No sé
Capítulo 36
Mylène se ha concedido una pausa. Las fuerzas la abandonan poco a poco y su mente va por el mismo camino. Recupera la razón de forma intermitente, y entonces es consciente de la precariedad de su situación. Estos instantes de lucidez pasajera, lejos de protegerla, la arrastran aún más profundamente hacia los abismos de la desesperación. Se enfrenta a una soledad feroz, armada de colmillos afilados que le desgarran las entrañas. Se siente débil, despojada de la energía que tanto necesita para vivir.
Acurrucada en el fondo de su sima, tumbada sobre la pequeña parcela de tierra como una muñeca desarticulada, intenta conservar algo de la voluntad que se le escapa como el agua en un colador. De vez en cuando, vuelve la cabeza hacia el montón de tierra que ha arrancado de las paredes con las manos. Apenas ve nada, puesto que la cetoacidosis ha deteriorado mucho su visión, pero constata que la cantidad de arcilla es suficiente: eleva el terreno más de medio metro. Lo bastante para permitirle salir de esta sima infernal. El problema es que ya no tiene fuerzas para hacerlo. Levantarse se le antoja imposible.
Su cuerpo entero ruge de dolor. Los calambres abdominales le impiden erguirse, las contracciones son tan violentas que le obligan a permanecer encorvada sobre sí misma, plegada en dos. Las náuseas son tan intensas que aumentan aún más su sufrimiento. Mylène ya ha vomitado todo lo que le quedaba dentro y su estómago vacío está contraído por los espasmos. La sensación de sed es ahora un suplicio constante. Su boca seca le produce el efecto de una cavidad de piedra, sus labios no son más que llagas agrietadas y cualquier movimiento es insoportable.
Mientras tanto, su tobillo irradia por toda la pierna un sufrimiento difuso que se ahoga en el dolor general.
Su organismo extenuado la está abandonando. La joven se hunde poco a poco en un sopor poblado de delirios en los que las pesadillas de su infancia vuelven a acosarla. Se ve de niña, con ocho o nueve años, delante de una prisión, un edificio imponente de piedras grises, una especie de castillo coronado con torres y almenas, situado en un lugar desértico, seco y árido, que atraviesa una carretera. Ella está de pie delante de la entrada del edificio, vestida con una falda rosa con volantes, una blusa amarilla y calcetines blancos. Lleva el pelo recogido en dos trenzas bien apretadas. El cielo está cubierto por unas espesas nubes desteñidas, la carretera antracita aumenta aún más esa sensación de película en blanco y negro, todo es gris salvo la niña, que forma una mancha de color en medio de la imagen.
La espera se hace interminable.
Sabe que su padre va a salir de la cárcel, aunque no está segura del día ni de la hora. Nadie la ha informado del momento exacto. Así que aguarda, decidida a no perderse la salida de quien la sacará de su infierno. Hace un mes que vive con su abuela. Prefiere quedarse allí, delante de la prisión, en esa carretera desierta, en ese paisaje abominable, antes que volver a casa de esa mujer.
La mayor parte de su sueño transcurre en ese lugar: Mylène espera delante de la prisión, impaciente por ver abrirse la puerta. Permanece de pie, bien erguida, durante horas enteras, sin que nada suceda.
Por fin, los dos enormes batientes de hierro chirrían y se separan con una lentitud desesperante. El corazón de Mylène palpita con tanta fuerza que parece a punto de estallarle en el pecho, mientras aguarda la silueta que sabe que aparecerá…
Está allí, delante de ella. La niña se precipita hacia él gritando:
—¡Papá!
Él la recibe con los brazos abiertos y riéndose, la estrecha contra sí, la hace girar dando vueltas, la besa, la huele… Y después se alejan cogidos del brazo, caminando por esa carretera que parece no tener fin. Mientras se dirigen hacia el horizonte, Étienne escucha las noticias de su hija.
—¿Y bien, tesorito? ¿Qué has hecho durante todo este tiempo? ¿Dónde estabas?
—En casa de la abuela.
—No me vengas con trolas —le replica él entre risas—. ¿Dónde estabas?
—¡En casa de la abuela!
—¡Mylène! Las bromas cuanto más cortas, mejores. ¡He estado muy preocupado por ti! Así que dime dónde estabas.
—Te lo juro, papá. ¡Estaba en casa de la abuela!
—La abuela murió hace mucho, cariño. ¡No puedes haber estado con ella!
La niña se siente aspirada hasta las entrañas de la tierra. Entonces se percata atónita de que hace meses que vive sola en compañía de una muerta. La pesadilla acaba con esta sensación espantosa: de niña se despertaba siempre gritando, empapada de sudor, con náuseas.
El terror imprime una descarga en el inconsciente de la maestra que la saca de su letargo. Gime y el aliento ardiente y corrosivo en su tráquea logra despertarla. Al abrir los ojos, solo distingue masas de sombra y luz, formas fluctuantes. Entonces reconoce su entorno. Por un instante, su mente confusa mezcla sueño y realidad. En efecto, acaba de ser absorbida bajo la superficie o… No, ahora lo recuerda: la excursión con la escuela, la desaparición de Emma, la traición de la niña. Su visión sigue siendo bastante defectuosa. Tiene los ojos casi tan secos como la boca, y apenas logra enfocar. Los abre desmesuradamente y luego los cierra varias veces, intentando diferenciar los detalles de lo que la rodea. Ante ella parecen materializarse unos resplandores, unos dolorosos destellos que la obligan a bajar los párpados.
Cuando los vuelve a abrir, una sombra llama su atención. Mylène alza la cabeza hacia el borde de la sima, atraída por una variación luminosa. Solo percibe unas siluetas cuyos múltiples contornos se juntan y se separan. Sin embargo, su mente hambrienta de esperanza se empeña en reconstituir lo que no logran discernir sus ojos.
Una cabeza contrasta en el agujero que la domina, justo al nivel de la superficie. Ese rostro, lo reconoce entre mil. La joven expulsa un estertor de gratitud y alza un brazo al cielo.
—Papá… —murmura con una voz apenas audible.
¡Ya está, la han encontrado! Su calvario toca a su fin.
¡Ha faltado poco para que muriera enterrada viva en esta tumba natural! ¡Por fin la sacarán de aquí! Dentro de un rato, le darán la insulina que tan cruelmente necesita su cuerpo para sobrevivir. Le vienen a la cabeza otras imágenes, las de olas que rompen sobre ella, otorgándole su frescor, así como la increíble sensación de una boca inundada de líquido.
—Beber —gime una vez más.
Mylène se relaja. Se abandona al alivio de saber que está a salvo. Cierra los ojos cuyo dolor irradia hasta el epicentro de su cerebro.
Después, pierde el conocimiento.