No sé
Domingo
43
Una segunda noche en vela se alarga, interminable, poblada de dudas y suplicios, una noche detectando los ruidos de la casa, todos los sentidos en alerta, con el temor incontrolable del peligro que quizás esté fuera, al acecho.
Ese «quizás» agota a Camille. La incertidumbre. Las preguntas sin respuesta. Las amenazas que se derivan de ello.
A su lado, Patrick duerme como un tronco y su respiración tranquila la vuelve loca.
A pesar de la intensa fatiga, a pesar del abatimiento cuya constancia diezma sus fuerzas hora tras hora, Camille no logra encontrar el reposo. No para de dar vueltas en la cama, con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad, espiando las sombras que se agitan en las paredes de la habitación. Está obsesionada con la presencia de Étienne en el barrio. Su imaginación se desborda al desconocer las intenciones de quien, hoy, tiene el poder de romper su vida en mil pedazos.
Camille reprime un escalofrío de miedo. Ahuyenta esta idea tóxica y vuelve a tumbarse, por enésima vez, de costado. Las cifras luminosas del despertador se van sustituyendo unas a otras ante la indiferencia de esa noche sin fin. A su espalda, la respiración regular de Patrick resuena en su cráneo, adquiriendo una amplitud desmesurada, a imagen de las ráfagas que invaden su alma. ¿Cómo puede dormir tan profundamente sin inquietarse por nada?
Él tiene la conciencia tranquila, piensa atormentada.
Las horas se alargan, blandas e indolentes. Al alba, Camille se despierta agotada. Se queda aún un rato en la cama, esperando, y luego se levanta de puntillas para ir a la ventana y entreabre un poco las cortinas. Con prudencia, escruta el exterior, con el corazón palpitante. Fuera, todo parece en calma. La calle desierta llena su campo de visión; ningún movimiento traiciona la menor presencia. Apenas tranquilizada, Camille titubea. Volver a la cama supera sus fuerzas; tampoco tiene el valor de bajar a preparar el desayuno.
Entonces abandona su puesto de observación y sale del dormitorio a paso quedo. Guiada por sus angustias, entra sin hacer ruido en la habitación de Emma. Una lamparilla ilumina débilmente el lugar con un halo azulado que deja entrever, en la cama de la niña, los contornos del pequeño cuerpo debajo del edredón de motivos delicados. Camille se acerca y se coloca al pie de la cama. Todo a su alrededor, los muebles, los pósteres en las paredes y los numerosos juguetes parecen un refugio de inocencia.
Por debajo de las mantas asoma el rostro de Emma, enmarcado por rizos desordenados. La niña parece acosada por sueños inquietos. Está cubierta de sudor, suelta pequeños quejidos atemorizados, se agita convulsivamente en la cama. Camille posa una mano temblorosa sobre la espalda de su hija en un gesto para apaciguarla.
En cuanto la toca, Emma se sobresalta en su sueño.
—¡No en el agujero! —murmura gimiendo—. ¡No en el agujero!
De inmediato, Camille se mantiene alerta. Contiene la respiración y se acerca. Emma se mueve cada vez más, jadeando, visiblemente perturbada por pensamientos desagradables.
—Todo va bien, cariño —la tranquiliza Camille acariciándole el pelo—. No te preocupes, estoy aquí.
Emma se estremece, pero se calma poco a poco. Camille decide quedarse cerca de ella para velar su sueño. Sigue reconfortándola con infinita dulzura, y sus gestos de ternura parecen tranquilizar a la pequeña.
Permanece allí un buen rato, inmóvil, sin apartar los ojos de su hija. Pronto, la fatiga hace que los párpados le pesen. Camille empieza a menear la cabeza. Más allá de la languidez que la mece, acoge con alivio este estado de letargo salvador. Duda unos instantes y luego se acuesta junto a su hija y se queda dormida casi al instante.
Poco después, un grito agudo la despierta de un sobresalto. Cuando abre los ojos, Emma está sentada en la cama, pálida y excitada, y con la mirada alucinada. La niña es presa de un terror innegable. Camille se incorpora a su vez y la coge en brazos para tranquilizarla.
—Todo va bien, tesoro, todo va bien —musita enseguida meciéndola.
Emma tiembla con todos sus miembros. Se mantiene tensa y rígida en los brazos de su madre, sin relajarse, como si fuera incapaz de abandonarse a sus gestos reconfortantes. Mira fijamente un punto justo delante de ella del que no consigue apartar los ojos y su pequeño rostro aterrorizado interroga a Camille.
—¡Emma, mírame! —le ordena esta para llamar su atención—. ¿Qué pasa cariño? ¡Háblame! ¿Emma?
Alertada por la sucesión de órdenes, la niña dirige por fin una mirada conmocionada hacia su madre. Esta intenta mantener el contacto, primero visual, luego verbal y finalmente emocional.
—¿Qué pasa, preciosa? ¿Has tenido una pesadilla? Todo va bien, ha acabado. Estoy aquí. Estoy aquí.
Por fin, Emma parece relajarse poco a poco. Se deja ir suavemente contra su mamá, que mantiene el movimiento de vaivén sin dejar de calmarla.
—¡No quiero volver al agujero! —gime.
—¿Qué agujero, cariñito? —pregunta Camille inquieta.
—¡El agujero! —repite la niña obstinadamente.
La joven frunce el entrecejo. Emma ya ha hablado de ese agujero en sueños. Y esta mañana ha vuelto a aludir a él. Está claro que algo la perturba.
—¿Dónde está ese agujero, cariño?
—¡En el bosque!
Camille siente calambres en el estómago. Agarra a su hija por los hombros y la sitúa delante de ella para mirarla a los ojos.
—¿Qué historia es esa de un agujero en el bosque, Emma?
Asustada por el tono firme y apremiante de su madre, la pequeña estalla en sollozos.
—No sé…
—¡Ah, no! ¡Se han acabado los «no sé»! ¡Yo diría que lo sabes muy bien!
Camille siente que su hija se crispa entre sus manos. Sus lágrimas corren abundantes, cierra los ojos para evitar el contacto. Su madre debe dominarse para no perder la paciencia y arriesgarse a poner a su hija en su contra.
—¡Cariño! —le dice con un tono de voz dulce—. Si recuerdas algo, tienes que contármelo. Es importante. ¿Qué es esta historia de un agujero en el bosque?
A Emma le cuesta hablar cuando llora y Camille debe redoblar sus atenciones para tranquilizarla.
—¡Era en mi sueño! —Hipa la pequeña entre sollozos.
Camille se dispone a reprenderla para obligarla a hacer frente a la realidad cuando comprende el pacto implícito que le propone su hija.
—Vale —admite—. Cuéntame tu sueño.
Necesita aún algunos minutos para que la pena de Emma se calme.
—He soñado que la señorita Mylène estaba enterrada en un agujero.
—¿Enterrada? —pregunta Camille sin comprender del todo—. ¿Quieres decir que estaba muerta?
Emma niega con la cabeza.
—¿Estaba viva? —insiste Camille.
—Sí.
—¿Y después? ¿Qué pasaba en tu sueño?
—Nada. Quería que la ayudara a salir, pero yo no quería. Entonces se ha enfadado muy fuerte y quería llevarme con ella con los muertos.
Camille observa atentamente a Emma, procurando descifrar qué hay de real en sus palabras. Si su hija está intentando decirle algo sin admitir tener información crucial para encontrar a la maestra, esa es la manera en que lo haría.
—¿Por qué no querías ayudarla a salir?
—Porque me da miedo.
—Ella te da miedo… ¿En tu sueño o de verdad?
Emma no contesta.
—Cariño —la presiona Camille con una dulzura forzada—. Dime solo si era en tu sueño o en la realidad.
—En los dos.
—¿Crees que la señorita Mylène se cayó en un agujero? ¿Un agujero en el bosque?
—No sé.
—Pero ¿crees que es posible?
La niña se encoge de hombros. Camille decide abordar el problema desde otro ángulo.
—En tu sueño, ¿por qué se cayó en ese agujero?
—Porque buscaba un tesoro. Miró al fondo del agujero, vio el tesoro y bajó dentro para cogerlo.
—¿Qué era ese tesoro?
—Era un gran cofre lleno de diamantes.
—¿Y consiguió cogerlo?
—No. Era demasiado pesado. Entonces se quedó atrapada en el agujero.
—Por tanto, ahora, sigue en el agujero con el tesoro.
—No, no. Ha conseguido sacar el tesoro del agujero, pero ella no.
—¿Cómo lo hizo?
—Lo llevó muy alto y lo empujó muy fuerte.
La niña eleva los brazos por encima de su cabeza e imita el movimiento de levantar una pesada carga.
—¿Y tú? ¿Dónde estabas en tu sueño?
La pequeña se encoge de hombros en señal de ignorancia.
—¿Emma?
—Estaba encerrada en el gran cofre.
—En el gran cofre… —murmura Camille sintiendo como un escalofrío recorre su espina dorsal.
La joven ignora todavía en qué medida Emma transforma deliberadamente los elementos de los que puede tener conocimiento; quizá su inconsciente la obligue por fin a desvelar un secreto demasiado pesado de soportar… Sus palabras resuenan en ella como una explicación perfectamente lógica de la desaparición de la maestra. Si esta ha quedado atrapada en un agujero, en algún lugar del bosque, eso explicaría el porqué aún no ha sido encontrada durante las operaciones de búsqueda. Y que la cámara térmica del helicóptero no haya detectado ninguna presencia en las inmediaciones del claro.
Camille traga saliva. Su corazón parece querer salirle del pecho.
—Vale. Escucha, esto es lo que vamos a hacer: voy a llamar al señor de la policía para decirle que, quizá, la señorita Mylène se ha caído en un agujero en el bosque y que hay que buscar por allí. ¿Estás de acuerdo?
Mientras su mamá expone sus intenciones, el rostro de Emma se contrae en un gesto de pánico. Niega febrilmente con la cabeza y vuelve a echarse a llorar con grandes sollozos.
—¿Por qué? —le pregunta Camille sintiendo una bola de temor instalarse en su garganta—. ¿Por qué no quieres que avise al señor de la policía?
—Tengo miedo —lloriquea la niña.
—¿De qué tienes miedo? No te pasará nada, ¡te lo prometo! No has hecho nada malo, ¡corazón mío! ¿Me equivoco?
Emma sigue llorando, dejando la pregunta de su madre en suspenso.
—Contéstame, cariño. No has hecho nada malo, ¿verdad?
Esta vez, la niña baja la cabeza antes de refugiarse en los brazos de su madre.
Camille tiene la sensación de desintegrarse allí mismo. Sus mayores temores se están confirmando de forma despiadada: la deliberada voluntad de Emma de callarse. La rotunda negativa a salvar a su maestra. La intención manifiesta de hacerle daño.
Camille se contrae, y de repente el pequeño cuerpo que se aprieta contra ella la quema con su presencia nociva. Debe dominarse para no apartarla lejos de sí.
—¿Por qué? —pregunta aterrada—. ¿Por qué no has dicho nada?
—¡Pero si lo he dicho! —se defiende Emma con la vehemencia de quien es acusado injustamente—. ¡Se lo he dicho a papá!
Un segundo golpe estremece el corazón de Camille. Es tal la sorpresa que se le escapa un sollozo antes de lanzar a su hija una mirada horrorizada.
—¿Se lo has dicho a papá? Pero ¿cuándo? ¿Cuándo se lo has dicho?
—¡Cuando volvimos del bosque y me llevó a la camita!
Camille sondea los grandes ojos azules del ángel rubio que tiene enfrente.
—Me dijo que no debía contárselo a nadie —añade la niña en un murmullo—. Que era nuestro secreto.
Emma la mira con toda la inocencia que la caracteriza, un océano azul perlado de lágrimas como diamantes en equilibrio sobre sus párpados. Un tesoro tan frágil como efímero.
—Dios mío… —murmura Camille paralizada por el miedo.