de un millón de paseítos por el salón y de hacer otras tantas conjeturas, Lily se sintió mareada y decidió sentarse en el sofá a esperar. Se encontraba al borde de la desesperación cuando por fin sonó el teléfono. Se levantó de un brusco bote; el corazón se le disparó y creyó que iba a reventarle en el pecho. Con celeridad, se dirigió hacia el aparato y descolgó. La respiración se le cortó y, por un segundo, el latido de su corazón se detuvo.

—Sí, dígame —habló con tanto temor que apenas se la escuchó.

—Tengo algo que usted quiere y yo quiero algo de usted, señorita Williams. —Lily escuchó la voz ronca de un hombre.

—¿Cómo está Tommy? ¿Qué es lo que quiere? —Sollozó.

—Tommy está bien. Y seguirá estando bien si usted hace lo que voy a pedirle.

—No le haga daño, por favor —le rogó.

—Si usted no me da problemas, Tommy no los tendrá. Es fácil,

¿verdad?

—Quiero saber que Tommy está bien, necesito hablar con él.

—Usted no es quien da las órdenes aquí, empezamos mal —le amonestó con severidad.

—Por favor, por favor, por favor —le suplicó con un lamento—. Solo quiero escucharle, necesito saber que está bien. Luego haré todo lo que me pida.

Se creó un silencio que a Lily le encogió el corazón. No sabía si aquel hombre acababa de cortar la comunicación y todo había finalizado antes de empezar.

—Hola, mamá.

—¡¡¡Tommy!!! —gritó Lily—. ¡Oh, Tommy, mi niño, mi pequeño!

¿Cómo estás? ¿Estás bien? —preguntó ahogada en llanto.

—Sí —gimoteó él.

—¡Tommy, cariño, Tommy! —exclamó con cierta musicalidad, como si de una oración se tratase. Su hijo estaba bien, aunque su tono delataba lo asustado que se encontraba.

—Ya le ha oído —avisó la voz—. Ahora cállese y escúcheme con atención. Quiero un millón de libras, y lo quiero el lunes a mediodía.

—¿¿¿Un millón??? —La pregunta retumbó en el salón—. Pero… Pero yo no tengo esa cantidad de dinero —protestó Lily exaltada, sintiéndose perdida, o mejor dicho, creyendo que perdía a su hijo.

—Entonces tendrá que ingeniárselas para conseguirlo, ¿no cree?

—No somos ricos, no podemos conseguir esa cantidad de dinero y menos para pasado mañana. —Sintió que se desmayaba.

—Tienen una bonita casa en una de las mejores zonas residenciales de Newhaven, ambos sabemos que debe de costar un buen pico, así que no me venga con excusas. ¿O es que Tommy no vale ese dinero, señorita Williams?

Lily respiró hondo e intentó contener el llanto. Estaba tan atemorizada que el lagrimal actuaba sin su consentimiento.

—De acuerdo, lo conseguiré —aseveró—. Pero no le haga daño a mi hijo, se lo suplico. —La voz se le quebró sin remedio.

—Si hace lo que le pido, a Tommy no le pasará nada, puede estar tranquila. Y ahora pasemos a las instrucciones. En su buzón encontrará un teléfono desechable. El lunes, sobre las diez de la mañana, la llamaré a ese teléfono para decirle el lugar donde haremos el intercambio. Deberá venir sola y sin su móvil, solo con el dinero y el desechable. Si no obedece, Tommy pagará las consecuencias —explicó con gravedad.

—No, por favor. —Sonó aterrada.

—En su mano está. Tiene un espacio generoso de tiempo, le doy más de veinticuatro horas para reunir ese dinero.

—Pero mañana es domingo y los bancos no abren —se quejó molesta.

—Ante situaciones desesperadas, medidas desesperadas, señorita Williams. Aguce el ingenio. Y no permita que su poli le coma la oreja —le avisó—. Obedezca y todo irá bien. Hablamos el lunes.

La comunicación se cortó y Lily se dejó caer a plomo en el sofá. Había oído la voz de Tommy, el miedo que se ocultaba en ella, y se rompió por dentro. Además, no tenía la menor idea de cómo conseguir semejante cantidad de dinero, ¡un millón de libras! Y hasta el lunes no podría ir al banco a hablar con el director, era del todo imposible reunirlo. Pensó y pensó, pero no encontró ninguna solución y se angustió. A punto de echarse a llorar, se contuvo y se lo prohibió. No había tiempo para llantos, sino para aguzar el ingenio, tal y como le había dicho el secuestrador. Debía hallar un remedio como fuera porque Tommy estaba en peligro.

De repente, recordó el desechable del que había hablado el secuestrador y corrió con urgencia hacía el buzón. Allí estaba, esperándola. Lo tomó con cuidado y lo observó con detenimiento. Después lo apretó contra su pecho, igual que si fuera un preciado tesoro. En realidad, para Lily lo era, porque ese aparato era lo único que, de alguna forma, la comunicaba con su hijo.

Nadie la iba a despegar de él, y si era necesario, lo custodiaría con su vida.

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