No sé
Capítulo 11
Aunque Mylène no ha visto el relámpago que desgarra el cielo, sí ha oído el trueno retumbar a lo lejos.
—¡Lo que nos faltaba! —masculla sin poder disimular un sentimiento de temor mezclado con amargura.
—¿Tienes miedo de la tormenta? —le pregunta Emma intrigada.
Mylène replica malhumorada:
—¡No, no tengo miedo de la tormenta! Tengo miedo de que nos quedemos atrapadas aquí no sé cuánto tiempo con trombas de agua cayéndonos encima.
—¡Quiero a mi mamá! —gime la pequeña, más agobiada por el enfado de su maestra que por la situación.
—¡Y yo quiero a mi papá!
La respuesta le ha salido así, sin más. Pero el hecho de mencionar a su padre le hace pensar en él y de repente se le parte el corazón al recordar al hombre al que ha despertado a primera hora de la mañana.
Parece que haga una eternidad de eso.
El hilo de sus pensamientos se desenrolla como si fuera una mecha que acaba de encenderse, y de pronto explota una bomba en la cabeza de la joven. ¡La insulina! Al mediodía no se ha inyectado su dosis porque estaba demasiado ocupada cuidando de los niños; una situación que no debería de eternizarse, pues las consecuencias de una falta, en su caso, serían rápidas y desastrosas.
La maestra se saca de nuevo el teléfono del bolsillo y comprueba si tiene cobertura. Todas las barras del triángulo están apagadas. No se enciende ninguna, ni siquiera levantando el brazo para acercar el móvil todo lo posible a la superficie. Y, por si eso no fuera suficiente, el estado de la batería es el fiel reflejo de su estado de ánimo: bajísimo.
—Tenemos que encontrar el modo de salir de aquí —murmura reprimiendo una ola de pánico.
Mylène mira a su alrededor con la esperanza de descubrir un modo de subir hasta la superficie. Las paredes muestran un ligero desnivel que, por desgracia, es demasiado pequeño para permitirle agarrarse a él. Sin contar con el maldito tobillo del que irradia un dolor que le llega hasta la rodilla… Mientras hace un balance de la situación, se cruza con la mirada de Emma: la pequeña la observa con avidez. Acurrucada, replegada sobre sí misma, parece un pajarito caído del nido.
Durante algunos segundos, la maestra parece perdida en sus pensamientos. Estima la estatura de la niña, alza los ojos hacia la superficie, vuelve a mirarla… Entonces cae en la cuenta de que, aunque ella no pueda subir a la superficie, al menos puede coger a Emma y ayudarla a salir del agujero.
—¡Ven aquí!
Emma se endereza con precaución y se acerca a su maestra en dos pasos. Mylène se apoya contra la pared para poder permanecer en equilibrio a pesar de su tobillo herido, coge a la niña por la cintura y la atrae hacia sí.
—Te voy a poner sobre mis hombros —le explica—. En cuanto estés bien colocada, intenta ponerte de pie. No te preocupes, te sujetaré bien. No te pasará nada.
La niña asiente. Mylène la sujeta por debajo de las axilas y la sube levantando los brazos mientras que Emma se coloca sobre sus hombros.
—¿Vas bien?
—Sí.
—Vale. Ahora te pondrás de pie encima de mí. Como en el circo. ¿Has comprendido?
—Sí.
—Después te llevaré lo más alto posible; tiene que funcionar, no pesas mucho. Desde ahí, deberías poder agarrarte a las raíces que están en el borde del agujero. Agárrate a ellas y tira muy fuerte de los brazos. Yo te subiré todo lo que pueda para ayudarte a salir. Solo te soltaré cuando estés casi fuera. ¿Estás lista?
—Sí.
—Una última cosa, Emma. Escúchame bien. Cuando estés fuera, te daré mi teléfono, tú tendrás que cogerlo tumbándote boca abajo. Yo ya he marcado un número, bastará con que pulses la tecla verde y esperes a que alguien conteste. En cuanto oigas una voz en el teléfono, explícale lo que pasa y descríbele lo que ves a tu alrededor. Los árboles, la pequeña montaña, todo lo que te rodea. ¿Está claro?
—Sí.
—Después deja el teléfono encendido y no te muevas. Quédate cerca del agujero y espera a que alguien nos encuentre.
La niña asiente con un movimiento de la cabeza que Mylène no ve pero que percibe.
—Vale. Entonces, allá vamos, ¿de acuerdo?
Por toda respuesta, la pequeña se sujeta firmemente a la cabeza de la maestra mientras se levanta con cuidado, una pierna y después la otra. Sus movimientos torpes obligan a Mylène a rectificar su posición para no caerse, lo que le provoca un dolor fulgurante en el tobillo. La joven oculta su sufrimiento apretando los dientes, pero sin reducir la presión en las pantorrillas de la niña.
—¿Ya estás?
—¡Casi!
Ahora, encaramada a los hombros de Mylène, Emma pasa por fin la cabeza fuera del agujero. Separa la vegetación que obstruye la salida y se agarra con todas sus fuerzas a las raíces.
En cuanto nota aligerarse el peso de la niña, la maestra la ayuda empujándola con los brazos hacia arriba. La operación es peligrosa, pero la perspectiva de éxito infunde a Mylène energías renovadas que, por un instante, le hacen olvidar el dolor. Al constatar que Emma está sacando el cuerpo de las entrañas de la tierra, hace acopio de fuerzas y le da el último impulso que la lanza prácticamente fuera del agujero.
Unos segundos más tarde, Emma se arrastra hasta la superficie, se levanta y respira por fin al aire libre.
En el fondo de la galería, Mylène lanza un grito de victoria.
—¡Lo has conseguido! ¡Bravo Emma, eres una crack!
Sin perder tiempo, coge el móvil, lo enciende pulsando con el pulgar. Sin inquietarse ya por la falta de cobertura, toca el teclado táctil, abre la agenda y selecciona el número de Bruno que aparece de inmediato en la pantalla.
—¿Emma? Pasa tu brazo por el agujero para que pueda darte mi teléfono. Aprieta el cuadrado verde que hay en la pantalla, el que tiene dibujado un teléfono pequeño, ¿vale?
Espera con el aparato en la mano que extiende hacia lo alto. Pero la niña no aparece.
—¿Emma?
Mylène contiene la respiración. Le resulta extraña la total ausencia de movimiento por encima de su cabeza. No oye nada, aparte del viento que sopla cada vez más fuerte, rozando la vegetación alrededor de la galería.
—¿Emma? —repite impacientándose—. ¡No es hora de jugar al escondite! Pasa el brazo y coge el teléfono, ¡por favor!
La maestra se queda inmóvil y espera aguzando el oído. Intenta captar los ruidos cercanos, un roce cualquiera que delate la presencia de la niña junto al agujero. Pero no sucede nada.
—¡Emma!
Con el corazón palpitante, Mylène tiene la sensación de que la sangre se le hiela en las venas. No entiende nada. ¿Dónde se ha metido esa cría? ¿Por qué no le contesta?
—¡Maldita sea, Emma! —grita perdiendo la compostura—. ¿Vas a contestar sí o no? ¡Mierda!
Un silencio alarmante responde a su grito de angustia.
Mylène tiene la impresión de estar volviéndose loca. ¿Qué pasa allá arriba? Un montón de preguntas y conjeturas se agolpan en su mente sin que consiga encontrar la más mínima respuesta. Con el móvil aún en la mano, el tobillo hinchado y el estómago revuelto, solloza de estupor, intenta agarrarse al reborde para alzarse únicamente con la fuerza de sus brazos, ver, comprender… La prisa y la angustia tropiezan en su cabeza, todos sus miembros tiemblan, se revuelve, sus gestos son febriles y desquiciados. Animada por la energía de la desesperación, se lanza contra la pared para alcanzar el contorno del agujero, haciendo caso omiso de su tobillo y del dolor que irradia hacia la pierna. Sus manos ávidas buscan una presa a la que agarrarse, sujetan la vegetación que sobresale… y sueltan el teléfono.
El aparato se le escapa, revoloteando por los aires. En esa décima de segundo, el tiempo se congela y se cristaliza la aguda intuición de un drama inexorable. Mylène intenta atrapar su móvil al vuelo. Sus manos agarran el vacío y se estremecen al seguir la irremediable caída. El teléfono se zafa, rebota contra la parcela de tierra para luego desaparecer en el fondo de la sima, al tiempo que la maestra cae pesadamente, golpeándose con violencia el tobillo ya lastimado.
En el exterior, en medio de un bosque vacío de toda presencia humana, el viento barre las hierbas que rodean el acceso a la galería y propaga a unos cuantos metros un grito de rabia y dolor.