Pack Bianca y Deseo octubre 2021
Cap�tulo 9
Capítulo 9
HELENA hizo una pirueta a cámara lenta, y con el corazón lleno de júbilo. Theo le había preparada una habitación de princesa. Apenas podía creérselo: una cama con dosel, una lámpara de araña colgada de un techo decorado con frescos, una alfombra gruesa�
–¿Te gusta? –preguntó Theo con voz suave.
Ella cerró los ojos in instante.
–Ahora comprendo por qué te mudaste –comentó al ver que la habitación tenía unas maravillosas vistas al mar.
–¿De veras?
–Necesitabas los elementos.
Él frunció el ceño.
Ella intentó explicarle a qué se refería, pero le resultaba difícil hablar con coherencia.
–Eres un espíritu libre, Theo. Vivir en la ciudad es algo muy restrictivo para ti. Necesitas poder meterte en el mar o subir una montaña cuando lo deseas. Aquí, y en Sidiro, puedes hacerlo.
Theo sintió que se le encogía el corazón al escuchar su comentario.
A veces se olvidaba de que Helena lo había conocido tan bien como él a ella. Él nunca se había abierto ante nadie de esa manera. Y, después, ella lo abandonó.
¿De veras se había marchado porque temía tener un matrimonio como el de sus padres? Cuando ella se lo contó, tres años antes, le había parecido ridículo. No había creído que fuera verdad. Y después tenía que lidiar con la idea de que ella lo considerara un abusador emocional.
Él sabía que Helena había tenido una infancia muy diferente a la suya, pero nunca había apreciado cómo de diferente. Él había sido afortunado con sus padres. Su infancia había sido idílica. Le habían dado lo mejor de todo,
lo habían mimado y cuidado con tanto amor que él había asumido que merecía todas las cosas maravillosas de la vida.
La muerte de sus padres, con tan poco tiempo de separación, le había mostrado el sufrimiento. El hecho de que Helena lo abandonara le había enseñado que el amor recibido por otras personas aparte de los padres podía desaparecer tan pronto como se había formado. Ambas cosas le habían servido para hacerlo más fuerte.
Él no quería sentir lástima por él.
Se había comprado aquella casa porque no soportaba entrar en las habitaciones de la casa de la ciudad, donde Helena había estado y donde él todavía podía escuchar el eco de sus risas.
Cuando ella se marchase de la casa en la que estaban, su fantasma no lo perseguiría más. Ya habría conseguido librarse de él.
Cada vez estaba más cerca ese momento. Lo sabía.
–Y ¿dónde vamos esta noche? –preguntó ella.
–Al palacio para tomar una copa de champán y a un concierto en el anfiteatro real.
–Bromeas –repuso ella.
A Theo le encantaba su manera de reaccionar. Helena tenía fascinación por el palacio. Era el lugar donde se habían conocido, y se había quedado maravillada cuando Theo le mostró la invitación para asistir a la boda del rey Helios. Aunque, por supuesto, ella se marchó antes de que la boda se celebrara.
–Está todo preparado. Dentro de una hora vendrá una estilista para ayudarte a prepararte.
–Pero no tengo nada…
–¿Que ponerte? –se acercó a ella y le susurró al oído–. Mira en el vestidor, agapi mou.
Ella se estremeció al sentir su respiración contra la piel, y él al percibir el aroma de su cuerpo.
Helena se acercó al vestidor y contempló aquel espacio lleno de espejos.
Entonces, lo vio, colgado junto a un precioso tocador.
Era el vestido de la boutique.
–¿Cómo…? –fue todo lo que pudo decir. Theo estaba a su lado. No se tocaban, pero ella se sentía como si él la estuviera abrazando.
Había tensión en el ambiente. Ella percibió su cálida respiración y notó que se le erizaba el vello de la nuca.
No podía moverse. No quería moverse. No quería luchar contra sus sentimientos ni un momento más.
De pronto, notó el cuerpo de Theo contra el suyo. Y un brazo que la rodeaba por la cintura. Al sentir su miembro erecto contra la parte baja de su espalda, una ola de calor recorrió su cuerpo.
Theo la giró y ella no se resistió.
Tratando de respirar, lo miró a los ojos y vio que su color azul se había vuelto más oscuro. Era un cambio que ella conocía bien, y su deseo aumentó al instante.
Theo respiró hondo, acercó las manos a su rostro y le retiró las gafas.
El mundo se convirtió en una nebulosa, pero Theo permanecía definido.
Por mucho que ella hubiera intentado olvidarlo, su recuerdo siempre había permanecido definido. En sus sueños.
Esa era su última oportunidad de retirarse y poner fin a esa locura�
Sin embargo, no había vuelta atrás. No para ella. Theo era un demonio hecho de fuego y pasión. Entre ellos permanecía un sueño roto, pero había otro que ella no quería negarse.
Helena colocó una mano sobre el torso de Theo y sintió el fuerte latido de su corazón. Inhaló y percibió aquel aroma que siempre le había encantado.
Apoyó la otra mano sobre el cuello de Theo, cerró los ojos y se adentró en el fuego de la pasión.
Más tarde, no recordaría quién besó a quién primero. Lo olvidaría todo excepto el momento en que sus labios se encontraron y sus sentidos explotaron. El aroma de sus cuerpos, las caricias de sus lenguas, el sonido de las telas mientras se quitaban la ropa. Botones, cremalleras…
Theo se separó de sus labios, la besó en las mejillas y después en el cuello. Le retiró los pantalones y la ropa interior y se arrodilló ante ella. Le levantó la camiseta y le desabrochó el sujetador. Helea se ocupó del resto y terminó de desnudarse. Al instante, él le cubrió un seno con la boca. Ella suspiró su nombre y le sujetó la cabeza, disfrutando de cada caricia que él le proporcionaba con la boca.
Cuando él se retiró de sus pechos y la besó en el vientre, ella recordó todos los momentos de placer que él le había ofrecido con la boca. La había
llevado al orgasmo varias veces, pero nunca de la manera que ella tanto había deseado. Lo qué más había deseado en el mundo era sentir a Theo en su interior.
Cubriéndole las mejillas con las manos, lo detuvo justo cuando él iba a alcanzar su pubis con la boca. Y se arrodilló a su lado.
Él la miró sorprendido y ella lo besó de forma apasionada, de manera que los pechos de Helena quedaron presionados contra el torso de Theo. Él todavía llevaba la camiseta y Helena se la quitó. Quería verlo desnudo.
Sentir su cuerpo musculoso bajo los dedos. Bajo la lengua�
Se tumbaron sobre la alfombra y continuaron besándose mientras, juntos, terminaron de desnudar a Theo por completo. A ella le encantaba inhalar el aroma de su piel, y acariciar la fina capa de vello que bajaba hasta su ombligo. Era como si hubiera esperado toda una vida para que llegara ese momento.
Theo nunca se había sentido de esa manera. Era una locura. Durante muchas noches se había contenido para no hacer el amor a Helena, y todavía había algo que le sugería esperar.
¿A qué? Aquello era lo que él deseaba, allí, entre los brazos de Helena, sintiendo el peso de sus senos contra su piel.
Era el momento que llevaba soñando mucho tiempo y no pensaba dejarlo pasar, y menos cuando los ojos de Helena reflejaban el mismo deseo.
Con un rápido movimiento, la tumbó sobre su espalda y se colocó entre sus piernas.
Ella lo miró con la respiración acelerada y las mejillas sonrosadas.
No había nada que pudiera impedir que Theo le ofreciera lo que ella deseaba… Lo que él deseaba…
Mirándola a los ojos, él le separó las piernas y colocó su miembro erecto justo donde deseaba.
Ella estaba temblando. Él estaba temblando.
Inclinó la cabeza para besarla en los labios, cerró los ojos y se adentró en ella todo lo que pudo.
Theos, estaba más tensa de lo que esperaba�
Sin embargo, mientras un placer desconocido se apoderaba de él, parte de su cerebro reaccionó, indicándole que algo iba mal. Y Theo tardó un instante en comprender lo que era.
Era la respiración que Helena había hecho cuando él la penetró. La resistencia…
No podía ser cierto.
Entonces, ella se movió bajo su cuerpo y lo besó en los labios, pidiéndole que terminara lo que había comenzado. Theo se dejó llevar y sucumbió al placer de hacer el amor con aquella mujer deslumbrante.
Helena se sentía como si estuviera bailando entre las llamas del placer.
Unas llamas que habían reducido a cenizas el pequeño dolor que había sentido cuando él la penetró por primera vez.
La química entre ellos siempre había sido tan fuerte que ella sabía que hacer el amor con Theo sería maravilloso, pero nunca imaginó que, con cada movimiento, Theo le provocaría tal variedad de sensaciones.
Finalmente, ella comprendió por qué hacer el amor con Theo había sido tan importante para ella. A pesar de haber sido virgen, sabía que aquel sería el último acto de intimidad entre ellos, la fusión de dos cuerpos, la fusión de sí misma con el hombre que amaba.
No quería que terminara, pero el placer era demasiado nuevo e intenso como para contenerse. Estaba en una montaña rusa y la caída estaba a la vista. Levantó los muslos para que él pudiera penetrarla en profundidad y rodeó el trasero de Theo con las piernas, susurrando su nombre una y otra vez hasta que la montaña rusa se salió del carril y, el lugar de caer, ella comenzó a volar como un pájaro sobre las nubes. Se agarró al cabello sudoroso de Theo y escuchó su manera de jadear, algo que aumentó su placer hasta que alcanzó el arcoíris y lo atravesó en el momento en que él dio un empujón final y colapsó sobre ella con un gemido.
Theo oía retumbar el latido de su corazón e intentó volver a la realidad.
No obstante, incluso cuando el efecto del orgasmo fue disminuyendo, su cabeza permanecía llena de pensamientos sobre Helena. El aroma de su cuello, su piel suave bajo su boca, el fuerte latido de su corazón acompasado con el de él. Sus dedos acariciándole la espalda, la boca besándole la frente. Y el calor húmedo donde él se había adentrado. Theo deseaba permanecer allí y saborear aquel increíble momento para siempre.
Jamás en su vida se había sentido tan cerca de otra persona. Nunca había estado tan inseguro acerca de dónde terminaba él y dónde empezaba ella.
Theos, sabía que iba a ser algo bueno, pero aquello…
Theo abrió los ojos y recordó la sensación que había tenido nada más adentrarse en su cuerpo.
Se incorporó sobre un codo y la miró a los ojos.
Se aclaró la garganta, pero antes de que pudiera hablar, sonó su teléfono con un tono que indicaba que era Dion.
Blasfemando, Theo se retiró de encima de Helena y agarró su pantalón corto. Contestó justo antes de que saltara el contestador.
– ¿Nai?
Hizo un esfuerzo para atender a lo que le decían y colgó la llamada.
Se pasó la mano por el cabello, respiró hondo y se puso en pie.
–La estilista te espera –dijo él, sin mirar a Helena, que estaba apoyada contra la pared–. ¿Quieres darte una ducha?
–¿Qué?
–¿Quieres darte una ducha antes de que te mande a la estilista?
Ella pestañeó. Sus gafas estaban en el suelo, donde las había dejado sin darse cuenta. Theo las agarró y se las entregó.
–Gracias –susurró ella, pero no se las puso.
–¿Y la ducha?
Ella asintió.
–Le diré que venga en veinte minutos. Si necesitas algo, díselo a Dion o a cualquier otro miembro del personal.
Ella lo miró como deslumbrada. Theo nunca había imaginado que ella pudiera estar más bella, pero con las mejillas sonrosadas, los labios colorados y el pelo alborotado después de haber hecho el amor, tenía la sensación de estar contemplando una obra de arte.
De pronto, pensó en algo y le entró un escalofrío.
–No hemos utilizado protección�
–Todavía tomo la píldora –dijo ella.
Él cerró los ojos y asintió. Helena había empezado a tomar anticonceptivos días antes de que él la llevara a Sidiro, diciendo entre risas que así estaría protegida cuando lo tentara para que él le hiciera el amor.
Incluso entonces, él ya sabía que quería que ella fuera la madre de sus hijos.
El deseo de tomarla en brazos, llevarla a la cama y poseerla de nuevo era tan intenso que él dio un paso atrás.
No debía sentirse así. Se suponía que aquel era el primer acto para superar la humillación que había sentido al verse obligado a decirle a cientos de invitados que la boda se había cancelado.
Así no era como había imaginado que sería hacer el amor con ella por primera vez. En sus fantasías, cuando él pensaba que la primera vez sería la primera de todas las de una vida, había soñado con ir tan despacio que cuando llegara a penetrarla ella no pudiera sentir nada más que puro placer.
Más tarde, cuando la relación se terminó, sus fantasías habían cambiado. Si alguna vez llegaba a poseerla, puesto que ya no sería el primero en hacerlo, ya no necesitaría ir tan despacio. En sus fantasías pensaba hacer que se derritiera entre sus brazos antes de poseerla, para erradicar el recuerdo de todos los hombres que la hubieran poseído antes que él. Aunque no de esa manera. No en el suelo del dormitorio. Se suponía que no debía haber perdido el control.
Desesperado, Theo se dirigió a la puerta. Antes de marcharse, miró una vez más a la mujer deslumbrante que estaba junto a la puerta del baño.
Así, desnuda, podía ser Artemisa, solo que Artemisa no lo miraría con expresión de vulnerabilidad.
–Te veré pronto, matia mou.
Helena sonrió, entró en el baño y cerró la puerta.
Theo nunca había sonreído de esa manera como cuando, momentos después, caminó hacia la piscina.
Nadar despejaría su mente. Allí podría ordenar sus pensamientos e intentar darle sentido a lo que sabía era verdad.
Que, hasta que él le había hecho el amor en el suelo del dormitorio, Helena seguía siendo virgen.
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