Pack Bianca y Deseo octubre 2021
Cap�tulo 15
Capítulo 15
EN EL MOMENTO en que Theo abrió los ojos, los recuerdos de la noche anterior invadieron su cabeza.
Cerró los ojos de nuevo para tratar de borrar los recuerdos, pero no lo consiguió.
Sin darse una ducha, se vistió con unos pantalones cortos y una camiseta y se dirigió a la cocina por última vez. En unos veinte minutos estaría en su barco. Y no regresaría jamás.
Natassa estaba sacando unos dulces del horno. Él se sirvió un café.
Helena le había dejado el teléfono cerca de la cafetera.
Él guardó el teléfono y bebió un sorbo.
–¿Helena está despierta?
Él había esperado más de una hora hasta que oyó sus pasos cuando ella llegó a la casa. También oyó que cerraba la puerta del dormitorio y echaba el cerrojo. Solo entonces, cuando ya sabía que ella estaba sana y salva, se quitó la ropa y se metió en la cama. Tardó horas en quedarse dormido.
En el barco, él mantendría la distancia con ella.
–Se ha marchado hace horas –contestó Natassa.
–¿Qué quieres decir con que se ha marchado?
–Ha ido a la isla
–¿A Sidiro?
Ella asintió.
–¿Cómo?
–No lo sé. Supongo que ha tomado el barco.
–¿Ha dicho cuánto tiempo estaría allí?
–No… –Natassa se encogió de hombros–. Me dio un abrazo y las gracias por todo. Mi sensación fue que no iba a volver. Dijo que ya había terminado su trabajo aquí. ¿Tenía que habértelo dicho? No lo pensé. Supuse que lo sabrías.
–Está bien –pestañeó él–. Su trabajo aquí ha terminado –y Helena no tenía por qué sufrir en su compañía ni un minuto más. Posiblemente había decidido pedirle a alguien que la llevara a Agon–. ¿Dónde está Elli? Tengo que hablar con vosotras.
Quince minutos más tarde, Theo le pidió prestada la moto a Elli para llegar hasta su barco. Suponía que Helena se había llevado la suya para marcharse de allí, y lo confirmó al llegar a la cala donde solía dejar el bote de remos. El bote no estaba y la moto sí.
El mar estaba calmado, pero no se veía nada en el agua.
El viaje hasta la isla era muy corto y Helena podría haber llegado hasta allí en diez o veinte minutos.
Una vez en su yate, agarró unos prismáticos y se alegró al ver que su bote de remos estaba en la playa. Ella había llegado sana y salva. Tenía dinero en su cuenta de banco. Tenía amigos en Sidiro. Y si no había encontrado quién la sacara de la isla en barco, siempre podía haber tomado el ferry.
Había llegado el momento de poner en práctica lo que le había prometido y dejar que continuara con su vida. Quizá, algún día, él también pudiera seguir con la suya.
Helena miró por la ventana de la habitación que había alquilado hacía una hora. Al llegar a Sidiro había tenido mucha suerte porque la habitación que ellos habían alquilado para el fin de semana seguía libre, pero había sido más afortunada todavía cuando le permitieron cambiar la habitación por otra. Helena no podría dormir en la cama donde Theo y ella habían pasado prácticamente todo el fin de semana.
¿De veras solo habían pasado doce horas desde que salieron de allí?
Había ido a Sidiro con idea de dormir allí una noche y tomar un barco o un ferry al día siguiente.
El hotel estaba en lo alto de una colina y tenía vistas a la península.
Cuando estaba a punto de meterse en la cama, Helena vio una luz blanca en la distancia.
El yate de Theo.
Continuó mirando la luz hasta que desapareció en la distancia.
Theo se había marchado.
Ella no volvería a verlo nunca más.
Theo estaba leyendo su correo electrónico cuando vibró su teléfono.
Llevaba en casa cinco días y solo había salido de allí para asuntos de trabajo. Era viernes y estaba seguro de que sus amigos querían que saliera con ellos.
En ese momento, su teléfono vibró de nuevo. Decidió esperar a que saltara el contestador. Sus amigos se darían cuenta de que no quería salir.
¿Sin Helena? ¿Qué sentido tenía?
De pronto, su teléfono emitió un tono que indicaba que había recibido un mensaje de texto.
Se le detuvo el corazón.
Era el tono que había programado para Helena, y sonaba aunque tuviera el teléfono en silencio.
Le temblaba tanto la mano que le costó abrir el mensaje.
Al principio, pensó que se lo había mandado a la persona equivocada.
Greek doctors y arena dorada, sol y mar, cálidos.
Un lugar feliz para todos, encuéntrame y juntos seremos libres.
Él lo leyó un par de veces para tratar de darle sentido.
Llamó a Staffords y pidió que le pasaran con Helena.
–Lo siento, señor, pero la señorita Armstrong está de vacaciones –le informaron.
Theo cortó la llamada y leyó de nuevo el mensaje.
Apenas podía creer lo que pensaba que significaba.
Helena le dio a enviar y presionó el teléfono contra su pecho.
–¿Puedo traerle algo más?
Ella miró al camarero y sonrió.
–No, gracias. Solo la cuenta, por favor.
Mientras esperaba, Helena miró la puesta de sol. Pronto aparecería el yate de Theo.
Ella sonrió. Theo sería capaz de descifrar el mensaje. Él la conocía como nadie más. Mandar un poema a modo de mensaje estaba bien.
Estar entre sus brazos, estaba bien.
La noche que ella pensaba pasar en Sidiro se había convertido en unas cuantas más. Poco a poco, había empezado a ver las cosas con más claridad y había empezado a perdonarlo.
Comprendía lo que había hecho porque el amor hace que la gente haga locuras. Ella lo sabía bien.
Había pasado tres años separada de él, y durante ese tiempo lo había echado de menos.
Nunca había dejado de quererlo. Nunca permitiría que escapara de su corazón.
Pagó la cuenta y se unió a un grupo de jóvenes que se disponían a empezar un fin de semana de fiesta. No le importaba estar sola. La gente que iba a Sidiro era muy cálida y acogedora.
Theo, se bajó del barco y se dirigió hacia lo alto de la isla, donde empezaba la noche de fiesta. El fin de semana anterior se había fijado en que muchos visitantes habían asistido a la isla con sus hijos.
Él no se había atrevido a soñar que algún día Helena y él llevarían a sus hijos allí.
Todavía no estaba convencido de haber interpretado el mensaje correctamente.
Debería haber contestado para asegurarse.
Theo encontró la casa que había estado buscando.
La puerta estaba abierta. Se oía música de baile. Pagó la entrada y entró.
Se fijó en la gente que estaba bailando y vio una silueta vestida con unos pantalones cortos y un top blanco. Tenía el cabello castaño y tenía un greek doctor en la mano.
Al verlo, ella lo miró a los ojos y sonrió. Al momento desapareció y, al cabo de un instante, regresó con otro cóctel en la mano. Sonrió de nuevo y, sin dejar de mirarlo, comenzó a bailar entre la gente. Al llegar a su lado, le entregó un vaso a Theo y brindó con él. Se bebieron el cóctel al mismo tiempo. Helena dejó los vasos vacíos sobre un taburete y dio otro paso hacia Theo.
Mirándolo, le acarició el brazo y entrelazó los dedos con él. Dio un paso atrás y, sin soltarlo, se dirigió a la pista de baile.
Al poco rato, la pista estaba llena. Theo agarró a Helena y comenzaron a bailar con los cuerpos pegados.
Entonces, ella dejó de bailar y lo llevó de nuevo hasta la barra. Allí pidió otros dos greek doctors y guio a Theo hasta un pequeño patio exterior.
Al sentir el aire fresco de la noche, él aceptó que aquello no era un sueño.
Helena lo había llevado allí.
Él no recordaba haberla visto tan tranquila jamás.
Se sentó junto a ella en una mesa y esperó a que hablara.
–¿Podemos casarnos en la capilla de aquí?
Theo estuvo a punto de atragantarse.
–Sabes que tienes que casarte conmigo, ¿no? –se rio ella.
Él no podía ni hablar.
–Creo que es lo que te mereces. Será tu castigo. Has de casarte conmigo y dejarme embarazada.
–¿Eso es un castigo?
–Sí, mi amor. He decidido que matarte sería desperdiciar un amante excelente, así que tendrás que trabajar el resto de tu vida en mi cama.
Él inclinó la cabeza y cerró los ojos.
–Nada me gustaría más que pasar el resto de mi vida contigo.
–¿Pero?
–No soy bueno para ti. Te mereces…
–Merezco una retribución por tu malvado plan. ¿Era eso lo que ibas a decir? Estoy de acuerdo.
Antes de que pudiera contestar, ella se bajó de la mesa e hizo una pirueta
–¿Ves lo que provocas en mí?
Al ver que Theo fruncía el ceño, Helena soltó una carcajada. Se sentía como si pudiera volar.
–Me has liberado, mi amor posesivo. Me has enseñado a disfrutar de la vida, y voy a seguir tu consejo. Lo malo es que tendrás que aguantar a una mujer celosa y posesiva a tu lado. ¿Creías que eras el único? Desde que te he conocido, he deseado arañarle los ojos a todas las mujeres que te miraban.
–Desde el día en que te conocí, solo he tenido ojos para ti.
–Lo sé. Hace tres años era un corderito asustado por todos los sentimientos que provocabas en mí. Tenía miedo de perderte, pero era demasiado inmadura para comprender mis sentimientos. Recuerdo gritarte
que eras igual que mi padre, pero lo cierto es que me asustaba que yo fuera como él. No puedo controlar los celos que siento. Nunca he comprendido qué es lo que has visto en mí. En serio, todavía no lo comprendo.
–Luz –la interrumpió él.
Ella lo miró.
–Eso es lo que veo en ti. Luz.
Ella sonrió.
–Es algo mucho más romántico que el atractivo demonio que veo en ti.
Tenía miedo de volverme como mi madre, y de mis sentimientos posesivos hacia ti. No podía verlo con claridad, así que salí huyendo. He pasado tres años buscando tu nombre en internet y muriéndome de celos cada vez que te veía con esas mujeres, pero no podía dejar de hacerlo. Cuando me trajiste aquí, todos esos sentimientos surgieron de nuevo en mí. Pero ya no me asustan, porque sé que me quieres igual que yo te quiero a ti. Sé que lo que tenemos es algo especial. Estamos hechos el uno para el otro, y sé que moveríamos tierra y cielo para que la relación funcionase. Así que mereces una recompensa por el dolor que te he causado y supongo que, si la otra noche me dijiste la verdad, no te importará pasar el resto de la vida trabajando duramente en mi cama.
Él la miró fijamente a los ojos y la sujetó por las caderas.
–¿Me quieres?
–Más de las estrellas que hay en el cielo.
–Dímelo otra vez –susurró Theo. Acercó su rostro a ella e inhaló su dulce aroma.
–Te quiero.
–Otra vez.
–Te quiero.
Él la besó y la estrechó contra su cuerpo.
–Te quiero bella, loca e inteligente mujer, y prometo que pasaré el resto de mi vida compensándote por…
Ella lo interrumpió con un beso apasionado.
–No más disculpas –susurró–. Tengamos un nuevo comienzo. Nada de secretos, nada de mentiras. Los dos juntos, amándonos el uno al otro.
–Siempre.
–Siempre.
Entonces, sus bocas se unieron en un beso que sellaría su destino juntos para el resto de sus vidas.
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