No sé

Barbara Abel · Capítulo 38 de 53

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No sé

Capítulo 37

Es extraño como, cuando todo va mal, las cosas más insignificantes adquieren un valor inédito. Mientras estaciona el coche en el aparcamiento del hipermercado, Camille se reconcilia con todo lo que la vida cotidiana tiene de tranquilizador: las familias que entran y salen, las mujeres mayores que beben su taza de té en el bar, la música insípida que atraviesa los pasillos, el malhumor de las cajeras… Ni siquiera el carrito colocado al principio de la fila y bloqueado por una moneda falsa consigue hacerle perder los nervios. Camille recorre sin refunfuñar los cincuenta metros que la separan de otra hilera de carritos y coge uno de ellos. Emma le pide que la instale en el asiento reservado a los niños, y Camille la ayuda a deslizar las piernas por las aperturas previstas a tal efecto. Después, ambas entran en la tienda.

En general, hacer las compras con Emma dista mucho de ser divertido. El recorrido está plagado de tentaciones, es una odisea durante la cual hay que esquivar las numerosas trampas colocadas por los comerciantes para despertar la codicia, sobre todo de los pequeños. Emma no es una excepción, lo quiere todo, enseguida, siempre. Hoy, sin embargo, Camille aborda la tarea con alivio. Este día que amenaza con no tener fin, las horas se hunden en el marasmo de sus miedos y a ella le cuesta muchísimo concentrarse en las tareas cotidianas. Lleva toda la mañana dando vueltas por la casa, pasando tres cuartas partes del tiempo acechando la calle, temiendo descubrir la silueta de Étienne decidido a contárselo todo a Patrick… Ella no hizo caso del SMS y ahora espera lo peor. Está nerviosa, exhausta, no soporta nada, empezando por los incesantes ruegos de Emma que exige que se ocupe de ella. Con la visita al hipermercado esperaba que la agitación general la aliviara durante un rato de sus angustias.

Se ha dado cuenta de que a Patrick no le ha gustado la idea de que se llevara a Emma consigo a hacer las compras y se ha sentido profundamente herida por su desconfianza, mal disimulada, que ha sido incapaz de rebatir con argumentos convincentes, habida cuenta del conflicto de la mañana. No le cabe la menor duda de que Patrick habría preferido que Emma se quedara con él. Sin embargo, no le ha quedado más alternativa que ceder, al surgirle una cita imprevista con uno de sus estudiantes en relación con su disertación. Camille recorre los pasillos. A medida que avanza, el carrito se llena de productos necesarios. Como de costumbre, Emma exige todo lo que le apetece, haciendo caso omiso a las negativas de su madre. En general, insiste, suplica, implora hasta que Camille capitula y cede a una de sus exigencias, con la esperanza de que la deje en paz. Los pocos minutos que siguen a esta rendición, le permiten concentrarse de nuevo en su lista de compras, antes de que la niña vuelva a la carga.

Hoy, Camille es más permisiva. Si por norma general se niega por sistema, cede rápidamente a los caprichos de su hija. Le falta energía. El miedo de haber podido perderla y el deseo de mimarla anulan toda combatividad. Camille necesita recuperar puntos con su hija.

Por su parte, Emma no es tonta. Posee ese sexto sentido inherente a los niños que detectan instantáneamente las debilidades de sus padres para así sacarles el mejor partido. La pequeña se aprovecha con descaro de las de su madre.

Después de haber obtenido una cantidad disparatada de bolsas de caramelos y galletas, Emma exige salir del carrito. Camille conoce las intenciones de su hija: le encanta jugar al escondite entre los estantes. Una vez más, capitula. Agarra a la niña por las axilas, la levanta y la deposita en el suelo. Como sucede a menudo los sábados, los pasillos de la tienda están repletos. Hay numerosos clientes que circulan entre los estantes, lo que provoca en ocasiones atascos de carritos.

—¡Quédate cerca de mí! —le ordena antes de soltarla.

Emma asiente y, durante unos minutos, camina dócilmente al lado de su madre. Pero el paseo no tarda en aburrirla: en el estante de productos de limpieza hay pocas distracciones. El pasillo transversal le parece más interesante y, olvidando su promesa, corre hasta el siguiente.

—No te alejes —le dice su madre mientras busca su detergente habitual.

Pese a sus consignas, Emma desaparece pronto de su vista. Camille no se preocupa demasiado. Elige un envase de detergente y completa sus compras con un suavizante de la misma marca. Después se apresura hasta el final de pasillo, donde ha desaparecido la niña.

—¡Buh! —exclama Emma saliendo de detrás de la estantería.

Camille simula un susto enorme: se sobresalta con gesto exagerado y pone cara de terror. La pequeña se ríe a carcajadas. Luego se precipita hacia el pasillo central y desaparece en la siguiente sección.

—¡Emma!

Por supuesto, la niña no obedece ante la llamada de su madre. Camille quiere tomar la dirección opuesta. Le irrita la falta de disciplina de su hija, se apresura a llegar a la sección en la que se ha metido Emma antes de increparla con más firmeza.

—¡Te he dicho que no te apartes de mí! ¡Ven aquí enseguida!

La niña hace oídos sordos, obligando a Camille a ir en su busca. Agarra la manita de su hija para arrastrarla hacia las cajas. Emma se resiste unos instantes, vituperando con su vocecita chillona. Alertados por esos gritos, algunos clientes las miran con circunspección.

—Si no me obedeces, te volveré a meter en el carrito, ¿entendido?

La amenaza no parece conmover a Emma que incordia cada vez más. Camille está cansada y pierde la paciencia: no aguanta más las lamentaciones de su hija, que no para de insistir.

—¡Basta! —le ordena con voz sorda.

—¡Quiero ir por allí! —vocifera Emma intentando soltarse.

—¡Y yo te digo que iremos por allí!

Camille sostiene firmemente la pequeña mano en la suya mientras la niña se debate como una anguila fuera del agua. Emma no soporta que le pongan trabas y su temperamento volcánico se desborda en una cólera ciega. Golpea, ruge, chilla con todas sus fuerzas… En el pasillo, los clientes fastidiados no disimulan su irritación, las miradas de desaprobación y ni los gestos de desprecio. Los gritos de la niña resuenan en el cráneo de Camille, sus ecos aporrean su razón, la resquebrajan hasta el paroxismo. Siente cómo crece la ira en su interior, esta vez hasta la superficie. Cuando ya no aguanta más, deja estallar su furia, agarra a Emma y la sacude de mala manera.

—¡Cállate ya! ¡Que te calles! ¡¡¡Estoy harta!!! ¡Vas a volverme loca! —le grita perdiendo la compostura.

Aturdida por la violencia de su madre, la niña se queda paralizada entre sus manos. La pérdida de control de Camille tiene al menos la ventaja de hacerla callar. Cuando se percata de que Emma ya no ofrece ninguna resistencia, Camille la suelta, sintiéndose destrozada por este nuevo altercado.

Ahora la gente la observa con severidad y ella se siente más miserable que nunca.

Emma, por su parte, se mantiene erguida, casi tiesa. Dirige a su madre una mirada glacial.

—¡Se lo diré a papá! —suelta en tono agresivo.

Estremecida, Camille se endereza. Nunca se ha sentido tan agotada. Intenta adoptar una expresión de dignidad que no engaña a nadie, ni siquiera a su hija. La amenaza de la niña resuena en su cabeza: lo lógico sería que fuera ella la que hubiese asustado a Emma. No obstante, en lugar de ello, reprime con angustia las ganas furiosas de suplicar a su hija que no le diga nada a su padre.

No se atreve a imaginar la reacción de Patrick cuando se entere de que ha vuelto a maltratar a su hija. Una vez más. La gota que colmará el vaso.

La asaltan ideas patéticas, entre ellas la de comprar el silencio de Emma. Las promesas se agolpan en su cabeza, refulgen en la niebla de su desconcierto: los juguetes rosas y brillantes con los que la niña sueña desde hace tiempo, el disfraz de Barbie o incluso el perrito mecánico que tanto deseaba… Camille se estremece. ¿En qué estará pensando?

Un resto de discernimiento la hace renunciar a su proyecto. Sintiéndose avergonzada y con un nudo en la garganta, se dirige hacia las cajas donde pide tanda en una de las numerosas colas. Tiene la sensación de que todo el mundo la mira, la juzga, la condena. Ella, la madre indigna que zarandea a su hija en público.

Un poco más lejos, en la cola de al lado, una joven mamá también aguarda su turno. En el carrito hay un niño sentado dócilmente en su sillita. De vez en cuando, su madre le da besos de esquimal, nariz contra nariz, y el pequeño se echa a reír. Camille los observa a hurtadillas, envidiosa de esta despreocupación que antes le era habitual. Entonces baja los ojos hacia Emma, que está de pie a su lado.

Con el rostro grave, los labios apretados, la niña mantiene la vista al frente, sin prestar la menor atención a su madre. Mientras se toma el tiempo de examinarla, observando su expresión arrogante, Camille reconoce la actitud altiva y distante que Patrick enarbola durante sus riñas, ese insoportable desprecio que muestra abiertamente cuando están en desacuerdo.

¡Dios mío, cómo se parece Emma a su padre!

Esa idea ya le había cruzado por la mente algunas veces a medida que el carácter de Emma se afianzaba con el curso de los meses y los años. Había heredado la intransigencia de Patrick con todas las debilidades que le resultaban extrañas. Una incapacidad total de sentir compasión por el prójimo. Esta incontestable similitud hiere dolorosamente a Camille, no puede ocultarlo. Ella no es así. Es más dulce, más tolerante con las peculiaridades de otros, más indulgente… Más generosa. Unas cualidades que su marido asocia sin decirlo a cierta debilidad. Cuanto más crece Emma, más experimenta Camille la curiosa sensación de quedar excluida del clan Verdier, observando, impotente, una complicidad que padre e hija alimentan con sus ideales.

Por fin es turno. Camille coloca las compras sobre la cinta transportadora y luego empieza a llenar las grandes bolsas de plástico. Después de pagar, carga el carrito con las compras y se dirige a la salida. Emma la sigue dócil, silenciosa y distante, fría como un témpano de hielo. Juntas cruzan el aparcamiento del hipermercado para ir hasta el coche, que Camille desbloquea desde la distancia, pulsando el mando del llavero.

Mientras ella guarda las compras en el maletero, Emma permanece refunfuñando, apoyada en la portezuela del vehículo.

—Voy a devolver el carrito —le informa secamente Camille—. Sube al coche, está abierto.

Emma obedece mirándola con dureza. Camille se aleja hacia la reserva de carritos, introduce el suyo en el anterior, recupera la moneda y vuelve a su plaza en el aparcamiento.

Cuando llega a la altura del vehículo, ve que la puerta trasera está abierta de par en par. Camille se acerca y mira en el habitáculo que, desde esa distancia, parece abandonado.

Unos pasos más y se asoma para echar un vistazo al asiento trasero, y luego a los delanteros…

El coche está vacío.

Camille se endereza de golpe, mientras mira a su alrededor, alarmada.

—¿Emma?

Da la vuelva al coche rápidamente.

La ausencia de la niña se confirma a medida que avanza. No la ve ni delante, ni detrás, ni siquiera cerca de otros vehículos.