Pack Bianca y Deseo octubre 2021
Cap�tulo Seis
Capítulo Seis
–Damian –dijo Mia con la respiración entrecortada–. ¿Qué haces aquí?
Todo el mundo miró hacia la entrada de la sala.
–Ha dicho que te has dejado algo –señaló Sera encogiéndose de hombros.
–Musil –farfulló Cole para sí.
Camilla se quedó impactada y consternada, y Serg dijo:
–¿Qué es esto? ¡Que alguien me diga qué narices está pasando!
¡Qué pesadilla! Mia deseó que el suelo se abriera y se la tragara.
Camilla puso una mano sobre el brazo de su marido en un intento de calmarlo, pero antes de que Mia pudiera reaccionar, su padre se dirigió a Damian.
–Tienes muchas agallas al venir aquí, Musil.
–Cumplido aceptado, señor –respondió Damian.
–¿Qué haces aquí? –repitió Mia.
Hacía prácticamente un momento habían estado fundidos en un abrazo.
Entonces el mundo se había desvanecido a su alrededor, pero ahora ese mundo había vuelto a su sitio y la estaba aplastando.
–No iba a permitir que te enfrentaras sola a tu familia.
–Puedo librar mis propias batallas –respondió ella en voz baja.
–Ahora ya no tienes que hacerlo.
–Estás complicando las cosas.
–Bien.
Cole apretó los puños.
–Largo, Musil. Ahora.
–No –dijo Mia situándose delante de Damian–. De aquí no se mueve nadie.
–Qué escándalo –señaló Camilla con voz débil.
–Encantado de verla, señora Serenghetti. Es usted tan encantadora como su hija.
Camilla se ruborizó y después sonrió.
–Gracias.
Mia se relajó por un instante. Al menos parecía que su madre sí iba a mantener la educación.
–Joder, Musil –dijo Cole rompiendo el cese de hostilidades–. Resérvate los cumplidos bonitos para cerrar negocios en Construcciones JM.
–Yo ahora no tengo nada que ver con la empresa –respondió Damian con tono calmado–. Mi padre y mi hermano son quienes la dirigen.
–Entonces sin problema. Que alguien le invite a quedarse a cenar –
bromeó Jordan.
–Sigues siendo un Musil, a menos que tu familia haya renegado de ti.
–Tengo relación con mi familia, pero llevo mi propio negocio.
El momento de tensión se rompió cuando Dahlia entró corriendo con un camión de juguete.
Al ver a Damian, se detuvo y le preguntó:
–¿Quién eres?
–Damian Musil.
–Yo soy Dahlia.
Él sonrió.
–Yo tuve un camión como ese cuando era pequeño.
–Lógico –murmuró Jordan–. La construcción se lleva en la sangre.
–Dahlia, vuelve a la sala de juegos –dijo Cole.
–Papi, estoy hablando con mi persona nueva.
Damian se agachó, dio un golpecito al camión y los cubos del alfabeto que contenía cayeron al suelo.
–¿Quieres venir a jugar? –preguntó Dahlia encantada–. Papi a veces juega conmigo.
«Oh, mi niña», pensó Mia con el corazón encogido.
–Dahlia –dijo Cole exasperado.
Marisa levantó a su hija en brazos mientras le lanzaba a Damian una mirada de disculpa.
–Vamos a comer algo –dijo saliendo con la niña.
Jordan se cruzó de brazos.
–Por mucho que encandiles a las mujeres de esta familia, a nosotros no nos engañas.
Mia ya había tenido suficiente.
–Damian no me ha engañado.
No llevaba ni un día en Welsdale y ya parecía haber caído de nuevo en esa dinámica familiar en la que todos creían que sabían lo que era mejor para ella.
Por otro lado, estaba demasiado enfadada y se negaba a admitir delante de ellos que su relación con Damian era solo un ardid por el beneficio de ambos.
–Mia –dijo su padre con tono de advertencia–, que alguien me explique cómo has acabado conociendo a este… –miró a Damian de arriba abajo y añadió:– tipo.
–¡Ha crecido en Welsdale! –dijo exasperada y alzando las manos.
–Y de algún modo han acabado del brazo en el Ruby Ball –señaló Cole mirando a Damian.
Camilla abrió los ojos de par en par mientras Serg murmuraba algo.
–Os lo explicaría –dijo Mia–, pero ya veo que sería inútil.
En ese momento todos empezaron a hablar a la vez. Se había desatado el caos, y todo por un magnate de la tecnología que no era tan sosegado como parecía.
Mia alzó la voz.
–¡Damian y yo nos marchamos! Está claro que aquí nadie está de humor para mantener una discusión civilizada.
Mientras Damian conducía alejándose de la casa de los Serenghetti, Mia estaba sentada a su lado sumida en un silencio sepulcral. La miró por el rabillo del ojo, pero ella tenía la mirada clavada al frente.
Su llegada a casa de los Serenghetti había tenido el recibimiento esperado, pero bajo ningún concepto iba a sentirse rechazado o inferior solo porque la familia de Mia mirara a los Musil por encima del hombro, y mucho menos después de lo que los dos habían compartido en su piso.
No había querido imaginarla allí sola frente al resto de la familia en medio de una discusión. Y, además, el problema lo tenían con él.
Aunque Mia lo destriparía por semejante analogía, ahora mismo se sentía como un príncipe azul alejándose a caballo con la damisela en apuros. Él tenía un coche, no un caballo, y ella era una mujer que había demostrado saber cuidar de sí misma. Además, su armadura tenía unas
cuantas grietas generadas por su apellido, al menos en lo que respectaba a los Serenghetti.
–No me puedo creer que hayas irrumpido así en la Central Serenghetti –
dijo Mia finalmente antes de girarse hacia él.
–No he irrumpido en ningún sitio. Tu cuñada me ha abierto.
–Después de que la engañaras con esa excusa de que me había dejado algo.
–Porque te habías dejado algo. A mí.
–Gracias por dejar que todos se enteren de que he estado contigo. ¿En qué estabas pensando?
Él se aferró con fuerza al volante.
–No iba a permitir que te enfrentaras sola a las consecuencias.
–¿Lo dices porque mis hermanos se han puesto hechos una furia? –
resopló–. Por favor, llevo toda la vida acostumbrada a eso.
–Creo que la respuesta correcta es «gracias» –dijo Damian aun sabiendo que eso la irritaría.
–¿Por qué? Les has hecho pensar que pasa algo entre nosotros. Primero a Carl y ahora a mi familia.
–Pues tú no me has contradicho.
–Todo esto es una cuestión de negocios, nada más –respondió ella con rotundidad.
Él no dijo nada.
Mia se engañaba si creía que era solo una cuestión de negocios. Era una cuestión de disputas familiares; una cuestión de decisiones condicionadas por emociones y desconfianzas. Y, sobre todo, era una cuestión que los atañía a los dos y que tenía que ver con esa corriente de deseo que fluía entre ellos.
Cuando habían terminado de jugar al golf con los Bensen, Larry había comentado que firmaría una carta de intenciones para venderle el negocio.
Sin embargo, aún tenían que discutir los detalles y los respectivos abogados tenían que hacer los trámites correspondientes, por lo que todavía no había nada cerrado. Aun así, Damian sabía que estaba muy cerca de adquirir la empresa de Larry. Sin embargo, por extraño que pareciera, ahora mismo esa era la última de sus preocupaciones.
–Cuando estás con tu familia, actúas como si estuvieras en una misión encubierta –dijo él.
–¿No haces tú lo mismo con la tuya? Si puedo creerme lo que dices, eres la oveja negra de los Musil.
–Así que los dos somos unos rebeldes con causa.
Ella se apartó el pelo de la cara.
–Te has pasado dando información. Ha sido como una provocación hacia Cole.
Él sonrió.
–Intentaba desequilibrar a mi oponente.
–¿Y qué habrías hecho si te hubieran empezado a caer puñetazos?
–Eso no habría pasado, te has puesto delante de mí. ¿Quién iba a decir que una Serenghetti iba a salir en defensa de un Musil?
–Entre mis hermanos y tú, tú eras el menos dañino.
Damian soltó una carcajada.
–¿Por qué tienes que ser tan mordaz cuando nos hacemos sentir tan bien el uno al otro?
–Habla por ti –dijo ella sonrojándose.
Ojalá pudiera besarla una vez más.
–Has estado magnífica, te has mantenido firme. Resulta que no hace falta que yo sea el duro.
–Se me ha olvidado coserme una capa de superheroína.
–No la necesitas. Además, ¿no eras la chica del cancán? Me gustó ese disfraz.
–Y tanto que te gustó.
Él esbozó una amplia sonrisa.
–Y para que quede claro, estuve en el equipo de lucha del Instituto Welsdale y desde entonces practico artes marciales –no añadió que era cinturón negro. Concentrar sus energías en esas prácticas lo había ayudado a lidiar con su familia y con su carrera.
–Cole y Jordan boxean por diversión.
–Por mucho que a tus hermanos les hubiera gustado echarme de casa a golpes, Cole tiene una reputación empresarial en la que pensar y Jordan una imagen pública que mantener, por no hablar de sus contratos de patrocinio.
Además, Dahlia estaba allí. Es una niña adorable, por cierto.
–Alguien tenía que ponerle algo de ternura a la situación.
–Bueno, ya hemos llegado –dijo él con falsa alegría al entrar en el aparcamiento del lujoso edificio.
Unas gotas de agua cayeron en el parabrisas. Justo a tiempo.
Mia suspiró y abrió la puerta.
–¿Cuándo volvemos a Nueva York? –preguntó al bajar.
Él sacó la bolsa de viaje del maletero.
–Mañana. Va a ver tormenta, así que vamos a quedarnos aquí.
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