Pack Bianca y Deseo octubre 2021
Cap�tulo Siete
Capítulo Siete
–¿Qué? ¡Tiene que ser una broma! –Mia cerró la puerta del coche y miró al cielo–. A mí no me parece que tenga mala pinta.
–Las típicas palabras antes de que los cielos se abran y se desate el infierno.
Ella se quedó sin habla y estupefacta mientras él avanzaba hacia el edificio con su bolsa.
¿Es que no iban a acabar los problemas? Corrió tras él.
–Ya chispeaba cuando te has presentado en casa de mis padres. Por eso deberíamos volver a Nueva York –agarró el asa de su bolsa obligándolo a detenerse.
Damian tenía el pelo empapado. Parpadeó y una gota que se le había aferrado a las pestañas cayó hacia sus labios sensuales y su mandíbula esculpida.
–A estas horas no hay ningún autobús hacia Nueva York y lo sabes.
–Pues entonces alquilaré un coche.
–No deberías conducir con este tiempo.
–Pues entonces iré a un hotel –estaban prácticamente pegados el uno al otro mientras sujetaban la bolsa y se estaban calando por segundos.
–Tengo un piso con una habitación de invitados.
–Sí, y tú vienes incluido.
Damian se inclinó hacia ella y quedaron nariz con nariz.
–¿Qué pasa? ¿Te da miedo no ser capaz de resistirte a mí?
Mia tomó aire, furiosa y avergonzada.
–¡Vamos, por favor! –contestó, aunque en realidad le habían molestado sus palabras. No le gustaba la debilidad y mucho menos admitirla.
–Bien. Entonces no hay problema.
A Mia le había sido imposible no pensar en el beso de la fiesta de disfraces. Había resultado embarazoso, pero también ardiente, seductor y placentero. Pero había sido un beso accidental. Más difícil de explicar era el
que habían compartido hacía solo un rato en ese mismo piso al que ahora se dirigían. Pero bueno, ya reflexionaría sobre ello en su viaje de regreso a Nueva York. Sola.
Damian seguía allí paralizado como una roca, ajeno a la lluvia que seguía cayendo.
–Por un momento he pensado que te oponías a la solución más sencilla por…
–Pues te equivocas.
–Me alegro de que eso haya quedado claro.
Ella apenas tuvo oportunidad de procesar sus palabras antes de que la lluvia comenzara a caer con más fuerza.
Damian maldijo, la agarró de la mano y tiró de ella.
Cuando entraron en el piso, estaban fríos y empapados.
Mia tembló y Damian soltó la bolsa y le lanzó una de las dos toallas que había sacado de un armario cercano.
–Toma.
–Gracias –ella se secó la cara y el pelo y en ese momento se dio cuenta de que tenía el polo blanco pegado a la piel y que se le transparentaban el sujetador de encaje y los pezones erectos.
Y a juzgar por la dirección en la que miraba Damian, él también se había fijado.
Mia, mirando su torso de músculos claramente definidos, se colocó la tolla delante y se aferró a ella.
–La habitación de invitados está al fondo, por si quieres ir a cambiarte.
–Gracias –Mia agarró la bolsa y fue hacia allí con la intención de poner algo de distancia entre los dos y de recomponerse.
De ningún modo se quedaría ahí. Sin embargo, por desgracia para ella, la lluvia torrencial no cesó mientras se puso un chándal y se refrescó en el baño.
Estaba entre la espada y la pared. Si seguía insistiendo en marcharse, por un lado resultaría una terca y por el otro parecería estar admitiendo que le daba miedo quedarse a solas con él. Pero si se quedaba, podría pasar algo…
«Venga, Mia. Te has enfrentado a situaciones más incómodas que esta».
Además, podía confiar en sí misma… ¿verdad?
Cuando salió de la habitación, encontró a Damian en la cocina.
–No suelo estar mucho por aquí, así que parece que nuestras opciones son básicamente pizza congelada y refrescos –dijo señalando a la comida dispuesta sobre la encimera.
–Justo lo que me imaginaba.
Aunque Damian aún tenía el pelo mojado, se había cambiado y se había puesto unos vaqueros y una camiseta.
–¿Significa eso que me consideras de los que tienen la nevera vacía a excepción de un envase con sobras de comida a domicilio?
En lugar de responder, ella se acercó a la caja de pizza.
–¿Feta, piña y pepperoni?
–¿No las has probado nunca? –preguntó Damian fingiendo sorpresa.
–Yo soy más de la de espinaca y alcachofa, pero estoy segura de que estará… deliciosa.
–Fíate de mí.
¿No era ese el problema?
Mia apartó la mirada de él y se entretuvo abriendo un bote de refresco de cereza. Luego, mientras Damian calentaba la pizza, se concentró en poner la mesa y fingió estar comprobando correos del trabajo en el teléfono.
Lo que fuera con tal de distraerse y no mirar a Damian, que se movía por la cocina con total naturalidad.
Cuando se sentaron en la pequeña mesa del comedor, dio unos bocados y se sintió sorprendentemente relajada y con más hambre de lo que creía.
–Parece que al final sí te ha gustado la pizza de pepperoni, piña y feta.
Ella tragó y se limpió la boca con una servilleta.
–Me ha sorprendido lo buena que está.
–Siento no haber podido ofrecerte la comida casera que habrías tomado en tu casa.
Impactada por su inesperada disculpa, Mia sintió la necesidad de reconfortarlo.
–Sí, pero entonces habría tenido que aguantar a mi familia y, como has podido ver, a veces las familias son complicadas. Es como si te colocaran en un lugar y te encasillaran ahí. Al menos eso es lo que siento.
–Eso es lo que pasa con la gente que te conoce desde hace mucho tiempo.
Ella dio un trago al refresco.
–Por favor, no vayas de rebelde otra vez. Además, tú pareces la personificación del sueño americano. Hijo de inmigrantes que se convierte en multimillonario.
–Sí, pero cuando eres inmigrante, la lealtad familiar suele importar más.
Según mi padre, debería haberme quedado en Welsdale para haber llevado a Construcciones JM a nuevas cotas. Y después de que mi madre muriera, nos quedamos solos mi padre, mi hermano y yo.
–Lo siento –Mia sabía que la madre de Damian había muerto de forma repentina cuando él tenía trece años. En aquel momento ella tenía solo diez, pero había oído a la gente del pueblo mencionarlo.
Damian se encogió de hombros.
–Pasó hace mucho tiempo.
–Pero la herida sigue ahí.
–Esa herida es lo que me convirtió en lo que soy ahora, aunque no creo que mi padre lo entienda.
Ella ladeó la cabeza como si no acabara de comprenderlo.
–De pronto sentí que en la vida había que correr. No solo para alejarme de la tristeza de mi casa, sino porque había comprobado de primera mano el cliché de que la vida es corta. Cuando mi madre murió, dejé que la ambición fuera mi motor.
La ambición también era el motor de Mia, pero qué terrible tenía que ser que estuviera provocada por la muerte de uno de tus padres.
–Así que durante cinco años estudié en la Carnegie Mellon para sacarme una licenciatura conjunta en Informática y Empresariales.
–Y el resto ya es historia –dijo ella medio en broma.
–Solo si lees la prensa empresarial.
–Tampoco es que te vaya muy mal en la escena social.
–¡Claro! Me presenté en el Ruby Ball acompañado por Mia Serenghetti.
Ella se sonrojó.
¿De verdad necesitaba conocer tan en profundidad a Damian Musil?
Para ella era mucho más sencillo tratarlo simplemente como un personaje bidimensional: un villano con atractivo sexual.
Mia, con una taza de manzanilla entre las manos, se hizo un ovillo en un rincón del sofá. Era casi medianoche y fuera la lluvia caía con fuerza acompañada por relámpagos y truenos.
Aunque había sido un día muy largo, no había podido dormir. Los Bensen eran encantadores, pero eso no la había ayudado a relajarse del todo durante la partida de golf. Imposible hacerlo cuando había estado pendiente de cada movimiento de Damian. En cierto momento, había visto a Allison mirándola con gesto de complicidad. ¿Quién iba a imaginar que una Serenghetti y un Musil iban a estar en el mismo equipo?
Y después Damian la había dejado atónita al presentarse en casa de sus padres. Él había ido hasta allí para defenderla y ella, a su vez, había saltado en su defensa. Y ahora todos creían que eran pareja.
–Me había parecido oír un ruido.
Mia se sobresaltó y dejó la taza en un extremo de la mesa.
Damian estaba junto a la puerta, con el torso desnudo y unos pantalones de chándal. Si simplemente en vaqueros y camiseta ya emanaba un intenso atractivo sexual, ahora ahí, semidesnudo y despeinado por estar recién salido de la cama, provocó en ella una reacción para la que no estaba preparada.
Bajo la tenue luz de una lamparita pudo distinguir las líneas de los músculos de sus bíceps, su abdomen y sus pectorales. Estaba claro que hacía deporte, y si encima a eso le añadías que había estado en el equipo de lucha y que practicaba artes marciales…
Cuando Damian apretó los labios, ella desvió la mirada. Mientras no hubiera contacto, no pasaría nada.
Él avanzó y se sentó a su lado.
–Siento haberte despertado –murmuró ella.
–A mí también me estaba costando dormir.
Mia siguió acurrucada en el rincón, pero Damian se estiró y echó un brazo sobre el respaldo del sofá. Cada vez le estaba costando más contenerse para no tocarlo. ¿La estaría poniendo a prueba? Parecía la personificación de la serenidad mientras que ella estaba ahí conteniéndose con desesperación.
–Estos truenos podrían despertar a cualquiera –comentó él.
«Tú sí que podrías despertar a cualquiera», pensó Mia.
Mientras había intentado conciliar el sueño en la habitación de invitados, había sido consciente en todo momento de que Damian estaba al otro lado de la pared y no había podido parar de pensar en él.
–¿En qué pensabas?
Ella se sonrojó.
–Solo miraba la lluvia.
–¿Te daban miedo las tormentas cuando eras pequeña?
–No mucho.
–¿Entonces no es probable que vayas a saltar a mis brazos de miedo? –
bromeó él.
Mia se puso derecha, estiró las piernas y plantó los pies en el suelo.
–Sí, en tus sueños.
–En mis sueños casi puedo saborearte, ¿sabes?
Ella soltó una risa estrangulada.
–Pues deben de ser unos sueños muy realistas.
–Mucho.
Un cosquilleo la recorrió.
–¿Quieres detalles? –preguntó él con tono suave e íntimo.
–¿Qué sabor tengo?
«Nada de tocar, nada de tocar, nada de tocar». Se aferró a esas palabras como a un salvavidas.
–¿Qué parte de ti estoy probando?
Unas imágenes de lo más eróticas le cruzaron la mente.
–¿Intentas seducirme?
Él le agarró la mano y se la besó antes de decir:
–No te supone ningún problema resistirte a mí, ¿lo recuerdas?
Mia respiró hondo.
–Es verdad.
Había decidido no dar el primer paso, pero ¿qué pasaría si lo daba él?
–Yo, en cambio, te deseo con locura.
–Ah –Mia quiso preguntarle desde cuándo.
–Tus hermanos lo saben, me lo han notado, y a tu familia no le gusta.
–¿Qué más da?
Ella lo miró a los labios y después a los ojos.
Era como si la estuviera animando a dar el primer paso, a tocarlo. La tensión sexual irradiaba de él como el calor irradiaba de una hoguera. Qué pena que la lluvia que caía fuera no pudiera extinguir las llamas que la estaban devorando.
Se humedeció los labios.
Sinceramente, ahora le costaba mucho verlo como el malo de la película. Se había plantado en casa de sus padres y, tras el impacto inicial, a ella le había encantado verlo allí. Esa situación había puesto a prueba su lealtad y su impulso de protegerlo de su familia la había dejado muy confundida.
Era un Musil, pero había empezado a verlo simplemente como
«Damian». ¿Amigo, enemigo o algo más?
–Puedo resistirme a ti sin ningún problema –dijo Mia, aunque ni siquiera a ella le resultaron convincentes esas palabras.
–Tal vez, pero no hemos dicho que yo pueda resistirme a ti.
Si había sido Damian el que la había tocado primero, ¿significaba eso que ella ya no tenía que contenerse?
Deslizó la mano sobre su hombro y, ejerciendo una delicada presión, le acercó la cabeza hacia ella.
–¿Un último acto de rebeldía al enrollarte con un Musil? –murmuró él.
–¿Por qué no? –susurró ella contra sus labios–. De todos modos, todos piensan que ya lo he hecho.
Damian dejó escapar un gemido y entonces sus labios se tocaron en un beso ardiente y lleno de promesas.
Él le ladeó la cabeza y, tomándose su tiempo, exploró su boca. Y
cuando quiso más, ella echó la cabeza atrás y Damian se inclinó hacia ella y la tendió en el sofá.
Sin dejar de besarla, le abrió la camisa del pijama.
Mia arqueó la espalda y los pezones se le endurecieron al rozar el torso de Damian. Le ardía el cuerpo mientras se movía en busca de sus caricias y se le aceleró el pulso por la excitación del momento.
Damian le bajó la camisa dejando expuestos un hombro y un pecho.
Con los labios le recorrió la mandíbula y un lado del cuello antes de detenerse a mordisquearle el hombro y acariciarle el pecho con besos delicados.
–¿Siempre vas por casa sin camiseta? –logró decir ella con un suspiro.
Él soltó una risita.
–Oye, al menos me he puesto los pantalones antes de salir aquí. No quería escandalizarte.
–Llevamos semanas escandalizando.
–¿Por qué parar ahora?
Antes de poder responder, Mia sintió su boca en su pecho y se le nubló la mente. Hundió los dedos en el cabello de Damian y se entregó a las atenciones que le estaba dando.
Una intensa sensación anidó entre sus piernas. Y cuando él pasó a acariciarle el otro pecho, gimió.
–Mia –dijo Damian con la voz entrecortada–, eres aún más espectacular de lo que imaginaba.
–¿Qué sabor tengo?
–Sabor a cielo –respondió él justo cuando el destello de un relámpago le iluminó los ojos.
Ella le acercó la cabeza para besarlo y sintió su erección rozándola. Era evidente que estaba excitado.
Cuando el beso terminó, Damian se puso de pie y, antes de que Mia pudiera reaccionar, la levantó en brazos. Instintivamente, ella lo rodeó por el cuello y se aferró a él mientras cruzaban la sala. Fuera retumbaban los truenos y la lluvia caía con furia.
–¿Haces esto para demostrar lo fuerte que eres? –bromeó Mia–. No hacía falta, me he creído lo de las artes marciales y todo eso.
Damian abrió la puerta del dormitorio con una patada.
–No lo hago por presumir, sino porque estoy desesperado y tengo protección en mi habitación. O eso espero.
Al instante, Mia se vio tendida en la enorme cama.
Con un par de movimientos fluidos, Damian abrió una bolsita que tenía en la mesilla de noche y dejó el envoltorio plateado sobre la madera pulida.
Ella se alzó, apoyándose en los codos y, al fijarse en las sábanas arrugadas, dijo:
–Parece que estabas teniendo una noche complicada.
–Ni te lo imaginas –respondió él mientras se quitaba los pantalones del chándal.
¡Por Dios!
–¿No necesitas tu ropa?
–No. Te necesito a ti. Ahora.
La agarró del tobillo y tiró de ella hacia él. Después de quitarle los pantalones, se detuvo y dijo con admiración:
–Braguitas rojas.
Ella se sonrojó.
–Tenía prisa y son las primeras que he visto.
Damian intentó terminar de desabrocharle la camisa de franela, pero le temblaban los dedos. Su impaciencia y la sorpresa de verlo nervioso la excitaron aún más.
–Déjame a mí.
Mientras Mia desabrochaba los botones, él le acariciaba las piernas y las nalgas y después le recorrió el muslo interno con los labios.
–Vamos a quitarte estas braguitas rojas de seda.
Y entonces sintió la boca de Damian posada en su calor y gimió.
Se quitó la camisa y lo llevó hacia él.
–¿Qué quieres, Mia? –preguntó Damian respirando contra su boca.
–A ti. Te quiero a ti.
En ese momento, y mientras los truenos retumbaban fuera, se aferraron el uno al otro. Damian la tocaba por todas partes, excitándola con la boca y las manos. Sin saber cómo, intercambiaron posiciones y ella terminó sentada encima de él y acariciando su miembro. Damian suspiró y cerró los ojos.
–Mia…
Ella lo acarició con la boca, saboreándolo, mientras él enredaba la mano en su pelo.
–Qué maravilla –exclamó Damian.
Se sacudía bajo sus atenciones y cuando ella notó que estaba al límite, se incorporó, se echó el pelo a un lado y le puso el preservativo. A continuación se inclinó para besarlo de nuevo y él la sorprendió tendiéndola sobre la cama con un movimiento rápido. Después de saborearla, Damian se adentró en ella con un movimiento fluido y ambos gimieron.
Él murmuró algo ininteligible contra su cuello y al momento empezó a moverse marcando un ritmo al que ella puso el contrapunto. La sujetó por las caderas y comenzó a embestirla en el punto exacto.
–¡Oh! –exclamó Mia entre jadeos.
–Déjate llevar –le gimió él al oído–. Hazlo para mí.
Mia no necesitó más estímulo. Inmediatamente se sacudió contra el cuerpo de Damian desencadenando también el orgasmo de él. Se quedaron aferrados el uno al otro mientras oleadas de sensaciones los anulaban dejándolos sin respiración.
Un momento después, Damian se giró para tumbarse en la cama y se echó un brazo sobre los ojos.
–He subido al cielo.
Ella se rio.
–¿Mejor que tus fantasías?
Damian se giró hacia ella y se apoyó en un codo.
–Sí, y eso que he tenido muchas –respondió mientras deslizaba un dedo entre sus pechos–. Solía preguntarme en qué estaría pensando la chica de los ojos brillantes.
–Venga, si apenas te fijabas en mí.
–Sí que lo hacía.
–Cuando tú estabas en el último año de instituto, yo estaba en primero.
–¿Recuerdas la fiesta en la piscina de Jacinda? No podía dejar de mirarte.
Ella recordaba haberlo mirado también a él disimuladamente.
–Me acuerdo de que estuve en un montón de tiendas buscando el bañador retro perfecto.
–Uno que acentuara tus curvas –contestó él trazándole un círculo con el dedo alrededor de un pecho.
–Uno que contrastara con mi color de piel.
–Si tú lo dices.
–Mmm –Mia suspiró con languidez y giró la cabeza cuando un destello dorado desde la mesilla de noche captó su atención–. ¿Llevas joyas?
–Es un recuerdo con el que viajo a veces –se detuvo y la miró a los ojos–. Una cadena que me compró mi madre cuando nací.
–Tu madre sigue formando parte de ti.
–Sí.
Conmovida y sorprendida por una información tan íntima, Mia supo que estaba fracasando en su intento de mantener las distancias.
Habían mantenido las distancias durante años porque la rivalidad de sus familias había sido como un muro infranqueable incluso a pesar de la atracción que sentían, pero ahora ese muro se estaba desmoronando.
Se le aceleró el corazón. Habían salido juntos, se habían besado, habían llegado a conocerse mejor y a descubrir cuánto tenían en común… y acababan de tener sexo.
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