Pack Bianca y Deseo octubre 2021
Cap�tulo 11
Capítulo 11
HELENA contuvo la respiración mientras esperaba que Theo le diera una respuesta.
Su intención no había sido decírselo tan claro, pero Theo no era un hombre de sutilezas.
–Pero sí has pensado en la posibilidad de que volviéramos a estar juntos
–dijo él, con un brillo en la mirada.
–He pensado mucho en nosotros –admitió ella–. El tiempo tiende a ensombrecer el pasado y nos vuelve nostálgicos.
–¿Sientes nostalgia por mí?
Ella soltó una carcajada.
–Nostalgia por tu ego insaciable.
–¿Culpas a mi ego por el hecho de que te escaparas?
–No me escapé. Me marché.
–Te escapaste de mí.
–¿Tienes memoria selectiva o algo parecido? No me escapé de ti. Te dejé y sabes muy bien por qué lo hice. Los motivos no han cambiado, a pesar de que la nostalgia trate de disimularlos.
Él negó con la cabeza y alzó la copa.
–Por lo que recuerdo, decidiste que iba a ser un marido y un padre terrible y…
–Yo nunca dije eso –lo interrumpió. Por el tono de Theo sabía que era un mensaje con intención. La conversación tomaba una dirección que ella no había anticipado. En su cabeza, ella había planeado decirle a Theo que la relación íntima tendría lugar únicamente mientras estuvieran allí. Theo aceptaría y después la llevaría a la cama para hacerle el amor.
–Lo insinuaste –repuso Theo después de dar un trago.
–No, tú lo interpretaste de esa manera. No quise decir que fuera a ser un mal marido en general, solo para mí… Ahí fuera hay una mujer para la que
serías un marido perfecto.
Al pensar en Theo con otra mujer, los celos empezaron a surgir en ella.
No podía permitirlo, no esa noche.
Él le guiñó un ojo.
–¿Estás diciendo que soy perfecto?
–Para alguien más, sí. Y tampoco dije que serías un mal padre porque, de hecho, pienso que serías uno estupendo.
–¿Por qué?
–No lo sé� Eres divertido. Eres generoso. Se puede hablar contigo sin que hagas juicios… –todo lo que su padre no era.
–Todas las maravillosas cualidades de las que te escapaste.
–No me escapé, me alejé, y me volvería a alejar porque por otro lado eres un controlador.
Su comentario fue tan ofensivo que, por un instante, Theo se quedó en blanco.
–No lo soy.
–Theo, querías controlarlo todo. Mira mi carrera profesional, decidiste que terminara los estudios en la universidad de Agon y buscaste también un estudio de arquitectura para que realizara mi último año. Insistías en que nos casáramos inmediatamente y deseabas que empezara a tener hijos…
Incluso querías controlar cuando haríamos el amor por primera vez.
Siempre crees que tu decisión es la mejor.
Theo tardó un momento en recuperarse después de oír aquella versión de la historia. Hablando entre dientes, contestó:
–Tú me hiciste creer que querías vivir en Agon conmigo, y tener hijos.
Si me pasé de la raya al intentar que eso sucediera, lo siento� No, no lo siento –eso implicaría aceptar que era culpable–. Nunca te obligué a hacer nada que no quisieras. Odiaba la idea de que regresaras a Inglaterra a terminar tus estudios, pero habría movido tierra y cielo para que nuestra relación funcionara si eso hubiese sucedido. Yo solo intenté hacerlo de otra manera porque tú me dijiste que eso era lo que deseabas.
–Yo lo deseaba –admitió ella–, pero tú te comportaste como un torbellino sin botón de parada. Te lanzaste y lo organizaste todo.
–No te quejaste ni una sola vez.
–Lo sé. Y debería haberlo hecho. Debería haberte dicho que me dejaras solucionar las cosas por mí misma.
–¿Y por qué no lo hiciste?
–Tenía miedo.
–¿De mí? –preguntó sorprendido.
–No� –lo miró a los ojos–. Lo siento, miedo no es la palabra. Sentía que me estaban controlando.
–¿De la misma manera que tu padre controla a tu madre?
Ella asintió.
–Y de la misma manera en que me controló a mí. Eso es lo que me asustaba. Era demasiado joven e ingenua como para ver que necesitaba buscarme la vida, y decirte que fueras más despacio o te retiraras.
Theo sintió que se le aceleraba el corazón.
Si Helena le hubiera contado la verdad sobre el matrimonio de sus padres y sus temores sobre lo que ella consideraba un comportamiento controlador, él no habría organizado nada para que ella no se marchara. Si hubiera sabido sus miedos, se habría contenido y no habría hecho nada.
Ella no confió en él lo suficiente como para contarle sus miedos. Él le había enseñado a debatir, pero siempre sobre temas triviales y nunca discutieron temas personales. Cuando Helena le tiró el anillo y gritó que no quería volver a verlo, él nunca imaginó que hablaba en serio.
Y ya era demasiado tarde. Aquella conversación debían haberla tenido tres años antes.
El pasado estaba escrito y ninguno podía cambiarlo. El amor que los unía se había destrozado…
Aunque la pasión seguía presente. Y era lo único que importaba. La pasión que él sentía hacia ella y la pasión que ella sentía hacia él.
Theo respiró hondo y dijo con tono sensual:
–Creo recordar que querías que en el dormitorio las cosas sucedieran más deprisa. Allí no querías que fuera más despacio.
–Ese es otro tema sobre el que me sentía controlada –dijo ella–. Estaba desesperada por hacer el amor.
–Deberías habérmelo dicho.
–¡Lo hice!
–Deberías haberme dicho que te sentías controlada –aclaró él.
–No me sentía controlada al principio de nuestra relación, pero después me propusiste matrimonio y todo empezó a ir a gran velocidad. Yo me había educado en la creencia de que hay que obedecer la palabra de un
hombre y no podía decirte que fueras más despacio, y a medida que se acercaba la boda empecé a tener más ansiedad. Cuando mis padres se reunieron con nosotros, fue como si mi miedo por terminar como ellos se hiciera patente, y me entró el pánico.
–¿Y esos miedos son los que han evitado que tuvieras otra relación?
Ella lo miró sorprendida.
–¿Qué quieres decir?
–Seguías siendo virgen –la miró a los ojos–. ¿O me equivoco?
Él no sabía si quería estar equivocado o no. Si no lo estaba, Helena habría pasado los tres últimos años sin nadie a su lado, igual que él, pero por motivos muy diferentes. Él no había tenido más elección. Había sido incapaz de seguir con su vida puesto que el recuerdo de Helena le impedía desear a otra mujer.
Si Helena había permanecido sola, habría sido por su propia elección.
–¿He de tomarme tu silencio como una afirmación? –Theo se terminó la copa–. Deberías habérmelo dicho.
–No era importante.
–No estoy de acuerdo. Si hubiese sabido que eras virgen habría tenido más cuidado. Podría haberte hecho daño.
–Pero no lo hiciste.
Él se encogió de hombros.
–Volviste a meterte en tu caparazón, ¿verdad?
–¿Qué quieres decir?
–Me dejaste porque querías ser libre –la miró con rabia–. ¿Qué diablos has estado haciendo? No esperaba que te convirtieras en una juerguista, pero ¿esto…? –negó con la cabeza–. Suponía que tendrías una vida aburrida con un contable aburrido, o con un profesor, teniendo relaciones sexuales aburridas… Todo aburrido, pero perfecto para ti.
–¿Estás diciendo que soy aburrida? –dijo ella, tratando de bromear, pero consciente de la verdad de las palabras de Theo. Ella había salido con dos contables y un profesor. En principio, eran perfectos para ella. Ninguno habría controlado su vida ni interferido en su carrera. E incluso el profesor habría estado encantado de ser un amo de casa y criar a sus hijos, si le hubiera dado la oportunidad.
En todas las ocasiones, la cita había terminado de la misma manera.
Helena pagaba su parte de la cuenta, les agradecía una velada agradable y
tomaba el transporte público más cercano para regresar a casa. Nunca los había vuelto a ver.
Al final, por muy perfectos que fueran para ella, aquellos hombres eran aburridos. Demasiado correctos, sin personalidad…
Ninguno había sido como Theo.
Él se rio.
–Eres la persona menos aburrida que conozco, pero eres como un pájaro asustado por dejar el nido y enfrentarte a la vida. Has tenido la oportunidad de explorar los diferentes aspectos que te convierten en la mujer que eres, Helena, a tu manera, sin el control y la influencia de tu padre, pero no lo has intentado.
–Eso no es justo� –ella sentía que sí lo había intentado.
Él puso una mueca, dejó el vaso y sujetó el rostro de Helena.
La miró a los ojos durante largo rato, la besó en los labios e inhaló su aroma.
–Eres preciosa, agapi mou. También tienes un profundo… –se acercó a su oído para terminar la frase–, lado sensual. Lo conozco. Lo he probado.
Has encerrado tu lado salvaje, aunque necesita ser libre. Te has escondido�
Ella intentó no pensar en lo que sus palabras le provocaban. ¿Por qué había tenido aquellas citas desastrosas? Porque la primera semana que comenzó su último año de formación, había visto a Theo en la portada de una revista y, tras sentirse como si le hubieran dado un puñetazo, supo que tenía que hacer algo para empezar a superar su dolor.
Las citas no funcionaron.
En los tres años que habían pasado desde que se separó de Theo no había conocido a ningún hombre que la hiciera sentir algo. Ni siguiera podía imaginarse besando a otro hombre sin estremecerse.
No podía permitir que Theo sospechara la verdad. No podía soportar que pensara que había pasado los años llorando por él.
–No todo el mundo tiene el dinero y el tiempo para salir de fiesta con una supermodelo diferente cada fin de semana –colocó las manos sobre el torso de Theo y lo empujó–. ¿Tienes el descaro de preguntarme qué he hecho desde que nos separamos? Podría preguntarte lo mismo a ti, es más, lo haré. ¿Por qué haces juicios sobre mi vida sexual cuando eres tú el que no puede estar más de cinco minutos con una mujer antes de fijarte en otra?
Bajo la luz de la luna, vio que Theo apretaba los dientes. Entonces, él sonrió y se acercó a ella para acariciarle la mejilla.
–¿Cómo sabes tantas cosas sobre mi vida sexual, agapi mou?
–Es difícil no hacerlo cuando sale continuamente en las noticias.
Leer sobre él se había convertido en una adicción. Era casi como si él la tentara desde las páginas para que buscara las noticias y utilizara una de sus mejores armas contra ella: los celos.
Theo la observó unos instantes, satisfecho por el hecho de que ella hubiese seguido su vida con atención, igual que él había seguido la de ella.
Ella nunca sabría que aquellas mujeres no eran más que un montaje, para desmotar al mundo, y a Helena, que la humillación que sentía después de que lo hubiera dejado plantado no era más que una herida en su cuerpo.
Helena nunca sabría que el deseo que ardía en su interior solo ardía por ella. Cuando terminara con ella, su deseo quedaría saciado y podría continuar con su vida.
Le acarició el cuello con un dedo y murmuró:
–Has de parar de ocultarte y dejar de fingir.
–Yo no…
–Te has atado al trabajo y convencido de que cuenta como vida social.
Esta tarde hemos hecho el amor y ya estás pidiendo regresar a Sidiro y fingir que nada ha sucedido. Te haré caso y lo fingiré también, si eso es lo que quieres, pero ambos sabemos que será una mentira –inclinó la cabeza y la besuqueó en el cuello–. Todavía te deseo. Estaré contigo en el despacho y en mi cabeza estaré reviviendo cada instante de cuando hicimos el amor.
Helena notó que se le aceleraba la respiración.
–Siempre nos imagino juntos. Te miro mientras trabajas en el ordenador y te imagino quitándote la ropa de forma seductora, tal y como hacías cuando estabas desesperada por que te hiciera el amor –le acarició los senos y notó que tenía los pezones turgentes–. Te miro cuando trabajas sobre los planos en la mesa y me imagino tumbándote y…
–Basta –gimió ella, rozando su mejilla contra la cabeza de Theo.
–¿Te estás excitando? –la besó de forma apasionada–. ¿Recuerdas cuando solías hablarme así? ¿Cuando me contabas todas las maneras en que querías que hiciéramos el amor? –le quitó las horquillas que sujetaban su cabello–. ¿Qué es lo que te impide satisfacer tus fantasías? Si hacemos lo que tú quieres, esta será nuestra única noche juntos.
Le agarró la mano y la colocó sobre su miembro erecto.
–¿Lo notas? Dime que no te pasa lo mismo. Dime que no me deseas tanto como yo te deseo a ti.
Ella lo miró con la respiración acelerada. Después, se levantó la falda del vestido, le agarró la mano a Theo y se la colocó en el centro de su feminidad. Él notó un calor tan intenso que casi quemaba, y supo que Helena sentía lo mismo por él.
La tomó en brazos, y la llevó a su dormitorio. Para cuando la tumbó en la cama, ella ya le había desabrochado la camisa.
Se desnudaron el uno al otro y la tumbó sobre la espalda antes de empezar a venerarla. Besó todo su cuerpo e inhaló su aroma, y sintió como la pasión se volvía cada vez más intensa en su interior.
En esta ocasión, le haría el amor despacio y haría que todas las fantasías con las que había soñado durante tres años se convirtieran en realidad. No obstante, era muy difícil ir despacio con Helena gimiendo y retorciéndose bajo su cuerpo.
Recordaba que la primera vez que la vio desnuda, ella se había cubierto los senos con el brazo y el pubis con la mano para que no la viera. A las pocas semanas había perdido la vergüenza y se paseaba desnuda por la casa, siempre tentándolo para que le hiciera el amor. Theo había tenido que hacer un gran esfuerzo para resistirse, solo porque quería que la noche de bodas fuera algo realmente especial. Si hubiese sabido que Helena lo interpretaría como un acto de control sobre ella, habría dejado de hacer el esfuerzo y la habría poseído.
De haber sido así, no estaría sucediendo todo aquello. Él habría sido capaz de continuar con su vida y no estaría hambriento de deseo y dispuesto a calmar sus tres años de abstinencia. Esa noche, Helena sería suya. Tal y como debía ser.
Theo le acarició el centro de su feminidad con la lengua y Helena cerró los ojos para disfrutar de la magia. Cuando él le acarició el vientre y subió la mano hasta sus senos, ella le agarró la mano y entrelazó los dedos con los de él.
Él sabía muy bien qué era lo que ella deseaba. Mejor que ella.
Por eso no había podido desear a otro hombre. No era capaz de responder ante nadie más de esa manera. Theo la hacía sentir como si pudiera volar.
Con la otra mano, Theo le sujetó el trasero y la levantó ligeramente para cambiar el ángulo y continuar dándole placer. Era todo lo que necesitaba para que empezara a gemir. Pronunciando su nombre, Helena comenzó a moverse de manera rítmica y disfrutó del tsunami de sensaciones que él le provocaba.
Seguía flotando cuando él se deslizó sobre ella, le retiró un mechón de pelo de los ojos y la besó en los labios antes de penetrarla.
Hicieron el amor a cámara lenta. Con cada movimiento, Theo fue consumiéndola hasta agotarla. Cuando terminaron, ella permaneció acurrucada entre los brazos de Theo, con la mejilla apoyada en su pecho, oyendo el latido de su corazón. De pronto, las lágrimas afloraron a sus ojos y ella pestañeó. Aquel momento era demasiado especial como para permitir que las dudas y los temores lo estropearan.
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