No sé

Barbara Abel · Capítulo 32 de 53

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No sé

Capítulo 31

—¿Qué quieres para desayunar?

La pequeña, sentada en su trona, parece sumida en sus pensamientos.

—¿Emma?

La niña se estremece y luego mira a su madre con sorpresa.

—¿Qué te gustaría comer, cariño? ¿Cereales? ¿Una tostada?

—Quiero yogur.

—Se dice «por favor, mamá». ¿Te pongo azúcar?

Emma asiente. Camille le prepara un yogur con azúcar que se dispone a dejar delante de su hija. Sin embargo, interrumpe el gesto y la interroga con la mirada.

—Por favor, mamá —repite dócilmente Emma.

Ahora, alrededor de la mesa del desayuno, el ambiente es distendido. Al menos en apariencia. Camille y Patrick están al acecho. Observan a su hija disimuladamente, analizando sus gestos, sus miradas, intentando sonsacarle una respuesta a la pregunta que los atormenta desde la víspera: ¿sabe Emma dónde está su maestra? ¿Se acuerda de haberse cruzado con ella en el bosque, o bien su inconsciente ha cubierto por precaución los recuerdos demasiado dolorosos?

—¿Me pasas la vete, por favor? —pregunta Patrick dirigiéndose a Camille.

—¿La vete?

—La sal…

Camille observa a su marido sin comprender. Tarda unos segundos antes de captar el chiste, luego suelta una carcajada demasiado ruidosa y se vuelve hacia Emma.

—¿Lo has entendido, cariño? La sal… La vete… Salir… Irse… Qué gracioso es papá, ¿no?

Patrick se ríe satisfecho de su ocurrencia, mientras que la pequeña lo examina con una mirada que se ilumina.

—Eres gracioso, papá.

El padre le guiña un ojo con complicidad y ella le devuelve la sonrisa. Mientras tanto, Camille prolonga su risa forzando una hilaridad exagerada que acaba por extinguirse. Alrededor de la mesa se hace el silencio durante unos segundos demasiado largos, en los que cada uno se concentra en su propio desayuno.

—¿Has dormido bien, corazón?

Patrick finge indiferencia. «¿Has dormido bien?» equivale a «¿Cómo estás?». Es una pregunta ordinaria formulada no tanto por curiosidad, sino por establecer contacto. La niña lo capta y asiente vagamente con la cabeza.

—¿Has soñado algo?

Esta vez, Emma no contesta.

—Ya se lo he preguntado —interviene Camille—. No recuerda nada.

—Ah… ¿No te acuerdas de haber gritado? Decías que no querías que te enterraran…

—No —contesta la niña—. No he gritado. He soñado con Patrick…

Patrick frunce el ceño, sorprendido e interrogándola con la mirada.

—¿Has soñado conmigo?

—No, no contigo, papá. He soñado con Patrick, la estrella de mar. El

amigo de Bob Esponja[2].

A Camille se le escapa una risotada en la taza de café, y el propio Patrick no puede evitar esbozar una sonrisa divertida.

—Me tranquilizas… Por lo demás, ¿no te acuerdas de otros sueños?

Emma balancea las piernas hacia delante y hacia atrás, con la nariz metida en el yogur. Después de esperar una respuesta que no llega, Patrick lanza una mirada perpleja a Camille.

—Emma… ¿Me escuchas? —insiste—. ¿Te acuerdas de los otros sueños de esta noche?

—¿Me puedes dar más azúcar, mamá?

—Contesta a papá, por favor, cariño.

La niña se vuelve hacia su padre con cara angelical.

—No sé.

—¿No te acuerdas de otros sueños?

—No.

Patrick se queda atascado en sus circunloquios. Lo único que consigue intentando acabar con la agonía es prolongarla. Quizá deberían dejar de andarse por las ramas, se pregunta Camille, contrariada por los rodeos que da su marido.

—Emma, tesoro —dice con autoridad—. ¿Te acuerdas de lo que pasó ayer durante la excursión?

—Me perdí.

—Así es. ¿Te acuerdas lo que pasó cuando te perdiste?

—¡Mamá! —Se impacienta la niña—. ¡Quiero azúcar!

—Dale su azúcar, y que no se hable más —dice Patrick visiblemente irritado.

Camille obedece y mezcla el yogur que luego tiende a su hija.

—Bien, Emma, ¿me oyes? ¡Es importante! ¿Te acuerdas de cuándo te perdiste?

—Después de hacer la cabaña.

—¿Y te acuerdas de cuando te encontraron?

—Cuando los señores vinieron a buscarme…

Camille no aparta los ojos de Emma. Vigila sus reacciones, intentando detectar el malestar, la evasión o la mentira. Su corazón late a un ritmo acelerado, se siente desgarrada entre la necesidad de saber el grado de implicación de su hija y el temor de que sus preguntas den pie a la niña a hacer revelaciones incómodas.

Por su parte, su hija se muestra imperturbable y se limita a contestar, lo cual, en cierta manera, tranquiliza a Camille. A pesar de todo, algo en la actitud de Emma la desconcierta. Es posible que se deba a esta insólita serenidad, casi incómoda, la manera en que habla de un suceso traumatizante sin mostrar la más mínima emoción, al menos sin expresarla…

—¿Y te quedaste mucho tiempo sola en el bosque?

—Sí. ¡Mucho!

—¿Tuviste miedo?

—¿Me puedes dar otro yogur? —le pide a su padre.

—Sí, claro…

—¿Emma? —insiste Camille.

—No sé.

—¿Qué no sabes? —pregunta extrañada—. ¿No sabes si tuviste miedo?

La niña asiente con un movimiento de la cabeza.

—Por el amor de Dios, Emma, ¿qué me estás contando? Tienes que saber si tenías miedo, ¿no?

—No sé.

—Cariño… —le dice su padre con dulzura dejando un segundo yogur delante de ella—. Cualquier niño de tu edad que se hubiese perdido en el bosque habría tenido miedo. Es normal tener miedo, sabes.

—Ya no quiero el yogur.

A Patrick se le acaba la paciencia.

—Me lo acabas de pedir, así que ahora te lo comerás.

—Ya no tengo hambre.

—Déjalo —murmura Camille—. Ya me lo comeré yo.

Patrick suspira. Camille vuelve a la carga:

—¿Te topaste con alguien antes de que los policías te encontraran?

Esta vez, la niña niega con la cabeza.

—¿Estás segura?

—¿Puedo ir a ver los dibujos animados?

—¡Contéstame, Emma! ¿Viste a la señorita Mylène cuando estabas perdida?

—No sé.

—¿No sabes o no te acuerdas?

—Papá, quiero los dibujos animados.

—Cariño, escucha a mamá.

—¡He dicho que no sé!

—¡Emma! —insiste Camille, que siente que le invade la exasperación—. Mírame, por favor.

La niña le dirige una mirada obstinada.

—Quieras a no, tienes que contarnos lo que pasó. Tu maestra no ha vuelto a su casa desde ayer y nadie sabe dónde está. Podría estar en peligro. Es muy importante que nos digas la verdad. Si sabes algo, tenemos que saberlo. No nos enfadaremos contigo, ¡te lo prometo! Aunque ayer no les dijeras la verdad a los policías. Nadie se enfadará, nadie te castigará.

Emma sigue mirando a su madre sin responder. Camille se esfuerza por dominar unas ganas furiosas de zarandearla para que reaccione de una u otra manera, que se ponga nerviosa, que se defienda, que jure, que prometa, que estalle en sollozos… Todo salvo esta insoportable inercia emocional.

—¿Comprendes lo que te digo?

—No sirve de nada —intercede Patrick—. Ya ves que no sabe.

—¡No veo nada en absoluto! Una de dos: o se acuerda o no se acuerda. Pero no saber, ¡no saber, eso no significa nada!

—¡Quiero ver los dibujos animados! —repite Emma alzando la voz.

—Tendrás tus dibujos animados cuando me digas si viste o no a tu maestra ayer, cuando estabas perdida en el bosque.

—¡No sé!

—¡Eso no es una respuesta!

Ahora, Emma lanza a su madre una mirada atormentada. Luego se vuelve hacia su padre, mientras los ojos se le llenan de lágrimas que acaban deslizándose por sus mejillas.

—¿No te acuerdas, es eso? —le pregunta él en voz baja apretándole la mano.

Ella mueve de inmediato la cabeza en señal de asentimiento.

—Bueno… Es todo lo que queríamos saber, cariño. No llores, todo va bien. Ya puedes ir a ver los dibujos animados.

La niña se sorbe los mocos ruidosamente, al tiempo que se seca los ojos y la nariz con el reverso de la manga.

—Coge un pañuelo en lugar de secarte con el pijama —añade Patrick sacando uno de papel de un paquete, y tendiéndoselo a su hija.

Emma lo coge y se suena. Luego se levanta y se refugia en los brazos de su padre, que la abraza con un gesto tierno y protector.

—¡No te preocupes! No has hecho nada malo. ¡Has estado genial!

—¿Te parece? —se mofa Camille—. Se ha limitado a asentir a una respuesta que le has soplado.

—No acordarse de algo es eso: no saber qué contestar. ¿Es que no ves que está completamente perdida?

Camille titubea y mira a su hija, que se esconde en los brazos de su padre. Este le dirige a su esposa un mensaje mudo incitándola a calmarse, al que ella responde encogiéndose de hombros, desanimada. Aunque no ha adelantado mucho sobre lo que Emma sabe o no sabe, al menos tiene la certeza de que no averiguará nada más.

Mientras que Patrick coloca a la niña delante de un DVD, Camille quita la mesa y sube a prepararse. Al entrar en su habitación, ve de inmediato que en el móvil que ha dejado sobre la mesilla de noche parpadea una luz indicando que ha recibido un SMS. Instintivamente, siente una punzada en el vientre. Sabe que eso no augura nada bueno. Es extraño cómo, desde la noche anterior, la espera de un mensaje de Étienne le suscita un efecto diametralmente opuesto al que le provocaba apenas veinticuatro horas antes.

Coge el móvil, nerviosa, y desbloquea la pantalla. Tal como sospechaba, la lectura del mensaje le hiela la sangre: «Te doy de plazo hasta el mediodía para conseguir que tu hija hable. Después se lo contaré todo a tu marido».