No sé

Barbara Abel · Capítulo 18 de 53

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No sé

Capítulo 17

 

Por segunda vez, la familia Verdier se dispone a marcharse. Dupuis no puede retenerlos por más tiempo, como tampoco puede obligar a una pequeña de cinco años a hablar. Para el policía, la situación es inédita. La presencia del fular en el brazo de la niña indica, sin lugar a dudas, que estuvo en contacto con Mylène. Su actitud refuerza esta convicción, y lo más molesto es que la niña no parece consciente de la urgencia de la situación. Pero no puede culparla. Tiene cinco años y, a esa edad, el concepto de verdad tiene contornos muy difusos.

Por regla general, cuando Dupuis toma declaración a un testigo en el marco de una investigación sin que exista en un principio ningún prejuicio de culpabilidad, detecta bastante rápido, si no la parte de responsabilidad de su interlocutor, al menos su grado de implicación. En función del comportamiento de la persona, de la forma en que contesta a las preguntas, del tono de su voz, de su cadencia al hablar y de la expresión de su rostro, consigue adivinar si tiene algo que esconder. El capitán posee ese don particular de saber poner al descubierto el malestar que traiciona al ocultamiento. Pocas veces se equivoca, y sabe por experiencia si la pista que tiene ante sí es interesante o si no vale la pena explorarla.

Con Emma, sus métodos de investigación son tan limitados como sus certezas. De entrada, queda descartado que la niña oculte información por maldad, como podría suceder en el caso de una persona adulta. La candidez de su tierna edad es su escudo más fiel. Pero Dupuis detecta en la pequeña una inquietud equívoca que podría haberla impulsado a declararse ignorante. Lo más terrible en el «no sé» de Emma es que denota claramente su negativa a hablar, sin que se pueda apelar a la más mínima responsabilidad. A los cinco años se es inocente. En todos los sentidos de la palabra.

Cuando los Verdier se disponen a salir del furgón, el teléfono de Dupuis resuena en el bolsillo de su chaqueta. Responde de inmediato y habla durante unos instantes con su interlocutor. Camille se ha quedado paralizada, atenta a la conversación del capitán. Lo oye hablar de la ausencia confirmada de la maestra en su domicilio y del misterio que rodea su suerte.

—Registren el apartamento de arriba abajo y busquen los datos de un allegado, un miembro de la familia, alguien con el que pueda ponerme en contacto —ordena a sus hombres.

Acto seguido, hace una breve pausa y da por concluida la conversación.

—Llámenme en cuanto sepan algo.

Después de colgar, Camille titubea durante un instante.

—¿Siguen sin noticias? —pregunta sin lograr ocultar su desazón.

El capitán la observa con una mirada cargada de inquietud.

—En cualquier caso, no ha vuelto a casa.

—¿Qué van a hacer?

Dupuis no puede impedir esbozar una sonrisa llena de ironía.

—Es muy amable por su parte preocuparse…

Después, detectando el malestar de Camille, añade:

—¿Qué relación tiene con la maestra de su hija? ¿La conoce?

La joven parece sorprendida por la pregunta. Abre la boca como si se dispusiera a contestar, pero las palabras se quedan obturadas en su garganta. Sus ojos delatan un evidente malestar, que ella intenta a todas luces ocultar buscando una respuesta. El policía casi es capaz de oír el chirrido de los engranajes que funcionan a toda velocidad en su cerebro.

—No mucho —responde.

—¿Nunca ha hablado con ella sobre Emma?

—Sí, por supuesto. Pero los escasos intercambios que hemos tenido han sido siempre en relación con la escuela.

En la puerta del furgón, Patrick se impacienta.

—Me gustarían volver a interrogar a Emma mañana por la mañana — declara Dupuis en tono firme—. Puede que después de una buena noche de sueño, sus recuerdos sean más nítidos. Les espero a las diez en la comisaría central.

Se vuelve hacia Patrick, que no reacciona enseguida.

—¿Señor Verdier? —insiste el capitán.

Patrick acaba por asentir de mala gana. Luego, Dupuis se dirige otra vez a Camille.

—Mientras tanto, ¿podría hablar con su hija lo antes posible y procurar averiguar qué pasó en el bosque? —le pregunta intentando mantener la atención de la joven.

Dicho esto, le tiende con autoridad una de sus tarjetas de visita.

—Llámeme si tiene la menor información que pueda ayudarme a dilucidar este asunto.

Camille se queda con la tarjeta del policía en la mano. Asiente vagamente con la cabeza, pero su mirada es huidiza. En ese preciso instante, Dupuis detecta en ella una zozobra oculta que la corroe de manera manifiesta. Es la misma sensación que tuvo cuando les comunicó la necesidad de interrogarlos sobre Emma, cuando la niña aún estaba desaparecida. La reacción de Camille lo intrigó, esa manera de adoptar una actitud que delata un sentimiento de culpabilidad, pese a que no se la ha acusado de nada.

—¿Nos vamos? —vocifera Patrick, que sigue plantado delante de la puerta del furgón.

Sin añadir nada más, Camille se apresura a alcanzar a su marido y a su hija. Dupuis los mira marcharse. Inmerso en sus pensamientos, tarda unos segundos en contestar al móvil que empieza a sonar en el bolsillo de su chaqueta. Al echar un vistazo a la pantalla, constata que el número que aparece no está registrado en su agenda.

—Al habla el capitán de policía Dupuis —declara en cuanto se establece la comunicación.

Al otro lado de la línea se oye la voz de Mireille Cerise. La directora de Les Pinsons tiene hambre de noticias, siente curiosidad por saber si la pequeña Emma Verdier ha podido explicarles la presencia del fular de Mylène alrededor de su brazo. Después de que uno de los policías le haya tomado declaración, ha emprendido el camino de vuelta y ha acompañado a Bruno y Véronique a casa.

Dupuis le hace un resumen de la conversación sin detenerse en sus conclusiones.

—¿Cree que sufre algún tipo de amnesia traumática? —le pregunta la directora después de que el capitán le haya hablado de la incapacidad manifiesta de la niña de explicar lo que ha vivido en el bosque.

—¿Qué entiende usted por eso?

—Algunas experiencias son tan traumáticas que las víctimas establecen un mecanismo de defensa que lo borra todo de su memoria.

Dupuis esboza una mueca dubitativa.

—Es posible —admite—. A decir verdad, no lo sé. Más bien me ha dado la impresión de que la niña retenía información, pero no tengo elementos concluyentes que la sustenten. Le he pedido a la madre que intente averiguar más. No sé si lo hará.

Un breve silencio sigue a la respuesta del capitán, que él rompe formulando una pregunta a Mireille.

—¿Ha llegado a sus oídos algún tipo de desacuerdo entre Mylène y los padres de Emma?

—No que yo sepa.

—¿Y entre Emma y su maestra? ¿Ha tenido conocimiento alguna vez de un problema entre ellas? ¿Mylène se ha quejado de su alumna?

—Sinceramente, no. Mylène es una joven un poco… rígida. A veces pienso que carece de cierta flexibilidad en el trato con los niños, pero es una buena maestra. Lleva con nosotros solo este curso, hay que darle tiempo de adaptarse. Por cierto, ¿sabe algo nuevo sobre la visita de sus hombres al domicilio de Mylène?

—El apartamento estaba vacío. Todo parece indicar que no ha estado en casa desde esta mañana.

—¿Ha encontrado la dirección de su padre?

—Aún no. Mis hombres siguen allí, me llamarán en cuanto encuentren información relevante.

La conversación telefónica termina rápidamente. Acto seguido, el policía evalúa la situación con los hombres destacados sobre el terreno. A pesar de que ha sobrevolado a conciencia la zona de búsqueda, el helicóptero no ha detectado ninguna presencia humana en el bosque. En tierra tampoco; el registro de los alrededores no ha dado resultado. Dupuis no entiende nada. Se diría que Mylène simplemente se ha volatilizado. Y teniendo en cuenta el diluvio que se ha abatido sobre el bosque, el policía sabe que es inútil enviar a los perros sobre la pista de la maestra: la lluvia ha borrado irremediablemente todas las huellas olfativas.

Unos minutos más tarde, sus hombres lo llaman desde el apartamento de Mylène.

—Hemos encontrado el número de teléfono del padre —anuncia el agente al otro lado de la línea.

—¡Perfecto! Tomo nota.

Dupuis coge un bolígrafo y garabatea una serie de cifras en un pedazo de papel.

—¿Y su nombre? —le pregunta a su interlocutor.

—Papá.

—Muy gracioso.

—En serio, jefe. No tengo más información. Acabamos de encontrar una agenda de direcciones en la que el número está anotado en la letra P. De «papá».

—Vale —admite Dupuis—. Sigan buscando y llámenme cuando tengan algo nuevo.

Cuelga y acciona enseguida el teclado. Luego marca el número que acaba de anotar y espera.

El timbre de llamada suena una y otra vez mientras él contiene la respiración. Dupuis odia este tipo de situaciones en las que tiene que enfrentarse al dolor y a la angustia de una persona a la que será incapaz de tranquilizar. Así pues, casi siente alivio cuando oye saltar el buzón de voz:

«Soy Étienne Gilmont. Deje su mensaje».