No sé
Capítulo 15
Tras unos instantes de vacilación, Mireille, Sandrine y Bruno se miran con insistencia mientras digieren esa información y establecen las subsiguientes consecuencias. Fuera, las ráfagas de viento agitan el bosque sobre el cual la lluvia abate sin piedad. El cielo está oscuro y otorga al entorno una apariencia sumamente siniestra. En el aparcamiento, los efectivos policiales se repliegan y están a punto de iniciar el camino de regreso.
—Hay que decírselo al capitán —murmura la directora.
Los tres salen de inmediato del coche y corren hacia los policías, protegiéndose como pueden bajo sus chaquetas. Mireille aborda al primer policía con el que se cruza.
—¿Dónde está su capitán?
El hombre la mira sorprendido y le pide que repita la pregunta: la lluvia hace un estruendo de mil diablos y cubre la mitad de sus palabras.
—¡Su capitán! —articula ella exagerando cada sílaba—. Tengo que hablar con su capitán.
Llueve a raudales; unos instantes bajo la lluvia bastan para que el agua los cale hasta los huesos. El agente asiente con la cabeza y le indica con un gesto que lo siga. Bruno y Sandrine van detrás de ellos. Los lleva hasta uno de los furgones en el cual Dupuis se prepara para dar la señal de salida. Una vez dentro del vehículo, la directora y sus colaboradores le hacen partícipe de sus inquietudes.
—Se trata de la maestra de la que le he hablado antes —le recuerda Bruno —. No ha dado señales de vida desde que salió a buscar a Emma.
—¿Han intentado contactar con ella?
—Tiene el teléfono apagado. En cualquier caso, el buzón de voz salta antes de que haya tono de llamada.
—Entonces es que se le ha agotado la batería —añade Sandrine.
—Lo que equivale a lo mismo.
—¿Le han dejado un mensaje? —pregunta Dupuis.
Bruno asiente.
—¡Sí! Le he dicho que había llegado la policía para encontrar a Emma.
El capitán guarda silencio durante algunos segundos. Luego vuelve la cabeza hacia el cristal detrás del cual se dibuja el bosque maltratado por los elementos.
—Para empezar, habrá que cerciorarse de que no ha regresado a casa por sus propios medios.
—¿Está bromeando? —exclama la directora—. ¡Estamos a cuarenta kilómetros de la ciudad! ¿Cómo podría haberlo hecho?
—Por lo que sabemos, si ha escuchado el mensaje, las últimas noticias que ha recibido es que se había avisado a la policía de la desaparición de Emma y que se había establecido un dispositivo para encontrarla. Ignoramos cuál habrá sido su reacción. Lo único que sabemos con certeza es que aún no sabe que la niña está sana y salva. Puede haber actuado empujada por el pánico y la culpabilidad… Lo que quiero decirles es que es posible que haya sido incapaz de hacer frente a sus responsabilidades y se haya dado a la fuga.
—¡Eso no tiene sentido! ¡Mylène nunca haría algo así!
—Quizás. O quizás no. Lo primero que hay que hacer es dejarle un mensaje explicándole que todo va bien, que hemos encontrado a Emma y que goza de buena salud. Que la esperan en el aparcamiento para volver a la escuela. En el tono más natural posible.
Bruno obedece de inmediato. Selecciona una vez más el número de Mylène en su teléfono y se lo lleva a la oreja. Como en las anteriores llamadas, el buzón de voz salta enseguida. Después de oír el bip en el auricular, informa a su compañera de trabajo de las últimas evoluciones del incidente. Una vez ha terminado, el capitán se vuelve hacia Mireille.
—¿Cuál es su situación familiar? ¿Vive con alguien? ¿Tiene hijos?
—Hijos seguro que no tiene. Y que yo sepa, vive sola.
—¿Puede proporcionarnos su dirección y, si es posible, los datos de sus allegados, las personas con las que podamos contactar para avisarles de la situación o a quienes, por ejemplo, podría haber acudido en caso de urgencia?
—La única persona que conozco de su entorno es su padre. Pero no tengo sus datos.
—Empecemos por su dirección, enviaremos a alguien. Mientras tanto, pediré al helicóptero que sobrevuele los alrededores para ver si la detecta…
La directora asiente con la cabeza. Dupuis coge el walkie-talkie y da algunas órdenes, resumiendo la situación a su interlocutor. Acto seguido consulta las previsiones meteorológicas. Cuando vuelve con ellos, su interpretación de los acontecimientos pretende ser tranquilizadora.
—También cabe la posibilidad de que simplemente se haya perdido y que, al verse sorprendida por la lluvia, se haya refugiado en algún sitio. Si este es el caso, la localizaremos muy pronto.
Mientras tanto, Mireille ha buscado en la agenda telefónica de su móvil la dirección de Mylène y la anota en un trozo de papel que tiende al capitán. Este lo coge y envía de inmediato a dos hombres al lugar.
—¿Y ahora? —pregunta la directora.
Dupuis esboza una mueca que delata cierta indecisión.
—Esperaremos.
—¿Esperaremos a qué? —pregunta a su vez Véronique.
—Los informes de los hombres que se dirigen a su domicilio. El del helicóptero que sobrevuela la zona de búsqueda.
—¡Eran más dinámicos a la hora de buscar a la niña! —masculla Mireille.
El capitán reprime un arranque de ira.
—¡Comprenderá que las dos situaciones no son comparables!
—Y nosotros ¿qué hacemos? —pregunta Bruno.
—Vamos a tomarles los datos y sus declaraciones para que puedan regresar a casa. Solo les pido que permanezcan a nuestra disposición hasta que hayamos solucionado este caso.
Los tres profesores asienten con un gesto de la cabeza: la idea de saber que pronto estarán en casa los tranquiliza un poco.
Mientras Dupuis pide a uno de sus colegas que transcriba los testimonios, se abre la puerta trasera de la camioneta. Patrick Verdier se apresura a entrar en el interior del vehículo para ponerse a cubierto de la lluvia que cae a cántaros.
—Han acabado de examinar a Emma —explica a Dupuis despreciando deliberadamente a los miembros de la escuela Les Pinsons—. Nos gustaría volver a casa.
—¿Cómo está su hija? —le pregunta Mireille imprimiendo a la frase toda la consideración de la que es capaz.
Patrick Verdier le dirige una mirada llena de reproche.
—Apenas tiene algunos rasguños de poca importancia. Psicológicamente, aún no estamos en condiciones de evaluar el alcance de los daños.
La directora toma buena nota y opta por no replicar. Además, sin esperar la más mínima reacción por su parte, Patrick Verdier vuelve a dirigirse al capitán para saber si puede marcharse. Este asiente en señal de aprobación.
—Le convocaré muy pronto para cerrar el procedimiento. Aún tengo que transcribir todas las declaraciones y redactar los atestados. Aquí tiene mi tarjeta por si necesita saber cualquier cosa.
Le tiende al profesor una tarjeta que ha sacado de su cartera. Patrick Verdier la coge y le da las gracias. Antes de despedirse, le dirige unas palabras a Mireille:
—Emma se quedará en casa durante unos días para superar la prueba por la que acaba de pasar. Y luego decidiremos si volverá a su escuela. Estamos considerando muy seriamente la posibilidad de cambiarla de centro.
—Lo comprendo.
—Sepa igualmente que tengo intención de entablar una acción civil contra su centro educativo por negligencia. Este asunto está lejos de haber acabado.
Mireille aprieta los dientes. Su instinto le dice que no avive la confrontación, que deje pasar un tiempo para que las emociones se calmen. El padre de Emma todavía está demasiado enfadado para que ella intente hacerle entrar en razón. La directora asiente brevemente con la cabeza y espera a que se vaya. ¿Qué más puede hacer? Presiente que la más mínima de las reacciones, en uno u otro sentido, no hará más que atizar su rencor.
En cuanto Patrick abandona el furgón, la tensión que reinaba durante los minutos precedentes se disipa imperceptiblemente.
Bruno es el primero en ser interrogado. Pasa a la parte delantera de la camioneta en compañía del agente designado por Dupuis. Mireille tiene prisa por activar el proceso administrativo y volver a casa, hasta el punto que olvidaría a Mylène en el bosque. De repente, la ausencia de la maestra le parece inconcebible. ¿Cómo se puede desaparecer de esta forma? ¿Se habrá perdido? ¿Estará herida? ¿Habrá sufrido algún percance? A menos que el capitán esté en lo cierto y Mylène se haya asustado, incapaz de hacer frente al peso de la culpa. Emma Verdier es una de las alumnas de su clase, ella es la principal responsable. ¿Sería posible que se hubiese dado a la fuga presa de un pánico incontrolable?
La directora ahuyenta esta idea de su mente. Conoce a Mylène. Es una joven seria y comprometida. No puede decir que le resulte francamente simpática, pues su relación con ella solo ha sido meramente profesional. Para su gusto es un poco introvertida, sospecha que no tiene sentido del humor ni fantasía y a veces le reprocha una excesiva rigidez en sus relaciones con los niños. Pero son precisamente estos aspectos de su personalidad los que la hacen dudar ahora de semejante comportamiento. Mylène es la integridad en persona. Con la rectitud y la frialdad de una viga de acero. Ni siquiera físicamente parece conocer la existencia de la curva. Y aunque sus rarezas confieren a la maestra una personalidad poco envidiable, al menos la protegen de una sospecha tan grave.
A menos que…
¿Conocemos realmente a las personas? Mireille no lo sabe.
La irrupción de un hombre en el furgón la distrae de sus reflexiones. Se trata del médico que ha examinado a la niña. Los pocos metros que separan la ambulancia de la camioneta han bastado para empaparlo de pies a cabeza; fuera, la lluvia sigue cayendo con una extraña virulencia.
—¡Qué tiempo! —exclama pasándose las manos por el rostro mojado.
—El llanto de las mujeres y la lluvia de verano no duran mucho… — responde Dupuis sin pensarlo.
—¡A ver si es verdad! —le contesta. Y luego, cambiando de tema—: He acabado de examinar a la pequeña y he visto a los padres. Le entregaré el informe mañana por la mañana. Pero ya puede anotar en su informe que no he apreciado ninguna lesión anormal. Solo presenta algunos arañazos perfectamente explicables dadas las circunstancias.
—Gracias, doctor.
El médico se dispone a despedirse, pero cambia de opinión.
—¡Ah! Los padres han olvidado el pañuelo de la niña. ¿Puede devolvérselo cuando los vea?
Saca del bolsillo un cuadrado de tela manchado de tierra y se lo tiende al capitán. Este se dispone a cogerlo cuando Véronique se sobresalta.
—Pero… ¡Es el fular de Mylène!
Mireille y Dupuis se vuelven al mismo tiempo hacia ella y la miran sorprendidos.
—¿Está segura? —le pregunta el capitán.
—¡Totalmente! ¿Dónde lo ha encontrado, doctor?
—Estaba alrededor del brazo de la pequeña… Envuelto a modo de venda.
Véronique frunce el ceño.
—¿De venda?
—Esa es la conclusión que he sacado… La niña tenía una herida poco profunda en el bíceps, justo debajo del fular. Hay un poco de sangre seca adherida a la tela, aquí, ¿la ven? —dice enseñándoles el pañuelo a sus tres interlocutores para demostrar su afirmación—. Lo que significa que cuando se envolvió el fular alrededor del brazo de la niña, la sangre aún estaba fresca.
Un silencio intrigado sigue a la explicación del médico.
Unos segundos más tarde, Dupuis le pregunta:
—¿Cómo era el nudo?
—¿Perdón?
—El nudo. ¿Qué tipo de nudo era? ¿Simple? ¿Complicado?
El médico enarca las cejas y se encoge de hombros para recalcar su ignorancia.
—Un nudo sencillo, diría yo… En cualquier caso, no me ha llamado la atención. Por consiguiente, me imagino que no tendría nada de original.
—¿Cree que Emma habría podido hacerlo sola?
—¡Me extrañaría mucho! Era simple, pero estaba bien hecho. Ninguna niña de cinco años habría sido capaz de anudarse un pañuelo de esa forma en su propio brazo.
El capitán se vuelve hacia Véronique.
—¿Emma estaba herida en el momento de su desaparición?
—¡No! —responde esta con rotundidad, indicando que sabe exactamente adónde quiere ir a parar el capitán.
Aunque Mireille ha presenciado la conversación sin decir una palabra, al igual que Dupuis y Véronique, ha seguido el hilo de la reflexión que la lleva a la misma conclusión.
—Lo que quiere decir que Mylène solo pudo enrollar su fular alrededor del brazo de Emma después de su desaparición.
El capitán asiente en silencio.
—¿La pequeña le ha explicado lo que ha pasado? —le pregunta al médico —. ¿Cómo ha llegado ese fular a su brazo?
—No ha dicho gran cosa. Le he hecho algunas preguntas sobre lo que sentía, si le dolía alguna parte del cuerpo… Pero debo decir que no se ha mostrado muy comunicativa.
—¿Le ha preguntado por la procedencia del fular?
—¿Por qué iba a hacerlo? ¡Pensé que era suyo!
—Lógico… —murmura Dupuis reflexionando. Después, se vuelve hacia Véronique y dice—: ¿Está usted totalmente segura de que Mylène llevaba este fular cuando salió en busca de Emma?
—¡Casi al cien por cien! —responde la bibliotecaria—. Ahora mismo no puedo afirmar con total seguridad que la haya visto alejarse en el bosque con su fular alrededor del cuello, pero, en cualquier caso, lo ha llevado todo el día.
—Por consiguiente, cabe pensar razonablemente que Mylène tuvo contacto con Emma entre el momento en que la niña desapareció y el que fue encontrada…
—Ahora, la cuestión es saber por qué motivo Mylène no ha regresado con la pequeña —dice la directora continuando la reflexión de Dupuis.
Un silencio circunspecto sigue a la observación de Mireille. Las miradas se cruzan, preocupadas, intrigadas o desconcertadas. Cada cual intenta dar una explicación lógica a este nuevo dato, quizás incluso descubrir en él un indicio que les revele el lugar donde puede encontrarse la maestra.
—¡Voy a llamar enseguida a los Verdier para que vuelvan! —declara por fin Dupuis mientras sostiene el teléfono móvil.