No sé
Capítulo 25
Con el pie pisando el acelerador y las manos pegadas al volante, Étienne avanza a toda velocidad por la autopista. Justo delante de él, los haces de los faros perforan la oscuridad sin lograr iluminar el horizonte. Mantiene los dientes apretados y se concentra en la carretera para evitar exacerbar su imaginación. No tiene ni idea de lo que va a hacer; ¿qué espera presentándose en plena noche en el bosque de los Cuatro Robles? Si un escuadrón de policías y un helicóptero equipado con una cámara térmica han vuelto con las manos vacías, ¿qué posibilidades reales tiene él de encontrar a su hija? Étienne siente que está viviendo una auténtica pesadilla. No logra dejar de darle vueltas a la discusión que ambos tuvieron por la mañana. La impotencia lo vuelve loco, la inactividad lo tortura, la culpabilidad lo corroe. Ha dejado una docena de mensajes en el móvil de Mylène, todos sin respuesta y la sensación de gritar en el vacío se suma ahora a su sufrimiento. Lo peor de todo, la certidumbre de ser el único en darse cuenta de la gravedad de la situación, le provoca una rabia que apenas puede controlar.
Solo cuando llega al aparcamiento que linda con el bosque adquiere conciencia de lo vanas que son sus esperanzas. Una vez apagados los faros, la sombra que lo rodea es tan densa que, por un instante, su determinación se resquebraja. Fuera, la cobertura vegetal densa, baja y espesa, no deja traspasar ningún rayo de luna. Por si eso no fuera suficiente, una tenaz llovizna no tarda en cubrir el parabrisas del coche como una cortina de perlas diáfanas detrás de la cual serpentea un mundo secreto.
Étienne se queda un buen rato paralizado en el asiento, mirando fijamente la opacidad circundante sin conseguir tomar una decisión. Hundirse en las tinieblas y salir en busca de Mylène le parece inútil. Volver a casa y esperar sin hacer nada le resulta sencillamente imposible. Se había prometido no volver a revivir nunca más aquellas horas lívidas, ciegas y sordas, exangües de materia y de vida. Volver a casa significaría recuperar la soledad, la angustia y la incertidumbre. Viejas cómplices depravadas que él conoce demasiado bien. Durante la adolescencia de Mylène y hasta hace poco, se agazaparon en los rincones de su existencia, obligándolo a errar sin rumbo de un lado a otro de su sufrimiento.
Entonces, movido por una fuerza superior a él, sale del vehículo y cierra la portezuela con furia. El estruendo retumba en el silencio de la noche y desencadena una plétora de clamores, el ruido de alas levantando el vuelo, los gritos de una lechuza, el crujido de una rama bajo el peso de un animal que se escabulle.
Tras cubrirse la cabeza con la capucha de la cazadora, se dirige a la parte posterior del coche y abre el maletero. Encuentra bastante pronto la linterna y comprueba su luminosidad. El haz surge enseguida, vivo y potente. Lo dirige delante de él. Apenas tranquilizado, vuelve a cerrar el maletero, provocando de nuevo una retahíla de reacciones diversas, y luego penetra en el bosque. Las hojas empapadas apagan el ruido de sus pasos mientras que un olor a tierra mojada satura la atmósfera.
Sin dejar el sendero llega muy pronto al claro, que sondea a la luz de la linterna. En los cuatro costados de la llanura ve las cabañas de los niños, torcidas y deterioradas por la tormenta, cual centinelas lisiados y ridículos. Por si acaso, Étienne las examina una por una, inundándolas de claridad.
—¿Mylène? —llama mientras pasa de una a otra.
En esta ocasión, los ruidos del bosque se atenúan durante un breve instante para después reanudarse con más intensidad. Étienne se da cuenta con desesperación hasta qué punto la noche amplifica los ruidos incesantes, el agudo croar de los sapos, el crujido de las ramitas, el susurro de las hojas, los aullidos que resuenan, el chirrido de los grillos. ¿Cómo logrará percibir una hipotética llamada de socorro con este estrépito ininterrumpido?
Étienne siente el peso de la decepción y se queda inmóvil en medio del claro. ¿Y ahora qué? Está rodeado por una fortaleza de árboles levantados en apretadas hileras detrás de la cual se extiende una vasta extensión boscosa e insondable. ¿Qué dirección debe tomar? Las posibilidades son múltiples, demasiado numerosas para ser exploradas de forma exhaustiva. Mientras realiza su prospección y mira a uno y otro lado, evalúa a la vez la envergadura de la tarea y la inutilidad de su iniciativa. Más le valdría buscar una aguja en un pajar. Sin embargo, le resulta imposible marcharse. Si su hija está perdida en medio de esta inmensidad vegetal, ¿quién si no él podría encontrarla? Seguro que las fuerzas del orden no han registrado cada rincón del bosque… Y la cámara térmica del helicóptero puede haber pasado junto a un indicio…
Étienne se siente superado por la extensión salvaje que lo rodea. No tiene ninguna indicación, ningún punto de partida desde donde empezar a buscar. No sabe nada, salvo que su hija fue vista por última vez aquí mismo. Y que él es la única persona que se preocupa realmente por ella. No tiene a nadie que lo ayude a salvarla. Nadie que comparta con él el peso de la ignorancia. Nadie que responda a las preguntas que se le acumulan en la cabeza. Porque nadie sabe.
No saber engendra todas las posibilidades.
Y entre esas posibilidades, la peor de todas es siempre la que se impone con mayor ferocidad al pensamiento.
Étienne intenta resistirse a la invasión de imágenes insostenibles que invaden su mente. Imagina a Mylène sola en medio del bosque, aterrada, con su pobre cuerpo torturado por la falta de insulina. Casi tiene la impresión de oírla gemir, llamarlo para que la ayude, papá, papá, suplicándole que venga a buscarla y llevarla de vuelta a casa. Oye sus sollozos, sus quejas, sus preguntas, ¿por qué?, ¿por qué nadie acude en mi auxilio?
De manera reiterada, otras imágenes aún más dolorosas sustituyen a esta visión ya odiosa, que Étienne intenta ahuyentar. Entre los depredadores que acechan su mente, el hombre es el que más temores le inspira. ¿Y si Mylène no se hubiese perdido? ¿Y si se la hubiese llevado un pervertido sexual sin alma, ávido de aliviar sus vicios más aberrantes? Reprime una arcada. Saber que su hija está sufriendo en este mismo momento, imaginarla presa de un terror visceral sin medios de acudir en su ayuda, de protegerla o tranquilizarla es sencillamente algo imposible de soportar. Sabe que no lo conseguirá. Es superior a sus fuerzas. Se siente incapaz de enfrentarse a semejante prueba.
Entonces, lleno de amargura, rumia los reproches que alimenta contra el mundo entero. Con el corazón cargado de recriminaciones cada vez más duras, se aferra a las promesas de represalias que no dudará en infligir si llegara a pasarle algo a su hija. Los castigos giran en círculo en su mente, una sed de venganza proporcional a los tormentos que lo carcomen.
La rabia que llena su corazón le provoca la imperiosa necesidad de hacer sufrir tanto como él sufre.
En ese mismo momento, en la penumbra mullida de su habitación, Emma se agita en la cama. Cubierta de sudor, la pequeña lucha también contra las imágenes terroríficas que aparecen en su mente. Mientras duerme profundamente, es presa de los sueños más inquietantes, de esas pesadillas que solo los niños son capaces de tener. A su alrededor aparecen y desaparecen unos rostros estremecedores que abren sus grandes bocas de dudosa higiene, le gritan, la acusan de mil males. Y luego se descomponen rápidamente, su piel se estropea, sus labios se pudren, sus ojos se salen de las cavidades y caen al vacío, retenidos por los nervios que los vuelven a subir como un yoyó… Los rostros dejan de estar recubiertos de jirones de carne purulenta para transformarse en calaveras, cráneos de órbitas vacías y dientes prominentes. Emma gime en su sueño, se defiende como puede contra esos monstruos horribles que ahora intentan atraparla y arrastrarla con ellos hacia las entrañas de la tierra.
Alertados por las quejas de la pequeña, Camille y Patrick acuden a su habitación, inquietos y apresurados. Se la encuentran bañada en sudor debatiéndose entre las sábanas, ahuyentando con gestos descontrolados a adversarios invisibles.
—¡Emma! —exclama su madre al verla sacudida por espasmos nerviosos —. Emma, cariño…
—¡Chis! —le advierte Patrick—. Está dormida. No es más que una pesadilla.
—¡Precisamente por eso hay que despertarla!
—No, solo hay que calmarla.
Se colocan uno a cada lado de la cama y empiezan a tranquilizarla. En cuanto su padre le pone la gran mano sobre el hombro, Emma se calma. Su respiración jadeante recupera un ritmo normal y la niña retoma su sueño apacible, aparte de soltar, de vez en cuando, un punzante quejido, suplicando que no la entierren viva.
—¿Qué dice? —susurra Camille mirando horrorizada a Patrick.
—Tiene miedo de ser enterrada viva…
—¡Oh, Dios mío! ¡Tenemos que despertarla, Patrick! ¡Tenemos que sacarla de esta pesadilla!
—Todo saldrá bien… Todo saldrá bien…
Con precaución, acaricia la cabeza de la pequeña mientras Camille entona una canción musitada con infinita dulzura. La combinación de esfuerzos parece dar fruto: la niña se relaja a medida que sus padres la tranquilizan con su presencia, sus gestos y su voz. Permanecen un buen rato a su lado, mucho después de que Emma se haya quedado de nuevo dormida, como si estuvieran junto a la cabecera de un niño enfermo, sin cesar de contemplarla con inquietud, amor y esperanza.