No sé

Barbara Abel · Capítulo 30 de 53

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No sé

Capítulo 29

Dorothée Voguel aparca el coche de policía camuflado en una calle bordeada de casas particulares, situada en el extrarradio de la ciudad. A su lado, Henry Leduc dormita: es demasiado temprano para su gusto y está más apático que nunca.

Después de apagar el motor, Dorothée se vuelve hacia su colega. Lo observa durante unos segundos sin decir nada y riéndose para sus adentros al verlo cabecear de sueño. Lo aprecia. Su delicadeza y su indefectible buena voluntad la conmueven, aunque, a veces, la exaspere la lentitud con que reacciona. Al mismo tiempo, no le desagrada formar equipo con él: al carecer de ambiciones profesionales, le deja a ella plena libertad para llevar las investigaciones como lo considere oportuno. Ella se ha preguntado a menudo qué hace un hombre como él en la policía. En su opinión, es la persona indicada para ser contable o empleado de oficina, doblegándose a unos horarios fijos, cumpliendo todos los días la misma tarea.

—¡Al suelo! —le grita de pronto con todas sus fuerzas—. ¡Nos están tiroteando!

Henry pega un brinco en su asiento, suelta un grito y se pliega al instante en dos para esconderse detrás del salpicadero. Temblando como un flan, jadeando y con ojos alucinados, tarda unos segundos en comprender que Dorothée acaba de gastarle una broma.

Ella se ríe a mandíbula batiente.

—¡Muy graciosa! —Gruñe él mientras se endereza.

—¡Al menos ahora estás despierto!

Y, sin esperar a que él se recupere de sus emociones, sale del coche y cierra la portezuela con energía. Henry Leduc sigue el movimiento, se dispone a salir a su vez del vehículo, pero el cinturón de seguridad lo frena en seco. Entonces recupera su posición inicial, avergonzado, y se desabrocha torpemente la correa. Una vez fuera, pone orden en su atuendo mientras masculla.

—Deja de refunfuñar —le reprende Dorothée sin dejar de reírse—. No ha sido para tanto.

—En efecto —admite él—. Solo ha sido muy desagradable.

—Ahora no te irás a cabrear, ¿verdad?

Henry Leduc se contenta con encogerse de hombros y echar a caminar sin esperar a su compañera.

—¡Es por allí, Henry! —le grita ella indicándole la dirección opuesta.

El oficial de policía suspira, da media vuelta y sigue a su compañera despidiéndose definitivamente de su dignidad.

—Por cierto… —le dice Dorothée mientras se dirigen hacia el domicilio de la señora Gensart, la madre de la pequeña Manon—. ¿Por qué entraste en la policía?

—De pequeño me encantaban Starsky y Hutch —le explica Henry con toda la naturalidad del mundo.

Dorothée le lanza una mirada incrédula, a la que Henry responde con una sonrisa impregnada de orgullo.

Unos instantes más tarde, se presentan en el umbral de una de las viviendas unifamiliares que se levantan a intervalos regulares en esta calle tranquila y pulsan un timbre junto al cual está grabado el nombre «Gensart» con letras negras sobre un fondo dorado. Después de esperar un minuto, una mujer entreabre con prudencia la puerta y los observa con curiosidad.

—Agentes Voguel y Leduc —se presenta Dorothée mostrándole su placa —. Quisiéramos hacerle algunas preguntas sobre Mylène Gilmont, la maestra de su hija. ¿Podemos entrar?

La mujer muestra su sorpresa y abre un poco más la puerta.

—¿La señorita Gilmont? ¿Qué pasa?

—Sigue desaparecida —responde tranquilamente Dorothée—. ¿Podemos entrar?

—Sí, sí… Por supuesto.

Les abre la puerta de par en par y se aparta para dejarlos pasar. Lleva bata, tiene el pelo alborotado y los ojos aún hinchados de sueño. Es evidente que no hace mucho que ha salido de la cama.

—Perdónenme, acabo de levantarme. ¿Dicen que la señorita Gilmont está desaparecida?

—Desde la tarde de ayer. ¿No estaba al corriente?

—En absoluto… Sabía que Emma Verdier se había perdido en el bosque, pero ¡ignoraba que le hubiese pasado algo a la señorita Gilmont!

Mientras habla, la señora Gensart los conduce hasta una amplia cocina en la que una niña saborea unos cereales que nadan en un bol de leche.

—Manon, cariño, ve a ver unos dibujos animados.

—También nos gustaría hacerle algunas preguntas —anuncia Dorothée—. Si no le importa, claro está.

—No… Me imagino que no. ¿Quieren un café? Ahora mismo estaba preparando…

—¡No le diré que no! —responde Henry que parece reaccionar por fin a lo que sucede a su alrededor.

—Enseguida lo hago. Siéntense.

Los dos policías toman asiento a la mesa, a uno y otro lado de la niña. Manon los observa con curiosidad, sin dejar de tragar cucharadas colmadas de cereales.

—Hola… —empieza a decirle Dorothée dirigiéndole una cálida sonrisa.

—Hola.

—¿Está rico?

La niña asiente moviendo la cabeza con energía.

—¿Sabes quiénes somos?

—Sí. La policía.

—Exacto. ¿Puedo hacerte algunas preguntas?

—Vale…

—¿Conoces a Emma Verdier?

—Sí.

—¿Es amiga tuya?

—A veces.

—¿Os lleváis bien?

—A veces… Nos peleamos mucho.

—¿Por qué?

Manon guarda silencio durante unos segundos con la mirada perdida.

—¿Quieren azúcar y leche con el café? —pregunta la señora Gensart mientras deja tazas, platillos y cucharillas delante de cada uno.

—No, gracias —le contesta Dorothée en voz baja, sin apartar la vista de Manon.

—Para mí azúcar —le dice a su vez Henry sonriendo con amabilidad.

—¿Manon? —insiste Dorothée para volver a centrar la atención en la niña —. ¿Por qué os peleáis Emma y tú?

—No sé.

—Vale. —Se rinde para no agobiarla. Y luego fingiendo cambiar de tema —: ¿Te gusta tu maestra?

La niña titubea un instante y luego niega tímidamente con la cabeza.

—¿Es buena contigo?

—A veces.

—¿Cuándo no es buena?

—Cuando hacemos tonterías.

—¿Qué tipo de tonterías?

—Cuando gritamos o cuando no escuchamos. O cuando desobedecemos.

—Pues sí, es normal. Y ¿qué hace cuando desobedecéis?

—Nos castiga.

—¿Cómo os castiga?

—Tenemos que ir a la pared y callarnos.

—¿Hace otras cosas?

—Grita muy alto y dice que se morirá por nuestra culpa.

Esta respuesta le llama la atención a Dorothée. Instintivamente se vuelve hacia la madre y la interroga con los ojos. Esta le contesta con una mirada triste que parece confirmar lo que dice su hija. Dorothée no puede evitar enarcar las cejas en señal de desaprobación, y luego retoma la conversación con la niña.

—¿Y eso te da miedo?

—A veces sí.

—Me han dicho que te peleaste con Emma, ayer, durante la excursión con la escuela. Justo antes de que desapareciera. ¿Es verdad?

Manon lanza una mirada asustada a su madre, que la tranquiliza de inmediato.

—No has hecho nada malo, cariño. Puedes contar lo que pasó. ¡No es culpa tuya!

Dorothée la alienta dedicándole una sonrisa encantadora.

—Lo que me gustaría saber es por qué te peleaste con Emma —le dice con dulzura.

—Porque decía que Lelia no es mi hermana.

—¿Y quién es Lelia?

—Mi hermana.

—Lelia no es realmente la hermana de Manon —aclara la señora Gensart mientras vierte el café en las dos tazas—. De hecho, es la hija de mi compañero. El papá de Manon y yo nos divorciamos hace dos años, y hace cerca de uno que vuelvo a vivir en pareja. Fabien tiene una hija de diez años que se llama Lelia y que Manon considera su hermana.

—Comprendo —asiente Dorothée—. ¿Y por eso Emma y tú os peleasteis ayer? —le pregunta.

Manon baja la mirada con gesto apenado. Luego asiente con un breve movimiento de barbilla.

—¿Y sabes por qué Emma no quería admitir que Lelia es tu hermana?

Esta vez, la niña niega rotundamente con la cabeza.

—Vale. Muchas gracias, Manon. Ya no te molesto más. Puedes ir a ver los dibujos animados.

La niña no se hace de rogar: se baja de la silla y corre a la sala de estar, enciende el televisor y se instala en el sofá. La señora Gensart la vigila desde la cocina y luego, después de haberse asegurado que su hija ha perdido el interés en ellos, cierra la puerta y se sienta en la silla que ocupaba la niña unos minutos antes.

—A Manon la trastornó mucho lo que le sucedió ayer a Emma —explica de inmediato—. Está convencida de que Emma desapareció por su culpa. Por más que le repita que ella no tiene nada que ver, y aunque todo haya acabado bien, esta noche ha tenido pesadillas.

—¿Tiene alguna idea del motivo por el que Emma Verdier reaccionó de esta manera con Manon?

—¡Ni la más mínima! Pero he de decir que Emma es una niña muy…

Busca las palabras, visiblemente preocupada.

—Digamos que bastante rara e individualista.

—¿A qué se refiere?

La señora Gensart suspira. Aprieta los labios esbozando un rictus equívoco, como si no se atreviera a confesar lo que piensa realmente.

—Me cuesta un poco decirlo, pero Emma Verdier no me resulta simpática. Sé que no es más que una niña y que los niños son a menudo crueles entre ellos, pero esta tiene un lado que, en ocasiones…

Se interrumpe, indecisa. Dorothée la alienta:

—¿En ocasiones…?

—No sé cómo explicarlo… Por poner un ejemplo, Manon me ha contado que un día, en clase, durante la hora de dibujo, vio que Emma derramaba por descuido un bote de pintura de la estantería. Seguramente tuvo miedo de que la riñeran y, puesto que nadie estaba atento, lo dejó todo tal cual, como si nada hubiese sucedido. Poco después, Victor, un niño de su clase, fue a buscar pintura en esa misma estantería. Vio el bote derramado, lo cogió… la señorita Gilmont lo sorprendió en ese preciso instante y creyó que era él el que lo había tirado. Por supuesto, él lo negó todo y eso enfureció a la señorita Gilmont. Le impuso un doble castigo, por haber derramado el bote de pintura y por no reconocer su error. Al parecer, el niño lloró mucho, jurando que no había sido él… Pero la señorita Gilmont no quiso escucharlo. Manon observó la reacción de Emma y, según me ha contado, presenció la escena con absoluta indiferencia. En ningún momento parecía perturbada o incómoda…

—¿Y Manon no dijo nada? —se extraña Dorothée.

—Eso mismo le pregunté yo, pero ella me contestó que la «seño». Mylène, como la llaman los niños, estaba tan furiosa que no se atrevió a intervenir.

Dorothée guarda silencio durante unos segundos, perpleja. Por su parte, la señora Gensart parece terriblemente incómoda.

—Me resulta difícil «difamar» a una niña de cinco años —añade agitando los dedos en el aire imitando las comillas—. Pero no es el único ejemplo. En sus relaciones con los demás niños, Emma es especialmente autoritaria, casi tiránica. Establece constantemente una relación de fuerza. Ha venido una o dos veces a jugar aquí con Manon, y he podido constatar que…

Una vez más, se interrumpe intentando formular una idea que la desconcierta.

—Su café es muy bueno —observa Henry depositando la taza que acaba de vaciar.

—Gracias —murmura la señora Gensart, claramente aliviada con esta intervención—. ¿Quiere más?

—¡Con mucho gusto!

Dorothée dirige a su compañero una mirada llena de reproche. Este no parece percatarse de la amonestación y le tiende la taza a la señora Gensart, que aprovecha la pausa para trajinar en su cocina.

—¿Le sirvo más? —le pregunta a Dorothée.

La policía declina el ofrecimiento con un gesto de la mano y espera a que su anfitriona se siente de nuevo a la mesa para proseguir con la entrevista.

—¿Decía usted? —Reanuda una vez que la señora Gensart ya no encuentra nada más que hacer.

—No recuerdo dónde me había quedado…

—Nos estaba diciendo que la pequeña Emma Verdier ya había venido a jugar alguna vez aquí con Manon y que había podido usted constatar… Allí había quedado. ¿Constatar qué, señora Gensart?

La madre de Manon suspira con un gesto de impotencia. Luego parece tomar una decisión y acaba por confesar.

—Pues bien, para decir las cosas por su nombre, lo único bonito de Emma Verdier es su cara. Esa niña es de mucho cuidado, se lo aseguro. Una auténtica arpía. Y sospecho que a veces incluso es deliberadamente malévola.