No sé
Capítulo 18
El trayecto de vuelta en el coche es tenso. Patrick no se cansa de censurar la incompetencia del cuerpo docente, una pandilla de irresponsables a los que habría que prohibir acercarse a menos de cien metros de los niños, una banda de cretinos que reciben un sueldo por no hacer nada, que ni siquiera son capaces de ocuparse de ellos sin perder a uno por el camino. ¡Y luego la gente se extraña de que el mundo vaya mal!
A su lado, Camille guarda silencio, con los ojos fijos en la carretera. La angustia que experimenta es tan aplastante que se siente helada de pies a cabeza, incapaz de pensar en otra cosa que en la desaparición de Mylène.
La hija de Étienne.
Conoce el cariño que los une, ese estrecho vínculo que es a la vez su fuerza y su debilidad. Pese a su actitud deliberadamente indiferente, cuando Étienne habla de ella, Camille adivina toda la pasión que siente por su hija. Un amor cargado de miedo y de angustia a pesar de la edad de Mylène. Es su única hija. La crio él solo después de que su mujer abandonara el domicilio conyugal para rehacer su vida con un norteamericano. En aquella época, Mylène solo tenía cinco años. La edad de Emma, piensa Camille con un estremecimiento. ¿Cómo puede una madre abandonar a su hijo por otro hombre? ¿Cómo se puede simplemente abandonar a un hijo? Aunque en estos últimos tiempos, se le haya pasado por la cabeza la idea de una separación, jamás ha pensado en abandonar a su marido y su hija para satisfacer una pasión. Al contrario. Emma es lo que la retiene desde hace cinco semanas. Para Camille, los motivos de esa mujer son un misterio. No sabe mucho de ella, Étienne no es un hombre dado a las confidencias. Solo ha mencionado con pocas palabras el trauma que sufrió Mylène debido a esta ausencia a una edad en que cada herida se queda grabada en el alma y en el corazón. A Camille poco le falta para condenar a esa madre indigna por lo que ella considera una renuncia criminal. Por la manera en que Étienne le ha hablado de las graves consecuencias que tuvo su marcha, sabe que fue un trance muy doloroso. Lo que el padre y su hija atravesaron juntos los ha unido de una manera inquebrantable. Solo se tienen el uno al otro, no tienen más familia. Camille ha comprendido que, pese al aparente desenfado de su padre, Mylène es para Étienne la niña de sus ojos.
—¡Porque sé muy bien cómo van esas excursiones escolares! —sigue gritando Patrick—. ¡Soy profesor, no lo olvides! Dejan a los críos sueltos en plena naturaleza, mientras ellos holgazanean hasta la hora de volver. Discuten, flirtean y ríen a gusto… ¡Y después, se quedan pasmados si uno de los niños falta a la llamada!
Los acontecimientos de las últimas horas han relegado la embriaguez amorosa de Camille al rango de aventura sin importancia. Cuando la directora de la escuela la llamó para comunicarle la desaparición de Emma, creyó que el cielo se derrumbaba sobre su cabeza. Durante todo el tiempo que necesitó para avisar a su marido, reunirse con él y llegar hasta el aparcamiento del bosque, devastada ante la perspectiva de no volver a ver a su hija, Camille experimentó el sentimiento encontrado de que el destino la castigaba por su traición. Y mientras circulaban a tumba abierta por la autopista, se sorprendió rogando a Dios, prometiéndole cuidar de su familia y romper con Étienne si, en su inmensa bondad, aceptaba devolverle a su hija.
Camille no es creyente, ni se le pasa por la cabeza ahora que su promesa esté en el origen del feliz desenlace. Su hija está aquí, sana y salva. Y ella atribuye la gratitud que siente más al azar que a la clemencia divina.
—¡Pero te prometo que la cosa no quedará aquí! Ni hablar de poner a otros niños en peligro confiándolos a esos irresponsables. Hemos tenido suerte, ¡te lo aseguro! La próxima vez, quién sabe lo que podría pasar. Este mismo lunes por la mañana llamaré a Gilson y los demandaremos por daños y perjuicios. Y aunque mi denuncia no dé resultados, al menos este asunto hará ruido y manchará la reputación de la escuela. Les voy a dar publicidad, ¡créeme!
Aún queda por resolver el enigma que rodea la desaparición de Mylène. La tregua ha sido muy breve. Al evocar la suerte de la maestra, la ansiedad de Camille regresa para atenazarla hasta las entrañas. Sabe lo que sufrirá Étienne cuando se entere de la noticia. El calvario que vivirá. Poco importa la edad de nuestros hijos, el mundo se hunde a nuestro alrededor cuando les sucede algo.
¿Qué ha pasado?
Camille no para de darle vueltas a esta pregunta; y de ahí surgen otras, todas ellas igual de aterradoras. ¿Cómo reaccionará Étienne cuando se entere de que su hija se ha volatilizado en plena naturaleza mientras buscaba a Emma? Y, sobre todo, ¿cuál será su reacción cuando le informen de la presencia del fular de Mylène alrededor del brazo de la niña?
A Camille se le encoge el corazón. Según el capitán de policía, ese fular es la prueba irrefutable de que Emma y su maestra se cruzaron en el bosque. Camille ha observado atentamente a su hija mientras Dupuis la interrogaba. Tal como están las cosas ahora, es incapaz de detectar el nivel de franqueza de la niña. Es del todo probable que, perturbada por los acontecimientos de la tarde, la pequeña se haya sentido incapaz de verbalizar lo que vivió. Debió de pasar mucho miedo. La ignorancia detrás de la cual se ha atrincherado era seguramente una especie de protección indispensable para superar sus angustias. Es la única explicación. Si no, ¿por qué motivo iba Emma a negar deliberadamente la evidencia?
Aunque no pueda ocultarse a sí misma la verdad, Camille teme más que nada la respuesta a esta pregunta.
En realidad, de todas las incertidumbres que la atormentan, hay una en particular que la aterroriza: ¿Emma sabe que su maestra es la hija del señor que la noche anterior abrazaba a su mamá en el umbral de su casa? ¡Claro que lo sabe! Los ha visto más de una vez juntos en la acera, delante de la escuela, cuando Étienne venía a buscar a Mylène después de clase.
Camille se vuelve hacia su hija y la observa durante unos instantes. Emma está instalada en la sillita del coche, con la cabeza apoyada contra el cristal del automóvil, la mirada perdida en la lejanía. Fuera, la luminosidad disminuye débilmente, pero aún es de día. De momento, las nubes han abandonado el cielo que ahora hace gala de una serenidad difícilmente imaginable apenas media hora antes. El sol desciende con lentitud hacia el horizonte, disponiéndose a inflamar la bóveda celeste.
Camille observa la carita de Emma: su rostro refleja la gravedad que adquiere cuando algo va mal. Parece tan frágil con esa cara de ángel, la naricita ligeramente respingona, los ojos almendrados y de un azul profundo. Los labios delicados. Los rizos rubios que descienden en cascada sobre los hombros. A pesar de su aire de preocupación, emana de ella una candidez que derretiría a los más insensibles. Emma posee unas facciones cuya delicadeza y elegancia naturales llaman la atención. Cuando Camille se pasea con ella por la calle o cuando hacen cola en una tienda, no es raro que un transeúnte o un cliente se quede extasiado ante el encanto de la niña. «¡Qué preciosidad de niña!».
Al observar su rostro singularmente serio, Camille no puede imaginarse que la mente de su hija esté llena de malas intenciones. ¿Puede una cara de ángel esconder el corazón de un demonio?
La joven madre vuelve a mirar al frente e intenta tragar una saliva inexistente. Es tal la angustia que la corroe que tiene la sensación de que su pecho estallará bajo el peso de la opresión. ¿Es posible que su pequeña de cinco años, su princesita, su cielo de caramelo, oculte voluntariamente una información esencial para encontrar a Mylène solo porque ha sorprendido a su mamá besando a un hombre que no era su padre? Camille cierra los ojos. Le cuesta respirar. Cada una de sus terminaciones nerviosas parece estar en llamas.
¡Todo esto no tiene ningún sentido!
Tiene que encontrar la manera de hablar con su hija a solas. De hacerle entrar en razón. Sea lo que sea que pasó en el bosque, una niña de esta edad no puede ser considerada responsable. Debe obligar a Emma a decirle lo que sabe, si es que sabe algo. Luego ella transmitirá la información a la policía y el caso quedará resuelto.
—¿Qué te pasa? —le pregunta Patrick, que por fin se percata del mutismo de su mujer—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí… —murmura ella pese a tener la impresión de que nunca se había sentido tan mal en su vida.
La mano derecha de Patrick se separa unos segundos del volante para acariciar la rodilla de Camille en un gesto de consuelo.
—Perdóname —prosigue él en un tono de voz más suave—. No paro de quejarme… Pero me vuelve loco saber que mi hija ha estado sola durante más de una hora, ¡sola en medio del bosque! ¡Solo tiene cinco años, maldita sea! ¿Estás segura de que estás bien?
Incapaz de pronunciar la más mínima palabra, Camille se limita a asentir con la cabeza.
—No te preocupes —añade Patrick obligándose a recuperar la calma—. Emma está bien, al menos físicamente. Eso es lo principal. Por lo demás, haremos todo lo que haga falta para que olvide esta terrible tarde. Estaremos aquí para ella, los dos.
Acentúa la presión en la pierna de su mujer al tiempo que añade:
—Estamos juntos, y eso es lo único que cuenta.