No sé
Capítulo 8
Éliane y Sandrine han tenido tiempo de acompañar a los niños hasta el autocar, hacerlos subir al interior e instalarlos. Desde que el conductor les ha abierto las puertas, lo han bombardeado con preguntas: ¿ha visto a una niña en los alrededores durante la hora anterior? ¿Ha visto a otras personas pasearse por el bosque durante la tarde? ¿Ha observado algo raro mientras esperaba la hora de volver?
Para su desesperación, las respuestas del hombre no les aportan gran cosa: son negativas (preguntas una y tres) o indecisas (pregunta dos: «Sí, sin duda, es posible; no lo sé»).
Ahora, las dos maestras recurren a toda su imaginación para entretener a los alumnos a la espera de alguna novedad. Mientras que Éliane consigue mantener la calma, Sandrine mira una y otra vez el móvil, tanto para comprobar los mensajes como para consultar la hora.
Al cabo de treinta minutos sin noticias de sus colegas, ya no aguanta más. Se acerca a Éliane que se encuentra al fondo del autocar y le confía sus inquietudes entre discretos susurros.
—Debemos avisar a la directora. Y a la policía. No podemos asumir la responsabilidad de la búsqueda sin informar a las autoridades. Se supone que debemos estar en la escuela en menos de un cuarto de hora. Si no llegamos puntuales, Mireille empezará a hacerse preguntas. Y…
—Cálmate —le ordena Éliane también entre susurros—. De nada sirve dejarse llevar por el pánico. Esperaremos otros cinco minutos. ¿Vale?
—Creo que ya hemos esperado demasiado.
Las dos mujeres se miran fijamente, como si la respuesta a las preguntas que se formulan se encontrara en la mirada de la otra.
—¡Es una locura! —insiste Sandrine con los dientes apretados—. Hace casi una hora que la niña ha desaparecido. Todo el mundo sabe que los primeros minutos son vitales en una desaparición.
—¡Ves demasiadas series de televisión! No se la ha llevado nadie, solo se ha extraviado en el bosque.
—¿Y tú qué sabes?
Una vez más, se observan en silencio. A su alrededor, el alboroto de los niños empieza a intensificarse impulsado por la manifiesta distracción de las maestras.
—¡Ya basta! —grita de repente Éliane con una agresividad que no es normal en ella.
La calma vuelve de inmediato.
—¡Voy a llamar! —decide Sandrine, interpretando el estallido de su compañera como una toma de conciencia real de la situación.
—De acuerdo —claudica Éliane.
Mientras una se dirige a la salida del autocar para hacer la llamada telefónica, la otra intenta recuperar la compostura delante de los alumnos. Pero el desánimo se ha apoderado de Éliane. Hasta entonces, esperaba que encontraran a Emma sin dificultad. Sin embargo, los minutos transcurren inmisericordes y ellas siguen sin tener noticias de la niña. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede ser que un equipo de educadores veteranos haya perdido a una niña? En el transcurso de sus treinta años de carrera, nunca se había enfrentado a una situación semejante.
—¡Señorita! ¡Señorita! ¡Manon está llorando! —La voz arranca a Éliane de sus cuitas.
La maestra parece aterrizar dolorosamente en el suelo y, cuando consigue reaccionar, le pide al niño que acaba de sorprenderla —su nombre es Tilo— que repita lo que acaba de decir.
—Manon —le dice el niño—. Está llorando.
Al lado de Tilo, una niña de la misma edad se sorbe ruidosamente la nariz.
—¿Qué te pasa, Manon? —pregunta distraída Éliane.
La niña no responde enseguida. Sin una palabra, observa a la maestra con sus grandes ojos anegados de lágrimas en las que se refleja un miedo primitivo. Éliane se impacienta:
—Manon, contesta. ¿Por qué lloras?
—Por Emma, porque se ha ido por culpa suya —contesta Tilo en su lugar, con actitud de sabelotodo.
—¿Qué es lo que estás diciendo? —pregunta la maestra, alertada de repente—. ¿Sabes por qué se ha ido Emma?
La niña redobla los sollozos.
La desproporcionada reacción activa las alarmas de Éliane. Dominando las ganas de zarandear a la niña para averiguar de una vez por todas lo que sabe, la maestra le pide que la acompañe a la parte delantera del autocar. La niña obedece, entre lágrimas y sollozos. Una vez separadas del grupo, Éliane sitúa a Manon delante de ella y repite la pregunta sin perder tiempo.
—Dime, Manon, ¿sabes por qué se ha ido Emma?
La pequeña asiente tímidamente con la cabeza.
—¿Puedes contarme lo que ha pasado?
Manon titubea mientras una nueva ola de lágrimas inunda sus mejillas.
—No me enfadaré, Manon —la tranquiliza Éliane con dulzura—. Te lo prometo. Pero es muy importante que sepamos por qué se ha alejado Emma del grupo.
La maestra le concede unos segundos para que ordene sus ideas. Luego la alienta de nuevo a hablar.
—Es por culpa de mi hermana… —empieza a decir Manon entre sollozos.
—¿Tu hermana?
La niña asiente sorbiéndose.
—¿Qué tiene que ver tu hermana con esto?
—Le he dicho a Emma que Lelia era mi hermana.
—¿Y bien?
—Ella me ha dicho que no era verdad.
Éliane observa a la niña sin comprender.
—¿Os habéis peleado?
—Sí.
—¿Por culpa de tu hermana?
—Sí. Le he dicho que era verdad que Lelia es mi hermana, y Emma me ha dicho que era una mentirosa. Se ha enfadado mucho y se ha ido corriendo.
La maestra está cada vez más perpleja.
—Entonces ¿dices que Emma se ha escapado porque no quería aceptar que Lelia fuera tu hermana?
Manon mueve la cabeza en señal de asentimiento.
—¿Y después ya no la has vuelto a ver?
Esta vez, la niña baja la barbilla avergonzada.
—¿No ha pasado nada más? —insiste Éliane, que no le ve ninguna lógica a esta explicación.
Manon niega con la cabeza.
La maestra, decepcionada, guarda silencio sin apartar los ojos de la niña.
—Regresa a tu sitio —le dice finalmente, pensativa.
La pequeña vuelve con sus compañeros mientras se seca las lágrimas. Éliane, por su parte, intenta contentarse con esta explicación absurda. Sus reflexiones se ven pronto interrumpidas por el regreso de Sandrine.
—Acabo de hablar con Mireille. Está fuera de sí. Ahora mismo va a dar parte a la policía.