No sé
Capítulo 10
El aparcamiento del bosque de los Cuatro Robles no tarda en llenarse con un impresionante convoy de vehículos. Una docena de coches de policía y una ambulancia llegan al lugar bajo la mirada estupefacta de los niños que, aún dentro del autocar, no pueden contener su excitación. Con la nariz pegada a los cristales, brincan de impaciencia, saturando rápidamente el ambiente de ruido. Éliane y Sandrine consiguen a duras penas devolver la calma y, al igual que fuera, la atmósfera se vuelve tormentosa.
Mientras esperaban la llegada inminente de la policía, Sandrine ha llamado a Bruno, Véronique y Mylène para informarlos. Mylène ha sido la única que no ha contestado a la llamada, por lo que Sandrine se ha visto obligada a dejarle un mensaje. En cambio, Véronique y Bruno han regresado enseguida y están presentes. El profesor de gimnasia se encarga de hablar con el capitán, un individuo de unos cuarenta años, con un físico curiosamente ordinario. Mientras ambos sellan las presentaciones con un apretón de manos, Bruno no puede evitar sorprenderse por el aspecto banal del personaje, él que es un apasionado de las novelas policiacas en las cuales los héroes se salen siempre de lo común. Este hombre, de complexión mediana, fisionomía del montón y desprovisto de signos particulares, pasaría desapercibido incluso si fuera vestido con una combinación rosa fluorescente.
—Capitán Dupuis —declara el policía en un tono neutro.
«¡Venga ya! —Está a punto de exclamar Bruno, reprimiendo a duras
penas una sonrisa irónica—. ¿Por qué no Dupond[1] ya puestos?».
—Bruno Danzig —le responde al policía mientras ahuyenta de la mente todos los chistes que se le ocurren—. Le agradezco que haya acudido tan rápido y… con tantos efectivos —añade mirando sinceramente impresionado los vehículos que siguen llegando.
Unos quince van ocupando el emplazamiento mientras que el profesor de gimnasia hace un somero resumen de la situación al capitán de policía. Describe a Emma Verdier con toda la precisión de la que es capaz, así como las circunstancias de su desaparición, al menos las que conoce. Dupuis lo escucha con atención y, acto seguido, le pide alguna información complementaria.
—¿Han avisado a los padres?
—No sabría decirle. Imagino que la directora se habrá puesto en contacto con ellos.
—Háganlos venir.
—De acuerdo.
—¿Tiene usted algún objeto que pertenezca a la niña, alguna cosa que esté impregnada de su olor?
—No creo, no…
—Pida a los padres que traigan uno.
—Así lo haremos.
—¿Puede indicarme el lugar donde fue vista por última vez?
—Por supuesto… En el claro, no lejos de aquí.
—Lléveme hasta allí.
Enseguida, el capitán Dupuis hace una señal a su equipo y este se pone en movimiento. Un agente se aparta del resto y se les acerca corriendo.
—El GAP y la CDI están de camino, llegarán dentro de unos minutos — informa a su jefe mientras avanza a su lado.
—Perfecto.
—¿Quiénes? —pregunta Bruno.
—El Grupo de Atención Preventiva y la Compañía Departamental de Intervención —le explica Dupuis—. Es decir, los refuerzos.
—De acuerdo —murmura el profesor de gimnasia, que no ha comprendido muy bien de qué se trata.
Un aura especial emana del capitán a medida que toma el control de la situación. La transformación no es palpable, se produce por oleadas. El policía parece cargarse poco a poco de aplomo. Y mientras le abre el camino, Bruno tiene la sensación confusa de seguir su movimiento más que de guiarlo.
Sandrine se apresura a unirse a ellos.
—Éliane querría saber si el autocar puede volver a la escuela. Los niños ya no aguantan más.
—Antes necesito la declaración de todos los adultos presentes esta tarde —le informa el capitán—. Dos de mis hombres se encargarán de ello cuanto antes. Luego podrá acompañar a los niños a la escuela. No obstante, no olvide advertir a los padres que deben estar a disposición de la policía.
Sandrine da media vuelta rápidamente para transmitir el mensaje a Éliane. Mientras se aleja, Bruno le pide que comunique las peticiones del capitán: la presencia de los padres de Emma en el lugar con un objeto perteneciente a la niña.
—Preferiblemente una prenda de vestir —precisa Dupuis—. Una prenda que haya llevado recientemente.
Sandrine mueve la cabeza en señal de que ha comprendido y, cuando se dispone a seguir su camino, añade alzando la voz para salvar los metros que los separan:
—De hecho… Seguimos sin noticias de Mylène.
Bruno se detiene por segunda vez, obligando al grupo de policías a hacer lo propio.
—¿No la has llamado?
—Sí, pero no contesta. Le he dejado un mensaje.
El capitán Dupuis interroga a Bruno con la mirada.
—Es una de las maestras que nos acompañan —le explica—. Salió en busca de Emma con nosotros. Al parecer, no logran dar con ella para advertirle de que han llegado ustedes.
—¿Tiene su número de móvil?
—Sí.
—Llámela.
Sin dejar de caminar hacia el claro, Bruno teclea en el teléfono para comunicarse con la maestra. El buzón de voz salta incluso antes de que dé el primer tono de llamada en el auricular. Bruno espera a que suene el bip para dejar un mensaje.
—Mylène, soy Bruno. Deja de buscar y vuelve, hemos avisado a la pasm… a la policía. Ya están aquí, ellos se encargarán en encontrar a Emma.
Luego corta la comunicación y se guarda el móvil en el bolsillo.
—¿Desde cuándo no tiene noticias de su compañera? —inquiere Dupuis.
Bruno menciona la llamada que le hizo Mylène mientras registraba el bosque cerca del claro.
—¿Qué hora era?
—La verdad es que no lo miré, pero diría que sería en torno a las cinco…
El capitán consulta rápidamente su reloj.
—Siga intentando contactar con ella cada cinco minutos —le ordena mientras llegan al claro.
—De acuerdo. Ya hemos llegado, es aquí —declara Bruno cuando desembocan en el gran descampado.
El capitán echa una mirada circular al lugar. Las cabañas de los niños delimitan el espacio, como testigos de una tarde sin preocupaciones. Todo está exactamente igual a como lo han dejado hace casi una hora, salvo por el cielo que ahora se ha cubierto por completo, confiriéndole un aspecto mucho menos acogedor. Dupuis se vuelve hacia sus hombres.
—Id a comprobar el interior de las cabañas.
Estos obedecen de inmediato mientras Bruno se golpea la frente en señal de estupor.
—¡No me diga que podría estar dentro! —exclama en tono consternado.
—Eso parece contrariarle…
—¡No, no! —se defiende el profesor de gimnasia, como si lo hubieran pillado en flagrante delito—. Es que no se nos ocurrió comprobarlo, y si resulta que les hemos hecho venir cuando…
—No sería la primera vez que encontramos a un niño escondido en el lugar más obvio —le interrumpe Dupuis para tranquilizarlo. A continuación, ajeno a la estupefacción de su interlocutor, el capitán se dirige a uno de sus hombres.
—Meyer, que traigan a los perros lo antes posible.
Acto seguido, alza una mirada preocupada al cielo y añade:
—Si estalla una tormenta, cosa que muy bien podría suceder, va a ser muy complicado encontrarla.
Y, como si lo hubiese convocado, un relámpago rasga la bóveda celeste, seguido, unos segundos más tarde, de un estruendo sordo.