No sé

Barbara Abel · Capítulo 6 de 53

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No sé

Capítulo 5

Camille Verdier llega jadeando a la puerta de Étienne: la carrera, la emoción y el miedo la han dejado sin aliento. Después de cinco semanas de adulterio, sigue temblando como un flan cada vez que se reúne con él. Solo cuando se abandona en sus brazos lo olvida todo: su marido, su hija y la situación absurda en la que se ha metido…

Étienne es como una droga: produce euforia, es terriblemente bueno y definitivamente funesto.

El día que se conocieron, su vida adquirió ese sabor indefinible que la transporta a una realidad desconocida hasta entonces. Su manera de ver las cosas, las personas, los lugares o los sucesos no tiene nada en común con la manera en que ella ve el mundo. Es como si viniera de otro planeta, de un universo cuya existencia ella adivina, pero al que no tiene acceso. Un país extranjero en el cual no hay lugar para ella. Al poner los ojos sobre ella, al codiciarla, al desearla, le ha abierto las puertas de una tierra exótica que la fascina y la inquieta a la vez.

Las emociones que la embargan desde hace cinco semanas son de tal intensidad que Camille se pregunta cómo se las ha arreglado para vivir tantos años en esta tibieza letal. Es como si de pronto descubriera la existencia de sus órganos: los pulmones en llamas, el corazón azota sus emociones, la piel le quema, siente retortijones en las tripas…

Cada parcela de su cuerpo está a flor de piel.

Como para responder a los suplicios que soporta su cuerpo, su mente también atraviesa un calvario y, desde el primer abrazo que se dieron, se formula preguntas que nunca antes se había planteado: ¿quién es ella realmente? ¿Qué quiere? ¿Qué rumbo debe dar a su existencia? ¿Todavía quiere a su marido? ¿Debe hablar, debe callar? ¿Su vida tiene un sentido? ¿Qué le depara el futuro?

Camille tiene la sensación de estar atascada en una especie de purgatorio, entre el infierno de la traición y el paraíso del amor…

—Hola…

La puerta se ha abierto mientras ella recuperaba el aliento. Étienne aparece en el vano y se aparta de inmediato para dejarla pasar. Ella entra en la habitación sin quitarle los ojos de encima y el placer que les espera ya los une. Es una burbuja que los aísla del mundo, al borde de una felicidad preciosa, rozando el éxtasis. Camille espera a que cierre la puerta y luego se echa en sus brazos; él la estrecha, ella se acurruca, busca sus labios y los mordisquea con ternura. Durante unos segundos interminables, sin una palabra, sin un ruido salvo el de sus jadeos que se entremezclan, se comunican mediante el lenguaje corporal, ahogados en el vértigo de su atracción recíproca. Étienne la mantiene firmemente contra sí, una mano apretada contra los riñones mientras que la otra ya se aventura debajo de la falda, le roza los muslos, asciende lentamente hacia el triángulo de tela de sus braguitas.

Camille cierra los ojos. Su boca entreabierta deja escapar un rosario de suspiros lascivos, siente los dedos de Étienne deslizarse hacia el corazón de su deseo, él la palpa, la acaricia con una dulzura infinita mientras la atrapa con la mirada…

La hora que sigue se alarga hasta el extremo, como una goma distendida a punto de romperse en cualquier momento. Sumergidos en sus placeres, los dos amantes son conscientes de la precariedad del instante. Se abrazan, se sienten, se prueban, se roban hasta el último aliento.

Étienne vive en un pequeño apartamento del centro, a unas cuantas calles de la oficina de Camille. Es chef de cocina en un bar-restaurante, trabaja a menudo hasta altas horas de la noche. Sus horarios nocturnos le obligan a llevar una existencia ajena al marco en el que Camille ha erigido la suya. El único punto que tienen en común es seguramente la pasión que sienten ambos por su profesión. Ninguno de los dos sabe lo que es el abatimiento del lunes por la mañana y no entienden las eternas bromas que se hacen sobre este tema a lo largo de toda la semana.

Étienne inicia su jornada de trabajo a las seis de la tarde para preparar el plato del día y la guarnición. En general, el equipo del almuerzo ya se ha encargado de preparar las mesas. La cocina abre oficialmente a las siete, pero los primeros clientes suelen presentarse hacia las siete y media. Durante la primera media hora, se sirven sobre todo sopas y platos del día. Es el momento en que se cruzan los clientes: los que una vez terminada su jornada laboral no tienen ánimos para cocinar, y los que van a un espectáculo y pican algo rápido antes.

En la cocina, la máquina se pone en marcha, como un tren que inicia su trayecto y sale de la estación a poca velocidad. A partir de las ocho, el ritmo empieza a acelerar. Entre las ocho y media y las diez de la noche, se alcanza la velocidad de crucero: no hay ni un segundo para tomar aliento, pero se mantiene la cadencia. Después de las diez, hay un vacío. Es lo peor. Porque todos saben que el segundo servicio recuperará el ritmo desenfrenado. Esta vez, con los clientes que salen del espectáculo. Vuelve a empezar el baile de platos, y con él, la cocina se recalienta. Pero el ritmo es más difícil de mantener debido ese funesto vacío de las diez y porque se ha bajado la palanca de la velocidad. Hay trabajo hasta la medianoche, a veces hasta las doce y media.

Después, la cocina cierra para que Étienne y su equipo puedan ordenarlo y limpiarlo todo, lo que les lleva de promedio más de una hora. Son casi las dos de la madrugada cuando aprovechan para liberar la tensión y tomarse una copa. Por lo general es la última, pero tiene la mala costumbre de repetirse.

Étienne vuelve a casa a eso de las cuatro de la madrugada. Raras veces borracho, pues él no bebe para aturdirse. En realidad, bebe poco. Busca sobre todo el respiro que le procura el vino, el apaciguamiento de la mente. Y también el contacto con sus compañeros de trabajo, algunos de los cuales se han convertido en buenos camaradas. Asimismo, intenta no volver demasiado temprano; justo antes de que el sueño venga a por él. Para olvidar que está solo y que no es por elección propia. Étienne amordaza su soledad bajo la apariencia del soltero empedernido cuya existencia parece asumir plenamente.

Es una de las cosas que Camille admira de él, esta fuerza aparente que nunca desfallece. Un bloque de hormigón, inquebrantable e indestructible. Terriblemente tranquilizador. A decir verdad, es lo opuesto de su marido. Uno es un intelectual puro, mientras que el otro tiene alma de manitas. Patrick parece frágil y vulnerable, Étienne parece esculpido en la roca. Patrick es un hombre sociable, Étienne es más bien solitario. Patrick es un sedentario incorregible, a Étienne le gustan la carretera, los viajes, los grandes espacios. Uno habla mucho, el otro calla la mayor parte del tiempo.

Cuando están juntos, Étienne dialoga poco, pero no es eso lo que Camille espera realmente de él.

En cambio, él escucha, lo que marca también una clara diferencia con su marido.

Después de hacer el amor, en el momento en que sus cuerpos saciados se relajan, Camille recuerda las ansias que la devoran cuando está lejos de él. La corroe una sensación de soledad, unida a la vergüenza de engañar a su marido, un hombre recto e íntegro al que respeta y que, además, es el padre de su hija. Piensa con pavor que pueda llegar el día en que se entere de su traición. Lo conoce. Sabe que esa noticia lo destrozaría. Sabe también que él no le perdonaría nunca su infidelidad y que eso destruiría irremediablemente su relación. Más que cualquier otra cosa, Camille teme que se convierta en su enemigo: bajo una apariencia amable y cortés, Patrick esconde una frialdad cortante que la hiela hasta la médula. Cuando se pelean, cuando se siente herido por uno u otro motivo, Camille tiene la sensación de que él se desconecta de cualquier reacción humana. Se convierte en un hombre distante, altivo, desdeñoso, al que nada parece alcanzar. La tensión que reina entre ellos somete los nervios de la joven a una dura prueba. La actitud de su marido la destroza y a veces necesita varios días para conseguir abrir una grieta en ese caparazón de metal que parece recubrirlo. Incluso hay ocasiones en que, aunque está convencida de llevar la razón en el conflicto, acaba por pedirle perdón, solo para que sonría y conseguir así que vuelva a ser amable y atento.

Sobre todo, culpa a su marido de haberla convertido en lo que es ahora. Se siente reducida a representar el papel que todos esperan de ella, el de esposa y madre, como dos pieles en las que ella se mete según el momento del día. Pero ¿quién es ella realmente? ¿Dónde está esa chica que iba por la vida con confianza y altivez? El simple hecho de formular esa pregunta le provoca la sensación de reencontrarse con algo que fue en otro tiempo, justo antes de casarse con Patrick. Antes de ponerse el traje de esposa que, con el paso del tiempo, le va cada vez más pequeño. Al nacer Emma, se puso uno nuevo que, con el tiempo, consiguió que le fuera a medida. Ahora ruge bajo el atuendo de una mujer en la que ya no se reconoce.

Por su parte, a Étienne le bastó con mirarla para descubrir a la joven que fue en otro tiempo. Al menos esa persona existe en su mirada, y es absolutamente delicioso. Él ha conseguido resucitarla sin que ella sepa cómo ha obrado ese milagro.

Sin embargo, Camille no se siente con fuerzas para enfrentarse a una separación. La mera perspectiva de tener que compartir la custodia de Emma le rompe el corazón. No podría soportar verla solo una semana de cada dos. Y privar a la niña de su padre se le antoja igualmente inconcebible.

Además, los sentimientos que alberga hacia su marido son complejos.

Es cierto que la vida cotidiana lleva tiempo debilitando su unión, las costumbres desgastan la pasión. Los años han arañado poco a poco las promesas de una felicidad que ha cambiado su eternidad por una molesta perpetuidad. Sin embargo, Camille no está realmente segura de no sentir nada por Patrick.

En realidad, la joven se siente acorralada, desgarrada entre la fuerza de una pasión devoradora de la que ya no puede prescindir y la solidez del microcosmos familiar necesario para su felicidad y que debe proteger.

En dos ocasiones intentó poner fin a su relación con Étienne. Cada vez, volvió a caer en sus brazos unos días más tarde, sintiéndose perdida, turbada, miserable y agobiada, apenas la sombra de sí misma. Sin él, sus días no llevan a ningún sitio, las horas se desintegran, los segundos son como la melaza en la punta de los dedos, que se pega, rezuma, imposible de librarse de ella. Por la mañana, los despertares son dolorosos, cuando los pensamientos afloran a la superficie de su mente para luego atravesarle el alma con el recuerdo aún vivo de su amante. Por las noches, el sueño se esfuerza por esconderse, mientras ella lo busca a ciegas, perdida en los confines de sus remordimientos.

Desde hace cinco semanas, sus días están pautados por el más mínimo contacto con Étienne. Los mensajes de voz, los SMS, los correos electrónicos, las llamadas de teléfono y las citas secretas se han convertido en las únicas unidades de tiempo. Ella despliega montañas de ingeniosidad para conservar las pruebas de su amor sin arriesgarse a que Patrick las descubra accidentalmente, algo que le exige no bajar la guardia en ningún momento.

Desde hace cinco semanas, su vida ya no tiene ningún sentido sin Étienne. Juntos, conjugan la solemnidad de sus emociones con la ligereza de una felicidad que alcanza la perfección. Con ella, él se muestra paciente, curioso, asombrado. Su confianza despierta en ella la audacia que llevaba tiempo sin conseguir salir de su interior. Con él, ella se siente fuerte, especial y preciosa. Ellos dos se complementan y se relevan, a la vez graves y celestiales.

Camille ama los almuerzos discretos que ambos comparten al fondo de una taberna improbable, donde no se arriesgan a toparse con un conocido. Atesora sus conversaciones sin orden ni concierto, sus silencios maravillados, sus ataques de risa, e incluso las situaciones absurdas a las que su clandestinidad les obliga a veces a enfrentarse. Se ríe sola rememorando aquella tarde soleada durante la cual, aprovechando la bonanza del tiempo, se pasearon por un barrio alejado de los que tienen por costumbre frecuentar. Desafiando la prudencia más elemental, se dejó llevar del brazo de Étienne, solo para fingir. Ser una pareja normal durante unos instantes. Exponerse a las miradas de todos, protegidos por su anonimato. Y cómo no, fue precisamente allí donde se topó con su vecina, que de ningún modo podía descubrirla en compañía de otro hombre que no fuera su marido. Camille estuvo a punto de sucumbir al pánico. Étienne, ataviado con gafas de sol, se transformó de inmediato en un ciego que ella, con toda la bondad de su alma, ayudaba a orientarse para que reencontrara su camino. Fingiendo gratitud, él se dejó guiar durante unos cien metros, multiplicando los tropiezos y las torpezas. El miedo de Camille dio paso a la diversión y, desde entonces, su vecina la tiene en más alta estima.

Tumbados uno junto al otro, agotados y satisfechos, vuelven lentamente a la superficie.

—Si todavía no me has hablado de ello, es que tu hija aún no se ha chivado a tu marido… —murmura Étienne acariciando el cabello de Camille.

La joven se acurruca un poco más en sus brazos.

—No. No ha dicho nada. Pero puede salir en cualquier momento.

—¿Y a ti, te ha dicho algo?

Camille niega con la cabeza.

—Solo tiene cinco años. No sé hasta qué punto es consciente de habernos sorprendido en una situación delicada. Después de cerrar la puerta detrás de ti, actué como si todo fuera normal. Ella me preguntó quién eras y yo le dije: «Un viejo amigo».

—¿Un viejo amigo? —repite Étienne en tono burlón.

Miradas cómplices. Étienne esboza una expresión senil y Camille se echa a reír.

—¿Crees que debería abordar claramente el tema? —le pregunta adoptando de nuevo una actitud seria.

Se hace un largo silencio. Él le dedica una mirada en la que ella detecta una pizca de inquietud.

—¿Qué tema? ¿Con él?

—Con Emma —contesta ella en tono evidente—. Lo que vio ayer…

El rostro de Étienne se relaja imperceptiblemente, algo que no se le escapa a Camille.

—¿Qué habías entendido?

—Creía que querías hablarle a tu marido de lo nuestro…

—¿Te molestaría?

Él se encoge de hombros apartando la vista.

—¿No estamos bien así?

La respuesta es ligera, pero de repente a Camille le pesa el corazón. Étienne no le ha exigido nunca nada, y eso la tranquiliza y la ofende a la vez. Siente que la magia del principio se está agotando, que él se muestra menos atento, que es más indolente. A Camille le gustaría provocar en él la confusión que ella experimenta, los sueños febriles que acaricia, el triunfo de la embriaguez sobre la razón. Sin embargo, desde hace un tiempo, Étienne hace gala de una serenidad que ella juzga incompatible con la fuerza de su amor.

—Tengo que irme —declara consultando el reloj de pulsera.

Se levanta de un salto, recoge apresuradamente su ropa desperdigada y se va al cuarto de baño.

Unos minutos más tarde, Étienne la acompaña hasta la puerta de su apartamento.

—Te llamaré en cuanto pueda —le promete ella.

Cuando por fin desaparece en el hueco de la escalera, Étienne se queda unos instantes en el umbral de la puerta, pensativo.

La luna de miel toca a su fin. Camille empieza a irritarlo.

Él las conoce como nadie, a esas esposas rebeldes que buscan en el adulterio los escalofríos de una juventud perdida. Esas madres de familia modélicas que, durante años, se han esforzado sobremanera por acoplarse a un molde estereotipado —el de la mujer satisfecha a la cabeza de una tribu— y que, una vez atrapadas en su interior, se debaten por salir. Sí, las conoce bien, a esas mujeres que de repente reniegan del patrón de una vida detrás de la cual han corrido hasta perder el aliento: un marido que satisfaga sus necesidades y unos hijos que sacien sus instintos primarios. Un buen día, se despiertan con la imperiosa necesidad de recuperar una falsa libertad, de demostrarse a sí mismas que siguen siendo las que eran con veinte años.

Como si el peso de los años no hubiese hecho mella en ellas. Como si fueran inmortales.

Camille no dejará nunca a su marido, de eso está totalmente seguro. Le gustan los momentos robados que comparte con ella, sabiendo que la clandestinidad le da un toque de sabor a su historia. A estas alturas, él ya ha superado la edad de los juramentos de pacotilla y no está del todo seguro de querer más, de volver a empezar todo desde el principio: una vida en pareja, ahogando el fruto prohibido en las dificultades de la vida cotidiana y arriesgándose a quitarle la magia.

Lo que sí sabe, en este preciso instante, es que a su edad ya no tiene ganas de perder el tiempo.