No mientas

Eva Zamora · Capítulo 27 de 99

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No mientas

Capítulo 25

25

1 de octubre del 2019. En algún lugar de Inglaterra.

—¡Eh, muchacho, despierta! —exclamó en alto—. Es hora de que comas algo. —Le llevaba un tazón de leche acompañado de unas galletas de mantequilla.

Tommy tembló. Desde que despertó en ese extraño lugar era incapaz de desprenderse de la sensación de pánico. El miedo había hecho con sus tripas una madeja, y cada vez que oía la voz ronca de quien fuera que llevara aquella careta de payaso diabólico, un hilo invisible se le anudaba al cuello y lo apretaba hasta dejarlo sin aire. No recordaba lo qué ocurrió después de entrar en el coche del anciano, ni tampoco lo había vuelto a ver desde entonces. No entendía por qué estaba encerrado ni qué querían de él. No comprendía nada y por eso estaba muerto de miedo.

—¡Vamos, espabila! —insistió.

El niño estaba somnoliento y apenas podía abrir los ojos, los párpados le pesaban en exceso. Aunque tampoco quería abrirlos porque le aterrorizaba ver la temerosa careta de payaso: la siniestra sonrisa llena de largos y afilados dientes, la perturbadora mirada de quién estuviera bajo la máscara y hasta el rojizo pelo en forma de cresta que exhibía. Le horrorizaba y no quería darse la vuelta.

—Vamos, sé que estás despierto, no me hagas enfadar. —Lo zarandeó.

El corazón del pequeño Tommy se aceleró con cada palabra, estaba pasado de pulsaciones y le retumbaba en la garganta y en la sien. Tembló

con más fuerza.

—No voy a repetírtelo, Tommy. —Percibió su vibración, clara indicadora del poder de dominio que tenía sobre él, y sonrió.

—No quiero comer —pronunció con dificultad. Temblaba tanto que los dientes le castañeaban.

—Debes comer. —La corta frase sonó tan áspera que raspó el ambiente, atemorizando más al niño.

—No tengo hambre —replicó con el cuerpo encogido y el corazón desbocado.

—Ya sabes que desde ayer también tengo a tu madre, y si no me haces caso, ella pagará las consecuencias de tu desobediencia. ¿Quieres que eso ocurra, Tommy?

—Deja a mi madre. ¡Déjala, déjala! ¡Mamá! —Alzó la voz cuanto pudo y, en un acto reflejo, giró la cabeza. Su mirada se topó de frente con la careta de payaso y un escalofrío le recorrió de arriba abajo. Resultaba tétrico, y su miedo era tal que estaba a punto de sufrir un síncope. Cerró los ojos.

—¡Mírame! —Le sujetó la cara con la mano, tan fuerte que clavó los dedos en las mejillas del muchacho, que entreabrió los ojos—. Escúchame con atención. Voy a dejarte la comida aquí. —Depositó la pequeña bandeja sobre una mesita al lado de la cama—. Más te vale que cuando vuelva me la encuentre vacía. ¿Entendido?

El niño asintió, no fue capaz de responder. Escuchar su nombre en boca de ese desconocido le ponía los pelos de punta. Su imagen y voz habían inundado sus sueños convirtiéndolos en pesadillas, y se despertaba sobresaltado, falto de aliento y empapado en sudor. En un par de ocasiones intentó levantarse de esa pequeña e incómoda cama, pero no pudo porque su cuerpo estaba totalmente laso. Tan falto de fuerzas que a veces incluso darse la vuelta para cambiar de postura le costaba un triunfo.

—Voy a limpiarte el orinal antes de que empiece a oler mal la habitación —dijo, levantándose a por él—. Ahora lo traeré de vuelta. —

Cogió el recipiente de plástico con el orín y se encaminó a la salida.

De forma irremediable, al oír cerrarse la puerta y saber que estaba solo, Tommy se echó a llorar. El pánico que le provocaba la cercanía de aquel

extraño era inconmensurable.

Al salir de la habitación la cerró con llave. Luego vació el orinal en el depósito que compró para tal fin y lo dejó en el suelo. Se quitó la máscara y los guantes y pensó que debía bajar la dosis de Lorazepam que le ponía a Tommy en la leche, el niño estaba demasiado drogado.

Mirando a su alrededor, meditó lo mucho que le había costado encontrar un lugar apropiado donde mantenerlos retenidos por unos días. Porque no podía ser cualquier sitio, necesitaba uno que no dejase rastro de su persona, que estuviera abandonado pero protegido y seguro. El día que descubrió ese lugar, donde el ladrillo se fusionaba con la roca, supo que era perfecto.

Reventó la cerradura y se entró para inspeccionarlo. La oscuridad era abrumadora, pero la desvaneció con la linterna del móvil. Para su sorpresa, descubrió que el sitio era más grande de lo que aparentaba desde el exterior.

Tenía dos zonas: la principal y otra más tosca abajo, un sótano que en realidad era un agujero en el terreno. Era idóneo, ni hecho adrede hubiera sido mejor. Había incluso interruptores de luz, aunque era evidente que nadie pagaba la corriente, pero por suerte, el cableado eléctrico no pasaba lejos de allí y pudo hacer un enganche ilegal. Rápido, empezó a pensar: pondría en marcha las cámaras y el altavoz usando tecnología Bluetooth, conectaría el portátil a los datos de su móvil y, para contactar, utilizaría un teléfono desechable. Por fin iba a poner en práctica cuanto había aprendido del loco de Loyd Reed, un informático con el que compartió muchas charlas a lo largo de su condena.

Con paso firme llegó a su centro de operaciones, donde controlaba cada movimiento de Lily y de Tommy. Tres pantallas mostraban las imágenes que las cámaras captaban. En el caso de Lily usaba la visión nocturna, su falta de colaboración no le concedía el privilegio de tener luz. Sin embargo, Tommy siempre tenía una bombilla encendida encima de la puerta que alumbraba una luz mortecina. De ese modo podía ver sin que le molestase para dormir. La tercera pantalla le mostró al jefe de policía; tenía compañía, había puesto sobre aviso a la policía, algo con lo que ya contaba. Un equipo de Scotland Yard compuesto por una mujer y dos hombres había acampado en su casa, y se veía claramente que ella llevaba la batuta. Sabía que a partir de ahora debía prestar especial atención a la prensa, porque tenía claro que

en cualquier momento las caras de Lily y Tommy aparecerían en los periódicos. Esa era la parte más delicada del plan, pues la improvisación sería la gran protagonista. Tendría que esperar a que la policía diera algunos pasos para poder dar los suyos, los movimientos debían ser precisos, como en una partida de ajedrez. Aunque no le preocupaba porque el tablero era suyo y disponía de las piezas más importantes. Era el rey, y como tal creía firmemente que ganaría la batalla; no iba a permitir que nadie le hiciera un jaque mate.

De súbito, en su cabeza retumbó We will rock you, la famosa canción de Queen, y, al más puro estilo Freddie Mercury, comenzó a cantar y a moverse. Sonriendo, se detuvo y observó el corcho que ocupaba parte de la pared, todos los recortes y fotografías que de él colgaban. De nuevo sus ojos se clavaron en aquella imagen tan espectacular y a la vez tan liberadora. Le encantaba ese lugar, tenía un poder hipnótico, le provocaba felicidad.

Suspiró, ensanchó más la sonrisa y siguió tarareando.

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