Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Varias Autoras · Capítulo 15 de 35

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Pack Bianca y Deseo octubre 2021

Cap�tulo 13

Capítulo 13

HELENA se quitó la ropa interior y dio otro paso hacia Theo. El corazón le latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podía oírlo.

Él había salido del despacho y toda la habitación había empezado a dar vueltas. Cuando él regresó, el corazón le latía con tanta fuerza que parecía que alguien le diera puñetazos en el pecho.

¿Cómo podía haber creído que dos días como amante de Theo serían suficientes?

¿Qué evitaría que siguieran adelante con su aventura?

Ella no era la misma mujer que tres años antes. Theo la había ayudado a quitarse el corsé de su infancia y le había dado el valor para continuar con su carrera profesional sin el apoyo de sus padres. Él tenía tanta energía, tanta confianza… La había convertido en una mujer valiente hacia su padre, y le había dado confianza en su trabajo. ¿Qué le impedía utilizar esa valentía y esa confianza para disfrutar del placer sin ponerle un límite de tiempo?

¿Qué había de malo en tomarse las cosas día a día y de disfrutar explorando al hombre que la había hecho sentir tan viva? Él la había hecho sentir como si fuera la mujer más deseable del mundo. Él la había hecho sonreír, reír, había provocado que deseara abrazarlo e inhalar únicamente su aroma.

Los sentimientos que él evocaba en ella eran tan poderosos que no deseaba perderlos. Todavía no. Nunca�

Ella dio otro paso hacia él y se fijó en su manera de respirar.

Ella le provocaba todo aquello. Igual que él a ella.

Se detuvo frente a él y observó su magnífico cuerpo.

Mirándolo a los ojos, le acarició el rostro y sintió la barba incipiente.

Él tragó saliva, pero no intentó acariciarla.

Helena le acarició el cuello y el torso, recorriendo sus pezones con el dedo pulgar y deslizando la mano hasta su abdomen, al mismo tiempo que se arrodillaba en el suelo.

Colocada entre sus piernas, lo miró a los ojos.

No intercambiaron ni una sola palabra. No era necesario.

Ella le desabrochó el botón de su pantalón corto y al ver el vello oscuro se dio cuenta de que no se había puesto ropa interior.

En ese momento, recordó el tiempo que habían pasado en Sidiro, donde él solo se ponía pantalones cortos para no avergonzar a los demás. Cuando estaban los dos solos, Theo iba desnudo. Igual que ella.

¿Cómo había encontrado la fuerza para negarse a poseerla en aquel entonces?

Él la ayudó para que le quitara el pantalón y el movimiento hizo que se liberara su miembro erecto.

Ella le sujetó el miembro con la mano. Grande, largo, y suave como el terciopelo�

Maravilloso.

Él era maravilloso.

Siempre lo había sido.

Theo comenzó a respirar de manera agitada y cuando ella inclinó la cabeza y acarició con la lengua la punta de su miembro, él gimió. El sonido provocó que Helena sintiera un fuerte calor en su interior.

Ella lo poseyó con la boca y oyó que él mencionaba su nombre en un susurro.

Darle placer siempre la había excitado mucho. Había algo increíble en ver cómo Theo Nikolaidis perdía el control a causa de lo que ella le hacía.

Saber que todo lo que él le hacía sentir a ella era compartido.

Theo estaba perdiendo la cabeza. Helena había conseguido que su fantasía se convirtiera en realidad.

Ella le había hecho aquello muchas veces, pero nunca lo había hecho sentir así. Los gemidos que pronunciaba mientras le lamía y succionaba el miembro eran como una música que hacía vibrar sus sentidos.

Theos, era increíble, pero no era suficiente. Él deseaba sentir su piel suave contra la de su cuerpo.

Apretando los dientes, él levantó la cabeza y dijo:

–Quiero estar dentro de ti.

–Todavía no –dijo ella, y volvió a rodearle el miembro con la boca.

–Helena… –pero se calló al sentir que ella le masajeaba los testículos con delicadeza.

Con los ojos cerrados, Theo se contuvo para no llegar al orgasmo.

Momentos después, sentía que había perdido la batalla, Helena se retiró y deslizó la lengua por su abdomen y después se colocó a horcajadas sobre él.

Lo agarró por los hombros y lo miró a los ojos.

Incapaz de aguantar ni un momento más, Theo introdujo los dedos entre el cabello de Helena y la inclinó para besarla de forma apasionada.

Al cabo de un instante, ella comenzó a moverse y a acariciarle la boca con los senos.

Theo capturó uno de sus pezones con la boca y ella arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás. Las sensaciones que él le provocaba con la lengua solo añadieron fuego a su pasión.

Theo la rodeó con un brazo y la sujetó. Cuando ella lo miró a los ojos vio el reflejo de sus propias emociones en su mirada. Al instante, las emociones se intensificaron hasta que solo veía a Theo, solo sentía a Theo, solo saboreaba y escuchaba a… Todo era él.

Y cuando el orgasmo se apoderó de ella y tensó el cuerpo sujetando el miembro de Theo con tanta fuerza que provocó que él llegara al clímax también, pensó que había entrado en el paraíso.

Theo le había abierto la puerta del paraíso y, allí, solo lo había encontrado a él.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó Theo al entrar en el comedor de su barco el siguiente fin de semana. Se había despertado solo en la cama y había salido a buscar a Helena.

Vestida con un kimono de seda, ella estaba sentada leyendo un periódico inglés que él le había comprado el día anterior durante un corto viaje a Atenas.

–Nada –dijo ella.

–¿Un crucigrama?

–No…

–Mentirosa –él se dispuso a quitárselo, pero ella fue más rápida y estrechó el papel contra su pecho, riéndose.

El sonido de su risa provocó que él recordara cuando, tres años antes, uno de los dos se despertaba temprano y bajaba para recoger el periódico de la mañana y hacer el crucigrama mientras el otro dormía. A ambos les encantaba esconderlo entre sus ropas cuando el otro bajaba para que no se lo quitara. Ambos acababan peleando, riéndose, y compartiendo caricias íntimas.

¿Cómo era posible que algo tan sencillo y aburrido como un crucigrama provocara tanta risa? ¿Y quién más, aparte de Helena, podía reírse con un crucigrama? Ella le había hecho descubrir un lado de sí mismo que no conocía. Era la influencia de Helena la que lo había hecho ver el arte con nuevos ojos, apreciarlo, buscarlo.� El único tema en el que ella no había podido influirlo era la poesía. Le parecía algo muy aburrido, aparte de los poemas que ella escribía. Eran cortos y siempre tenía una adivinanza que resolver. Esos versos eran un lenguaje que solo ambos conocían.

Theo había llevado la alegría a la vida de Helena y le había mostrado el placer que la vida podía ofrecer. Ella le había abierto la mente de otra manera. Ambos se complementaban perfectamente. Juntos, habían sido perfectos.

Cuando él se percató de que la melancolía se apoderaba de su mirada, supo que ella estaba recordando lo mismo que él.

En el momento en que Sidiro apareció en el horizonte, Theo se relajó.

Había pasado dos días en Milán por un tema de trabajo, pero la sensación de soledad había sido muy intensa. Suponía que era culpa suya por haber rechazado la invitación a una fiesta para poder pasar la tarde hablando con Helena por teléfono de cosas sensuales.

Era la primera vez en tres años que se quedaba en casa en lugar de salir.

Sin ella a su lado, dudaba que hubiera disfrutado de la fiesta.

Llevaban semanas juntos y Helena dormía cada noche con él. Hacían el amor constantemente, y él no sabía cómo conseguían sacar el trabajo adelante. La pasión que compartían era inagotable.

Él ya no quería venganza. No creía que realmente la hubiera deseado, al menos, no como había pensado.

Theo no podía permitir que lo que habían compartido se convirtiera en algo feo por una venganza. Helena no la merecía. Ella no había tenido intención de hacerle daño, ni de avergonzarlo. La humillación que él había

sentido en la catedral era culpa suya. No la había escuchado. Ella era como una niña asustada y él, aunque era mayor, un tonto inmaduro.

Ella había tenido razón sobre una cosa. Él había sido un controlador.

Había necesitado saber dónde estaba en cada minuto del día para estar tranquilo y saber que estaba bien. Había deseado que estuviera a su lado para poder sentir su adicción hacia ella, para poder acariciarla, para estar con ella. Su amor hacia ella había sido obsesivo, y sentía que los viejos sentimientos afloraban de nuevo en él. Tenía que controlarlos antes de exponerse a que volvieran a herirle el corazón.

Helena miró por la ventana del despacho y dejó que Theo se concentrara tranquilo en la primera entrega de planos que le había hecho.

En la distancia, al otro lado del agua que separaba la península de Sidiro, había muchas casas en el acantilado. Cualquiera que visitara Sidiro por primera vez no imaginaría que por las noches se convertirían en bares bulliciosos hasta el amanecer.

Allí la había llevado Theo aquella noche en que bebió demasiados greek doctors. Ella no se había dado cuenta de lo fuerte que era el cóctel hasta que no se puso a bailar en la pista de baile y se le enrolló el top que llevaba, dejando su vientre al descubierto. Theo se había acercado para bajárselo, consciente de que a ella no le gustaba mostrarse en público.

Era un recuerdo que Helena no había tenido desde entonces. Se había olvidado de cuántos complejos había tenido. Y de cómo Theo había conseguido que los superara.

Cuando se disponía a retirarse de la ventana, vio a dos personas que caminaban de la mano colina abajo. Eran Elli y Natassa.

Qué idiota había sido al no darse cuenta de que eran pareja. O, si era sincera, lo que había sido era una idiota celosa. Durante el tiempo que llevaba con Theo había averiguado que las mujeres habían estado juntas desde la escuela de Arte y Ellie era una vieja amiga de la familia Nikolaidises. Theo se había enterado de que Natassa había perdido el trabajo y les ofreció trabajar para él como amas de llave bajo la promesa de que tendrían su propio estudio de arte.

Helena se volvió hacia Theo y vio que tenía cara de cansado. La nueva normativa no hacía más que darle dolores de cabeza.

Y pensar que ella lo había acusado de ser un niño mimado y perezoso.

Mimado podía ser, pero ¿perezoso? No. Había sido una acusación injusta.

Ella nunca le había agradecido que él se hubiera tomado tres meses de vacaciones para estar con ella. Cada vez que ella se lo preguntaba, él la besaba en la nariz y le decía que quería disfrutar junto a ella antes de tener que volver a la vida real. Helena debería haber confiado en que él estaba diciéndole la verdad.

Mientras ella trabajaba en los planos, él había estado dirigiendo sus negocios desde el despacho de al lado. En alguna ocasión había tenido que viajar a Europa para asistir a una reunión, pero únicamente no había podido regresar a la península en dos ocasiones. Ella había trabajado hasta que sentía que se le nublaba la vista para pasar el tiempo y, a medida que los planos se iban completando, sentía que el pánico se apoderaba de ella.

Había pasado de querer completarlos lo antes posible, a no terminarlos nunca, y le había insistido a Theo en que todavía quedaba mucho trabajo por hacer sobre ellos.

Era una verdad a medias.

Si Theo aprobaba lo que ella le había mostrado, los planos finales podrían estar terminados en unos días.

Y cuando Theo diera su aprobación…

Ninguno había hablado sobre lo que sucedería entonces.

El futuro no estaba nada claro.

–¿Podemos ir a la isla esta noche? –preguntó ella.

–¿Quieres salir de fiesta? –preguntó él con una sonrisa.

«Solo contigo», pensó Helena.

–Sí, quiero ir de fiesta.

No habían vuelto a pasar tiempo con los amigos de Theo desde la noche que pasaron en el palacio. Los fines de semana los habían pasado en el barco. Habían visitado otras islas, cenado en tabernas locales, buceado, montado en moto acuática y hecho el amor infinitas veces. Esos fines de semana habían sido maravillosos.

Él la miró con los ojos brillantes y sonrió.

–Eres salvaje –le dijo.

«Solo para ti…».

Permanecieron en Sidiro hasta que el sol se ocultó el domingo por la noche.

Durante dos días se dedicaron a hacer el amor, tomar el sol, hacer el amor, beber, hacer el amor, comer platos deliciosos, hacer el amor y bailar.

Había muchas personas que Helena recordaba del tiempo que había pasado en la isla y todas la recibieron como si fuera una vieja amiga.

Allí, igual que tres años antes, se olvidó de todas las preocupaciones.

No le extrañaba que hubiera aceptado casarse con Theo y tener muchos hijos con él en Sidiro. Habían estado metidos en una burbuja de felicidad.

El mundo exterior parecía demasiado lejano como para ser real.

Theo los llevó a remo hasta la península, sus brazos musculosos trabajando duramente, tal y como hacía con todo lo demás.

Helena estaba tumbada con los pies sobre su regazo, pero si interferían con sus movimientos, Theo no se quejó.

–¿Podemos volver el próximo fin de semana? –ella contuvo la respiración mientras esperaba su respuesta. Theo no le había dado su opinión sobre los planos. Si los odiaba, ella tendría que volver a meterse en el estudio. Si le gustaban…

Todo podía estar terminado a finales de semana.

Las estrellas iluminaban el cielo, pero sin luna, Helena no podía ver la expresión de los ojos de Theo. El hecho de que él hiciera una pausa antes de contestar, la inquietó. Durante el fin de semana, ella había percibido algo en su mirada, pero no sabía qué era. Solo sabía que era algo que la inquietaba.

–Pensaba que estabas deseando volver a casa –contestó él.

¿A casa?

La idea de volver a Inglaterra sin él le provocaba náuseas.

–Parece que haya pasado mucho tiempo.

–¿Qué será lo primero que hagas al llegar?

Theo sintió una presión en el pecho. La había sentido todo el fin de semana, e incluso desde que había regresado de Milán, pero desde que Helena le preguntó si podían pasar el fin de semana en la isla, se había hecho más intensa.

Él había estado a punto de decirle que aprobaba los planos.

Si lo hubiera hecho, la relación habría terminado.

No obstante, la idea de pasar un fin de semana más con ella había sido irresistible.

–Iré a visitar a mi madre para tratar de convencerla de que se separe de mi padre.

–Ya lo has intentado antes.

–Puede que esta vez sea diferente.

Theo se percató de que ella lo miraba y supo que estaba hablando de algo más aparte de su madre.

Él sabía que había cambiado mucho desde que Helena lo dejó, pero también sabía que seguía teniendo una vena controladora. Ese hombre era el que ella no quería. El que asustaba a Helena.

–Te deseo suerte –le dijo.

Habían llegado a la península. Theo saltó del barco y ayudó a Helena a bajar antes de atracarlo en la arena para que no se lo llevara la marea.

Había llegado el momento de permitir que Helena se marchara. Lo sabía desde que hojeó los planos en el despacho y sintió que se le resquebrajaba el corazón.

Debería haberla dejado marchar tres años antes.

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