No mientas
Capítulo 83
83
3 de octubre del 2019. Londres.
Alison aprovechó para ir a las dependencias de Scotland Yard y poner al corriente de la investigación al comisario jefe. A Owen, al igual que a ellos, le sorprendió que Lily Williams fuera en realidad Sarah Stewart. Hablaron durante largo rato del caso, de las declaraciones de Maggie Jones y del doctor Hawk, del retrato robot que aportaba poco, por no decir nada, del terreno que se había batido, de la policía implicada en la búsqueda y de la cantidad de civiles que participaban en ella, gente que pretendía ayudar a cambio de nada, solo por la satisfacción de hacer lo correcto. Eran muchos los efectivos que estaban tratando de hallar una pista para encontrar a Tommy y a Lily, Alison no estaba sola en esa lucha. Ella simplemente era el eslabón directo con el secuestrador, una negociadora además de una investigadora, pero detrás, respaldándola, había bastantes compañeros rastreando e investigando.
El comisario respaldó la hipótesis de la detective, él también creía que el secuestro estaba promovido por motivos personales, no solo económicos, y que los motivos parecían relacionados con Charlie. La invitó a tomar una taza de té y ella no declinó la oferta, conocía a Owen y sabía que quería contarle algo más. El comisario se acercó a un rincón de su despacho, donde siempre tenía, sobre una mesita pequeña, un gran termo con agua caliente y bolsas de té de distintas clases. Cogió dos tazas y preparó dos tés de hibisco. A la detective le echó un par de sobres de stevia porque sabía
que le gustaba más dulce. Le acercó el suyo a Alison y él, con su taza en la mano, tomó asiento de nuevo.
—¿Sabe, detective Wood? Debo felicitarla por su idea de acudir a la prensa para solicitar ayuda —declaró el comisario—. Desde que la noticia salió en el The Guardian, Scotland Yard no para de recibir llamadas de personas con sospechas de vecinos raros o extraños. Y aunque por el momento ninguna nos ha conducido a los secuestrados, la colaboración ciudadana nos ha servido para detener a un pederasta en busca y captura.
—No se imagina lo mucho que me alegra esa noticia, señor —manifestó feliz—. Gracias a una investigación se ha resuelto otra y ahora hay una escoria menos por las calles. —Dio un sorbo al té.
—Pero, como supondrá, a estas alturas no hay un solo diario que no recoja en sus páginas la «misteriosa desaparición» —entrecomilló en el aire las dos últimas palabras y se echó un trago de té.
—Me figuraba que ocurriría, ya sabemos cómo funciona la prensa.
—Y por eso, porque sabemos cómo funciona, me preocupa que algún avispado periodista termine asociando el rostro de Lily con el de Sarah Stewart. Si ocurre, el escándalo estará servido, usted lo sabe tan bien como yo.
—¿Adónde quiere llegar, comisario?
—A que controle el caso antes de que estalle, detective.
Alison sospechó lo que significaban esas palabras.
—Habla de dar una rueda de prensa, ¿verdad?
—Sé que es la parte que menos le gusta y que la evita cuando puede, pero en casos así es ineludible dar una explicación al cuarto poder. Son gajes del oficio.
—Lo sé, señor. —Asintió, pensativa—. Haré una declaración cuando regrese a Newhaven, después de contarle todo al jefe Rider.
—Pobre hombre, no me gustaría estar en su pellejo —comentó apenado.
Alison echó la vista atrás y recordó el instante que llegó a casa de Charlie. No hacía ni cuatro días y se le antojaba tan lejano como un año. En ese momento sus hipótesis eran muy distintas de las que barajaba ahora, todo había dado un giro insospechado.
—Sí, durante un tiempo van a estar en el ojo del huracán —aseguró—.
Espero que no sea mucho y que puedan superarlo.
—Lo harán. El tiempo todo lo borra, detective —advirtió el comisario.
Alison no estaba de acuerdo con ese argumento, pero no le contradijo.
Eran más de las cuatro de la tarde cuando la detective se despidió del comisario jefe y abandonó la calle Victoria Embankment, donde estaba la sede de Scotland Yard. Tal y como anunció la agencia de meteorología, el día claro y soleado se fue desvaneciendo conforme avanzaba la tarde. En ese momento el cielo estaba bastante encapotado y amenazaba lluvia, y el frío también había aumentado. Los primeros días de octubre estaban siendo bastante más inestables de lo habitual.
Alison se ajustó la gabardina y se alzó el cuello para resguardarse de la baja temperatura mientras caminaba en dirección al coche. Había terminado con todos los asuntos policiales que la llevaron a Londres, pero antes de regresar a Newhaven le apetecía hacer una cosa más: felicitar a Andrew por su cumpleaños. Más que desearlo, sentía la necesidad de verlo. El secuestrador había hurgado en su herida y aún le escocía, así que pasar un rato con Andrew le vendría bien. Sacó el móvil del bolsillo y se debatió entre mandarle un whatsapp o llamarlo, se decantó por lo segundo. Marcó, y mientras esperaba a que descolgase, jugueteó con los pies a balancearse, levantando el talón y apoyando la punta, y viceversa, mientras en su mente comenzaba a sonar More than words, de Extreme. Esa canción le gustaba mucho a Andrew y a ella siempre le recordaba a él.
—Hola, Alison —la saludó feliz. Su llamada lo alegró.
—Felicidades, Andrew.
—Gracias. Pensaba que no te acordarías. Ya sabes, como estás con un caso y eso.
—Pues pensaste mal. —Sonrió.
—Entonces me alegro de ser un mal pensado —bromeó—. ¿Y qué tal va? Ya he leído los periódicos, las fotografías de los desaparecidos están en todos.
—Estoy en Londres. He venido precisamente por el caso, pero volveré a Newhaven en unas horas. ¿Tienes algún plan? Me gustaría verte.
El corazón de Andrew se aceleró sin remedio. Llevaba todo el día pensando en Alison, en las ganas que tenía de verla, y según pasaban las horas se entristecía porque ella no se acordaba de su cumpleaños, ocasión que antaño celebraban por todo lo alto. Y ahora lo había llamado. Y además quería verlo y pasar un rato con él. Sin pensárselo, se apeó del proyecto de cena con discoteca de Austin, su socio, y dos amigos más. El propósito de Alison era el mismo que él deseaba y no iba a dejar escapar la oportunidad.
—No tengo nada pensado para hoy, de hecho, ya me iba a casa —
mintió. Mientras hablaba cerró el ordenador y comenzó a recoger—.
Pensaba comprarme un muffin para ponerle una vela y soplarla —bromeó.
—¿Qué te parece si cambiamos el muffin por una botella de buen vino y la vela por unos aperitivos? Será mi regalo de cumpleaños.
Andrew pensó que ella era su regalo, pero lo omitió, como llevaba años haciendo, desde que esas palabras lo separaban de Alison sin entender el porqué.
—Me parece un regalo fantástico —enunció con cariño.
—Pues perfecto entonces. ¿Nos vemos en una hora o así?
—Te espero en casa.
—Hasta ahora.
Cuando Andrew colgó se recostó en el respaldo del sillón y pensó en lo mucho que le gustaría que ese «te espero en casa» fuese a diario, porque Alison había vuelto con él, porque seguían siendo una pareja. La pareja que nunca debió romperse. Continuaba sin comprender por qué el dolor por la pérdida de Charlotte, lejos de unirlos, los separó. En realidad, Alison se distanció de él y nunca había sido capaz de darle una razón convincente del motivo. Quizá por eso no podía olvidarla, o quizá fuera el hecho de no romper su vínculo por completo, o quizá, sencillamente, no la olvidaba porque no se había desenamorado de ella.
Suspiró profundo.
Sin pretenderlo, sus labios se estiraron y dibujaron una sonrisa. Iba a pasar su cuadragésimo sexto cumpleaños con Alison, la única mujer que había amado y que amaría siempre.
Tomó el teléfono para llamar a Austin, debía contarle su cambio de planes.
•
Alison montó en su coche y se dirigió a la calle Devonshire Square, en la Ciudad de Londres, donde vivía Andrew, a casi media hora de allí. Muy cerca, en la calle paralela, se encontraba una de las tiendas de vinos más cool de Londres: New Street Wine Shop. El lugar presumía de tener la mejor selección de vinos de burdeos y borgoña, y no exageraban. Sus empleados eran expertos sumilleres que ofrecían información y asesoramiento a los clientes. Pero por suerte, Alison aún recordaba el vino preferido de Andrew, con el que habían brindado en algún cumpleaños y con el que volverían a brindar en este. El lugar también era un bar gastronómico y aprovechó para llevarse algún aperitivo con el que acompañar al borgoña: unas aceitunas, un poco de queso francés y unas anchoas cántabras, de las que tanto le gustaban a Andrew.
Con la compra hecha, se presentó en la puerta de Andrew a las cinco y media de la tarde. Acercó la mano al timbre, pero no se atrevió a tocarlo, estaba hecha un manojo de nervios. Su conciencia se había empeñado en preguntarle una y otra vez cuándo le iba a contar la verdad. Ella siempre se repetía lo mismo: «hoy no es el día más oportuno, es su cumpleaños». En parte era una excusa, y si seguía escudándose en pretextos, nunca lo haría.
Pero por otro lado sabía que terminaría haciéndolo, aunque no supiera cuándo. Encarar la verdad costaba, engañar resultaba más sencillo. Y eso había hecho Alison, mentir a Andrew, aunque con la intención de protegerlo. Porque en ocasiones la verdad era más lacerante que cualquier mentira, y en su caso, el motivo por el que decidió separarse de Andrew.
Sabía que él no lo comprendía, sobre todo porque le faltaban datos. Muchas veces sus ojos negros le pedían explicaciones, le preguntaban el porqué de su distanciamiento. En algún momento su mirada incluso mostró lástima por ella; más que eso, piedad. Una piedad que a ella la enfurecía porque no la merecía. Y esa compasión, lejos de acercarla a él, la alejaba; pues la clemencia era un premio y Alison no podía ser recompensada.
Porque no había sido buena madre.
Porque Charlotte murió por su culpa.
Su dedo apretó el interruptor y escuchó el sonido del timbre. Comenzó a faltarle el aire y en el fondo de su cabeza empezó a escuchar el chirrido del violín que solía preceder al dolor. Aquella música desafinada siempre venía acompañada por la misma serenata: A los hijos se los quería más que a la propia vida.
Alison hubiera dado su vida por Charlotte. Hubiera dado todo su amor por ella. Ese amor que siempre portaba dos caras, que era el sentimiento más hermoso y en sí él más doloroso que existía. La pérdida de Charlotte mató todo el amor de Alison, la dejó tocada y hundida, conviviendo con una tempestad que soplaba vientos alisios o huracanados. Se pidió calma y trató de acallar la musiquilla diabólica. Observó la botella de vino, envuelta en un bonito papel de regalo color guinda y decorada con un lazo blanco, y pensó que necesitaba un trago. Vino y la compañía de Andrew, eso precisaba para sosegarse.
Andrew abrió la puerta y el corazón de Alison dio un vuelco, como le ocurría en más de una ocasión al tenerlo frente a ella. Era tan guapo, y aún lo quería tanto. Suspiró para sus adentros.
—¡Hola, Alison! —exclamó contento—. Pasa, por favor.
—¡Felicidades! —Alzó las manos, ambas cargadas. En una llevaba la botella y en la otra la bolsa con las delicatesen.
Andrew tomó ambas cosas y Alison aprovechó para darle dos besos.
Olía tan bien, a su fragancia favorita, que aspiró profundamente, hasta colmar sus pulmones. Él se hubiera quedado acomodado en la curva del cuello de Alison, sintiendo el calor de su piel, el que cada día añoraba más.
Se separaron despacio, se notó la tensión. Los ojos de Andrew empezaron a cambiar el brillo por las demandas, y Alison desvió la mirada.
—Prepara el picoteo. Mientras yo abriré el vino y buscaré unas copas —
dijo ella, entrando en el salón.
—La mesa está preparada, ahora llevo esto. —Andrew se marchó a la cocina.
Mientras preparaba los aperitivos y soportaba las dudas que lo machacaban, Andrew recordó una frase muy típica en Alison al principio de su separación: «Dios se mueve por caminos misteriosos». Como siempre, a
él le faltó tiempo para pensar que lo misterioso era comprender a Dios. Ese Dios que Alison decía que solo quería que la gente se amase. Entonces,
¿por qué permitía que ellos estuvieran separados? ¿Por qué el amor no era suficiente para mantenerlos juntos? Resolló. Lo hizo varias veces. Después se regañó, se sacudió la incertidumbre y se mentalizó de nuevo. Si no quería espantar a Alison, debía dejar que todo fluyera como ella deseaba, a través de la amistad.
Cuando regresó al salón la actitud de Andrew era distinta, volvía a ser la misma del principio.
—Bueno, pues aquí está todo. —Él depositó los platos sobre la mesa y tomó asiento frente a Alison.
—Felicidades de nuevo —dijo ella, alzando la copa.
—Gracias por el regalo y por tu compañía. —Chocó la copa con la de Alison y con el tintineo del cristal les brotó una sonrisa.
—¿Qué tal tu día?
—Tremendamente aburrido —contestó entre risas—. Por qué no me hablas de tu caso, seguro que es más interesante.
—Más bien inquietante, mucho. He tenido que hacer un trato con tu hermana y todo.
—¿Un trato con Anne? —Arrugó el entrecejo—. Eso suena interesante, cuenta, por favor.
Y Alison, amparada en la gran confianza que tenía con Andrew, habló con él del caso. Le contó todo lo que había descubierto ese día y escuchó sus dudas, incluso sus teorías. Hablar con él siempre la ayudaba y siempre le hacía bien.
A punto de dar fin a la botella de borgoña, el teléfono de Alison sonó.
Al leer el nombre en la pantalla se inquietó.
—Debo cogerlo. —Se levantó y se apartó de Andrew—. Dime, Brown.
—Llama el secuestrador, le paso la llamada, detective.
—De acuerdo. —Alison escuchó un pitido, un breve silencio y a continuación la respiración del secuestrador—. Hola, señor Dominium.
—Buenas tardes, detective Wood.
—Creí que no iba a saber de usted hasta mañana.
—¿La molesto? ¿Llamo en mal momento?
—No, por supuesto. Su llamada es siempre importante para mí.
—Bueno, en esta ocasión no es nada relevante, solo quería desearle buenas noches. Mañana todo esto acabará y la echaré de menos. ¿Usted no?
—Creo que usted ya conoce la respuesta.
—Y a su hija, ¿la echa de menos?
El corazón de Alison palpitó con brusquedad. La mirada se le extravió.
Creyó desfallecer por el acervo dolor que de golpe se adueñó de su alma.
—Por supuesto que sí, qué pregunta más tonta, ¿verdad? —Se respondió—. Los hijos son un pedacito de uno que se deja en el mundo.
Con ellos te invaden todo tipo de miedos: estará bien, sabré criarlo, educarlo, protegerlo… ¿a que sí? Contésteme, Alison. —Por primera vez la llamó por su nombre.
—Sí —dijo ahogada, recordando a Charlotte.
—Solo quería decirle que lamento mucho la pérdida de su hija, Charlotte era muy pequeña. —Chasqueó los labios—. Tuvo que ser muy duro, no sé cómo una madre puede sobrevivir a algo así sin volverse loca.
Espero que no se sienta culpable, seguro que usted no era una mala madre.
Pero los designios del Señor son misteriosos y debemos resignarnos a ellos.
En fin, mañana zanjamos el secuestro, tiene mi palabra. Dulces sueños, detective Wood.
—Detective, ¿está bien? —preguntó Brown, afectado por lo que había escuchado.
—Es un grandísimo hijo de puta —susurró. Una lágrima se le deslizó por la mejilla y colgó.
Andrew se dio cuenta de que algo no iba bien y se acercó a ella.
—¿Qué ocurre? —demandó, y Alison se giró hacia él.
—Es un completo hijo de puta. —Se arrojó a los brazos de Andrew.
—¡Por Dios, Alison, estás temblando! —exclamó preocupado, abrazándola con todo su amor.
Alison rompió a llorar.
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