No sé

Barbara Abel · Capítulo 43 de 53

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No sé

Capítulo 42

Sumergida hasta el cuello en la bañera, Camille intenta darse un respiro para aliviar la angustia que la carcome. Sus nervios llevan demasiadas horas sometidos a una dura prueba, tiene una terrible falta de sueño y, pese a las vivas protestas de su estómago vacío, es incapaz de comer. Se siente desgarrada por violentos remordimientos y una implacable culpabilidad, y concentra todos sus esfuerzos en vaciar su mente. Agotada por sus conflictos internos que no le dan descanso, la joven sabe que está quemando sus últimos cartuchos.

Los sucesos del día dan vueltas y más vueltas en su cabeza. Se ve de nuevo en medio del aparcamiento, gritando el nombre de Emma, anonadada por la desaparición de su hija. Vuelve a pensar una y otra vez en las amenazas de Étienne, con la certidumbre de haber descubierto su sed de venganza. Su perfil de chico malo la seducía mientras se mantenía dentro de los límites de la decencia, pero, a la luz de este día desastroso, no le queda más remedio que rendirse ante la evidencia: no sabe nada de él. Las bestias salvajes solo resultan atractivas cuando son inofensivas, cuando están detrás de barrotes. Ella comprende que Étienne dista mucho de ser inofensivo. No sabe de qué es capaz. No sabe hasta qué punto ha puesto a su familia en peligro al dejar que entrara en su vida, como un lobo al que hubiera abierto la puerta del aprisco.

No sabe.

Camille se siente terriblemente culpable. Se siente estúpida, tan inmadura como una adolescente de quince años que hubiera sucumbido a los encantos de un guaperas sin corazón. Le vienen a la memoria sus abrazos, y sus recuerdos se cubren ahora de un velo de amargura, otorgando a cada uno de los gestos de Étienne unas segundas intenciones burlonas. Se siente como una descerebrada incapaz de ver más allá del placer. ¿Cómo ha podido imaginar por un solo instante que un hombre como él podría enamorarse de una mujer como ella? Ella le ofreció su cuerpo, su integridad, su lealtad, cegada por el fantasma del príncipe azul en el que tanto deseaba creer. Por él, ha pisoteado la confianza que Patrick y Emma le daban sin reservas. Por él, ha planeado destruir a su familia. El sentimiento de sentirse indigna ante su marido y su hija la atormenta y la destroza más que todos los temores que minan sus fuerzas.

Mientras estaba en el coche de Dorothée Voguel, de vuelta hacia el hipermercado, Patrick la llamó por fin. Después de haberlo puesto al corriente de lo que acababa de suceder, Camille le pidió que fuera a buscarlas al aparcamiento, porque se sentía aún demasiado trastornada como para ponerse al volante sin correr el riesgo de tener un accidente. Pasados los primeros momentos de estupor, al otro lado del auricular, Patrick dejó estallar su cólera, soltando una sarta de injurias y amenazas contra Étienne, que Camille tuvo muchas dificultades para aplacar. Le suplicó que se calmara, que no hiciera nada irremediable, y sobre todo que fuera a buscarlas cuanto antes. Pese a estar poseído por el odio y el rencor, Patrick le prometió llegar sin demora. Durante ese cuarto de hora esperando a que llegara a buscarlas, con Emma hecha un ovillo contra ella, Camille le dio vueltas a la necesidad de confesar su traición a su marido. Cortarle las alas a Étienne. Desembarazarse de esa carga demasiado pesada de llevar. Temblando, con los nervios a flor de piel, intentó convencerse de que era la única solución. De que acabaría enterándose de todos modos. Una confesión era preferible a una delación. Haciendo propósito de enmienda, le hablaría del asco que se daba a sí misma, se arrastraría a sus pies suplicándole que la perdonara, le prometería una vida entera de amor y fidelidad. Él no podría permanecer insensible a sus argumentos. Sí, eso era lo mejor. Y aunque él no le concediera ninguna circunstancia atenuante, aunque la furia fuera más fuerte que la indulgencia, todo era mejor que esta espada cortante y afilada que cuelga sobre su cabeza.

Y finalmente…

Finalmente, no ha podido. No ha encontrado el momento, el valor, las palabras. Al llegar al aparcamiento, Patrick estaba fuera de sí, una mezcla de cólera y angustia que Camille ha intentado calmar, sin éxito. Imposible canalizar su atención. Vituperaba sin descanso, expulsando un deseo de venganza inextinguible. Entonces, ella ha aplazado su confesión hasta el día siguiente. Mañana lo verá todo más claro. Encontrará la fuerza que ahora le falta. Necesita una noche de descanso reparador para poner en orden sus ideas. Apaciguar la violencia de sus emociones. Volver a traer la calma a su mente.

Mañana. Mañana se lo confesará todo. Se hace esa promesa.

Después de quitar el tapón de la bañera, Camille se endereza y aprieta las rodillas contra sí. Deja que la bañera se vacíe lentamente, observando el nivel del agua que baja a medida que transcurre el tiempo. Cuando ya no queda casi nada, coge la ducha, abre a fondo el grifo del agua caliente y coloca la alcachofa sobre la cabeza. Luego se queda un buen rato debajo del chorro ardiente y deja por fin correr las lágrimas, abundantes, casi liberadoras, soñando poder lavar sus pecados, ahogar sus miedos, ver desaparecer esa pesadilla en el pequeño torbellino que se escapa de la bañera como un fantasma asustado.

Cuando sale para secarse, se siente igual de sucia.

Los minutos pasan, lentos e irreales, mecidos por los dolorosos remordimientos de sus sueños profanados. La pasión que sentía por Étienne hace tan solo dos días se ha metamorfoseado hoy en una versión vergonzosa y asustadiza. Con un hipo atormentado, Camille reprime un siniestro presentimiento.

Unos golpes contra la puerta del cuarto de baño la arrancan de sus sombríos pensamientos. Da un salto desmesurado y lanza un grito de temor, como si un monstruo se escondiera detrás de la puerta. Cuando Patrick asoma la cabeza, ella tiembla como un flan. Esta reacción desproporcionada da una idea del desánimo en el que chapotea.

—Camille, ¿puedes venir, por favor?

Todavía no está repuesta de sus emociones y la sequedad en el tono de su marido la alarma.

—¿Qué pasa?

—Ven a ver…

Sin esperar otra pregunta, él desaparece cerrando la puerta tras de sí. Intrigada, Camille acaba de secarse y se envuelve con la toalla. Cuando sale del cuarto de baño, el pasillo está vacío.

—¿Patrick?

—¡En la habitación!

Camille se apresura a ir. Se lo encuentra delante de la ventana, medio disimulado detrás de las gruesas cortinas, y le hace una señal para que se coloque detrás de él.

—¿Qué miras? —le pregunta ella frunciendo las cejas.

—¡Ven!

Ella obedece dócilmente. Fuera, la luminosidad ha disminuido y apenas revela los contornos de los arbustos que rodean el jardín. Cada vez más angustiada por la actitud de su marido, Camille se pone de puntillas para mirar por encima de su hombro.

—Ya no lo veo —murmura él en voz baja.

—¿No ves el qué?

Camille habla rápido, con voz nerviosa. Patrick no le contesta enseguida. Barre la calle con la mirada, con gesto crispado.

—Estaba aquí hace dos segundos…

—Pero ¿de qué me hablas, por Dios?

—¡De un hombre que merodea por el barrio! ¡Lo he visto aquí, justo delante de la casa!

Es como una descarga eléctrica. Como si todas las terminaciones nerviosas de Camille se inflamaran al mismo tiempo. Como si acabara de recibir un puñetazo en pleno vientre, que casi le corta la respiración.

Es él, es Étienne. Está convencida de ello.

—¿Dónde? —consigue articular—. ¿Dónde lo has visto?

—Allí —dice Patrick nervioso señalando el pequeño muro que separa la acera de la corta senda que lleva a la puerta de entrada—. Estaba de pie, justo allí delante.

—¿Y dónde está ahora? —Hipa Camille.

—¡Ni idea!

Patrick escanea el exterior con la mirada, escrutando cada rincón. Viven en un barrio residencial cuyo principal atractivo es la quietud del entorno. Todos los vecinos están en sus casas. En general, a esta hora de la noche, las idas y venidas son poco frecuentes.

—Es él, ¿verdad? —pregunta Patrick—. ¿Es el padre de la maestra? ¿El que ha intentado secuestrar a Emma antes?

Camille traga saliva.

—Supongo…

—¿Lo ves?

—¡No!

Ella inspecciona los alrededores, conteniendo la respiración. Tiene la sensación de que Étienne los espía como un depredador que acecha a su presa. Espera que, en cualquier instante, salte de detrás de un matorral o de un coche. Con los ojos como platos, examina la calle.

Fuera nada se mueve.

—¡No lo veo! —se lamenta sin apartar la mirada.

—No nos dejará en paz —murmura Patrick apretando los dientes—. ¡Tendremos que solucionar este problema nosotros mismos!

Camille guarda silencio. Invadida por la angustia, sus nervios se tensan, las conjeturas hormiguean en su mente. Si Étienne ronda por los alrededores, ella sabe el porqué, percibe sus intenciones y ese vivo remordimiento no le dará tregua. La amenaza se agazapa en el corazón de sus lamentos. La espada de Damocles lista para hacer saltar el candado de sus secretos.

—Llama a la policía —gime llena de angustia.

Patrick se contenta con reírse encogiéndose de hombros.

—Ese tipo se permite secuestrar a nuestra hija a plena luz del día y con total impunidad sin sufrir el más mínimo problema. ¿Crees realmente que si llamo a la pasma para decirles que se pasea por el barrio van a correr para atraparlo? Tú misma me lo has dicho: no tienen nada contra él.

—¿Qué vamos a hacer?

—Voy a hablar con él.

Camille siente retortijones en el estómago.

—¡No!

La joven se alarma. Si va a hablarle ahora, Étienne podría contárselo todo. Quizás incluso sea ese el objetivo de esta visita nocturna, la confrontación que Camille tanto teme. Si Patrick ha de enterarse de su traición, queda totalmente descartado que sea por boca de su amante. Un pánico sordo se apodera de ella. Se siente desfallecer acorralada por la urgencia de una situación que amenaza con convertirse en drama en cualquier momento.

—¡No vayas, te lo suplico! —chilla al borde de las lágrimas.

—¿Acaso tienes una idea mejor?

Patrick no parece darse cuenta del estado de pavor en el que se encuentra su mujer. Se dirige hacia la puerta de la habitación. Camille corre detrás de él para intentar detenerlo.

—¡Por piedad, Patrick, escúchame!

Lo adelanta y se interpone entre él y la puerta, como para prohibirle el acceso.

—¡No sabemos hasta dónde es capaz! Hasta que no encuentren a su hija, no tiene nada que perder, ¿comprendes? ¡Si vas a hablarle, solo Dios sabe lo que es capaz de hacerte!

—¿No me crees lo suficientemente fuerte para enfrentarme a él? —objeta Patrick apretando los labios.

—¡No me refiero a eso! Pero no sirve de nada asumir riesgos inútiles. Quédate cerca de mí. Por favor.

—Pues yo opino que ya va siendo hora de cortar por lo sano —replica él con determinación—. De tener una buena discusión con él y de hacerle comprender que no sirve de nada amenazarnos. Déjame pasar.

—¡No!

Camille se esfuerza por disimular su pánico. Febrilmente, busca argumentos para disuadir a su marido.

—¡Ese tipo está dispuesto a todo! —gime rayando en la histeria—. Ya lo has visto esta tarde, ¿no? Si es capaz de secuestrar a Emma en el aparcamiento de un hipermercado en hora punta, ¡es que le traen sin cuidado las consecuencias! Imagina que te agreda y luego venga a saldar su cuenta con Emma y conmigo. ¿Has pensado en eso? ¡Escucha! Esto es lo que vamos a hacer: mañana, llevaremos a Emma a casa de tu madre y se quedará allí hasta que este asunto se resuelva.

Patrick la observa con aire pensativo. Parece titubear. Alentada por su indecisión, Camille insiste.

—Es demasiado peligroso enfrentarse a él mientras Emma está en casa. ¡Piénsalo! Si te pasara algo a ti, ¿quién nos protegería, a Emma y a mí?

Patrick parece flaquear.

—De acuerdo —cede finalmente—. Alejamos a Emma, y después solucionaremos este asunto de una vez por todas.

Camille exhala un suspiro. Aliviada por las intenciones de su marido, vuelve a la ventana para explorar los alrededores.

—Ya no está ahí —susurra llena de esperanza.

—No sé si es tan buena señal…

Camille vuelve a mirarlo con aire atormentado. Sus emociones hacen la goma con sus tripas y el miedo la domina por completo.

—¿Estás seguro de que era él?

—No lo he visto nunca, pero ¿quién crees que puede ser?

La joven asiente moviendo la cabeza, pensativa. Su decisión está tomada: confesará su adulterio en cuanto Emma esté en casa de la abuela. El drama que se derivará de ello será terrible, pero al menos la pequeña no será testigo de la escena que desagarrará a sus padres.

Por su parte, Patrick la observa unos segundos, absorto en sus pensamientos. Después, saliendo de sus reflexiones, coge las manos de su mujer y las aprieta con fuerza en las suyas.

—Vamos a proteger a nuestra familia —declara con convicción—. Y llegaremos hasta el final.

Camille lo mira con gravedad antes de contestar a la presión de sus manos mientras que, en su pecho, se le encoge el corazón al pensar en la inmensa decepción que lo espera.