No sé

Barbara Abel · Capítulo 42 de 53

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No sé

Capítulo 41

 

Cuando vuelve a recuperar la conciencia, Mylène ha perdido la capacidad de deglutir. Es la primera sensación que se manifiesta con dolor, como si las paredes de su tráquea se adhirieran la una a la otra, hasta impedirle respirar. Debido al pánico, aspira una gran bocanada de aire que le desgarra la garganta. Eructa, tose, se ahoga, lucha por recuperar el aliento, logra a pesar de todo inhalar una cantidad suficiente de oxígeno para ajustar su respiración.

Cuando emerge del letargo, sus ideas retoman su lugar. El recuerdo de su padre asomado por encima del agujero le golpea de lleno. ¿Cómo es posible que aún siga atrapada aquí? ¿Cuánto tiempo ha pasado inconsciente? La joven inicia un nuevo combate para ajustar su visión que la maltrata con sus vaivenes. Ya no discierne gran cosa aparte de las sombras que fluctúan delante de sus ojos. Mirando al cielo, sondea la masa de luz que, a su juicio, representa el borde del abismo…

Mylène ya no distingue nada más, ni sombras ni contornos.

—¿Papá?

La joven maestra contiene la respiración. Espera una reacción, un ruido, algo que delate una presencia cercana… Está persuadida de haberlo visto, al menos de haberlo percibido, creyéndose salvada… Encima de su cabeza, solo las hierbas que afloran en la superficie se balancean a merced del viento, cuyo movimiento confuso apenas adivina; sin embargo, cuando aguza el oído sabe que está sola.

La fuerza de la desesperación que se abate sobre ella le perfora el vientre. Creyó estar salvada, pero no es así. Se da cuenta de que sus sentidos le juegan malas pasadas. Sobre la pared que tiene delante aparece, indecisa y danzante, la silueta de su padre, y la joven la observa con una mirada aturdida. Son de prever otras alucinaciones que dentro de poco no será capaz de dominar. Después, quién sabe lo que será de ella.

Un arrebato de conciencia hace comprender a Mylène que ya no le queda mucho tiempo. Su cuerpo agota sus últimos recursos y pronto no será capaz de moverse. Si cae en un coma, morirá con total seguridad. Debe salir de allí. Un terror sordo se apodera de ella, se ve muerta, un montón de carne putrefacta descomponiéndose inexorablemente en el fondo de su agujero.

Entonces, tras hacer acopio de las escasas fuerzas que le quedan, la joven esboza un primer gesto. Tiende el brazo hacia la pared, para usar la cavidad que ella misma ha cavado como punto de apoyo. Posa su mano allí, busca una presa suficientemente sólida para arrastrarse unos centímetros hacia delante. Lo consigue a costa de un dolor agudo y violento: los calambres abdominales que han despertado este impulso imprevisto le retuercen el vientre. El dolor es tan violento que Mylène está a punto de abandonar cualquier tentativa de evasión. Sin embargo, cambia de opinión.

Mientras sufra, estará viva.

A pesar del suplicio que está soportando, la joven se siente enardecida por esta primera victoria. Si consigue avanzar, aunque sea una corta distancia, podrá reintentarlo y arrastrarse hasta el montón de tierra. Se pone de inmediato manos a la obra. Una vez más, se agarra al hueco de la pared y tira con todas sus fuerzas de los brazos. Así se desplaza, centímetro a centímetro, indiferente a las convulsiones que le destrozan las entrañas.

Repite la operación otras tres veces antes de llegar a la acumulación de arcilla. Allí, consigue pegar la espalda a la pared, para asegurarse el equilibrio. Al alzar los ojos hacia el borde de la sima, calcula la altura que le queda por escalar desde el montículo. No tiene ni idea de cómo va a proceder para mantenerse de pie y subir hasta la superficie, pero la cosa es factible. Solo le resta desconectarse de los sufrimientos físicos que la atormentan: el tobillo, los calambres, la sed, el hambre, la pérdida de visión, la debilidad general…

No debe pensar. Contemplar el fracaso es permitir que exista. Menospreciando los múltiples dolores que la acosan, Mylène se sube al promontorio tras verificar que es estable. La tierra, compacta y húmeda, se hunde bajo su peso, pero el montículo aguanta. Se apoya sobre el pie bueno, hace fuerza sobre la pierna y consigue levantarse. Tal como esperaba, se ve obligada a poner el pie del tobillo herido en el suelo para mantener el equilibrio. El dolor es inhumano, pero Mylène logra soportarlo.

Encaramada al estrado, logra sacar la cabeza fuera del agujero. Cuando emerge de la tierra, la sensación de poder respirar nuevamente al aire libre la embriaga hasta el punto de darle vértigo. Le falta muy poco para caerse hacia atrás. En torno a ella, la hierba tierna, los helechos, los árboles, la luz anaranjada que estira las sombras, todo le parece maravilloso, aunque solo lo perciba a través de una bruma opaca. ¡Qué más da, está allí, al alcance de la mano! ¡La liberación está cerca! Mylène se aguanta por los pelos de los rizomas que bordean la sima y su agitación solo se calma después de unos segundos interminables; la emoción y el dolor la hacen jadear, le cuesta regular la respiración, experimenta el mareo de la embriaguez al mismo tiempo que la angustia volver a caer en el fondo del abismo. Al cabo de un par de minutos, consigue recobrar el dominio de sí misma.

Bajo sus pies, Mylène siente que el montículo se aplasta poco a poco, haciéndole perder unos preciosos centímetros. ¡No hay tiempo que perder! Con la energía de la desesperación, se aferra más firmemente a las raíces e intenta salir de la cavidad tirando de sus brazos. Pero no tiene la fuerza que le exige esta operación, y apenas consigue elevarse. Para empeorar las cosas, la joven nota que el estrado de tierra se hunde cada vez más debido a sus contorsiones. El montículo amenaza con derrumbarse en cualquier instante.

Presa del pánico, palpa la pared con el pie sano en busca de una brecha que le permita apoyarse y aliviar la insoportable presión que inflige a sus músculos. No obstante, para ello se ve obligada a darse impulso con el tobillo herido. Los calambres, exacerbados por las numerosas torsiones, reaparecen con mayor intensidad.

Mylène sufre un auténtico martirio. Su estado de debilidad le impide darse el impulso necesario para salir de golpe. Pierde una energía preciosa moviéndose en todos los sentidos. Pero no abandona. Aunque le cortaran un brazo, no cedería. Agarrada a la vegetación, jadeando, al borde del desmayo, soportando un dolor constante, se aferra a esta última tabla de salvación.

De pronto, su pie bueno se agarra a un saliente en el que consigue mantenerse. Mylène expulsa un grito de rabia. Al límite de sus fuerzas, logra apoyarse sobre esta aspereza providencial. Inmediatamente se da el impulso necesario para salir. Bajo la potencia de este último esfuerzo, su cuerpo sobrepasa por fin el borde del agujero y cae, exhausto, sobre el suelo. Sus piernas aún cuelgan en la sima, pero su centro de gravedad descansa sobre la tierra firme, protegiéndola de una segunda caída.

Sin aliento, agotada, negra de tierra, de mugre, pegajosa, pringada de vómito y de orina, Mylène emite un largo quejido ronco, repleto de sollozos. Una mezcla de gozo y de furia. Ruge su victoria tanto como su sufrimiento. Aprieta el rostro contra el suelo, respira las hierbas, la tierra, loca de gratitud. Y después se vuelve sobre la espalda para dar la cara al cielo. La inmensidad del espacio que se abre ante ella la aturde, la cima de los árboles apunta hacia lo alto, la bóveda celeste está colmada de tintes anaranjados que con su luz le anuncian que el crepúsculo está en su apogeo.

Está salvada. Al menos, si la encuentran rápidamente. Ya hace cerca de cuarenta horas que su cuerpo se ve privado de la preciosa insulina que tanto necesita. No le quedan más que unas horas para recibir la dosis que la salvará de una muerte segura. La partida no está aún del todo ganada, pero tiene más posibilidades de que la encuentren aquí que en el fondo de su agujero. Tiene que conseguir llegar a una senda más transitada.

Mylène intenta sacar fuerzas de la flaqueza para desplazarse hacia una zona más frecuentada. Se vuelve a colocar boca abajo y empieza a arrastrarse algunos metros. No tiene ni idea de la dirección que debe tomar. Lo único que sabe es que debe moverse. Desde que quedó atrapada en las entrañas de la tierra, no ha oído a nadie pasar cerca de su agujero. Ahora bien, han tenido que buscarla, de eso no le cabe la menor duda.

En el horizonte, el sol brilla con sus últimos fuegos.

La joven continúa arrastrándose hacia un destino desconocido. Jadea, eructa, gime, intenta señalar su presencia sin percatarse de que su voz es apenas un murmullo inaudible.

Un poco más lejos, se detiene, carente de energía. Descansar, apenas unos minutos, el tiempo justo de recuperar fuerzas.

Mylène cierra los ojos.