No sé
Capítulo 27
Mylène ha perdido el conocimiento en medio de la noche. Su cuerpo exhausto ha tirado la toalla y las fuerzas la han abandonado. Su visión se ha vuelto borrosa, síntoma significativo de la falta de insulina: la hiperglucemia provoca una alteración de los vasos sanguíneos en general y, dado que los del ojo son muy frágiles, su visión se resiente enseguida.
La maestra conoce las señales de alarma que preceden a la catástrofe. Salvo que, al estar sumida en las tinieblas, no se había percatado de que sufría esta deficiencia visual que debería haberla alertado de su avanzado estado de debilidad.
De todos modos, ¿qué habría cambiado eso? Lleva tiempo refugiándose en la mecánica imparable de sus movimientos encadenados, para esconderse del dolor y del terror que la acosan, aferrada a la única perspectiva de reducir la distancia que la separa de la superficie. Pese a no ver nada —pero ¿cómo podría haberse dado cuenta de ello?—, ha seguido cavando sin descanso, echando la tierra a sus pies, haciendo oídos sordos a las protestas de su cuerpo dolorido. Hasta que, justo cuando le han fallado las piernas, ha perdido el conocimiento y se ha desplomado como una muñeca desarticulada.
Las nociones de tiempo y espacio se confunden en los confines de una razón suspendida. Perdida en tierra de nadie, su mente navega a la deriva, sin brújula, hacia los márgenes de su existencia. Sueña viéndose de niña, una cosita mal vestida, mal criada, mal consigo misma. Tiene once años y vive sola con su padre. Su madre, único referente femenino, no ha vuelto a dar señales de vida desde hace mucho tiempo. Étienne la cuida y le profesa un amor bruto, primitivo, casi salvaje, un amor con el que, a veces, ella no sabe qué hacer. En casa, no tiene a nadie que la guíe mientras descubre su feminidad. Su cuerpo se transforma, sus caderas se ensanchan, sus senos empiezan a crecer y ella los esconde debajo de jerséis demasiado amplios combinados con vaqueros deformes. Mylène es una niña poco agraciada que no suscita ni simpatía ni compasión.
En la escuela, oscila entre la indiferencia de unos y el sarcasmo de otros, mientras se escuda tras un carácter taciturno que actúa como barrera a los pocos que se atreven a acercarse a ella.
Por su parte, Étienne, poco dado a la condescendencia, no hace nada para ayudarla. No frecuenta a los demás padres, se pierde invariablemente las reuniones con los profesores, olvida comprar el aperitivo para la clase cuando le toca a Mylène llevarlo, reduce a la nada los esfuerzos de ella para amoldarse a las chicas de su edad. Él acentúa su diferencia mientras que ella lo daría todo por parecerse a las demás. Entre las escasas amigas que consigue hacer, ninguna acepta sus repetidas invitaciones a ir a jugar a su casa. Mylène sabe que tienen miedo de su padre. Un sábado por la tarde, a él se le olvida incluso llevarla a una merienda de cumpleaños, uno de los pocos a los que la invitan. Después, la ocasión no vuelve a presentarse. Y luego está la eterna e inmaculada Ausente. La figura materna a la que idolatra. Su partida es una grieta en su existencia. Al principio, la esperanza se agarra a su alma como una garrapata sedienta de sangre. Tiene la certeza de que acabará por volver. Pero el tiempo pasa y ella no vuelve. De tanto en tanto tiene noticias de ella, a través de una carta o de una llamada de teléfono. Al principio, cuando Mylène le habla, cuando reconoce, al otro lado de la línea, esa voz que le provoca un agujero en el estómago, la confusión se apodera de ella. La ausencia llena todo el espacio, los pensamientos, las emociones, las preguntas sin respuesta. Se insinúan explicaciones, a las que ella se aferra y acaba por creerse. Mylène traza dramas secretos cuyo significado comprenderá algún día. Sabe que su madre esconde el misterio de su partida para protegerla. Tiene que ser así por fuerza, no puede ser de otra manera.
Porque, a veces, es mejor no saber.
«¿Dónde está tu madre?», le preguntan en la escuela.
«¿Y a ti qué te importa?», contesta invariablemente la niña lanzando a su interlocutor una mirada cargada de desafío.
Le queda Étienne, inmutable y molesto. Mylène se lo perdona todo. Es racional, coherente consigo mismo, aunque no a los ojos de los demás, es fiel… Y, sobre todo, está ahí. Amarrada al único barco capaz de llevarla a buen puerto, ella hace frente a su lado a tempestades que zarandean la existencia de ambos. Su padre es la única persona en la que puede confiar ciegamente, porque, a pesar de su torpeza, en ocasiones lamentable, su amor por ella es inquebrantable.
Los contornos del pequeño apartamento que ambos compartían en aquella época se dibujan alrededor de ella. Mylène vuelve de la escuela. Le pica horriblemente la cabeza, hace varios días que se rasca. Se queja ante su padre, que examina su cabellera. El examen es breve y entonces se oye el veredicto, sin posibilidad de recurso:
—¡Tienes piojos! Voy a solucionarlo.
Ella espera el remedio con creciente desazón. Y cuando él vuelve del cuarto de baño, ella no reacciona. ¿Es que Étienne desconoce la existencia de productos farmacéuticos para librarla de estos parásitos? En realidad, él ni siquiera se formula esa pregunta. Armado con su maquinilla eléctrica, elimina los parásitos con tanta eficacia como inconsciencia.
Cuando Mylène se ve en el espejo, con la cabeza rapada, se echa a llorar. Su piel pelirroja es aún más pálida en el cráneo, casi lívida, salpicada de minúsculas costras rojas, recuerdo de la despensa de piojos. Sin los mechones que normalmente le esconden la mitad de la cara, el rostro poco agraciado se muestra a su mirada con brutalidad despiadada. Ante la cuantía de los daños, se apodera de ella una mezcla de vergüenza y de odio que enturbia su facultad de discernimiento. No sabe a cuál de los dos maldice más: a su padre que está loco de remate, o a sí misma, que es tan fea y cuya absoluta imperfección tiene algo de fascinante.
Pero, sobre todo, por primera vez, comprende la actitud de los otros respecto a ella. Todos esos niños que, nada más verla, la rechazan instintivamente, la maltratan o se mofan de ella. Lo que ella experimenta al observar su rostro poco agraciado concuerda en todos los aspectos con esa exclusión espontánea y odiosa. Al analizar su rostro en el reflejo del espejo y al despreciarlo, hace frente común con el enemigo. Apoya al adversario. Le da la razón. Se detesta aún más.
La reacción es violenta. Se vuelve hacia su padre y le grita su asco. Aúlla el rencor que le profesa, el desdén que suscita en ella, toda la piedad que le inspira. Proyecta en él las emociones que sabe que provoca en los demás. Vierte el exceso de amargura que se le acumula en la garganta, todas esas heridas cuyas cicatrices guarda desde hace tanto tiempo. Étienne se queda boquiabierto. Esperaba que le diera las gracias. En lugar de ello, su hija lo rechaza, lo acusa de mil males, lo censura y lo condena. Denigra sus intenciones, maltrata su rudimentaria ternura.
Él no comprende nada.
La ingratitud de Mylène lo decepciona, su violencia lo desconcierta. La bofetada sale, choca, su eco repercute durante largos segundos en ese cráneo desnudo. Y, para calmarla y enseñarle modales, la encierra en su habitación.
Acurrucada sobre sí misma, Mylène rumia sus quejas y nutre su rencor. Alimenta su cólera. Se aferra a su amargura como si le fuera la vida en ello. Expulsa su aversión.
Al otro lado de la puerta, Étienne se pasea de arriba abajo, desorientado. Sospecha que no ha actuado como debía para solucionar los problemas de su hija, pero la manera de responder a ellos es un misterio para él. El comportamiento de Mylène le provoca tanta cólera como incomprensión. Lo único de lo que está seguro es que ella es desgraciada y él también.
Lo malo es que él forma parte del problema. Puede que incluso él sea el problema.
La tristeza que eso le provoca es inmensa. Por primera vez, contempla la posibilidad de pedir ayuda externa. El baile de terapeutas y otros psicoanalistas se inicia durante ese periodo, y en él se suceden las sesiones a lo largo de las cuales Mylène permanece casi siempre callada. Cuando habla es para descargar su exceso de rencor. Despotrica contra su padre, que la avergüenza cada vez que lo presenta a una de sus escasas amistades. También sabe que hablan mal de él a sus espaldas: sobre Étienne circulan los rumores más descabellados, convirtiéndolo en un peligroso criminal, y sus impulsos agresivos desalientan a los más audaces de sus compañeros.
De su madre no habla. Jamás. Tema tabú. Intocable. Ninguno de los psicólogos que ha consultado ha logrado abrir una grieta en la coraza detrás de la que se ha aislado. Cuando uno de ellos intenta abordar el tema, ella se encierra en un mutismo cerril. Esconde sus heridas lejos de las miradas de los impertinentes. Y cuando le preguntan si conoce el motivo de su partida, Mylène les ofrece siempre la misma respuesta: «No sé».
Acurrucada en su cripta de arcilla, la maestra se estremece en su letargo.
—¡Mylène!
Está inconsciente y el eco lejano de su nombre no la alcanza. No oye a su padre que la llama, loco de dolor, incapaz de encontrar el camino que lo lleve hasta su hija. Ella ignora hasta qué punto se siente agobiado por el desarrollo de los acontecimientos. Al igual que aquel día con los piojos, ahora se ahoga en la incapacidad de comprender. Experimenta la dolorosa sensación de vivir una pesadilla que no ha anticipado. Como si le cayera sobre la cabeza una roca tan grande que le dejara aturdido al no haberla visto venir.
Mientras tanto, Mylène se hunde cada vez más en un sueño sin sueños. Sus párpados tiemblan cuando resuena su nombre una última vez en la lejanía, pero puede que sea solo por casualidad.