No sé
Capítulo 22
En cuanto corta la comunicación, Étienne da rienda suelta a su cólera. A unos metros de la comisaría de la que acaba de salir, se dirige al coche dando grandes zancadas nerviosas y gritando insultos liberadores a la noche. En un arranque de rabia está a punto de destrozar el móvil contra la acera, pero ante la posibilidad de que Mylène intente llamarlo suspende el gesto justo a tiempo. Además de la inquietud y la incomprensión, le cuesta dominar su resentimiento hacia Camille, su maldita hija e incluso al capitán de policía Dupuis: su entrevista con él se ha desarrollado en un tono más bien desagradable.
Puesto que estaba entre los fogones cuando el policía intentó ponerse en contacto con él, no oyó que sonaba su móvil y escuchó el mensaje más tarde. El policía no le decía cuál era el motivo de su llamada, pero le pedía que se la devolviera cuanto antes. Al descubrir la identidad de su interlocutor, Étienne reprimió una sensación de miedo y recelo. Tardó algunos minutos en decidirse a marcar el número del policía. Una vez establecida la comunicación, el capitán le resumió la situación. Dupuis ya había abandonado la búsqueda al no disponer de nuevas pistas para orientar las pesquisas. El último vuelo del helicóptero equipado con una cámara térmica no había revelado ninguna presencia humana en un amplio perímetro alrededor del claro. Dupuis había llegado a la conclusión de que era inútil seguir buscando a la joven maestra allí donde no se encontraba.
Tan pronto se enteró de la desaparición de su hija, Étienne se quitó el delantal, dejó en manos de Nathalie el servicio de noche y se precipitó hacia la comisaría para conocer los detalles del caso.
La entrevista empezó con mal pie. Étienne se dirigió a Dupuis llamándolo «teniente», lo que hizo fruncir el ceño al policía.
—Capitán, señor Gilmont. Soy capitán.
—Ah, ¿y cuál es la diferencia? —No pudo evitar mofarse el padre de Mylène.
Estaba claro que Étienne no tenía en alta estima a los representantes del orden y, aunque Dupuis no le respondió, era evidente que el desprecio era recíproco.
Después de haber escuchado la exposición de la cadena de sucesos por boca del capitán, Étienne Gilmont resumió a Dupuis el estado de salud de su hija. El policía estaba en posesión del bolso de la maestra que Éliane le había confiado durante su entrevista. Se lo entregó de inmediato a Étienne. Después de haberlo registrado febrilmente, este extrajo el lápiz de insulina que Mylène había ido a buscar a su casa por la mañana. Enseguida consultó el nivel, aunque no estaba seguro del número de dosis que quedaban cuando se lo dio.
—¿Cuánto tiempo puede aguantar sin insulina? —le preguntó el capitán.
—Cuarenta y ocho horas. No mucho más.
—¿Y cuándo fue su última inyección?
—Espero que se la pusiera al mediodía —le contestó sombríamente Étienne—. No tengo memoria para las cifras y no verifiqué el número de dosis que quedaban esta mañana. Mylène no es muy regular con sus inyecciones. Tiene cierto rechazo hacia su enfermedad. Quiere vivir con la mayor normalidad posible, y eso ya le ha jugado malas pasadas.
—Si partimos de la base que se puso la inyección del mediodía, eso nos deja cerca de cuarenta horas —murmuró Dupuis consultando su reloj de pulsera—. De lo contrario, nos quedan apenas treinta y dos. Es poco tiempo.
Étienne sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Las reminiscencias de un pasado difícil volvieron a atormentarlo, acompañadas de un cortejo de emociones que se había jurado no soportar nunca más. No era la primera vez que Mylène desaparecía sin dar señales de vida. Una adolescencia complicada, unas confrontaciones cada vez más violentas, sus repetidas fugas… Esperar durante días y noches a que volviera a aparecer, formularse miles de preguntas, imaginarse lo peor, Étienne sabe lo que es eso. Un infierno que creía definitivamente superado.
Durante la entrevista con Dupuis, estuvo a punto de mencionar los antecedentes de su hija. Sin embargo, las palabras se le quedaron atoradas en la garganta, incapaces de formular los numerosos conflictos que habían plagado su relación. Étienne no es el tipo de hombre que exponga su vida privada, y menos ante un policía. Su confianza en el sistema judicial en general y las fuerzas del orden en particular es prácticamente nula. Baste con decir que detesta a los maderos. Ni siquiera recurrió a ellos cuando Mylène desaparecía durante varios días sin tener noticias suyas. Habría preferido cortarse una pierna antes de recurrir a la policía para encontrar a su hija.
En aquella comisaría, sentado delante de aquel poli, Étienne hervía de impaciencia y se contenía, debatiéndose entre la angustia y el rencor, para no volcar la mesa que lo separaba de Dupuis. Durante la entrevista, le asaltaban las dudas, las preguntas sin respuesta, las certitudes que se disipaban sin apenas haber sido esbozadas. Como si la historia estuviera condenada a repetirse sin cesar.
Y ahora ¿qué podía hacer? Dupuis había ordenado una investigación sobre el entorno directo de la maestra, pero lo cierto era que la joven vivía bastante aislada. Aparte de los compañeros de trabajo con los que se relacionaba todos los días en un ambiente estrictamente profesional, solo tenía dos o tres amigas que veía de ciento a viento, madres de familia con poca disponibilidad para salir regularmente. Para asegurarse, el policía interrogó a Étienne sobre lo que había hecho a partir de las cuatro y media de la tarde. Este le contestó que había llegado al bar-restaurante en torno a las seis, directamente desde casa.
—¿A qué hora salió de su domicilio? —le preguntó Dupuis con voz monótona.
—Debían de ser las seis menos cinco… Vivo a unas cuantas calles del restaurante.
—¿Alguien puede confirmar que estuvo en su casa entre las cuatro y las seis menos diez?
La pregunta, pese a ser formulada en un tono neutro, irritó a Étienne.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Conteste, señor Gilmont. ¿Alguien puede confirmar que estuvo en su casa entre las cuatro y las seis menos diez?
—No. Vivo solo.
Mientras Dupuis transcribía la entrevista en el ordenador, Étienne empezó a reflexionar. Cuando un poli se lanza a hacer preguntas sobre lo que uno ha hecho con su tiempo, los problemas no están lejos.
—¿Qué quiere saber exactamente? —le preguntó al capitán sin disimular su exasperación.
—Nada en particular. Me limito a aplicar el procedimiento. ¿Alguien lo vio salir de su casa a las seis menos diez?
Sus miradas se cruzaron. Mientras que la de Dupuis no expresaba nada especial, Étienne dominaba a duras penas su contrariedad.
—¡No me gustan sus insinuaciones, capitán!
El capitán mostró su extrañeza.
—No insinúo nada, señor Gilmont. Intento establecer los hechos y comprender lo que ha pasado.
—¡Pues mire por dónde, yo también! —exclamó nervioso Étienne—. Nadie puede decirme dónde está mi hija y dentro de unas horas le faltará la insulina. Por tanto, le sugiero que investigue a las últimas personas que estuvieron en contacto con ella ¡quizás así logre ser más eficaz!
La alusión a su falta de eficacia no gustó a Dupuis. Aunque hasta entonces no había considerado el caso desde una perspectiva criminal, la agresividad fuera de lugar de Étienne le hizo enfocar la situación desde un nuevo ángulo. La ausencia de Mylène aún no podía considerarse como inquietante a los ojos de las autoridades puesto que era mayor de edad. Si una joven de veintiséis años no vuelve a casa una noche, no se puede deducir enseguida que se haya producido un drama. Salvo que su estado diabético complique bastante el caso, dándole un carácter de urgencia del que carecía antes de la entrevista con el padre. No obstante, Dupuis no descartaba la posibilidad de que la maestra se hubiese volatilizado en plena naturaleza por voluntad propia, a raíz de la desaparición de Emma, o por otro motivo cuya causa ignoraba.
En resumidas cuentas, todo era posible, lo cual resultaba bastante molesto.
—¿Acaso pretende enseñarme mi oficio, señor Gilmont?
—¡Simplemente quiero que encuentre a mi hija, maldita sea! ¿Por qué no interroga a la niña que volvió de su paseo en el bosque con el fular de Mylène alrededor del brazo?
—La hemos interrogado, señor Gilmont, y no hemos sacado nada en claro. Ahora, le ruego que se calme y adopte un tono más respetuoso.
—Y, por cierto, ¿quién es esa cría?
—No estoy autorizado a comunicarle su identidad.
Tras comprender que solo estaba empeorando las cosas, Étienne frunció el ceño. Ahora tenía prisa por marcharse e intentar averiguar algo más. El resto del interrogatorio transcurrió de acuerdo con las convenciones, una sucesión de preguntas y respuestas que no les aportaron nada nuevo, ni al policía, ni al chef de cocina. Nada más poner un pie fuera de la comisaría, Étienne cogió el móvil para llamar a Camille. Si alguien podía darle información sobre la identidad de la niña responsable de la desaparición de su hija, era ella. Quizás incluso estaba al corriente del drama desde el principio, y el hecho de que no se hubiese puesto en contacto con él para ponerlo al corriente de la situación no hizo sino aumentar su rencor. Le escribió un SMS cuyo tono y contenido no dejaba lugar a dudas sobre su determinación, instándole a que lo llamara de inmediato, muy alejado de los mensajes equívocos y las notas dulces que le enviaba normalmente, y luego se mantuvo a la espera. La respuesta no fue la que esperaba.
«¡Imposible! Te llamo mañana».
Étienne puso los puntos sobre las íes sin tapujos.
«¡Llámame ahora mismo o me planto en tu casa!».
Esta vez, la reacción no se hizo esperar. Apenas unos segundos después de enviarle el mensaje, Camille lo llamó. Étienne descolgó y sin apenas saludar fue directo al grano.
—Camille, tengo que saber lo que ha pasado esta tarde. ¡Ahora!
—¡Mi hija no sabe nada, Étienne! —murmuró ella trastornada—. Cuando la encontraron en medio del bosque estaba en estado de shock. ¡Lo ha olvidado todo!
Su sorpresa fue tal que se quedó mudo durante unos segundos. No había tenido en cuenta la posibilidad de que la criatura en cuestión pudiera ser precisamente la hija de su amante. La primera imagen que le vino a la mente fue la de Emma, envuelta en una gran toalla y chorreando sobre los peldaños de la escalera. Recordó la expresión de gravedad que exhibía la niña mientras lo contemplaba con desconfianza y sospecha. Recordó la manera en que se había enfrentado a él, aquella mirada desafiante.
—¿Étienne? —le preguntó Camille inquieta, mientras él guardaba silencio —. Quería… quería avisarte personalmente, pero no he tenido ocasión de hacerlo.
Para él, esta excusa barata fue el tsunami que se llevó consigo todo rastro de indulgencia. La ansiedad, el rencor y la cólera aniquilaron cualquier reflexión, dejándole solo el deseo ciego de salir de esa pesadilla. La impotencia que le agarrotaba lo volvía loco: él, al igual que los cornudos, era el último en enterarse de una situación trágica que le concernía íntimamente.
—¿Te burlas de mí? —le gritó en el auricular.
Al otro lado de la línea Camille cedió al pánico. La pobre mujer empezó a gemir, y después a sollozar, suplicándole que no fuera a su casa y que esperara al día siguiente a que su hija se despertara. Como si Mylène pudiera aguardar hasta entonces.
A medida que se sucedían las palabras y que las emociones chocaban, entre el miedo y la angustia, las amenazas y los ruegos, Étienne adquirió conciencia del abismo que lo separaba de Camille. ¿Qué tipo de mujer era capaz de pedir a un padre que esperara a la mañana siguiente sin hacer nada por encontrar a su hija?
Estupefacto por la reacción de Camille, Étienne se tragó su furia. Acababa de comprender que estaba solo. Nadie lo ayudaría a salvar a su hija. De todos modos, ¿qué podía hacer él? ¿Presentarse en casa de Camille, agarrar a la niña y acorralarla contra la pared? ¡Sabía perfectamente que eso era ridículo!
—¿Tu marido sospecha algo? —le preguntó sin saber muy bien qué podía cambiar eso.
Camille le contestó negativamente. Se confundió intentando excusarse, se enredó en absurdas justificaciones a las que él apenas prestó atención.
Después, Étienne cortó la comunicación.
En ese momento, su cólera estalla. A unos metros de la comisaría de la que acaba de salir, se dirige al coche dando grandes zancadas nerviosas y gritando insultos liberadores al anochecer. En un arranque de rabia está a punto de destrozar el móvil contra la acera, pero ante la posibilidad de que Mylène intente llamarlo reprime el gesto.
Entonces, sin perder más tiempo, se sube al coche y arranca a toda velocidad.