Pack Bianca y Deseo octubre 2021
Cap�tulo Doce
Capítulo Doce
–Así que así es como viven los ricos.
–No, así es como vivo yo –la corrigió Damian.
Mia dejó el bolso en la mesa de la entrada y se giró hacia Damian.
El ático dúplex se encontraba en un nuevo complejo de lujo. El piso tenía una iluminación tenue y las luces de la ciudad destellaban al otro lado de los enormes ventanales.
–¿Tienes frío? –preguntó él al verla temblar.
¿Por qué tenía que tener una voz tan sexy?
–No, estoy bien.
Mientras Damian abría unas aplicaciones en el móvil, ella aprovechó para recomponerse.
Durante el trayecto de vuelta a casa tras el evento benéfico, había meditado sobre lo que quería decir y hacer y había analizado sus sentimientos. Por eso había propuesto ir a la casa de él, porque ahí ella tenía el control para decidir cuándo marcharse.
De pronto oyó el aire acondicionado ponerse en marcha y vio las cortinas de terciopelo cerrarse en el salón contiguo al vestíbulo. Sin duda, todo en la casa de Damian era de alta tecnología. Por otro lado, ¿qué se había esperado tratándose de él?
–¿La chimenea también se enciende sola como por arte de magia? ¿Y
dónde está la música suave? Las luces sí que están tenues ya.
Él enarcó una ceja.
–¿Quieres algo de beber?
–No, gracias.
Damian se quedó quieto sin decir nada y ella se aclaró la voz, nerviosa.
Porque sabía a qué había ido allí. De hecho, ya había ignorado un mensaje de Gia en el que preguntaba «¿Cómo va todo?».
Se quitó el collar y los pendientes y se los entregó. Le habían encantado, al igual que las piezas para el Ruby Ball.
–Gracias por otro préstamo.
Él agarró las joyas rozándole los dedos y se las guardó en el bolsillo como si fueran unos meros trozos de plástico salidos de una máquina expendedora de juguetes.
–Quería hablar contigo.
–¿Hay algún problema? –preguntó Damian.
Ella respiró hondo.
–Gracias por darme la oportunidad de dejar atrás lo de Carl de un modo elegante. Y gracias también por ayudarme a contactar con Katie y por haber dado la cara por mí ante mi familia cuando estuvimos en Welsdale.
–Tres gracias seguidos. ¿Por qué será que me da la sensación de que ahora viene una despedida? –dijo él como en broma pero con un trasfondo de seriedad.
No habría besos. Eso era lo que ella pretendía.
–A ver si lo adivino, estás disgustada porque acabas de darte cuenta de que la ruptura con Carl en realidad no era para tanto.
–No. Lo que pasa es que me he dado cuenta de que lo que me molestaba de verdad era que tú te hubieras entrometido. Pero ahora sé que Carl no es el enemigo y que tú tampoco lo eres. De todos modos, cuando estuviste aconsejándolo y ayudándolo, lógicamente yo desconfiaba de ti.
–Si no soy el enemigo, ¿entonces qué soy?
«Amigo… amante».
Mia levantó las manos como para detenerlo a pesar de que él ni siquiera había hecho intención de acercarse.
–Esto se ha complicado.
–Eso es bueno –dijo Damian.
La agarró por las muñecas y la llevó hacia sí.
–Conque atrevida, valiente y alucinante, ¿eh? –señaló Mia.
Damian sonrió.
–Son palabras mías, sí.
–Y además es el titular del artículo de Katie.
–Genial.
–Y tú tienes un papel protagonista.
–Me siento halagado –le respondió él mirándola a los labios.
Mia sintió un cosquilleo en la nuca que pronto le recorrió otras partes del cuerpo.
–Lo hiciste muy bien en la entrevista.
–Decirme eso es como dar por hecho que actué y que no sentía lo que dije.
–Y aquella palabra de cariño…
–Cielo –añadió Damian entrelazando los dedos con los de ella.
¿Qué iba a hacer con un hombre que podía desarmarla con tanta facilidad?
–Eres…
–¿Irresistible, irrefrenable, irreemplazable?
–Es una ricura que uno termine la frase del otro –comentó Mia en broma en referencia al comentario que había hecho Katie.
Damian la rodeó con los brazos.
–No. Es una pasada que nos hagamos sentir así el uno al otro.
–¿Sentir? ¿Es eso lo que hacemos?
–Y besarnos. No lo olvides.
Él le buscó la mirada y agachó la cabeza. Ella tragó saliva un instante antes de que la besara y después lo agarró por la solapa de la chaqueta.
Damian emitió un gemido y Mia suspiró. Fue un beso ardiente y desesperado, como si las horas que habían pasado en el evento hubieran ido alimentando su deseo reprimido.
Cuando el beso terminó, Damian acercó la cara a la sien de Mia y se acurrucó a ella.
–Haremos un trato –le dijo con voz ronca.
–¿Otro? –preguntó Mia.
Él sonrió contra su pelo.
–Tú también te puedes inventar un nombre para mí. ¿Cómo quieres llamarme?
–¿Insufrible?
–A ver si se te ocurre alguno mejor.
Damian le acariciaba la espalda como si estuviera buscando una cremallera. O la llave de su corazón.
–¿Y bien? –le preguntó él mientras le besaba un lado de la cara y el cuello.
–Estoy pensando… –respondió ella, y ladeó el cuello para darle mejor acceso.
–Ah, Mia.
Finalmente, cuando Damian le puso las manos sobre los hombros, se apiadó de él y le dijo:
–Todo está sujeto con cinta de doble cara. Es un truco de la industria de la moda para que la ropa no te juegue malas pasadas.
–Pues a mí me gusta la ropa que hace eso.
Ella se rio.
–Antes tenías razón. He venido aquí para despedirme…
–Pues nos despediremos con un beso y algo más.
Sin dejar de mirarlo, ella le agarró las manos y juntos abrieron la parte superior del vestido.
–Cielo, eres atrevida, valiente y alucinante.
Después, Damian se inclinó y le recorrió la clavícula con besos mientras ella echaba la cabeza atrás. Al terminar de quitarle la parte superior, le acarició los pezones y le besó un pecho.
Ella apoyó los brazos en sus hombros y se perdió en una neblina de deseo. Y cuando finalmente Damian se incorporó, la besó con una intensidad que hizo que Mia sintiera todo su deseo.
Entonces ella empezó a desabrocharle la camisa y él se quitó la chaqueta del esmoquin, que dejó caer al suelo.
–No quiero estropear la obra de arte que llevas puesta. Algún día alguien querrá mostrar tu proyecto de fin de grado en una exposición.
–Todavía no me puedo creer que Gia te lo haya contado.
Damian asintió.
–Se ha dado cuenta de que no podía apartar los ojos de este vestido.
–Y de que querías quitármelo –añadió Mia antes de darle un beso con la boca bien abierta.
Él la levantó del suelo y la llevó al dormitorio. La moqueta y la ropa de cama blancas contrastaban con la madera oscura. Las luces de la ciudad centelleaban tras las persianas de un tono claro.
Muy despacio, la bajó al suelo haciéndola rozarse contra su cuerpo. La deseaba. Estaba muy claro.
Sin dejar de mirarlo, ella se bajó la diminuta cremallera oculta situada a un lado de la cintura y el vestido cayó al suelo, dejándola únicamente con las braguitas y las sandalias de tacón alto.
Se obligó a mantenerse firme bajo la ardiente mirada de Damian.
–Eres preciosa.
–¿Cómo no mencionaste esa palabra durante la entrevista? –bromeó Mia.
Damian le acarició los brazos y su figura de reloj de arena antes de colar los dedos bajo la tela de las braguitas.
–Créeme, para cuando hayamos terminado, me habrás oído decir muchas cosas más.
Ella acarició su erección y se humedeció los labios.
–Sal de entre esas olas azules que tienes a los pies, preciosa.
Mia apartó el vestido con los pies y se quitó las sandalias. Después, él la levantó en brazos y la tendió en la cama. Cuando empezó a desnudarse, ella se incorporó.
–Déjame a mí.
Le desabrochó el cinturón y después él terminó de desnudarse.
Cuando Mia empezó a acariciar su rígido miembro, Damian cerró los ojos con un siseo.
–Ah, Mia.
Ella se agachó y lo rodeó con la boca mientras él gemía y ella disfrutaba de la sensación de estar debilitándolo. Después le hizo sentarse en el borde de la cama y se colocó encima de él.
–Necesito estar dentro de ti –dijo Damian medio riéndose con desesperación.
Nunca lo había visto así, desesperado por ella. Siempre estaba tan tranquilo, tan impasible… o al menos lo parecía.
–Estoy tomando la píldora –le susurró ella contra la boca–. Y mi historia médica está limpia.
–La mía también.
Mia lo guió hacia su interior y ambos suspiraron. Comenzó a moverse y él le agarró las caderas para marcar un ritmo con el que los dos disfrutaran.
Justo en ese momento el teléfono de Mia sonó desde la otra habitación, pero lo ignoró. Lo último que necesitaba ahora era que la realidad hiciera acto de presencia. Ahora solo importaban Damian y ella y ese momento en el que no entraban ni sus apellidos ni rivalidades.
–Ignóralo –dijo Damian entre dientes.
–Sí –susurró ella contra su boca.
Él volvió a moverse, sacudiéndose contra ella y desencadenando así unos diminutos espasmos de placer que fueron en aumento a medida que
iban recorriendo cada centímetro de su cuerpo.
Con una última embestida de Damian, llegaron al éxtasis y se quedaron abrazados mientras los sacudían olas de emociones y sensaciones.
Las últimas semanas habían sido como unas vacaciones para Damian.
Recién duchado en el apartamento de Mia, se vistió porque tenía que llegar pronto a la oficina.
Habían entrado en la dinámica de estar juntos sin tratar ninguno de los asuntos peliagudos que pendían entre ellos, o más concretamente, entre sus familias. Y así, en lugar de eso, habían decidido disfrutar del momento saliendo a cenar, paseando en bici por el High Line o yendo a conciertos, como el último al que habían asistido en el Madison Square Garden desde el palco de CyberSilver. Normalmente habían terminado el día juntos en casa de uno de los dos, donde les había resultado imposible mantenerse separados ni un solo segundo.
De vez en cuando habían hablado de trabajo y él le había dado algunos consejos, de emprendedor a emprendedora. Además, la había puesto en contacto con un contable y con un consultor de márquetin.
Miró a su alrededor y vio su cartera en la mesilla de noche. Con una sonrisa, la sacó de debajo del sujetador de Mia.
Era un dormitorio pequeño al fondo de un apartamento también pequeño. La cama estaba cubierta por una colcha mullida y blanca que caía hasta el suelo y contrastaba con las paredes de ladrillo visto grises, el suelo de madera gris pulido y los muebles oscuros. Era exactamente el estilo que se habría esperado de Mia: femenino pero atrevido.
Pero ahora él había traspasado ese sanctasanctórum y las sábanas estaban revueltas tras la noche que habían pasado juntos. Después, ella se había acurrucado a su lado y sus corazones habían latido en contrapunto mientras se habían quedado dormidos.
Mia entró en la habitación con el rostro iluminado de emoción.
–¡Buenas noticias! He recibido un correo de una cadena de tiendas. Han visto el artículo de Katie y quieren hacer un pedido grande. Voy a empezar a trabajar con algunas e iremos viendo cómo funciona.
Él la abrazó.
–Enhorabuena. Esto es el comienzo de algo grande.
Mia posó las manos en su torso.
–Tengo que hablar con la fábrica. No hay tiempo que perder.
Damian la besó.
–Lo harás genial. Tengo fe absoluta en ti –y con una sonrisa pícara, añadió–: Aunque hablando de buenas noticias y del comienzo de algo…
Con actitud juguetona, ella se liberó de sus brazos y negando con un dedo dijo:
–Los dos tenemos que trabajar.
Damian suspiró.
–Entonces esta noche. Pasaré a recogerte.
Veinte minutos después salían a la calle para dar comienzo a la jornada.
Mia lo abrazó para besarlo otra vez antes de ir a abrir la puerta de su taller y cuando Damian bajó de la acera para esperar un taxi, oyó a alguien llamarla. Era un hombre.
Al girarse, vio el gesto de sorpresa de Mia.
–Sam.
Mierda. Así que sí que había un Sam. Y había vuelto a casa. Qué oportuno.
Damian observó al hombre que, sonriendo de oreja a oreja, se acercaba a Mia.
Ella esbozó una sonrisa tensa.
–Has vuelto. De Japón.
–Sí –respondió el hombre abriendo los brazos de par en par.
Damian miró a Mia y ella le devolvió la mirada frunciendo el ceño antes de mirar de nuevo a Sam. Estaba claro que se sentía incómoda.
–Qué…
–Sorpresa. Sí, lo sé. Me he desviado de la ruta habitual que hago para ir al trabajo y, como aún no habías abierto el taller, te he esperado en la cafetería de enfrente tomándome un bagel.
A Damian le invadía una mezcla de incredulidad y de celos. ¿En serio Mia había pensado ir al Ruby Ball con ese tipo? ¿Esa era su competencia?
Aunque era cierto que se asemejaban en constitución y en estatura y que podía ser fácil confundirlos, sobre todo en un lugar poco iluminado y con una máscara de disfraz, estaba claro que, en comparación, él era mejor.
Sam se acercó más a Mia, y cuando Damian vio que la agarró de las manos y agachó la cabeza, entró en acción.
–¡Mia!
Sam se quedó paralizado, se puso recto y se giró.
–Gracias por cuidarme el ático, cielo –le guiñó un ojo–. Te lo compensaré este fin de semana. Voy a hacer una reserva en el Per Se.
Sam los miró a los dos, primero con gesto de confusión y después con cara de vergüenza.
–Sam, ya conoces… –dijo Mia.
–Damian Musil –dijo Damian alargando la mano, que Sam le estrechó al momento–. Así que Japón. Bonito lugar. He estado en Tokio un par de veces.
–Sí, he estado fuera un tiempo –respondió Sam con una sonrisa que más bien pareció una mueca.
–Los viajes de negocios tienen eso de malo, te quedas al margen de muchas cosas que pasan.
–Y tanto. Bueno, Mia, me ha encantado verte. Esta cafetería está muy bien, pero me limitaré a la que suelo ir de camino al trabajo.
–Buena idea –dijo Damian.
–Bueno, ya nos veremos.
Cuando Sam se marchó, Damian observó a Mia y ella, enarcando las cejas, comentó:
–¿Demasiado territorial tal vez?
«Posesivo. O un poco celoso quizás».
–He estado rápido de reflejos. Imagina lo incómodo que habría sido para él haberte besado y luego darse cuenta de que el tipo con el que acababas de pasar la noche estaba justo detrás.
–Ya –dijo ella nada convencida.
La carrera de obstáculos que lo conducía hasta Mia parecía no tener fin.
Sus hermanos, la familia de él, Carl y ahora Sam.
–Está claro que no estaba mirando desde la cafetería cuando nos hemos besado al despedirnos.
–A lo mejor me habría venido bien poder comparar –dijo ella.
–¿Ah, sí? A lo mejor mi despedida ha sido demasiado rápida –le respondió Damian mirando sus labios carnosos y suaves.
Sus bocas estaban a un pelo de distancia cuando Mia se apartó de pronto y gritó:
–¡Mamá!
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