No sé

Barbara Abel · Capítulo 4 de 53

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No sé

Capítulo 3

Mientras estaciona el coche en el aparcamiento de la facultad, Patrick Verdier apenas consigue dominar su irritación. No tiene por costumbre llegar con siete minutos de retraso. Lo peor de todo es que ha salido de casa con tiempo de sobra y que detesta estar a merced de la incompetencia de los demás.

Sin perder tiempo, coge su cartera del asiento del acompañante, sale del vehículo, cierra la portezuela de un golpe y activa el cierre automático de las puertas pulsando, apresurado, el llavero. Los faros del coche parpadean brevemente dos veces, saludándole con un sonido casi alegre. Patrick Verdier se aleja en dirección al edificio principal, echa una ojeada rápida a su reloj y aprieta aún más el paso. El día empieza mal.

En los pasillos de la facultad, la corriente de estudiantes se reparte entre las diferentes salas. El profesor se abre paso, cada vez más exasperado a causa de los obstáculos en movimiento que le impiden recuperar algunos segundos preciosos. Aún tiene que pasar por secretaría antes de ir al aula donde impartirá dos horas consecutivas de clase sobre literatura escandinava del siglo XIX. El alegre alboroto que resuena en los corredores no atempera en absoluto su humor, más bien al contrario: el desorden y el ruido le resultan tan insoportables como nefastos. Monopolizan la atención, ralentizan la reflexión y neutralizan la concentración. Patrick Verdier avanza impaciente. Solo le faltan algunos metros para llegar a la puerta de secretaría. El reloj de pulsera le indica que su retraso se ha alargado un minuto. Hay días en que todo va mal.

Por fin entra en las oficinas administrativas.

—¡Profesor Verdier! —exclama Jeannine, una de las secretarias de más antigüedad de la facultad—. ¡Creía que le había ocurrido alguna desgracia!

A pesar de la seriedad con la que lo ha dicho, él advierte un destello de burla en su mirada.

—¡No me lo recuerde! ¡Menuda pesadilla!

Patrick Verdier coge el correo al que pasa revista rápidamente.

—Ni siquiera he tenido tiempo de tomarme mi infusión —masculla suspirando.

Por encima de la pantalla de su ordenador, Jeannine le dirige una sonrisa compasiva. Con un gesto de disgusto, Patrick Verdier guarda la correspondencia en la cartera y da media vuelta. Unos instantes más tarde, empuja la puerta del aula 12B, en la que unos cien estudiantes están ocupando sus asientos.

El ritual es inalterable: después de instalarse detrás del escritorio, Patrick Verdier echa un vistazo a sus apuntes mientras espera a que reine la calma. Solo empezará la clase cuando esta esté en completo silencio. Los estudiantes de segundo y de tercero están acostumbrados y no tardan más de unos instantes en comunicar al profesor que están listos. Estos son de primero y pueden necesitar un poco más de tiempo. Ya le ha sucedido alguna vez tener que esperar casi veinte minutos antes de poder iniciar la clase. En los pasillos de la universidad se rumorea en tono burlón que cuando Verdier entra en el aula, incluso las moscas dejan de volar.

Al cabo de un minuto y treinta segundos —son estudiantes de primer año, aunque el curso universitario está punto de acabar—, el profesor levanta por fin la nariz de sus notas.

—Hoy retomaremos el análisis de la obra de Henrik Ibsen, Casa de muñecas. En la clase anterior examinamos la flagrante oposición que se establece entre la ética privada conferida tradicionalmente a la mujer en la sociedad de la época, arraigada en las nociones de responsabilidad y cuidado, y la ética pública, representada por el hombre, y regida por los principios de deber y justicia. Mientras que la mujer es reina y dueña absoluta en el seno de su hogar, donde administra la organización doméstica, en cambio no tiene ni voz ni voto en la gestión del orden social y desatiende todas las realidades que rebasan el marco del hogar. Nora es el prototipo ordinario de la imagen femenina de finales de siglo XIX. Al inicio de la obra es una mujer como tantas. Su felicidad es sinónimo de seguridad, y la mera presencia de su marido y de sus hijos debe ser suficiente para llenar su vida.

Patrick Verdier hace una pausa, presa de una repentina turbación. Aunque normalmente, y por principios, traza una frontera muy clara entre su vida profesional y el ámbito privado, algunas palabras que intercambió anoche con su mujer resuenan en su cabeza. Avergonzado por este pensamiento parásito, y para disimular, recorre el auditorio con la mirada, al tiempo que aparta de su mente este recuerdo inoportuno. Luego prosigue:

—Al falsificar la firma de su padre para pedir dinero prestado a un usurero a fin de que su marido enfermo pueda curarse, Nora no solo no cree contravenir la ley, sino que en cierto sentido se siente orgullosa de un acto que, a su juicio, se ha visto guiado por la idea de justicia y bondad. Es la conciencia moral lo que la ha empujado a dar ese paso. Ella desconoce las normas que rigen la sociedad. Nora, que ha sido excesivamente protegida, primero por su padre y después por su marido, es víctima de las representaciones normativas de su tiempo. A finales del siglo XIX, hay que ser esposa y madre antes que mujer.

De nuevo, un eco socarrón resuena en la mente del profesor, que ahuyenta rápidamente de sus pensamientos.

—Les recuerdo que Ibsen no escribió este texto con un objetivo feminista, aunque era sensible a estas ideas. Su motivación era ante todo dar al drama burgués una profundidad psicológica y una dimensión social ausentes en la escena teatral desde Shakespeare. Ibsen retrata a la clase media de su época. Cuando Nora, al final de la obra, cierra de golpe la puerta de su domicilio declarando, y cito: «Pero ahora no puedo conformarme con lo que dicen los hombres y lo que está escrito en los libros. Tengo que pensar por mi cuenta en todo esto y tratar de comprenderlo», se convierte en el emblema de las mujeres que luchan por la igualdad entre los sexos.

Durante una hora y media, Patrick Verdier desarrolla y analiza el texto de Ibsen ante un atento auditorio. Su profesionalidad y su perfecto conocimiento del tema le permiten llegar sin escollos al final de la clase, pero el profesor no puede mentirse a sí mismo: no está en su mejor forma. En su cabeza se agolpan, entre la inquietud y el desconcierto, algunas preguntas que le impiden poner a prueba su habitual serenidad.

Desde hace algún tiempo, entre su mujer y él se multiplican fricciones cuyas razones no alcanza a comprender. Se da cuenta de que algo ha cambiado en el comportamiento de Camille. Por mucho que ella niegue la evidencia y le asegure que todo va bien, que son ideas suyas… él sabe que algo no cuadra. Todos los días, sin excepción, está nerviosa, se enfurece por nimiedades, se exaspera de forma exagerada ante la mínima contrariedad… Y cuando no manifiesta su irritación a golpe de palabras hirientes o de gestos desmedidos, se muestra ausente, con la mirada perdida en el vacío. Él ya no sabe por dónde cogerla. Se esfuerza por hurgar en sus recuerdos a fin de encontrar el origen del problema, qué suceso desencadenó este desacuerdo, qué malestar altera el estado de ánimo, normalmente tan apacible de su mujer…

No lo sabe.

Lo que más lo apena es el silencio obstinado de Camille. Como si se negara a sincerarse con él. Al principio no le prestó atención, convencido de que no era más que una fatiga pasajera, alguna preocupación sin importancia. Sin embargo, las tensiones perduran y cada día trae nuevos desacuerdos por motivos que, personalmente, considera fútiles. Y cuando intenta tratar con ella las causas de su estado de irritación general, Camille elude sus preguntas o directamente lo manda a paseo. Incluso la nota menos paciente, menos indulgente y menos disponible con la hija de ambos.

—¿Señor?

Patrick Verdier se sobresalta levemente al verse sorprendido en los meandros de sus oscuros pensamientos. Delante de él, una estudiante se balancea de un pie a otro, mientras esboza una sonrisa a la vez tímida y cautivadora.

—¿Sí?

—Disculpe, querría hablarle de mi exposición sobre Strindberg.

—La escucho.

—De hecho, en un principio debía entregársela la semana que viene, pero admito que llevo un poco de retraso en mi investigación y querría saber si podría concederme una semana más de plazo.

Patrick Verdier examina unos instantes a la chica con una mirada impasible. Está delante de él, con el bolso negligentemente echado sobre el hombro. El pelo castaño claro separado en dos trenzas impecables que se posan sobre sus clavículas, a uno y otro lado del cuello. Es muy mona y espera su respuesta dedicándole una mirada cándida y confiada. Sin desvelar su opinión, el profesor se reclina en el respaldo del asiento y se quita las gafas que empieza a secar con la pequeña gamuza prevista a tal efecto.

—¿Cuál es el motivo del retraso en su investigación, señorita… señorita?

—Gillet. Sylvie Gillet.

—¿Señorita Gillet?

—Bueno, de hecho, hemos tenido que entregar un trabajo importante de gramática comparada y por eso no he tenido tiempo para interesarme por Strindberg.

Patrick Verdier asiente una y otra vez, lentamente, como si reflexionara, y entonces vuelve a ponerse las gafas sobre la nariz.

—A diferencia de la Nora de Ibsen, no desconoce usted las normas que rigen la facultad en general y mi curso en particular.

—No —responde la estudiante cuya sonrisa se congela imperceptiblemente.

—Perfecto. ¿Su conciencia moral considera justo tomarse tiempo para realizar un trabajo en detrimento de otro?

—De hecho, no es tanto a causa de la gramática comparada —replica de inmediato Sylvie Gillet comprendiendo que ha esgrimido un pésimo argumento para justificar su solicitud.

—¿Ah, no?

—De hecho, he tenido algunos problemas de salud, y por eso me he retrasado en mi trabajo de gramática comparada y por eso aún no he podido empezar mi investigación sobre Strindberg.

—No cabe duda de que se trata de un contratiempo desafortunado — reconoce el profesor—. En su opinión, ¿nos hallamos ante un problema de ética privada o de ética pública?

—Yo diría que de ambas…

—Explíquese.

—De hecho, en principio, se trata de un problema de ética privada que suscita un problema de ética pública.

Patrick Verdier esboza una mueca dubitativa antes de pronunciar su veredicto.

—Tengo la impresión de que no ha entendido bien el papel de la literatura y sus desafíos éticos. De hecho, espero que presente su exposición sobre Strindberg en la fecha prevista. Además, voy a pedirle que me haga un estudio comparativo entre el personaje de Nora en Casa de muñecas de Henrik Ibsen y el de La señorita Julia de August Strindberg.

La dulce cara de Sylvie Gillet se descompone al oír la sentencia. Se queda boquiabierta delante de Patrick Verdier quien, sin preocuparse de su presencia, empieza a guardar sus notas y cuadernos en la cartera. La pobre chica busca algo que aducir en su defensa, pero ante la actitud deliberadamente insensible del profesor, se resigna a guardar silencio. Se traga un sollozo impregnado de rencor y da media vuelta sin despedirse del docente.

Patrick Verdier acaba de recoger sus cosas y también él se dirige tranquilamente a la salida del aula.