Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Varias Autoras · Capítulo 14 de 35

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Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Cap�tulo 12

Capítulo 12

EL ESTUDIO del escultor estaba situado en una colina remota. Theo condujo hasta allí en su descapotable favorito, con la música bien alta.

Helena llevaba puesto uno de los vestidos nuevos de verano y el cabello suelto. Hacía muchísimo tiempo que no sentía tanta alegría así que cerró los ojos para disfrutarla.

Al instante, las imágenes de la noche anterior invadieron su cabeza. Al pensar en las diferentes maneras en que habían hecho el amor, notó que se le humedecía la entrepierna.

Habían desayunado en la terraza. Después de devorar la comida, Theo la había devorado a ella.

Debería estar agotada, sin embargo, la sensación de estar viva todavía estaba impregnada en su piel. Sentía una energía muy potente en sus venas.

Y tenía muchas ganas de reír.

A su lado estaba el hombre que le había hecho sentir todo aquello.

–¡Me encanta esta canción! –dijo Theo, y subió el volumen antes de empezar a cantar.

Llegaron al estudio, un gran edificio blanco escondido en una enorme finca. Un hombre menudo de unos cincuenta años, salió a recibirlos. Iba vestido con un pantalón vaquero, una camiseta y un delantal negro.

–Theodoros, me alegra volver a verte –comentó, hablando tan deprisa que a Helena le costó entenderlo.

Theo le estrechó la mano y le presentó a Helena.

–¿Tienes tiempo de hacerle un tour por el estudio antes de ponernos a trabajar?

–Será un placer.

Pasaron junto a unas enormes piezas de mármol y entraron en una gran sala donde había mucho ruido. Más bien parecía un almacén, y una docena de personas trabajaban para convertir las piezas de mármol en obras de arte.

Sobre una estantería había estatuillas de mármol que representaban temas religiosos, y también otras piezas más grandes todavía inacabadas. Todas ellas eran exquisitas.

Takis, el escultor para el que todos trabajaban, le presentó a su nueva aprendiz. Una joven inglesa que le mostró el busto en el que estaba trabajando. Su talento dejó a Helena impresionada. La cara tallada en mármol parecía que tuviera vida.

–¿No tienes miedo? –le preguntó Helena.

–¿De qué?

–De hacer una marca equivocada –al fin y al cabo, en el mármol no se podía borrar, algo que ella sí podía hacer cuando dibujaba los planos.

Si Helena fuera la escultora, necesitaría todo un año para conseguir el valor suficiente para realizar la primera marca. Theo, sin embargo, no se lo pensaría dos veces.

La mujer sonrió con un brillo en la mirada.

–¡Es aterrador!

Poco después, Helena y Theo se dirigieron al despacho de Takis en el extremo de la nave. A juzgar por el desastre, era un lugar que casi nunca se limpiaba, pero Takis no parecía avergonzarse por ello. Buscó en un cajón, sacó un cuaderno y se lo entregó a Theo.

Theo lo miró página por página, y se las fue pasando a Helena. Eran los diseños de las estatuas y de los bancos que adornarían el jardín de su casa.

Todos ellos eran espectaculares. Helena estaba convencida de que podrían mostrarse en el Vaticano o en la galería de los Uffizi.

–¿Qué te ha parecido Takis? –le preguntó Theo de camino de regreso a la casa.

–Un verdadero artista –contestó ella–. Tu jardín va a convertirse en una verdadera pieza de arte.

–Esa es la idea –la miró un instante antes de volver a fijar la vista en la carretera.

A Theo le había encantado ver cómo reaccionaba en el estudio. Ella era una artista como Takis, gracias a su imaginación creaba cosas a partir de la nada. Los bocetos que ella hacía eran una obra de arte y él recordaba con cierto sentimiento de culpa el destino del primer boceto que ella hizo en los jardines del palacio.

Helena le había regalado el dibujo después de que él la halagara por su talento. Él insistió en invitarla a cenar a modo de agradecimiento. Entonces, él enmarcó el boceto y lo colgó en la pared de su habitación. Además, invitó a Helena a cenar todas las noches durante tres meses.

Después de que ella lo dejara plantado, él rompió el cristal y quemó el boceto.

Theo apretó los dientes y no consiguió relajarse hasta que no estuvieron de vuelta en casa.

Él apretó el botón para cerrar el techo del coche mientras Helena es desabrochaba el cinturón.

Se volvió para mirarla y tragó saliva. Tenía una expresión relajada en el rostro, algo que él no había visto hacía mucho tiempo. Y no había vuelto a ponerse las gafas�

Ninguno de los dos dijo nada. Simplemente se miraron a los ojos durante largo rato, hasta que empezaron a respirar al mismo tiempo y de forma acelerada. La química se había apoderado de ellos una vez más.

Él acercó el rostro al de ella y le acarició un mechón de pelo con los dedos.

Ella se estremeció y alzó la barbilla. Separó los labios y él la besó un instante.

–¿Le digo al capitán que nos lleve a Sidiro ahora, o por la mañana? –

susurró él.

Ella lo miró confundida y se mordió el labio inferior.

Después, lo rodeó por el cuello y lo besó de forma apasionada a modo de respuesta.

Helena miró por la ventana de su despacho y bebió un sorbo de café.

Había tenido una conversación con Stanley para pedirle consejo acerca de ciertos aspectos de los planos que la tenían preocupada. Ya más tranquila, debía ponerse a trabajar en los planos, ya que llevaba tres días sin hacerlo�

Echaba de menos a Theo. Su asistente personal la había llamado por la mañana para decirle que él se había tenido que marchar desde Agon a Atenas para solucionar un problema de sus negocios, pero que prometía que se encontraría con ella en Sidiro más tarde.

Ella había pasado el viaje de regreso a Sidiro con el ordenador encendido, pero con el dedo en el mismo punto donde él la había besado

para decirle adiós.

Helena cerró los ojos. No habría más besos. Habían pasado dos noches juntos y eso debía ser suficiente. Ella le había dejado claro que su regreso a Sidiro significaría su regreso a una relación puramente profesional.

Helena se bebió el café y volvió al taburete que había junto a la mesa donde ella trabajaba con los planos. Si continuaba al ritmo que llevaba, podría presentar los primeros planos en un par de semanas. Los repasarían juntos y ella podría cambiar todo aquello con lo que Theo no estuviera…

De pronto, el sonido de unos pasos llamó su atención.

–Veo que has vuelto a ponerte el uniforme –le dijo Theo desde la puerta.

Lo primero que había hecho Helena al llegar era cambiarse de ropa.

Vestir de manera profesional era como una armadura mental.

Respiró hondo y se giró en el taburete para mirarlo.

Theo seguía vestido con la misma camisa y con el mismo pantalón de traje que por la mañana, pero se había quitado la chaqueta y la corbata.

Vestido o desvestido, a Helena no le importaba. Su cuerpo reaccionaba igual al verlo.

–¿Todo solucionado? –preguntó ella, aliviada al ver que su tono de voz parecía normal.

Él se encogió de hombros.

–Dentro de lo posible.

–¿Ah?

–Pequeños problemas con una nueva normativa gubernamental.

Pensábamos que estábamos preparados, pero un miembro del equipo legal descubrió que no todos nuestros sistemas lo están.

Ella no tenía ni idea de qué estaba hablando.

Theo debió de darse cuenta porque soltó una carcajada. Se acercó a la cafetera y agarró una taza limpia.

–No te preocupes, matia mou, es tan aburrido como parece. ¿Me has echado de menos?

A ella le encantaba que la llamara así. Era como siempre la había llamado.

–¿Helena?

Ella pestañeó y se dio cuenta de que estaba sumida en sus pensamientos.

–¿Perdona?

–Te he preguntado si me has echado de menos.

–Solo te has ido unas horas.

–Ocho –dijo él, mirando el reloj.

–Ni siquiera me he dado cuenta –mintió ella, mirando a otro lado–. Me alegro de que hayas solucionado lo de la normativa. Y me siento afortunada por no tener que ceñirme a ninguna, solo implementarla cuando sea necesario.

–¿Sigues evitando mi pregunta?

Él leía su mente muy bien. Claro que había conocido una parte de ella que nadie conocía. Ella le había mostrado un poco de esa parte en Agon, pero una vez de regreso, tenía que volver a ser como antes. Permitir otra cosa sería una locura.

–Sin ti, todo está siempre muy tranquilo –contestó por fin. Después de haber pasado cuarenta y ocho horas pegado a su entrepierna, el silencio se había vuelto más intenso que nunca. Donde estaba Theo, había vida. Y ella no se arrepentía de haber aceptado pasar una segunda noche con él.

–A mí no me avergüenza decirte que te he echado de menos.

Ella inclinó la cabeza y miró los planos. De pronto, veía borroso�

–Lo único en lo que podía pensar era en volver y llevarte a la cama –

continuó él–. Pero no puedo hacerlo, porque va contra tus normas.

Ella cerró los ojos e intentó contener la ola de calor que la invadía por dentro.

–¿Sabes lo que opino sobre las normas? –susurró él.

Ella no pudo evitar mirarlo.

–¿Qué evita que compartamos la cama aquí también? –preguntó él, acercándose a ella–. Si el profesionalismo es tan importante para ti, puedo prometerte que mantendré las manos alejadas de ti durante el horario de trabajo, pero cuando caiga la noche…

Helena vio que cada vez estaba más cerca. Él se inclinó y la miró a los ojos.

–O podríamos volver a Agon cada noche. Elli y Natassa estarán contentas de tener más privacidad… Y yo también –se puso derecho y la miró–. Voy a cambiarme de ropa.

Entonces, salió del despacho antes de que ella pudiera articular palabra.

Theo se dio una ducha y se vistió con unos pantalones cortos. Y nada más.

Había llegado el momento de torturar a Helena un poco más. Pensaba que nunca se cansaría de hacerla sonrojar.

La encontró en su despacho, trabajando frente al ordenador.

Ella se percató de su llegada, porque se movió en la silla y bebió un trago de café.

Sonriendo, él se sentó en el sofá y comprobó los mensajes de correo electrónico en el teléfono. Acababa de recibir varios mensajes de sus empleados de Norteamérica, que acababan de empezar la jornada laboral.

Theo había aplicado una normativa por la que, a menos que trabajara con diferentes zonas horarias, las comunicaciones de trabajo debían silenciarse a partir de las ocho de la tarde y hasta las siete de la mañana. Él había intentado aplicarla a partir de las seis de la tarde, pero le habían advertido de que eso no sería posible. Había gente desesperada por avanzar en el trabajo y tratar de escalar en la empresa. Él no comprendía esa mentalidad.

Su padre, un emprendedor de éxito, siempre se había asegurado de llegar a casa a tiempo de cenar con la familia. Los fines de semana eran sagrados.

Su padre pagaba bien a sus empleados porque sabía que las personas satisfechas con su vida personal, eran más productivas en el trabajo.

Al pensar en que su mejor época de trabajo había sido después de que Helena lo dejara plantado, sintió un nudo en el estómago. En aquel entonces, aprovechaba cada minuto libre para trabajar y evitar perder la cabeza. La herencia que había cuadruplicado después de la muerte de sus padres, había aumentado cinco veces en los tres años desde que ella lo había dejado.

Y estaba seguro de que Helena también se había llevado trabajo a casa.

Su infancia había sido muy parecida a la suya en el aspecto de que ambos habían tenido madres que no trabajaban fuera de casa y siempre cenaban en familia, pero ahí terminaban sus similitudes. Las comidas familiares en la casa de los Nikolaidis siempre estaban presididas por discusiones y gritos, especialmente si su abuelo paterno se reunía con ellos. Incluso a la edad de ochenta años todavía podía ganar un premio por sus gritos. No obstante, esas comidas eran divertidas, y lo que más echaba de menos desde que sus padres murieron.

De hecho, se había vuelto juerguista porque no soportaba estar en aquella casa enorme sin ellos. El silencio de su ausencia había sido muy intenso. Y Theo no volvió a conocer la verdadera felicidad hasta que

conoció a Helena. Ella rellenó el vacío que sus padres habían dejado. Antes de conocerla no había dormido una noche seguida desde que a su padre le falló el corazón. Los doctores dijeron que habían encontrado la causa en una anomalía no detectada, pero Theo sabía que no. La causa había sido la pérdida de su esposa después de haberla cuidado durante años. Su padre había fallecido a causa de un corazón roto. Theo, con dieciocho años, de pronto era el propietario de una gran fortuna y encontró consuelo en la bebida, las mujeres, el ejercicio y el trabajo. Durante años había tratado de escapar del dolor, y nunca cerraba los ojos para dormir a menos que estuviera seguro de que estaba lo bastante agotado o bebido como para quedarse dormido enseguida.

Helena había roto el ciclo. En ella había encontrado a una persona con la que compartir su vida y formar una familia. Sus padres habían estado muy unidos y él estaba seguro de que Helena y él podrían compartir lo mismo.

Antes de conocerla, él ni siquiera sabía que la estaba buscando.

Una vez que asumió que ella lo había dejado de verdad, el dolor se apoderó de él y volvió a sentir un gran vacío. Había tratado de sobrevivir al dolor de la única manera que conocía: recuperando su antiguo estilo de vida y deseando venganza.

Theo estaba seguro de que Helena también había sufrido. Él recordaba su nerviosismo cuando esperaba la visita de sus padres en los días previos a la boda. Él suponía que ella estaba preocupada por si a él no le caían bien y por eso había hecho un esfuerzo extra por congraciarse con su padre. Su ego, había hecho que lo viera todo bajo su punto de vista.

En la casa de la familia Armstrong las comidas se hacían en silencio hasta que el padre decidía empezar una discusión sobre un tema particular o sobre un libro que deseaba criticar.

De pronto, pensó que, si Helena hubiese querido contribuir a esas discusiones, tendría que haberlo hecho en griego, un idioma difícil de dominar para los que no eran nativos.

No era de extrañar que Helena hubiera mantenido oculta la luz que tenía en su interior. Permitir que saliera habría significado enfrentarse a la desaprobación. Él recordaba que ella le había contado que su padre, Archibald Armstrong, había aceptado que ella estudiara Arquitectura porque era una profesión que tenía buena aceptación social. El día en que

Theo tuvo que anunciar que la boda se cancelaba, había muchos amigos de Archibald. El padre se sintió humillado por el comportamiento de su hija, pero echarla de casa y apartarla de su vida…

¿Cómo se podía tratar así a alguien de su propia sangre?

¿Cómo se las había arreglado Helena para sobrevivir?

Al sentir que lo estaban observando, él volvió a la realidad.

Levantó la vista del teléfono, sin haber leído un solo mensaje, y vio que Helena lo miraba fijamente.

Con una pequeña sonrisa, ella se colocó las manos sobre sus pechos.

Theo pestañeó, convencido de que su imaginación le estaba jugando una mala pasada.

Helena se desabrochó un botón de la blusa. Y después otro. Y así hasta que se la desabrochó del todo. Sus senos presionados contra la tela blanca del sujetador, parecían nubes de caramelo

Ella se puso en pie y se quitó la blusa, dejándola caer al suelo.

Él suspiró.

Sin dejar de mirarlo, Helena colocó las manos detrás de su espalda.

Momentos más tarde, su falda cayó al suelo y ella se la quitó con un movimiento sensual. Llevó las manos a su espalda una vez más y…

Sus preciosos senos se liberaron del sujetador. Unos senos redondeados, con los pezones turgentes y rosados… Perfectos. Como el resto de ella.

Helena dio otro paso hacia Theo, con los dedos colocados en los laterales de su ropa interior.

¿Estaba soñando? Theo estuvo a punto de pellizcarse, pero no quería despertarse. Si aquello era un sueño, disfrutaría de sus fantasías.

Helena deslizó su ropa interior por sus piernas.

Él no pudo evitar gimotear.

Menos mal que iba a ser él quien la torturara a ella.

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