No sé

Barbara Abel · Capítulo 29 de 53

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No sé

Sábado

28

Después de abandonar la habitación de Emma, Camille no ha pegado ojo en toda la noche. O, si lo ha hecho, el sueño la arrastra intermitentemente entre regiones oscuras, decorados siniestros e inestables, entre un túnel sin fin lleno de ecos y llanuras áridas barridas por voces amenazadoras.

Cuando amanece está agotada, sigue tumbada en la cama, con los ojos abiertos de par en par y mirando fijamente el techo de su habitación en el cual parece seguir el odioso ballet de sus pesadillas.

Un ruido procedente del pasillo la saca de repente de su suplicio. Reconoce los sonidos familiares que acompañan el ritual de su hija cuando se despierta y sale a paso tranquilo de su habitación para dirigirse al cuarto de baño. Dentro de un momento, como acostumbra hacer cuando no hay escuela, se deslizará en la gran cama de sus padres, para refugiarse entre las sábanas y exigir su lugar entre los dos cuerpos aletargados.

Camille sale con precaución de debajo de las mantas. Al primer movimiento siente la mueca de dolor de su cuerpo anquilosado por la agitada noche. Reprime un gemido en la garganta y a continuación tiene que ahogar uno o dos accesos de tos. Con el rabillo del ojo, vigila la masa inerte que descansa al otro lado de la cama. Con gran alivio, constata que Patrick parece profundamente dormido. El instante que ha esperado desde la noche anterior, estar a solas con su hija, está al alcance de la mano. Se dirige hacia la puerta de la habitación que abre con la mayor discreción posible antes de salir al pasillo sin hacer ruido. Acto seguido se acerca a la puerta del cuarto de baño y espera delante de ella con todos los sentidos alerta.

—¿Emma? —murmura forzando la voz para que la pequeña la oiga a través de la puerta—. ¿Estás despierta, cariño?

—¡Estoy haciendo pipí!

A pesar de su tierna edad, la niña tiene un sentido del pudor muy desarrollado. Así que Camille espera, a la par que intenta dominar la impaciencia que la corroe. En cuanto oye el ruido de la cisterna se permite entrar en el baño. Se dirige a su hija forzando una sonrisa radiante.

—¿Has dormido bien, tesoro?

Emma asiente con un gesto de la cabeza. Su pequeño rostro arrugado lleva aún las huellas del sueño poblado de sueños, ideas aún por explorar.

—¡Ven a mis brazos! —le dice Camille.

La niña corretea hacia su madre, que la levanta y la estrecha contra sí. Cuando siente el pequeño cuerpo hecho un ovillo, aspira su olor y encuentra en este abrazo la intimidad que las une; el corazón de Camille parece revivir, liberado de un hechizo que lo mantenía helado desde la víspera. Para aprovechar plenamente este momento de ternura, la joven madre se sienta en el borde de la bañera y pone a Emma sobre sus rodillas.

Luego la rodea con los dos brazos y la mece con dulzura.

—¿Cómo te encuentras? —le pregunta una vez más.

—Bien.

—¿Te acuerdas que tuviste pesadillas noche?

—No.

—¿No las recuerdas?

—No.

—Gemías, te agitabas en la cama, decías que no querías que te enterraran… ¿No te acuerdas de nada?

Emma niega con la cabeza y Camille no insiste. Está desconcertada.

—¿Tienes hambre?

—Quiero hacerle un mimo a papá en la cama.

—Hoy no, cariño. Es demasiado pronto, lo sabes. Vamos a dejar que papá duerma un poco más.

La niña frunce el ceño.

—¡Quiero a mi papá!

—Papá duerme, Emma. Necesita descansar. Vamos a desayunar juntas. Desayuno de chicas —añade para transmitir complicidad.

—¡No! —exclama la niña, que intenta liberarse de los brazos de su madre —. ¡Quiero ir con papá!

—¡Chsss!

Emma ha alzado la voz, por lo que Camille teme que sus protestas despierten a Patrick. Solo tiene una cosa en mente: estar a solas con ella, hablarle, interrogarla, saber lo que pasa en esa adorable cabecita. La estrecha con más fuerza para evitar que Emma escape. La niña empieza a agitarse a modo de protesta y, pese a su baja estatura, a Camille le cuesta contenerla.

—¡Ven aquí, pillina! —Intenta de nuevo sin soltarla—. Quédate conmigo. ¡Vamos a divertirnos, ya verás!

—¡No quiero! —protesta la niña debatiéndose cada vez más.

Camille apenas consigue mantenerla contra ella.

—¡Por el amor de Dios, Emma! —exclama exasperada—. ¿Quieres calmarte?

—¡Déjame tranquila! ¡No quiero desayunar contigo! ¡Quiero ir con papá!

Esta vez, la niña vocifera sin que nada pueda contenerla, por lo que su madre se ve obligada a taparle la boca con una mano para cubrir sus gritos.

—¡Ya basta! —le ordena en un tono que, esta vez, resulta amenazador—. ¿Qué mosca te ha picado, Emma? ¡Cállate ya!

Sin comprender cómo, el tierno intercambio se ha transformado de pronto en una confrontación violenta. Camille se siente mal. No logra hacer entrar en razón a la niña, que sigue retorciéndose como un gusano en sus brazos. Mantiene la presión con el único objetivo de calmarla, solo para que Emma se calle y la escuche, pero cuanto más la sujeta, más se debate la niña, sorda a las exhortaciones de su madre para que recupere la calma.

De repente, la puerta del cuarto de baño se abre y Patrick aparece en el umbral, atónito al descubrir a su mujer agarrando por la cintura a su pequeña de cinco años, con la mano tapándole la boca mientras la niña lucha con todas sus fuerzas y da gritos de rabia amortiguados por la palma de su madre.

—¡Maldita sea! ¿Qué haces? —exclama precipitándose hacia ellas—. ¡Déjala tranquila!

Sorprendida, Camille suelta a Emma, que aprovecha para escabullirse y refugiarse en los brazos de su padre. Este la abraza con un gesto protector, mientras fustiga a su mujer con una mirada asesina.

—¿Te has vuelto loca?

El odio y el desprecio que desprende esta interjección hieren a Camille en lo más profundo de su corazón. Está tan atónita que no sabe qué contestar. Mira a su marido, boquiabierta, buscando una excusa para defenderse de este terrible malentendido. Pero las palabras se niegan a salir, y en su mente se confunden las ideas entre lo que ha sucedido en realidad y los secretos vergonzosos que intenta disimular. Entre la esposa atenta o la mujer que ruge en su interior, ya no sabe qué papel debe representar, en qué piel debe meterse para mantener el buque a flote. Cuál es la actitud correcta. Es consciente de que debe de haber una salida, que aún puede evitar lo peor, pero es incapaz de encontrarla para salir de este mal trago.

Entonces, vencida por la impotencia, alza la cabeza, pálida y temblorosa, y da unos pasos hacia ellos.

Su movimiento provoca en Patrick un reflejo defensivo inmediato. Agarra a Emma por la cintura y la coge en brazos, al tiempo que retrocede el mismo número de pasos para mantener la distancia que los separa, como si Camille representara un peligro real.

—¡No te acerques!

La orden choca y resuena como un latigazo en el cuarto de baño. Camille tiene la sensación de recibir un puñetazo en pleno corazón.

—Lo… lo siento —balbucea abatida—. ¡Solo quería dejarte dormir, impedir que Emma te despertara!

En los brazos de Patrick, la niña se acurruca y solloza suavemente, escondiendo el rostro en el cuello de su papá.

—¿Y por qué no podría venir a despertarme? —suelta él con hosquedad —. Es lo que hace todos los fines de semana, ¿no?

Agotada por la tensión acumulada desde la noche anterior y por la falta de sueño, Camille siente que no puede con su alma y que es incapaz de explicar el origen de esta situación absurda. Tiene la sensación de que todo se le escapa, como una minúscula ramita víctima de una ola de fondo que arrastra consigo los engranajes de un destino que hasta entonces estaba perfectamente engrasado. ¿Cómo ha podido su vida dar semejante vuelco en apenas veinticuatro horas?

—Perdóname —dice entre sollozos—. ¡No quería hacerlo! Emma, cariñito… ¡Mírame! ¡No quería hacerte daño! Solo quería que me escucharas.

Pero la niña se niega a volver la cabeza hacia su madre. Su única reacción es aferrarse aún más a su padre, evidenciando el recelo que siente hacia ella.

Camille está de pie frente a ellos, anonadada. No se atreve a moverse, persuadida de que el menor movimiento provocará el rechazo visceral de Patrick; la perspectiva le resulta insoportable. Querría poder acercarse a su hija, tranquilizarla acerca de sus intenciones, demostrarle su amor inquebrantable… Ya no comprende nada de lo que está pasando, el motivo por el cual la perciben como una enemiga, por qué se han unido los dos contra ella… Desearía reconquistar la confianza que le brindaban antes, cuando todo era simple, cuando ella no se hacía preguntas. Querría reencontrar esa vida aburrida que tanto ha despreciado en las últimas semanas y que hoy le parece la felicidad en estado puro. La cabeza le da vueltas a causa de la violencia de las emociones que la asaltan, y tiene la catastrófica sensación de que el suelo se tambalea bajo sus pies, que las paredes del cuarto de baño se alejan y se acercan como si intentaran aplastarla, que la luz crepita en una sucesión de flashes que la agreden…

De repente, todo se difumina. Se le nubla la vista, aunque seguro que son sus lágrimas las que le impiden distinguir lo que la rodea. Camille tiende una mano a Patrick, a quien solo entrevé como una silueta deforme… En un último arrebato de conciencia, intenta agarrar el primer objeto que tiene delante. Su mano se aferra a una toalla colgada de la percha de la pared, intenta agarrarse a ella y se derrumba como una masa inerte en el suelo.

Al volver en sí, Patrick está inclinado sobre ella. La joven percibe una sensación de frescor antes de comprender que su marido le está aplicando un paño húmedo en la cara. Tiene la mirada sombría y preocupada, sin que ella sepa si esta manifiesta rigidez es fruto de la inquietud o de la cólera. Intenta incorporarse, pero Patrick se lo impide.

—Estate quieta —le aconseja secamente—. Te has mareado.

A su lado, ve a Emma sentada con las piernas cruzadas. Su pequeño rostro está serio y observa a su mamá con una gravedad teñida de rencor.

—Cariño… —murmura Camille esbozando un gesto en dirección a la niña—. Acércate, te lo ruego. Te quiero, ángel mío. ¡Lo sabes! Siento lo que ha pasado. ¡Ven!

La niña interroga a su padre con una breve mirada, y este la tranquiliza con un gesto de la cabeza. Este intercambio no se le escapa a Camille, que siente una punzada de dolor. ¿Es posible que su propia hija desconfíe de ella? ¿Es posible que ahora dependa de la autorización de Patrick para poder cogerla en brazos?

Como si lo obedeciera, Emma se acerca a Camille, que la abraza de inmediato. En ese preciso instante, siente la necesidad vital de estrecharla, tocarla, acariciarla, respirarla. Sentirla entre sus brazos. De forma confusa percibe que algo se ha roto entre ellas, que su hija la mira de otra manera desde… En su mente vuelve a dibujarse la imagen de la niña empapada en los peldaños de la escalera, envuelta en una toalla demasiado grande para ella. Ve su mirada severa, llena de reproche. ¿Cómo ha podido pensar que Emma no había comprendido lo que pasaba? ¿Cómo ha podido imaginar que la pequeña no se sintió herida por la escena de su madre colgada del cuello de otro hombre? Se da cuenta de que, al engañar a su marido, también ha traicionado a su hija. Y que, si bien él posee las armas para defenderse, la pequeña solo puede sufrir sus contradicciones. Un remordimiento punzante la conmociona mientras mira a Emma, que la observa con sus grandes ojos azul oscuro.

—¡Perdóname, cariño! —murmura deshaciéndose en lágrimas.

—¿Te duele, mamá?

—No, preciosa mía. Pero te he hecho daño a ti. ¡Si supieras cuánto lo siento!

Aunque para Camille está claro que alude a su traición, Patrick y Emma piensan por supuesto que se refiere al incidente que acaba de producirse.

—¿Lloras porque me has hecho daño? —le pregunta la niña sin ocultar su sorpresa.

Camille admite su culpa, sin más precisiones. A Emma le parece extraño que se pueda llorar por haber hecho sufrir a alguien… Por lo general, son los que sufren quienes lloran, ¿no? Le cuesta imaginarse tirando de las coletas de Manon, y luego echarse a llorar porque a Manon le haga daño. Perdida en sus reflexiones, no oye que su padre le habla.

—¿Me escuchas, Emma?

—¿Qué?

—Te estaba diciendo que me gustaría hablar con mamá. ¿Nos esperas abajo?

La niña asiente con la cabeza. Se levanta dócilmente y abandona el cuarto de baño.

Mientras la mira alejarse, Camille se hace la promesa de reconquistar la confianza y el amor de su hija.

Después, volviéndose hacia Patrick:

—¿Me perdonas?

—El problema no es ese, Camille. Ayer mismo, nuestra hija vivió una experiencia traumática mientras estaba bajo la vigilancia de unos adultos que se suponía eran responsables. Varias personas encargadas de su seguridad faltaron a su deber. Y hoy, a su madre se le va la cabeza y le tapa la boca con la mano para hacerla callar.

«Hacerla callar…». Camille se estremece. ¡Mientras que todo el mundo espera que Emma hable, su propia madre, intenta hacerla callar! ¿Qué tipo de monstruo es ella para infligirle eso a su propia hija?

—Y para empeorarlo más —prosigue Patrick—, se supone que debemos presentarnos en la comisaría en menos de dos horas. ¡Queda totalmente descartado que la llevemos en estas condiciones!

—¡No podemos hacer eso! —exclama Camille como si su marido le propusiera atracar un banco.

—¿Ah, no? ¿Y quién nos lo va a impedir? Ni siquiera estoy seguro de que tengan derecho a interrogar a una niña de cinco años. De todas formas, no irá. Este interrogatorio es un trance más para Emma. ¿Cómo quieres que salga de esta si no puede confiar en sus propios padres para tranquilizarla?

—Te pido perdón —gime Camille, deshecha ante la terrible constatación de su error—. ¡Si supieras lo avergonzada que estoy!

—Todos estamos trastornados —añade Patrick—. Emma más que nosotros. Ha de poder confiar en sus padres. Camille, sea lo que sea que haya sucedido en ese bosque, solo nos lo contará si siente que la protegemos. ¿Acaso no quieres saberlo?

—Sí…

—Tenemos que averiguar exactamente qué recuerda Emma. Pero aquí, entre nosotros, en un entorno familiar y tranquilizador. ¡Así que ahora intenta controlarte! Eres su madre, Camille, tu papel es defenderla, no atacarla. Tenemos que apoyarnos el uno al otro. ¡Somos una familia! Esta es nuestra fuerza. Y debemos preservarla.

Camille asiente. El remordimiento que la corroe aniquila cualquier forma de reflexión: se siente débil, vulnerable, y solo aspira a recuperar la seguridad del nido familiar.

—¿Te encuentras mejor? —le pregunta Patrick en un tono de voz más dulce.

—Tengo que comer algo… De hecho, no he probado bocado desde ayer a mediodía.

—Vamos a desayunar —le propone él ayudándola a levantarse—. Después te sentirás mejor.

Camille está apenada y avergonzada, y se deja sostener por su marido, conmovida por la atención que le demuestra cuando estaría en su derecho de tratarla con frialdad. Juntos bajan al salón, donde encuentran a Emma jugando con el gato. Camille se acerca a su hija y la coge para estrecharla en sus brazos. La niña se acurruca de inmediato contra su madre, dejándose mecer en la suavidad de su seno.

—Mi pequeña, mi tesoro, mi cielo de caramelo… —canturrea Camille en un murmullo—. Nunca más te haré daño, te lo prometo…

La niña le dirige una mirada de alivio y agradecimiento que le llega al corazón. Patrick tiene razón: debe proteger a su familia ante todo. Es su única fuerza. Su único tesoro. Su infidelidad se le antoja cada vez más horrible y le provoca un doloroso remordimiento.