Tan cerca
01. Elder
—No va a ser fácil —susurro mientras contemplo la puerta metálica de la sala de máquinas, en el nivel de navegación de la Fortuna.
En el reflejo mate veo los ojos oscuros de Eldest justo antes de morir, y también veo la sonrisa torcida de Orion mientras disfrutaba de la muerte de Eldest. En alguna parte, bajo mis rasgos clonados y el recuerdo de cada Eldest que me ha precedido, tiene que haber algo que sea solo mío, exclusivamente mío e imposible de encontrar en el material genético que hay en el laboratorio de abajo.
Al menos, eso me gusta pensar.
Paso el pulgar sobre el escáner biométrico. Al abrirse, las puertas se llevan la imagen de un rostro que nunca he sentido como mío.
Un olor mecánico —una mezcla de metal, grasa y alguna sustancia en combustión— me envuelve al entrar en la sala de máquinas. Las paredes vibran con el latido amortiguado del motor de la nave, un bruuum, uiii, bruuum que antes me parecía hermoso.
Los navegadores de elite me esperan en posición de firmes. En la sala de máquinas suele haber una actividad frenética, con decenas de navegadores que intentan localizar la avería de nuestro reactor refrigerado por plomo; pero hoy he solicitado un encuentro privado con los diez mejores navegadores, los oficiales de mayor graduación que dependen directamente de mí.
Comparado con ellos, me siento desaliñado. Llevo el pelo demasiado largo y despeinado, y debería haber reciclado mis ropas hace mucho tiempo. Ellos, sin embargo, van vestidos con túnicas y pantalones impecables. Los navegadores no tienen uniforme —nadie va de uniforme en esta nave—, pero Marae, la navegadora primera, exige pulcritud a todos los que trabajan a sus órdenes, y sus subordinados van ataviados con la misma ropa de tonos oscuros que lleva ella.
Marae pertenece a la generación de los veintitantos años. Es poco mayor que yo, pero ya tiene patas de gallo y su boca dibuja una curva descendente. Un carpintero podría comprobar la precisión de su nivel guiándose por el corte del flequillo de Marae. Amy dice que todos los tripulantes de la Fortuna nos parecemos. Dado que somos monoétnicos, supongo que en cierto modo tiene razón. Pero nadie podría confundir jamás a Marae con ninguna otra persona, ni pensar que se encuentra ante alguien de menor categoría que un navegador de elite.
—Eldest —dice a modo de saludo.
—Ya te he dicho que me llames Elder.
Marae frunce el ceño. La gente empezó a llamarme Eldest en cuanto asumí el cargo. Siempre he sabido que en algún momento me convertiría en Eldest, aunque nunca soñé que sería tan pronto. Aun así, nací para este puesto. Soy este puesto. Y aunque sea incapaz de identificarme con él, lo noto en el modo de cuadrarse de los navegadores y en cómo Marae espera a que le diga algo.
Pero no puedo aceptar ese nombre. La primera vez que alguien me llamó Eldest delante de Amy, ella entornó los ojos y se quedó helada durante un minuto. Fue más que suficiente para comprender que nunca podría soportar que me mirase y viese a Eldest.
—Puedo hacer de Eldest sin cambiar de nombre —digo.
Marae no parece estar de acuerdo, pero lo deja pasar.
Los otros navegadores de elite me miran expectantes. Están inmóviles, con la espalda recta y cara de perplejidad. Sé que su perfección se debe en parte a la mano dura de Marae como primera navegadora, pero también sé qué otra parte es herencia del pasado, de lo mucho que les exigía Eldest antes de que lo matasen.
En su obediencia estoica no hay ni rastro de mí.
Me aclaro la garganta.
—Necesitaba… eh… hablar con vosotros, los navegadores de elite, sobre el motor.
Trago saliva y noto en la boca un sabor amargo. Procuro no dirigir la vista hacia ellos. Si miro sus rostros —esos rostros mayores y más experimentados que el mío—, perderé los nervios.
Pienso en Amy. La primera vez que la vi, solo distinguí su pelo de un rojo intenso arremolinándose como tinta helada en el agua, y su piel pálida, casi tan traslúcida como el hielo que la rodeaba. Ahora, al recordarla, veo el gesto decidido de su mandíbula, su postura erguida que la hace parecer más alta cuando se enfada.
Respiro hondo y doy unas zancadas hacia Marae. Nuestras miradas se cruzan; tiene la espalda recta y los labios apretados. Aunque estoy invadiendo su espacio, ella no retrocede. Levanto los brazos y le empujo los hombros con tanta fuerza que se estampa contra la mesa de mandos de detrás. Las emociones asoman a las caras de sus subordinados: la navegadora segunda Shelby parece confusa; el navegador noveno Buck entorna los ojos y aprieta los dientes; el navegador tercero Haile le susurra algo al navegador sexto Judee.
Pero Marae no reacciona. Su comportamiento demuestra lo diferente que es de los demás habitantes de la nave: ni siquiera cuestiona mi autoridad cuando la empujo.
—¿Por qué no te has caído? —pregunto.
Marae se separa de la mesa de mandos.
—El borde ha frenado mi trayectoria —contesta en tono frío, aunque capto cierto recelo en sus palabras.
—Habrías seguido cayendo si algo no te lo hubiese impedido. Es la primera ley del movimiento —cierro los ojos brevemente, intentando recordar todo lo que he estudiado para preparar esta conversación—. En Tierra Solar había un científico llamado Isaac Newton.
Se me traba la lengua al decir el nombre; no estoy seguro de cómo hay que pronunciar una palabra con dos aes seguidas. Seguro que lo he hecho mal, pero no me importa. Además, los otros saben de sobra a quién me refiero. Shelby mira a Marae con nerviosismo; sus ojos recorren una, dos, hasta tres veces la cara extrañamente impertérrita de la navegadora primera. La fría pose de los demás navegadores se derrite.
Reprimo una sonrisa de amargura: cualquiera diría que me dedico a quebrar el orden perfecto que a Eldest tanto le costó crear.
—Al tal Newton se le ocurrieron algunas leyes del movimiento. Las cosas sobre las que escribió parecen evidentes del frexo, pero…
Niego con la cabeza, perplejo por lo sencillas que eran las leyes que formuló. ¿Cómo no se me había ocurrido pensarlo antes? Y Eldest… ¿Por qué me enseñó los fundamentos de todas las ciencias pero no se le ocurrió nombrar a Newton ni a sus leyes del movimiento? ¿No las conocería, o es que también quería ocultarme esa información?
—Lo que más me llama la atención es lo que dice de la inercia —digo mientras echo a andar, una costumbre que me ha pegado Amy.
Me ha pegado muchas cosas, incluida la costumbre de dudar acerca de todo. Todo.
Mi duda principal es un temor que no me he atrevido a expresar hasta ahora, hasta el momento de plantarme frente a los navegadores mientras el motor vibra a mis espaldas.
Cierro los ojos unos segundos y, en la negrura que hay tras mis párpados, veo a mi mejor amigo, Harley. Veo el vacío del espacio cuando se abrió la escotilla y su cuerpo salió despedido. Veo el esbozo de una sonrisa en sus labios justo antes de morir.
—En el espacio no hay fuerzas externas —explico en un tono de voz apenas más alto que el bruuum, uiii, bruuum del motor.
Ninguna fuerza podría haber impedido que Harley saliese disparado por la escotilla hace tres meses. Y ahora que está en el espacio, no hay fuerza alguna que pueda impedirle flotar eternamente entre las estrellas.
Los navegadores me observan expectantes. Marae entorna los ojos. No piensa facilitarme las cosas: voy a tener que arrancarle la verdad.
—Eldest me dijo que el motor estaba perdiendo rendimiento, que llevábamos cientos de años de retraso y que teníamos que arreglarlo si queríamos llegar a Tierra Centauri —prosigo. Me doy media vuelta y escruto el motor como si pudiera responderme—. Pero no lo necesitamos, ¿verdad? No necesitamos combustible. Solo hace falta el suficiente para alcanzar la velocidad máxima. Luego podríamos apagar el motor. Aquí no hay fricción ni gravedad: la nave seguiría atravesando el espacio hasta llegar a nuestro destino.
—Sí, esa es la teoría —no sé si la voz de Marae suena recelosa porque no confía en la teoría o porque no confía en mí.
—Si el motor no funciona, y lleva décadas sin funcionar, el problema debería ser que vamos demasiado rápido, ¿no? Que corremos el peligro de pasar de largo el planeta al que nos dirigimos…
Mi voz empieza a vacilar. Lo que estoy diciendo contradice todo lo que creía saber, pero desde la muerte de Eldest he estado investigando el problema del motor y no encuentro una correlación entre lo que me contó Eldest y lo que he aprendido en los libros de Tierra Solar.
—¡Frexo! —estallo—. En realidad, nuestro problema debería ser que vamos a estrellarnos contra Tierra Centauri porque no podemos reducir la velocidad, ¡no que vamos a flotar sin rumbo por el espacio!
Me imagino que el motor tiene ojos y que él también está observándome.
Recorro a los navegadores con la mirada y, en ese momento, comprendo que todos — ¡todos!— saben que nuestro problema no reside en el combustible ni en la aceleración. Lo saben desde el principio, no les he dicho nada nuevo. Claro que los navegadores de elite conocen a Newton, las leyes físicas y la inercia; faltaría más. Nunca se han creído las mentiras de Eldest sobre el combustible y el retraso en nuestro viaje.
He sido un estúpido del frexo al pensar lo contrario.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunto, y mi bochorno alimenta la rabia que siento —. ¿Le ocurre algo al motor? ¿Y al combustible?
Las miradas de los navegadores se dirigen a Marae, pero ella me escruta en silencio.
—¿Por qué me mintió Eldest sobre esto?
Siento que pierdo el control. No sé qué me esperaba. ¿Que resolvería el gran problema y que los navegadores se apresurarían a arreglarlo? No sé; creí que sería suficiente con decirles que las leyes de la física contradicen todas las explicaciones que me dio Eldest. No pensaba que diría lo que he acabado diciendo, y que mirarían a la navegadora primera en vez de a mí.
—Eldest te mintió —responde Marae con calma— porque nosotros le mentimos a él.