Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Varias Autoras · Capítulo 9 de 35

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Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Cap�tulo 7

Capítulo 7

THEO abrió la boca, pero Helena no estaba de humor para dejarlo contestar. Estaba tratando de evitar las náuseas.

–No te molestes. Puedo oler dónde has estado. Dijiste que regresarías antes de desayunar. ¡Ya es la hora de comer! Tengo montones de cosas que consultarte, pero mientras yo estaba aquí sentada esperándote, tú estabas por ahí retozando.

–¿Retozando?

–Ya sabes, eso en lo que eres experto. En serio, no puede importarme menos con quién compartieras la cama anoche, a juzgar por el aspecto y el olor que tienes, me sorprendería si me dijeras que os molestasteis en llegar a la cama, pero no permitiré que tu hedonismo afecte a mi tiempo. Has llegado cuatro horas más tarde de que empezara la jornada de trabajo, y encima ¿tienes el descaro de preguntarme por qué te miro como si quisiera matarte? No quiero matarte, quiero darte un puñetazo.

Él la miró con un brillo en los ojos.

–Pareces celosa.

–Ya te gustaría. O tienes la decencia de mantener tu hedonismo fueras del horario laboral o me iré a casa.

Theo se acercó al escritorio y murmuró:

–¿Tú crees?

Ella lo miró con desdén.

–No creas que porque haya firmado un contrato signifique que vas a hacer todo a tu manera. Hay una legislación laboral, por mucho que no te importe.

–Si quieres probar suerte con la ley, adelante. No intentaré detenerte. No obstante, si quieres demostrar que ya no eres la niña que sale huyendo y que has madurado, tendrás que dejar de actuar como una mojigata indignada.

Furiosa, Helena echó la silla hacia atrás y se dirigió hacia él.

–Eres sexista y condescendiente…

–¡Basta ya! Es aburrido –pero él no parecía aburrido, sino todo lo contrario.

–Lo único que es aburrido es tu interminable procesión de mujeres. ¿No tienes…?

Las palabras se evaporaron de su mente cuando él la rodeó por la cintura, atrayéndola hacia sí.

Con las piernas temblorosas y el corazón acelerado, ella miró al único hombre de la tierra que tenía la capacidad de hacerla reír sin parar y llorar como un bebé. El único hombre de la tierra que la había hecho sentir algo.

Theo le acarició la mejilla con un dedo y ella se estremeció. Él esbozó una sonrisa y la miró con los ojos brillantes.

–Hola, Helena. Me alegro de tenerte de vuelta –comentó, antes de besarla en los labios.

El efecto de sus labios sobre la boca fue inmediato. Helena suspiró al sentir que las sensaciones que hacía tiempo que había olvidado recobraban intensidad. Resistirse no era una opción. Separó los labios y, rodeándolo por el cuello, se puso de puntillas, cerró los ojos y se entregó a su boca con aroma a café y a su cuerpo musculoso. Sus pechos quedaron presionados contra su torso mientras él la abrazaba con tanta fuerza que no importaba que a ella le temblaran las piernas, debilitadas por el húmedo calor que le provocó sentir su miembro erecto presionado contra su abdomen.

En pocos segundos, el beso se convirtió en algo salvaje. Él la sujetó por la espalda y ella llevó las manos a su nuca para acariciarle el cabello.

Separando la boca de la de Theo y deseosa de saborear su piel, le acarició con la lengua el mentón cubierto de barba incipiente y la deslizó por su cuello�

E inmediatamente percibió el empalagoso aroma del perfume de otra mujer.

Helena recuperó la cordura con la misma rapidez con la que la había perdido.

–¡No! –asustada por la rapidez con la que había caído de nuevo en la dolencia que había llegado a controlarla en una ocasión, lo empujó apoyando la mano en su pecho.

Sin atreverse a mirarlo, se retiró, pero pudo sentir su respiración agitada.

–No soy un juguete que hayas contratado para divertirte –comentó con voz temblorosa. Asustada de pensar que podía ponerse a llorar, se volvió hacia la cafetera y se sirvió una taza, pero las manos le temblaban con tanta fuerza que derramó parte de café en el suelo.

El efecto de la mirada de Theo era casi tan potente como sus caricias y Helena agarró con fuerza la taza para resistir.

–Al contrario –dijo él–. Tus servicios no son baratos. He llamado a la directora de la empresa constructora que voy a contratar para la casa para que os conozcáis. Está esperando en el comedor. A lo mejor quieres recolocarte la ropa antes de verla –se dirigió a la puerta y añadió–: Helena, la próxima vez que quieras detalles sobre mi vida sexual, pregunta sin más.

Theo se contuvo para no sonreír al ver a la directora. Savina Mercouri era mayor de lo que sería la madre de Theo si estuviese vida. Iba vestida con ropa colorida y llevaba un perfume que podía confundirse fácilmente con un limpiador de baño. También era la directora de una de las empresas de construcción más respetadas y tenía fama de terminar los edificios a tiempo y sin exceder el presupuesto, y por ser capaz de encontrar materiales de todo el mundo con facilidad. Además, era una mujer demasiado afectuosa.

Si Theo hubiese sabido que lo único que hacía falta para que Helena perdiera su compostura era entrar en el despacho con el aroma del perfume de otra mujer impregnado en el traje, habría comprado un frasco y se lo habría vaciado por encima.

Por fin, su bella diosa se había resquebrajado.

Durante su relación, él había aprendido que los celos de Helena le asustaban a ella más de lo que a él le molestaban. En realidad, a él le gustaban. Era diferente al gesto que solían poner sus antiguas amantes cuando él hablaba con otra mujer durante más de dos minutos. Ellas no se daban cuenta de que su comportamiento era el beso de muerte para un hombre al que no le gustaba sentirse atrapado. A Theo le gustaba la libertad. La necesitaba. Helena era la única mujer con la que había querido permanecer atrapado. Y la única que le había hecho descubrir sus propios celos. Ver que ella se mostraba tan posesiva había alimentado su necesidad de demostrar que el amor que ella sentía era tan fuerte como el de él.

Él había visto la expresión de alivio en su rostro cuando entró en su despacho. Ella estaba preocupada por él. El miedo se había convertido en rabia, y la rabia había provocado que lo atacara verbalmente, algo que a él le había encantado. Esa era la Helena que él recordaba. La mujer con pasión en su alma. La mujer que había permitido soltar las emociones que corrían por sus venas.

No le costaría mucho tentarla para que se metiera en su cama. La pasión con la que ella lo había besado indicaba bien claro que ella todavía lo deseaba. La química que en su día los había llevado al borde de la locura todavía permanecía en sus venas, igual que en las de él. Y él todavía provocaba que se pusiera celosa…

Ella seguía sintiendo algo por él.

Mirándola, Theo se preguntó cómo de profundo sería lo que ella sentía por él. Por supuesto, él dejó de quererla cuando después de llevar una hora esperándola en la catedral, asimiló la verdad. Ella no iba a acudir. Helena se había marchado de su lado.

Permaneció allí, frente a los familiares de él y de ella, a los amigos y a los colegas de negocios. Todo el mundo que él conocía, incluida la realeza, había ido para presenciar cómo Theo pronunciaba sus votos al amor de su vida. Sin embargo, terminaron siendo testigos de su humillación. Por supuesto, él se volvió con una sonrisa ante las doscientas personas que había reunidas en la catedral de Agon y anunció que la boda se cancelaba.

No era lo bastante estúpido para pensar que los había engañado, a pesar de que los invitó a acompañarlo para celebrar su afortunado escape en lo que debería haber sido el banquete de bodas.

La fiesta había terminado al amanecer, pero por mucho que hubiera durado o por mucho alcohol que hubiera bebido, el sentimiento de humillación seguía siendo muy intenso. Cuando su abuelo, varios días más tarde, le dijo que su corazón se sanaría algún día, Theo se había reído. Su corazón estaba bien. ¿No había sido capaz de sobrevivir la muerte de sus padres con solo tres meses de separación entre ellas? Eso sí que había sido dolor. Un dolor insoportable. El único dolor que Helena le había infligido era para su ego. Theo no estaba preparado para admitir que sentía un dolor tan insoportable como él que sintió tras la muerte de sus padres�

Helena había aniquilado el amor que él sentía por ella. En el fondo, él debería estarle agradecido por haberlo hecho de manera tan limpia, sin

someterlo al paulatino deterioro de la relación que muchas parejas se veían obligadas a sufrir.

No obstante, él había confiado en ella. Había imaginado que envejecerían juntos. Ella le había prometido que lo amaba, que confiaba en él y que quería envejecer a su lado. Había sido una lección humillante, pero Theo había sacado un aprendizaje de ella. No debía confiar en nadie. No debía amar a nadie. Debía mantener el control de su corazón y no ser vulnerable para que jamás volvieran a herirlo.

–¿Sigues trabajando? –le preguntó Theo aquella noche cuando vio que Helena seguía sentada en su escritorio.

–¿Todavía estás aquí? –repuso ella, sin mirarlo.

–Vas a tenerme para ti sola toda la semana.

–Qué afortunada –murmuró ella.

–No, agapi mou, afortunado yo. Es hora de que dejes lo que estás haciendo, la cena está lista.

–Le he dicho a Natassa que comeré aquí.

–Son las ocho.

Ella continuó tecleando.

–Tengo una cosa a medias.

–¿Tratas de evitarme?

–No te halagues a ti mismo.

–Entonces, mírame.

Él se fijó en que ella cerraba los ojos un instante antes de mirarlo. La expresión de su rostro era indescifrable, pero tenía los dientes apretados.

Helena no estaba tan calmada como trataba de aparentar. Desde el último beso, ella había tratado de evitar mirarlo a los ojos. Y solo había hablado con él cuando no le quedaba más remedio.

Había llegado el momento de atacar.

–Mañana por la mañana nos iremos a Agon.

–¿Los dos? ¿Para qué?

–Para conocer al escultor que hará las esculturas para el jardín.

Embarcaremos después del desayuno.

–No necesito conocer al escultor.

–No opino lo mismo, y puesto que te pago por tu tiempo y esfuerzo, no aceptaré un no por respuesta. Disfruta de tu cena en el despacho. Si decides

salir para respirar aire fresco y compartir una copa conmigo, me encontrarás en la terraza.

–Lo tendré en cuenta.

–Hazlo –contestó Theo, y como era incapaz de marcharse sin provocar, añadió–. Si no estoy en la terraza, estaré en la cama. Serás bienvenida si decides reunirte allí conmigo.

Ella no contestó, pero él se percató de que le temblaba la mano mientras trataba de fingir que lo estaba ignorando y se colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja.

Silbando alegremente, Theo se marchó y la dejó sola.

Helena se secó después de la ducha y se puso el camisón. Estaba agotada. Le dolían los ojos y la cabeza, de concentrarse en el trabajo y de intentar olvidar el beso que se habían dado.

Quizá había conseguido no pensar en ello, pero su cuerpo no lo había olvidado. El corazón le latía deprisa y sentía cosquilleos en los labios.

Además, como ya no podía distraerse mirando el ordenador, no paraba de recordar cada segundo.

«¿Por qué he reaccionado de esa manera?», se preguntó con desesperación mientras apagaba el aire acondicionado y abría la ventana del dormitorio. Sentada en la repisa de la ventana, inhaló un poco de aire fresco y confió en que le despejara la mente.

«Siempre ha sido así», pensó. Theo había sido como una droga para ella. Una caricia había bastado para hacerle perder la cabeza. Le destrozaba saber que nada había cambiado. Que seguía siendo esclava de sus caricias.

Oyó una risa distante a través de la ventana abierta. Pensó que parecía la de Elli. Natassa se tomaba la vida muy en serio, pero Elli tenía el carácter animado que Helena envidiaba. De niña había anhelado ser una persona divertida, una niña que atrajera a otras niñas, pero nunca lo consiguió. No sabía cómo ser divertida o hacer bromas que hicieran reír a las demás. La risa no era algo que surgiera a menudo en la familia Armstrong. Su padre era un hombre británico, severo y mayor que gobernaba la casa con puño de acero y la madre, una mujer que tenía prohibido trabajar o hacer nada que supusiera tener independencia.

Durante los últimos años, Helena le había preguntado varias veces a su madre por qué permanecía casada. La respuesta siempre había sido:

–Pronuncié mis votos.

Ella intentaba comprenderlo. Su madre tenía diecinueve años y estaba terminando su primer año en la universidad cuando se enamoró de un apuesto profesor treinta años mayor. Seis meses más tarde estaban casados, la vida universitaria de su madre había terminado y ella fue remodelada en la perfecta esposa. Su padre recibía con frecuencia a sus colegas y estudiantes destacados y esperaba que la casa siempre estuviera inmaculada y la comida fuera perfecta.

Helena recordaba que una vez le había preguntado a su madre que, de pequeña, qué había deseado cuando fuera mayor. Su madre había mirado a otro lado y había contestado que tenía la vida que siempre había deseado tener.

Su madre, estaba mintiendo y ella lo sabía. No solo Helena, sino a sí misma. Era una realidad que había cristalizado durante los años a medida que se daba cuenta de que la manera que tenía su padre de gobernar el hogar no era normal, y que no había sido normal al menos durante cien años. Durante las pocas ocasiones en que habían viajado a Agon sin él, su madre se convertía en una mujer diferente, y Helena estaba segura de que era la mujer de la que su padre se había enamorado en primer lugar. ¿Por qué casarse con alguien solo para apagar la vida que llevan en su interior?

El día anterior al que debía casarse con Theo, comieron con los padres de Helena. Ella había observado cómo su madre permanecía en silencio mientras que su padre y Theo se bebían una botella de vino. Los dos hombres se habían reído acerca del papel que tenían las mujeres en el matrimonio mientras que su madre bajaba la mirada. Esta había sido la conversación que los había separado. Helena había estado a punto de caer en la misma trampa. Ella había permitido que Theo tomara todas las decisiones y se saliera con la suya en todo, incluyendo su insistencia para que se casaran lo antes posible. Ella había sido como un corderito siguiendo a su dueño.

Si se casaba con Theo, todo lo que ella era y todo lo que podría ser se vería absorbido por él, igual que su madre había permitido que su padre absorbiera su esencia. Si se hubiera casado con Theo entonces…

No obstante, entonces no era ahora. El pasado no vivía en el presente.

La Helena de entonces no era la Helena de ahora.

Una vez más, la risa se coló por la ventana.

Al parecer, Theo estaba en la terraza disfrutando de la velada con Elli y Natassa. Ella imaginó que estarían bebiendo vino blanco y comiendo un aperitivo delicioso. De pronto, Helena deseó estar ahí fuera con ellos. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que ella disfrutaba de una noche en buena compañía. Tres años. Desde que estuvo con Theo.

Nadie la había hecho reír como él. La noche con él pasaba volando. La noche con él…

Helena cerró los ojos.

Permanecer entre los brazos de Theo, noche tras noche era lo más cercano que había estado del paraíso.

¿Cómo sería estar entre sus brazos después de hacer el amor?

Cuando una fuerte carcajada se coló de nuevo en la habitación, Helena cerró la ventana y se metió en la cama.

Mirando al techo, se llevó la mano al corazón y pensó de nuevo en las restricciones autoimpuestas que la habían convertido en una mujer solitaria, hasta que Theo las había derrumbado.

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