No sé
Diez Años Después
—Siéntate.
La joven toma asiento delante del terapeuta.
—¿Cómo te encuentras hoy?
A modo de respuesta, ella esboza un rictus medio irónico, medio decepcionado. La perfecta cabellera cuelga a ambos lados de su hermoso rostro, ocultando la mitad de sus facciones. Lanza una mirada furtiva al psicólogo y después se mira las manos, que esconde entre las rodillas.
—¿De qué quieres hablar hoy, Emma?
Ella se encoge de hombros sin levantar los ojos.
—La última vez, me contaste que deseabas ir al guateque que organizaba una de tus compañeras de clase —le dice él para alentarla.
—No es mi compañera, no era un guateque y no fui —masculla ella.
—¿Qué era entonces, si no se trataba de un guateque?
—Una fiesta de pijamas. Los guateques son cosa de su época. No se ofenda.
—¿Por qué no fuiste?
—¡Porque no me invitaron, listillo!
El terapeuta no responde a la ofensa. Guarda unos instantes de silencio, esperando que ella se confíe. Pero la adolescente aprieta los dientes obstinadamente.
—¿Te ofendió que no te invitaran?
—¿Y a usted qué le importa?
—También habíamos hablado de la posibilidad de que organizaras tu propia fiesta de pijamas. ¿Has pensado en ello?
—¿Por qué iba a hacerlo? Si es para que me jodan toda la noche unas imbéciles que no hacen más que hablar de su esmalte de uñas y de otras mierdas por el estilo…
—¿No hay ninguna compañera a la que podrías invitar?
—Con el degenerado de mi padre, francamente, no vale la pena.
—¿No vale la pena qué, Emma?
—No vale la pena desvivirme para pasar vergüenza.
Unos segundos de silencio, durante los cuales el terapeuta espera que ella continúe.
—¿Qué motivo tienes para avergonzarte de tu padre? —pregunta finalmente sin perder la calma.
Emma se encoge otra vez de hombros.
—Está totalmente fuera de onda. Se cree el más listo de todos porque es profe en la universidad cuando, francamente, no es más que muy, pero que muy idiota. Ese tipo tiene un enorme complejo de superioridad.
—¿No crees que tus compañeras de clase piensan exactamente lo mismo de sus padres?
—¡Sí, pero ellas tienen una madre!
El terapeuta disimula una sonrisa de satisfacción.
«Ya estamos», piensa.
—¿Y tú, Emma? ¿No tienes madre?
La adolescente aprieta los labios esbozando una mueca amarga que reprime mal que bien.
—Sabe perfectamente que no tengo madre.
—¿Quieres hablar de eso?
—¿De qué serviría?
—Dímelo tú, Emma.
Un nuevo silencio llena la habitación, esta vez es más largo. El psicólogo no espera realmente que ella vuelva a hablar por propia iniciativa, aunque le gustaría que lo hiciera. Emma es capaz de estar callada durante una sesión entera si él no la empuja a hablar.
—¿Por qué no tienes madre? —le pregunta finalmente.
—Se largó cuando tenía cinco años.
—¿Recuerdas las circunstancias en las que se marchó?
La joven no contesta.
—¿Conoces el motivo de su partida? —insiste el terapeuta.
Emma se encierra en un mutismo obstinado. Los recuerdos intentan abrirse camino, acarreando multitud de imágenes dolorosas. La silueta de su padre se dibuja en las paredes de su memoria. Está de pie en la cocina, ella cree recordar que era una mañana de verano, al menos hacía buen tiempo, el sol inundaba la habitación. Tiene una carta en la mano que lee sin levantar la cabeza. No se mueve, ni siquiera cuando ella se le acerca, está enfrascado en la lectura, como hipnotizado. Ella lleva puesto el camisón, va descalza, y acaba de despertarse. Trota hasta las piernas de su padre y espera, con la cabeza alzada, a que la mire y le dé un beso.
Pero él no se mueve.
—¿Papá?
¿Es su voz la que hace que se estremezca? Ella ve como el papel tiembla entre sus dedos y luego como su mano baja, dejando al descubierto su rostro devastado. Cuando sus miradas se cruzan, ella advierte que sus facciones se tuercen, expresando un sufrimiento que nunca antes había visto en él. La visión de su padre destrozado por no sabe qué extraño motivo se graba en su mente como una marca al fuego. Asocia su dolor a la carta que él suelta mientras cae de rodillas delante de ella y la coge en sus brazos y la estrecha hasta asfixiarla.
Emma no comprende, tiene miedo, intenta liberarse, pero su padre parece sordo a sus intentos de soltarse.
A sus pies, la hoja que contiene algunas líneas que ella es incapaz de descifrar parece encerrar la más terrible de las amenazas.
Así fue cómo se enteró de que su madre los había abandonado, a su padre y a ella, para no volver nunca más. Durante mucho tiempo, ignoró la causa, la causa real se entiende, no la que repetía Patrick con su rosario de reproches y que evolucionaba con el paso tiempo. Unas veces Camille se había ido para encontrarse con otro hombre, otras en un arranque de locura… Algunas veces los dos motivos se confundían: lo había abandonado por otro hombre en un arranque de locura.
La niñez de Emma estuvo marcada por esta partida repentina, esta ausencia tan palpable que acabó siendo una carga. La desaparición de Camille abrió una fisura en su joven existencia. Con el tiempo, la niña empezó a imaginar dramas secretos cuyas claves esperaba comprender algún día. Acabó convenciéndose de que su madre había disimulado el misterio de su partida para protegerla. Tenía que ser así por fuerza. No podía ser de otra manera.
Porque, a veces, es mejor no saber.
Poco a poco, Patrick y Emma se fueron acercando el uno al otro. Amarrada al único barco capaz de llevarla a buen puerto, la niña hizo frente junto a su padre a las tempestades que sacudieron su existencia. Él era la única persona en quien podía confiar ciegamente, porque, a pesar de su torpeza a veces deplorable, sentía por ella un amor inquebrantable.
Sin embargo, la necesidad de saber fue más fuerte.
Una noche en que Patrick tardaba en volver de la facultad, Emma hurgó en sus cajones. Encontró la carta y la leyó con mano temblorosa, como la de su padre aquella mañana en que la descubrió. Tenía trece años y, esta vez, sabía leer.
Patrick:
Cuando encuentres esta carta ya me habré ido. Pedirte
perdón me parece insoportable, por lo tanto, me resulta imposible hacerte creer que lo lamento.
Ya no puedo vivir a tu lado. A vuestro lado. Desde lo que
ha pasado, me siento prisionera en un papel que me mata. Este simulacro de familia supuestamente unida me repugna. Soy cada vez menos capaz de hacer como si no supiera.
Pero lo peor no es eso.
Ya no soy capaz de mirar a Emma a la cara. No puedo
evitarlo. Tengo la impresión de que ya no la comprendo. Aunque me pregunto si la he comprendido alguna vez. Cuando me habla, analizo su comportamiento para descubrir los secretos o las mentiras que oculta. Es como si se hubiese vuelto una extraña. Desconfío de ella, y mi actitud suscita en ella una desconfianza que la vuelve aún más distante. Su carácter altivo me exaspera. A veces incluso siento miedo de su temperamento intratable. La culpabilidad que ello me provoca me desgarra. ¿Qué tipo de madre puede decir eso de su hija? Sufro por esta sospecha permanente, ¡no sabes cuánto me lo reprocho! Sin embargo, he de admitir que temo las noches, los fines de semana y las vacaciones escolares.
Necesito irme, necesito vivir sin esta angustia que me
asfixia. Si vuelvo algún día, será por ella, por Emma, en un ataque de remordimiento que, sin duda alguna, de lo contrario me perseguirá hasta la muerte. No he hecho ningún proyecto, solo sé que debo irme.
Una firma irreconocible acababa la carta que se deslizó de la mano de la adolescente.
Unos días más tarde, Emma se fugaba por primera vez.
—¿Emma?
El terapeuta la saca de su ensimismamiento. Las facciones de la adolescente parecen marcadas por la amargura y el rencor. Se estremece y se aleja de sus recuerdos.
—¿Sabes por qué se fue tu madre, Emma?
La joven esboza una sonrisa apenas perceptible.
—No sé.
Terminaste No sé
Barbara Abel
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