Pack Bianca y Deseo octubre 2021
Cap�tulo 10
Capítulo 10
HELENA salió de su dormitorio sintiéndose como si estuviera dentro de un sueño.
No había tenido mucho tiempo para pensar en la explosión de pasión que los había consumido. Tan pronto como había salido de la ducha, habían llegado la estilista y sus dos ayudantes para convertirla en princesa por una noche.
Helena había deseado pedirles que se fueran y tener el lujo de poder poner en orden sus pensamientos antes de tener que enfrentarse a Theo otra vez.
Durante todos esos años había anhelado sentir la plenitud que sabía que experimentaría tras hacer el amor con él. Había sido bonito. Había sido tal y como ella había soñado que sería.
No se arrepentía de nada.
Lo que la inquietaba era la reacción que había tenido Theo.
No esperaba que él se marchara sin más. Sin hacer ningún comentario acerca de lo que ella se había perdido durante tres años. Sin guiñarle el ojo ni una sola vez. Se había marchado y, aparentemente, estaba tan aturdido como ella.
Helena suponía que debía estar agradecida por el hecho de que la estilista la estuviera distrayendo, ya que, de otro modo, estaría hecha un manojo de nervios pensando a dónde se dirigirían. ¡Al palacio!
Si Theo lo había planeado con antelación, había hecho bien en mantenerlo en secreto. No solo la iba a llevar a su lugar favorito, sino que, además, allí se encontrarían con muchos de sus amigos. Ella siempre se había sentido torpe en su compañía. Todos eran muy sofisticados, sobre todo las mujeres, y ella siempre se preguntaba si habrían compartido la cama con Theo. Ella había percibido la antipatía que mostraban hacia ella y Theo siempre la había acusado de ser insegura.
Por ese motivo, ella disfrutó tanto del tiempo que estuvieron en Sidiro.
Allí, estuvieron solos durante un mes, viviendo una vida normal, disfrutando del sol y el mar, sin pretensiones.
Al final del pasillo había un espejo de cuerpo entero y, al verse, se recordó que ya no era la mujer ingenua de antes. Se había convertido en una mujer fuerte. Ya no se sentiría intimidada y tampoco tendría que sentirse celosa por nada.
A pesar de todo, bajó por las escaleras con un nudo en la garganta, el corazón acelerado y las piernas temblorosas, de modo que tuvo que agarrarse a la barandilla dorada para mantener el equilibrio.
Theo oyó pasos y se puso alerta.
Agarró con fuerza el vaso de whisky que tenía en la mano y se puso en pie, preparándose para la llegada de Helena.
Él había tardado treinta minutos en arreglarse. Se había dado una ducha, acicalado la barba que estaba dejándose, y se había vestido y peinado. El resto del tiempo lo había pasado leyendo el informe que su asistente personal le enviaba al final de cada día. Normalmente, él enviaba algunos comentarios a modo de respuesta, pero ese día no podía concentrarse y no fue capaz de preparar una respuesta.
Lo único en lo que deseaba pensar era en revivir el momento en que había hecho el amor con Helena. Por mucho que intentara no pensar en ello, más imágenes invadían su cabeza. Era una especie de tortura mental.
Theo esperaba que fuera un momento explosivo, pero no contaba con que superara las expectativas que se había creado durante los años.
Tampoco que las emociones entraran en juego. Eso no era parte del plan.
Además, se suponía que ella no seguiría siendo virgen.
Al sentir las pisadas más cera, respiró hondo y se preparó para recibirla.
Helena se detuvo en la galería.
Theo respiró hondo de nuevo.
Ella se había quitado las gafas y se había puesto lentillas, de forma que su rostro quedaba completamente despejado.
Su piel brillaba de una manera que él nunca había visto antes. Llevaba el cabello oscuro recogido en un moño, sin un mechón fuera de su sitio y su maquillaje era perfecto. La tela del vestido, reluciente.
–¿Qué te parece? –preguntó ella con timidez–. ¿Estoy bien?
Él se aclaró la garganta y asintió.
–Estás preciosa.
Tan preciosa que Theo se sentía como si le hubieran dado un golpe en el corazón.
El palacio real de Agon era el sueño de cualquier arquitecto, tan colorido como las vidas de las personas que lo habitaban. Tenía diversas influencias, desde turcas a francesas, y se mezclaban para crear aquella maravilla. Helena recordaba que, de pequeña, cuando se dirigía a casa de sus abuelos desde el aeropuerto, veía las coloridas torretas del palacio en la distancia. Tan pronto como llegaban, ella pedía papel y lápices de colores e inmediatamente se ponía a dibujarlo. Esos habían sido sus primeros intentos de dibujar un edificio y lo que había desatado su amor por el palacio y la arquitectura.
Una vez en el interior del palacio, los guiaron hasta una sala donde había otros cincuenta invitados. Les ofrecieron champán y canapés y Theo le presentó a muchas personas, a algunas de las cuales ella reconocía de tres años antes.
Durante un instante, ella deseó agarrar la mano de Theo como había hecho entonces y sentir su apoyo. Él se había reído de sus inseguridades, pero había permanecido a su lado. Las veces que no lo había hecho era porque ella se había atrevido a soltarle la mano, provocando que otras personas se acercaran a él y la dejaran a ella a un lado, hasta que Theo conseguía librarse de sus acompañantes y se acercaba a rescatarla.
Había estado tan acostumbrada a ser una mujer bajo el mandato de un hombre que no se daba cuenta de que debía haberse rescatado a sí misma.
Sus inseguridades no habían sido culpa de Theo.
Helena lo miró un momento mientras él hablaba con una mujer alta y delgada que ella reconocía como una de las mujeres con las que él había salido después de que ella se marchara, y sintió que empezaba a aflorar un sentimiento de celos. Theo no estaba coqueteando con ella, simplemente estaba siendo agradable. Habían sido sus inseguridades lo que anteriormente le había hecho temer que, al apartar la vista de la bella mujer con la que estaba hablando y mirar hacia ella, Theo se diera cuenta de que Helena no era la mujer adecuada para estar a su lado.
Helena se metió un canapé en la boca y se lo comió tratando de no fruncir el ceño. Recordaba haberse quejado de que los amigos de Theo no hablaban con ella a menos que estuviera junto a Theo. Él le había dedicado una sonrisa y le había masajeado la frente con suavidad.
–Este es el motivo –le había dicho–. Cuando tienes miedo, frunces el ceño. Y a la gente le da miedo hablar contigo. Pareces enfadada.
–Pero no lo estoy –había dicho ella.
Él la había besado en la frente antes de darle un abrazo.
–Lo sé, agapi mou. Lo sé.
Y era cierto que lo sabía. Y había intentado protegerla, pero era imposible permanecer pegado a alguien durante toda una noche.
Helena se comió otro canapé. Qué insegura había sido. Observó a la mujer que hablaba pegada a la oreja de Theo y se fijó en que no estaba comiendo nada. Era lo mismo que había sucedido tres años antes, Helena había sido la única invitada que probaba bocado. Tenía demasiada hambre para hacer otra cosa. Se fijó en que una mujer muy delgada la miraba y no fue capaz de interpretar si era una mirada de envidia o de desdén.
Ella levantó la copa de champán a modo de saludo. La mujer apartó la mirada rápidamente.
–Muy bien hecho –murmuró Theo.
Helena sintió que se le aceleraba el corazón. No se había dado cuenta de que se había acercado a su lado.
Ladeó la cabeza hacia él e inhaló el aroma de su piel.
–Debería haber aprendido el arte de la indiferencia hace muchos años.
–No estoy seguro, creo que prefería a Helena la celosa.
–No era racional.
–Lo sé.
Se miraron a los ojos durante unos instantes…
Entonces, Theo, se terminó la copa de champán.
–Prontos nos iremos hacia el anfiteatro –se acercó para hablarle al oído y bajó el tono de voz–. Cuando lleguemos a casa voy a quitarte el vestido y a hacerte llegar al orgasmo con la lengua.
Helena sintió que una ola de calor la invadía por dentro y pensó que se iba a desmayar allí mismo.
La imagen de ambos haciendo el amor provocó que un fuerte calor se instalara en su entrepierna.
Helena pisó con firmeza la alfombra antigua que cubría el suelo�
Aunque solo le sirvió para que recordara cómo había perdido la virginidad sobre el suelo del dormitorio.
De pronto, comprendió la magnitud de lo que había sucedido.
Había tenido relaciones sexuales con Theo. En el suelo de su dormitorio. Y si Theo quería marcharse de la fiesta, llevarla a casa y hacerle todo lo que sugería…
Helena estaba dispuesta a acompañarlo. Él no tendría que preguntárselo dos veces.
Tratando de calmar su respiración, bebió un sorbo de champán, recordando que estaba en el palacio real.
Entonces, miró a Theo a los ojos y por el brillo de su mirada supo que él sabía que sus palabras habían tenido el efecto deseado. Helena deseaba ofrecerle su propio juego, observar cómo se estremecía mientras la hacía estremecer.
Se puso de puntillas, y le susurró al oído:
–Cuando regresemos descubrirás si llevo ropa interior o no –le acarició el lóbulo de la oreja con la lengua y dio un paso atrás para observar su efecto.
Theo se quedó paralizado.
Helena sonrió y arqueó las cejas.
–¿Cómo vamos a ir al anfiteatro?
Él puso una amplia sonrisa y soltó una carcajada. La rodeó por la cintura, la estrechó contra él y la besó en la frente.
–En tren, agapi mou –después bajó el tono de voz y dijo–. Te has metido en un lío, pequeña descarada.
El tren resultó ser un transporte eléctrico que había instalado el rey Helios para atravesar las extensas tierras del palacio. Puesto que habían cerrado los jardines al público para el día, el rey, sus dos hermanos y las esposas de la realeza se trasladaron junto a los invitados en carruajes que evocaban la imagen de una época donde viajar en tren era algo lujoso y exótico.
Con la ventana abierta, Helena cerró los ojos y agradeció la brisa fresca en el rostro. La necesitaba, especialmente cuando Theo estaba sentado tan cerca de ella. Sus muslos se rozaban y él la agarraba de la mano como si
fuera de su propiedad. Helena necesitaba recuperar un poco de cordura.
Estaba en una carroza con el príncipe Talos y su bella esposa y lo único en lo que podía pensar era en regresar a la casa de Theo y disfrutar mientras él la poseía otra vez. Sin duda, lo único que podía pensar del príncipe era lo aterrador que era, posiblemente el hombre más grande que había conocido nunca. Muchos hombres de su tamaño podrían considerarse gigantes delicados, pero el príncipe Talos no era uno de ellos� No hasta que Helena vio la expresión de ternura que ponía al mirar a su esposa.
De pronto, sintió que las lágrimas afloraban a sus ojos. Theo solía mirarla de esa manera�
Helena trató de recordarse que no quería que él la mirara así. Le había entregado su cuerpo. Nada más. Al día siguiente regresarían a Sidiro y ella volvería establecer una relación puramente profesional.
No obstante, durante ese día y esa noche, podrían satisfacer todas las fantasías que en su momento provocaron que se trasladaran al borde de la locura.
Theo entró en la casa y se detuvo un instante a escuchar el silencio.
Tenía la sensación de no haber reparado en nada de todo lo que le habían dicho durante la fiesta. A excepción de las palabras de Helena. Pensando en ello, ni siquiera recordaba con quién había hablado. Aparte de con Helena.
Y en cuanto al espectáculo del anfiteatro, bien podría haber estado en otro idioma porque no había entendido nada.
¿Cómo iba a concentrarse en algo así cuando la mujer más deslumbrante del mundo alteraba todos sus sentidos? ¿Y cuando no dejaba de insinuársele con la mirada?
Cuando terminó el espectáculo, él la miró a los ojos y supo que debía cancelar su asistencia a la fiesta privada que daría el príncipe Talos después de la representación. ¿A quién le importaba mostrarle al mundo que la mujer que lo había dejado plantado había regresado cuando podía llevársela a casa y devorarla otra vez?
¿Quién podía pensar en venganza cuando un deseo ardiente lo consumía en todo momento? ¿Cuando la piel suave de tu objeto de venganza no dejaba de rozarle su brazo? ¿Cuando su mano delicada sujetaba la suya con fuerza?
–¿Una copa? –preguntó él.
Deseaba hacerle el amor, pero quería hacerlo despacio, tal y como debería haber hecho la primera vez. Su primera vez�
La guio hasta el salón que había junto a la galería y apretó el botón para que se abriera la cristalera antes de dirigirse al bar.
–¿Qué te apetece?
Ella sonrió y contestó mientras se dirigía hacia la puerta que había abierto:
–¿Qué vas a tomar tú?
«A ti», pensó él mientras abría una botella de ouzo y lo mezclaba con vodka en una coctelera. Después, añadió zumo de limón y de naranja y unos cubitos de hielo. Lo agitó y los sirvió en dos vasos.
Él sacó las copas y encontró a Helena descalza sobre el césped que había bajo la galería, contemplando la oscuridad del mar y con la luz de la luna iluminando su rostro.
–Toma –le dijo.
Ella agarró la copa con una sonrisa y bebió un sorbo con la pajita.
–¿Un greek doctor?
Él sonrió.
–¿Lo recuerdas?
–Recuerdo tener mi primera resaca por esto. Y la última.
–¿Todavía? –Theo nunca olvidaría aquella noche, Helena no estaba acostumbrada a beber más que un poco de vino y se había tomado un cóctel durante su estancia en Sidiro. Él había tenido que llevarla en brazos hasta la habitación del hotel. Por la mañana, le dolía tanto la cabeza que prometió que nunca más volvería a beber. Y durante el tiempo que estuvieron juntos, nunca lo hizo.
Mirándolo a los ojos, volteó el contenido de la copa.
–Siempre aprendo la lección.
Él la miró un instante.
–¿Intentas decirme algo?
–Solo que tú y yo… No quiero que te hagas una idea equivocada.
–¿Y qué idea sería esa?
–Que vamos a volver a estar juntos. No es así. Cuando regresemos a Sidiro, nuestra relación volverá a ser puramente profesional.
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