No sé

Barbara Abel · Capítulo 41 de 53

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No sé

Capítulo 40

Cuando Dupuis y Voguel irrumpen en la cocina de L’ Anecdote, al final del día, Étienne está acabando el inventario de productos agotados. Sale de la cámara frigorífica en la que acaba de pasar revista a las existencias. Volver al trabajo como cada día era una necesidad: estaba totalmente descartado quedarse en casa dándole vueltas y a la espera de hipotéticas noticias.

Nathalie está un poco más lejos, a su derecha. Bate claras a punto de nieve, con un gran plato redondo encajado bajo el brazo, mientras con la otra mano agita el batidor con un movimiento vivo y regular. Los demás miembros de la brigada están ocupados, cada cual en su puesto.

Incluso antes de llegar al centro de la estancia, Dupuis interpela duramente al chef de cocina.

—¿Ahora resulta que te has reciclado en secuestrador de menores?

Étienne vuelve la cabeza sorprendido y observa a los policías acercarse a grandes zancadas.

—¿Te divierte asustar a las niñas pequeñas? —Añade Voguel en un tono de voz que rezuma desprecio.

—¿De qué están hablando? —replica Étienne a la defensiva.

—¡Ahora se las da de quien no sabe nada! —exclama Dupuis dirigiéndose a Voguel—. ¡Menuda defensa!

Dorothée lo mira con desprecio. En la cocina, todo el mundo ha interrumpido su labor, sin comprender lo que sucede. Étienne frunce el ceño, y crispa la mandíbula dispuesto a defenderse.

—¿Han encontrado a mi hija? —pregunta con frialdad dando unos pasos a su encuentro.

—No. ¡Y no es probable que la encuentre si no dejas de hacer idioteces!

—¿Puedo saber qué sucede?

—¿Dónde estabas esta tarde a las cuatro?

Nathalie se acerca y se coloca al lado de Étienne.

—¿Algún problema, jefe?

—Déjalo, Nat —murmura Étienne—. No pasa nada.

El chef de cocina suspira. Mira a Dupuis, al parecer intentando comprender adónde quiere ir a parar el policía.

—Preferiría que me hablara de usted.

—Responde a la pregunta del capitán —le ordena Voguel.

—Hacía su trabajo, capitán —replica Étienne recalcando con ironía la palabra «capitán»—. Estaba en el bosque de los Cuatro Robles buscando a mi hija.

Dupuis asiente varias veces con la cabeza enarcando las cejas como quien comprende.

—¡Qué oportuno! Supongo que estabas solo y que nadie te ha visto.

—Si al menos me dijera de qué se me acusa…

—Esta tarde, un gracioso ha intentado secuestrar a Emma Verdier. Admite que la coincidencia es extraña.

—Puede que sea extraña, pero no he sido yo.

Étienne habla sin apartar los ojos de Dupuis. Hace gala de una calma imperturbable, pero en su mirada resplandece una brutalidad contenida, una tensión que no decae desde hace casi veinticuatro horas. Los argumentos de los dos policías parecen traerle sin cuidado, ahora mismo hay cosas más graves. Sin embargo, la válvula no tardará en ceder. Dupuis lo percibe en esa mirada aparentemente impasible, él que lo observa para adivinar los efectos de semejante acusación. En realidad, el policía no está seguro de que el incidente de esta tarde en el aparcamiento del hipermercado sea obra de Gilmont. Un hombre con antecedentes penales como los suyos y que no ha dado motivos para que se hablara de él en los últimos quince años no se arriesgaría a cometer un error tan absurdo.

Por otro lado, la situación es inédita, y lo que está en juego es el bien más preciado de Étienne.

Quizá sea también la mejor razón para perder los estribos y precisamente cometer errores.

El chef de cocina no ha reaccionado con sorpresa cuando Dupuis le ha anunciado que alguien había intentado secuestrar a Emma Verdier a plena luz del día. Se le acusa de intento de secuestro y, sin embargo, él no pregunta nada: ni por las circunstancias, ni si la niña está bien, ni cómo ha salido de esa… Eso no lo convierte en culpable, pero suscita preguntas.

—Dame una buena razón para creerte —le desafía Dupuis.

—Tengo otras cosas que hacer aparte de perder el tiempo aterrorizando a una niña.

—¿Por qué? Si realmente crees que sabe más de lo que quiere decir…

Étienne no puede evitar soltar una risa decepcionada.

—Escúcheme, capitán, me he pasado toda la noche reflexionando sobre la situación. La niña no sabe nada. Y, de todas formas, aunque lo supiera, ¿qué quiere que haga? ¿Que la ate a un radiador y que la apunte con una lámpara?

—No te imaginaba tan filosófico…

—Pues ya ve. Se ha equivocado.

Étienne Gilmont replica sin parpadear. No expresa ninguna emoción, ni abatimiento ni cólera. Ni desconcierto ni rencor. Ni siquiera tristeza.

Dupuis no cree en este supuesto fatalismo. No va con ese tipo: Gilmont no es la clase de individuo que se tome las cosas con perspectiva. La gente no cambia hasta tal punto.

En esta fase de la confrontación, el policía está igual que cuando entró en la cocina del restaurante. La actitud de Gilmont revela tantos elementos en su contra como a su favor.

—Tengo la impresión de que usted no es el único que me considera culpable, capitán, pero creo que, además, se equivoca de investigación — replica Étienne—. Mientras tanto, mi hija se está muriendo. ¿Qué hace usted para encontrarla?

—Pierdo el tiempo, Gilmont. ¿Quién tiene la culpa?

—Dígamelo usted…

Los dos hombres se enfrentan con una mirada en la que cada cual intenta descubrir las intenciones del otro. Unos instantes congelados en el tiempo, plantando cara para forzar palabras que no se pronuncian. Dupuis es el primero en retirarse, sabe que no sacará nada en claro de esta confrontación.

—Si le pasa algo a un miembro de la familia Verdier, lo meto en chirona —se limita a declarar dando media vuelta.

—¡Me toma por gilipollas!

—No es eso. Simplemente le aconsejo que se quede donde está. De lo contrario, este establecimiento tendrá que buscarse otro cocinero.

—¡Chef de cocina, capitán! —le corrige Gilmont—. Soy chef de cocina, no cocinero.

—Ah ¿y cuál es la diferencia? —se burla Dupuis saliendo de la cocina seguido de cerca por Voguel.