Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Varias Autoras · Capítulo 23 de 35

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Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Cap�tulo Cinco

Capítulo Cinco

Mia se peinó frente al espejo de la entrada del piso de Damian en Welsdale mientras él atendía una llamada de negocios en otra habitación.

Había hecho mucho viento en el campo de golf.

No la hacía sentirse bien estar moviéndose por allí a hurtadillas e intentando asegurarse de que nadie de su familia supiera que estaba al lado de casa y con Damian Musil. La única que lo sabía era Gia, pero eso no suponía un problema porque su prima siempre había sido su cómplice.

Por ahora todo iba bien. Nadie de la familia le había escrito ni la había llamado.

Esa mañana a primera hora Damian y ella habían ido hasta Massachusetts en el todoterreno Lexus de él. Había hecho un día precioso y soleado y la partida de golf había estado bien. Habían acabado perdiendo, pero al menos se habían defendido. Después habían terminado allí en el piso tomando unas copas con los Bensen y finalmente Larry y Damian se habían despedido cerrando un trato con un apretón de manos.

Guardó el peine en el bolso de mano. En cuanto Damian terminara la llamada, se largaría de allí y escribiría a su madre diciéndole que estaba de camino en un taxi que había tomado en la estación de autobuses.

Había avisado a su familia de que llegaría hoy para una visita breve porque, aunque habría sido más sensato volver corriendo a Nueva York, se habría sentido demasiado culpable por no visitarlos habiendo estado al lado.

Además, al pasar por casa de sus padres no solo aprovechaba para ver a su familia, sino que además se ahorraba tener que volver a Nueva York con Damian. El trayecto de ida ya había sido lo bastante agitado para ella. No había podido dejar de pensar que estaban solos en un espacio pequeño y cerrado, y no había podido ignorar ni su musculoso cuerpo sentado a su lado, ni sus manos fuertes aferradas al volante, ni ese aroma masculino y a limpio que ya tenía identificado con él. Y entonces los recuerdos de aquel beso habían vuelto a inmiscuirse…

–¿Tenemos que hacernos muestras de cariño delante de los Bensen? –le había preguntado en el coche.

Él la había mirado por el rabillo del ojo.

–Sé tú misma. A menos, claro, que quieras tocarme.

Mia lo había mirado con furia y entonces se había dado cuenta de que estaba bromeando.

Ahora volvió a mirarse al espejo. ¡Cuánto se estaba complicando todo!

Damian se la estaba ganando y el piso parecía demasiado pequeño para huir de la tentación.

Había llegado el momento de marcharse.

¿Cuánto tardaría en colgar? Podría irse directamente, pero sería de mala educación, ¿no? Y además, no quería que Damian pensara que estaba huyendo. No. Era una Serenghetti. Resuelta y resiliente.

Miró a su alrededor. El piso era muy lujoso. Recordaba que habían construido el complejo cuando estaba en el instituto. Por supuesto, Damian había elegido una de las viviendas más lujosas de la zona y una que no hubieran construido los Serenghetti. Aunque, ahora que lo pensaba, el piso tampoco era obra de Construcciones JM.

–Has estado genial en el campo de golf –dijo Damian de pronto, sobresaltándola.

Al girarse, lo vio acercarse mientras se guardaba el teléfono. Resultaba increíblemente magnético.

–Casi todo lo has hecho tú –no pasaba nada por ser generosa en su respuesta.

Sacó el móvil del bolso para confirmarle a su madre que estaría allí antes de la cena y para pedir un taxi.

–Supongo que tendré que darte lecciones.

Mia se obligó a no pensar en todo lo demás que él podría enseñarle y justo en ese momento se le cayó el móvil. Abochornada por su torpeza, se agachó a recogerlo, pero Damian hizo lo mismo y se chocaron.

–Lo siento –dijo ella al incorporarse ya con el móvil recuperado.

¿Podía ser más incómoda la situación?

–¿Estás bien? –preguntó Damian con tono suave y preocupado mientras le frotaba con delicadeza la sien.

Ella, sin aliento, lo miró y dijo:

–Sí.

–Mia.

De pronto fue como si toda la tensión sexual que se había ido acumulando durante el día se desatara. La atracción chisporroteaba entre los dos. Un inconfundible e innegable deseo se reflejó en la expresión de Damian y Mia temió que su cara también estuviera reflejando lo mismo.

Él la miró a la boca.

–¿También vamos a chocarnos con los labios? –soltó ella de pronto.

Damian esbozó una pequeña sonrisa.

–Podemos decir que ha sido otro accidente.

Cuando él agachó la cabeza, ella dijo:

–O la celebración de una victoria aunque no hayamos ganado la partida de golf.

–Habría estado mal visto ganar a un socio potencial.

–Si tú lo dices.

–Mia, ¿podemos dejar de hablar?

Y entonces, con mucha delicadeza, Damian la besó.

Ella suspiró contra su boca y después lo rodeó por los hombros.

Los labios de Damian se movían sobre los de ella, buscando, probando.

Y al instante el beso se volvió más ardiente y más desesperado. Pegada a él, sintió el signo inconfundible de su excitación y acercó los pechos a su torso avivando el deseo de ambos.

Damian la llevó contra la pared del vestíbulo y ella, rodeándolo por los hombros, enredó una mano en su pelo.

Si la cosa iba a más, acabarían desnudos ahí mismo, junto a la puerta de la entrada. Pero entonces ese pensamiento la trajo de vuelta a la realidad y rompió el beso.

–No podemos hacer esto.

–Te deseo –dijo Damian. Tenía la mandíbula tensa y le brillaban los ojos.

Fue una respuesta que la dejó aturdida y muy excitada.

–Complicaría las cosas –respondió ella cerrando los ojos un instante–.

Esto debería haber terminado hace días.

–Me deseas, pero no confías en mí, ¿verdad?

–¿No te ha dicho nadie que la sutileza no es tu punto fuerte?

–Aquí la artista eres tú. Yo soy un simple empresario.

Damian se agachó para besarla otra vez, pero ella lo apartó.

Justo en ese momento le vibró el móvil y se giró para ver el mensaje mientras él seguía ahí plantado delante de ella, la personificación del sexo…

Estás saliendo con Damian Musil. ¿Qué cojones haces?

El mensaje de su hermano Cole fue como un jarro de agua helada y había llegado en el momento menos oportuno, justo cuando estaba con Damian en Welsdale.

Él la agarró por los brazos.

–Mia,…

–Tengo que irme. Mi familia nos ha descubierto.

–¿Qué…?

–Cole cree que estamos saliendo. Al parecer, de pronto mis hermanos han empezado a leer revistas sobre moda –dijo con una carcajada de amargura.

Se giró hacia la puerta estremeciéndose por dentro. Aunque por un momento, mientras se había perdido en sus brazos, hubiera podido olvidar quién era ella y quién era Damian, la realidad se había impuesto de nuevo.

Y todo apuntaba a que le aguardaba una reunión familiar muy interesante…

Cuando llegó a la casa de estilo mediterráneo que sus padres tenían a las afueras de Welsdale, inmediatamente reconoció la camioneta de Cole en el camino de entrada circular. El lujoso todoterreno de Jordan estaba al lado.

Después de la soleada mañana que había pasado con los Bensen, el cielo se había oscurecido con nubes de lluvia como presagiando el giro que iba a dar el día.

Mierda. Había esperado poder hablar con sus padres a solas, pero era fin de semana y debería haber imaginado que sus hermanos estarían allí.

Cole, que había tomado el mando de Construcciones Serenghetti después del infarto de su padre unos años atrás, vivía cerca en una casa que había construido para Marisa y su hija Dahlia.

Su padre, por su parte, salía en la televisión local dando recomendaciones sobre vinos en el espacio ¡Tómate un vino con Serg! , que

a su vez estaba conectado con el programa culinario de su esposa, Sabores de Italia con Camilla Serenghetti.

Parecía que todos menos Mia habían encontrado su sitio. Pero bueno, al menos lo estaba intentando.

Después de dejar la bolsa de viaje junto a la entrada, se preparó para acceder al espacioso salón. Cole se giró hacia ella mientras Jordan seguía recostado en un sofá aparentando tranquilidad.

Sus hermanos eran igual de morenos y de altos, pero Jordan tenía los ojos verdes mientras que los de Cole eran color avellana. Además, Cole siempre había sido más corpulento y más rudo.

Bueno, al menos sus padres no estaban allí… todavía.

–¿Estás loca? –le preguntó Cole desde el centro del salón.

–Hola a ti también, Cole –respondió Mia con sequedad–. Gracias por no perder el tiempo con los saludos de rigor.

–¿Para qué molestarme cuando has perdido la cabeza? ¿Presentarte en un evento público del brazo de Damian Musil?

–Al menos me habéis ahorrado el esfuerzo de tener que contároslo yo –

dijo ella con tono distendido–. ¿Cómo os habéis enterado?

Cole se pasó las manos por el pelo.

–Una de mis empleadas me dijo que había leído un reportaje sobre el Ruby Ball y me felicitó por haber enterrado el hacha de guerra con los Musil. ¿Hace falta que te recuerde la reputación de los Musil? –y sin esperar respuesta continuó–: Nos han quitado a unos cuantos empleados, han intentado usar contactos personales para robarnos contratos y han hecho todo tipo de artimañas hasta que han crecido lo suficiente como para poder retar a Construcciones Serenghetti.

Mia miró a Jordan, que se limitó a enarcar las cejas, y volvió a centrarse en Cole.

–Algunos a esa clase de tácticas las llamarían hacer buenos negocios.

–Los citaron para comparecer ante un tribunal por varias infracciones en una construcción.

–Bueno, ese es su problema. ¿Qué tiene eso que ver con Construcciones Serenghetti?

–Los Musil han empleado tácticas deshonestas contra nosotros.

Pretendían triunfar a costa de hundirnos.

–¿Y eso cómo lo sabes? –preguntó Mia con actitud desafiante, aunque lo hizo únicamente porque quería la verdad, no porque quisiera defender a Damian.

–Escucha, Mia. La línea que separa la ética de la corrupción es muy fina, sobre todo en este negocio. Construcciones JM ganó una obra cuando la sacó a concurso Kenable Management, en Springfield, y resulta que el vicepresidente de la promotora acabó con una preciosa casa de invitados nueva por la que no pagó nada.

–¿Soborno?

–¿Tú qué crees?

Mia levantó las manos.

–Admítelo, Mia –dijo Jordan–. No vas a convencernos a ninguno para que aprobemos que salgas con un Musil.

–Gracias por el veredicto.

–Y, por cierto, la última vez que te vi en Nueva York no me dijiste nada de Damian.

–Por razones obvias. Y además, no era asunto tuyo.

En ese momento Marisa, su cuñada, entró en el salón interrumpiendo la batalla de palabras.

Con dos colines de pan en la mano dijo:

–Esta vez tengo menos náuseas, aunque estoy deseando pasar esta fase.

Cole sonrió.

–Dahlia está decepcionada porque es un niño.

Mia abrió los ojos como platos mientras Marisa se sentaba en el brazo de un sillón.

–No queríamos hacer una fiesta para desvelar el sexo del bebé.

–Seguro que Dahlia acabará alegrándose.

–Sí, ya está más contenta. Le he dicho que será mi ayudante cuando esté de baja maternal.

Mia se alegró de que por un momento la conversación hubiera dejado de centrarse en Damian.

–Vincent estará encantado.

A Mia le encantaba ser la tía de Dahlia y de Vincent, el hijo de Chiara y Rick, e incluso les hacía ropa. De pronto pensó en cómo sería un hijo suyo y de Damian, pero rápidamente se detuvo. ¿Qué le pasaba?

Cole volvió a pasarse las manos por el pelo.

–Volvamos al tema en cuestión.

–Sí. Damian Musil –añadió Jordan con aspereza.

Mia miró a su hermano.

–Y si te lo hubiera mencionado en Nueva York, ¿qué habrías hecho?

¿Delatarme ante el resto de la familia?

–Habría sido una decisión complicada –respondió él frotándose la barbilla.

Sera, su esposa, entró en la sala en ese momento. Era más alta que su prima Marisa y con el pelo rubio oscuro, pero el parecido estaba ahí, en los ojos color ámbar. Saludó con la mano y se sentó en el sofá.

–No he podido evitar oíros. Y no, Jordan. No habrías hecho nada de eso.

Al menos, no si yo hubiera podido opinar.

Mia le lanzó una mirada de gratitud. Ahora que tenía tres cuñadas, podía contar con aliadas en las riñas familiares.

–Después de todo –continuó Sera justo cuando Camilla y Serg entraban en la sala–, Mia no le dijo nada a nadie cuando nos pilló en el guardarropa en la boda de Oliver.

Todos las miradas se posaron en Jordan, que dijo:

–Bueno, no habría servido de nada molestar a los invitados del primo Oliver con información sobre mi gran jugada.

–¡Giordano! –gritó Camilla con un marcado acento italiano–. Creía que te había educado mejor.

–Lo siento, mamá –dijo Jordan sonriendo.

Mia besó a su madre para saludarla.

Aunque Camilla había aprendido a hablar inglés de pequeña, aún lo salpicaba con su acento italiano. Había conocido a su marido cuando tenía veintiún años y trabajaba como recepcionista de hotel y él estaba de vacaciones en la Toscana.

El timbre sonó y Sera se sobresaltó.

–Voy yo.

–Deberías habérmelo dicho, cara –protestó su madre al sentarse–.

Podríamos haber ido a recogerte al autobús.

–No hacía falta, de verdad –dijo Mia sintiéndose culpable.

–Ha sacado tu vena de mujer independiente, Camilla –farfulló Serg mientras Mia lo besaba en la mejilla.

Era obvio que Cole no les había contado lo de Damian Musil… aún. De todos modos, la alegría de tener a sus hijos allí a lo mejor evitaba que se tomaran la noticia demasiado a la tremenda. O eso esperaba.

Instintivamente, cruzó los dedos detrás de la espalda.

Al menos se alegraba de ver que su padre parecía estar fuerte y sano.

Después del infarto y de dejar Construcciones Serenghetti, había estado muy decaído. Sin embargo, últimamente parecía más contento, como si su programa de televisión le hubiera dado vitalidad y un nuevo propósito en la vida.

Animada al verlo así, desvió la mirada de sus padres, pero entonces giró la cabeza y vio a Sera volver de abrir la puerta seguida por un rostro familiar…

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