Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Varias Autoras · Capítulo 27 de 35

Páginas del PDF

Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Cap�tulo Nueve

Capítulo Nueve

–Bueno, ha ido bien –dijo Damian ya en la carretera.

–Hmm.

Él la miró por el rabillo del ojo.

–¿Hmm?

–Nunca había entrado en Construcciones JM.

Damian se rio.

–Ya me lo imaginaba, aunque en el instituto tuvieras reputación de chica rebelde.

–¿Estás insinuando que podía haberme colado sin permiso?

–He dicho rebelde, no espía. El papel de espía no te habría encajado.

–¿Lo dices por el pelo morado? ¿O por el pendiente en la nariz?

–¡Es verdad! ¿Qué pasó con ese pendiente?

–Me aburrí del experimento y el agujero acabó cerrándose.

–Lo que quieres decir es que habías logrado tu objetivo de escandalizar a tu familia y después te cansaste y quisiste pasar a otra cosa. ¿Sabes? Me sorprendió que te metieras en el mundo de la moda.

–¿Por cómo era en el instituto?

Él asintió.

–Pues no es tan sorprendente. Tengo dos tías por parte de mi madre que trabajaron como modistas antes de vender su tienda y jubilarse y que tenían mucho talento. Pasé unos veranos con ellas en Italia como aprendiza. Entre los Serenghetti hay muchas personas creativas. Incluso la construcción es una forma de arte si te paras a pensarlo.

–Supongo que eso explica que hayas salido en defensa de mi padre antes. Un artista apoyando a otro.

–No pretendía posicionarme de una parte u otra, solo intentaba entender las dos –miró por la ventanilla–. A mi familia no le gusta que Construcciones JM se llevara a algunos de sus empleados, pero no hay nada ilegal en ello. Además, todas las empresas de construcción tienen algún

conflicto a lo largo de los años y, con suerte, no tienen por qué ser infracciones graves. Toda empresa intenta atraer clientes nuevos. Y en cuanto a lo de Kenable, tu padre ha admitido que tal vez hoy no tomaría la misma decisión.

–Dice la emprendedora.

Ella se apartó el pelo del hombro.

–Di lo que quieras, pero sí. Ahora que dirijo mi propio negocio, lo entiendo todo mejor.

–¿Sabes? Ha sido la primera vez que ha admitido que es posible que cometiera un error. A lo mejor ha sido porque en ese momento iba a darme las reliquias familiares. O a lo mejor ha sido porque tú estabas ahí.

Mia se sonrojó.

Le gustaba que se hubiera mostrado tan amable con su familia, y también le gustaba que no viera a su padre como un mero delincuente. Le gustaba ella en general, joder.

–¿Te importa si ponemos música? –preguntó Mia claramente incómoda.

–Depende –bromeó él.

–¿De qué?

–De tus gustos musicales.

–Eres imposible –dijo ella inclinándose hacia la radio.

Con el sonido de fondo de canciones de rock clásico se sumieron en un agradable silencio mientras él tomaba las curvas de la carretera que serpenteaba entre las colinas.

Al principio Mia pareció algo ausente, pero entonces empezó a tararear algunas canciones y, para diversión de Damian, acabó cantándolas.

–¿Siempre cantas en el coche?

–¿Insinúas que no te gusta mi voz?

–Me gusta.

–Es algo que me viene de mi madre. Le encantan los musicales. De hecho, a Cole lo llamó así por Cole Porter.

–Pues ayer tu hermano le hizo honor a su tocayo porque sus palabras fueron música para mis oídos.

Mia intentó contener la sonrisa pero fracasó.

–Debería haber imaginado que eso lo has sacado de tu madre. Además de ser preciosa, te gusta la música.

Ella se sonrojó y se giró para contemplar el paisaje.

Condujeron en silencio, excepto por la música, y la próxima vez que Damian la miró, se sorprendió al ver que se había quedado dormida. Un sentimiento que se asemejaba sospechosamente a la ternura lo invadió.

Pero al llegar a Manhattan supo que tenía que despertarla porque pronto estarían en su casa.

Subió el volumen y empezó a cantar la letra de My Girl.

Al momento, Mia parpadeó y abrió los ojos. Se estiró y preguntó:

–¿Qué son esos berridos?

Damian se rio.

–Mi chica…

Ella puso los ojos en blanco.

–¿Es que no te gusta la canción? Ya sabes, estamos en mayo y tú eres…

–La luz del sol no, por favor –dijo como molesta por la referencia a la letra de la canción.

Él sonrió.

–¿Sabes? No cantas tan mal.

–Pues deberías oírme en la ducha.

Justo en ese momento llegaron al edificio de Mia, pero no había ningún sitio libre a la vista. Si hubieran estado en la casa de él, le habría dado las llaves del coche al portero para que se ocupara de él. Pero Mia vivía encima de su taller en lo que parecía un edificio reformado en una calle lateral del Distrito de la Moda. Eso era lo que había averiguado cuando había ido a recogerla para ir al Ruby Ball. Antes de que sus mundos hubieran cambiado. Antes de que él hubiera conocido a su familia y ella a la suya.

Antes de que se hubieran apoyado y defendido, antes de que se hubieran tomado el uno al otro…

–Gracias por traerme –dijo Mia.

Él asintió y agarró el volante con fuerza para contenerse y no caer en la tentación de reavivar la pasión entre los dos incluso a la vista de los viandantes.

–Será mejor que me vaya antes de que te pongan una multa.

Asintiendo, él bajó del coche, que había aparcado en doble fila. Abrió el maletero y le dio su bolsa de viaje. Cuando sus manos se rozaron, ella se quedó paralizada y él enarcó una ceja.

En ese momento a Mia le sonó el teléfono y lo sacó. Frunció el ceño al ver el número.

–Será mejor que responda. El trabajo me llama.

«Escríbeme. Llámame. Duerme conmigo», pensó Damian, aunque no dijo nada. Se metió las manos en los bolsillos y la vio entrar en el edificio…

pero no salir de su vida.

Porque aún tenían un acuerdo pendiente que resolver y que dependía de los Bensen y de su hija.

–Estoy preocupada por ti, cara.

–Déjalo, mamá. Estoy bien. De verdad –dijo Mia mientras caminaba de un lado a otro de su taller. El sol de última hora de la tarde se filtraba por las barras de seguridad de las ventanas traseras y pequeñas partículas flotaban en los rayos de luz.

–No sé, te veo rara.

Mia resopló. Lo que su madre quería decir era: «Vamos a hablar del jaleo que se armó con Damian Musil el fin de semana pasado».

–¿Quieres que vaya a Nueva York a verte?

¡No!

–Podríamos hacer una reserva en un restaurante bonito. Hay un local nuevo…

–Mamá, no pasa nada. Estoy bien.

–¿Estás segura?

Mia suspiró.

–Llamas por lo de Damian, ¿verdad?

Tenía que decirle que lo había dejado o admitir que no tenían una relación de verdad, que todo era un acuerdo temporal del que ambos saldrían beneficiados y que lo que había ocurrido en el dormitorio había sido un gran error. Sin embargo, por la razón que fuera, no podía pronunciar esas palabras.

–Tu padre quería llamarte, pero le he dicho que no. Le he dicho «Serg, fermati. Quieto».

¿A quién intentaba engañar su madre? «Llamar» resultaba demasiado inocuo. Tratándose de su padre, lo más apropiado sería «gritar».

–He… ¿Cómo se dice…? He razonado con él y le he dicho: «Sé que estás disgustado, pero Mia tomará sus propias decisiones y nos lo contará todo cuando esté lista».

–Gracias, mamá.

–¿Te he contado cómo nos conocimos tu padre y yo? –preguntó Camilla de pronto.

Por supuesto, Mia conocía los detalles básicos porque había oído a sus padres hablar de ello montones de veces. Su padre estaba haciendo turismo por la Toscana cuando había conocido a su madre, que trabajaba en la recepción de un hotel.

–Mi familia no lo aceptaba.

–¿En serio? –después de tantos años, ese dato era toda una novedad para ella.

–A tu padre no le gusta hablar del tema.

–Claro –porque su padre era muy orgulloso–. ¿Por qué no lo aceptaban?

–No lo conocían y desconfiaban de él. Por el albergo pasaban demasiados casanovas.

Mia contuvo una carcajada. Jamás se habría imaginado que alguien pudiera comparar a su padre con Casanova. Aun así, no pudo evitar sentir curiosidad.

–¿Y cómo supiste que papá era el hombre de tu vida?

–Fue persistente –dijo Camilla riéndose–. Empecé a salir con otro chico y tu padre hizo otra reserva en el albergo. Pero bueno, estamos hablando de ti. Sé que tus padres y tus hermanos están preocupados. Ya sabes que no les gustan los Musil.

–Los he conocido –soltó Mia de pronto.

Se produjo un silencio al otro lado del teléfono.

–Y…

–Mamá, son como cualquier otra familia dedicada al negocio de la construcción. Por lo demás, como sabes, el padre de Damian abrió la empresa después de mudarse a Welsdale, pero después perdió a su mujer y se vio con dos hijos pequeños a los que criar.

El padre de Damian había llegado a Welsdale cuando era joven mientras que su padre había nacido y crecido allí. Solo su madre podía saber lo que era ser un recién llegado e instalarse en un lugar desconocido.

–No sé, Mia. Ten cuidado.

–No tengo que tener cuidado con nada. Damian y yo no somos pareja.

Solo hemos salido un par de veces.

Su madre suspiró y Mia se preguntó si habría sido una expresión de alivio.

–En cambio, tu padre y yo vamos a cumplir cuarenta y cinco años juntos…

–Sí, lo sé.

–Con suerte.

Por un lado Mia agradeció el cambio de tema, pero lo que acababa de decir su madre no sonaba muy bien.

–¿Con suerte?

–Ya sabes lo que dicen, no cuentes los huevos antes de que salgan del cascarón.

–Los pollos, mamá. No cuentes los pollos antes de que salgan del cascarón.

–Bueno, ¿qué más da? Me has entendido, ¿no?

Mia estaba acostumbrada a las mezclas de italiano e inglés que hacía su madre.

–Pero parece que papá ya ha superado lo del infarto, así que no hay nada de qué preocuparse, ¿no?

–Excepto por su nueva carrera en la televisión –murmuró su madre.

Mia, ahora relajada, se rio.

–¿Qué? ¡No me digas que se le ha subido a la cabeza!

–Me está dando consejos sobre mi propio programa.

Había habido un tiempo en el que su padre había parecido sentirse amenazado por el hecho de que su madre se hubiera convertido en una celebridad de la televisión local mientras que él había tenido que alejarse de la empresa que había levantado. Sin embargo, Mia había creído que últimamente todo iba bien entre ellos.

–Y seguro que después empezará a vernos como rivales.

–A papá le gusta pensar en grande. Así se convirtió en un empresario de éxito. Ya sabes que es muy competitivo.

–¿A mí me lo vas a decir?

–Tú solo recuérdale que su trabajo en televisión te lo debe a ti. ¡Sin Sabores de Italia su programa nunca habría existido!

–Recuérdaselo tú, cara.

–Buen intento, mamá. ¿Por qué no me avisas cuando esté listo para hablar calmadamente conmigo?

Seguro que a su padre le gustaría oír que no tenía intención de volver a ver a Damian. Aunque, ¿por qué eso no la hacía sentirse aliviada a ella?

OceanofPDF.com