Tan cerca
30. Amy
Examino la lista impresa y suelto un taco: otro rompecabezas de Orion.
Me vuelvo hacia la puerta del laboratorio, pero Victria sigue encerrada. Las indicaciones de Orion eran sencillas: 1, 2, 3, 4. Si la puerta quieres desbloquear, todos los números has de sumar. Cuento los nombres: hay veintisiete personas en la lista. Las puertas de este nivel se abren con una clave numérica; tal vez alguna de ellas se desbloquee tecleando 27.
Sin pararme a pensarlo, hago ademán de llamar a Elder por el intercom: seguro que le gustaría estar comigo cuando descubra el secreto. Sin embargo, recuerdo la ira que había en su voz cuando ordenó el toque de queda y mi mano se detiene antes de apretar el botón. Le prometí que iría directamente a mi cuarto y me encerraría allí. Si se entera de que no le he hecho caso, se va a poner furioso.
Aferrando la lista, salgo a paso ligero de la sala de los congelados y me dirijo al corredor que hay al fondo del nivel. En él hay cuatro puertas de metal reforzado, cada una con un panel numérico de acceso. La que da a la sala de las estrellas es la segunda. Tiene el panel manchado de pintura roja, un recuerdo de la última noche de Harley. Está flanqueada por otras dos puertas, y al final del pasillo se abre otra más, la mayor de todas.
Empiezo por la primera, que tiene un panel de acceso con letras y números. Empiezo tecleando 27, pero un mensaje parpadeante aparece de inmediato en la pantalla: ERROR. LA CLAVE DEBE CONSTAR DE UN MÍNIMO DE 4 DÍGITOS. Pruebo con 0027, y al ver que no funciona, lo escribo: V-E-I-N-T-I-S-I-E-T-E. Nada.
Avanzo hacia la derecha, paso la puerta de la escotilla y pruebo lo mismo en las dos puertas que quedan.
Nada.
Exasperada, cuento de nuevo a las personas de la lista: veintisiete. Vuelvo corriendo al descansillo del ascensor y compruebo en un flexible que hay encima de una mesa la lista oficial de congelados. Veintisiete también.
De todos modos, no se me escapa la razón por la que Orion me ha dejado esta lista: quiere recordarme que el porcentaje de militares entre las personas crionizadas es alarmante para los nativos de la nave. A Orion le parecía que ese era motivo suficiente para matarlos a todos, incluido mi padre. Y aunque es verdad que veintisiete personas son muchas para un total de cien, estoy convencida de que las sospechas de Orion son fruto de una mente enferma: mi padre jamás aceptaría esclavizar a nadie.
Vuelvo a las puertas e intento abrirlas otra vez, pero no se inmutan. No sé cuál será la clave, pero desde luego no es 0027 ni V-E-I-N-T-I-S-I-E-T-E.
Soltando un bufido de frustración, vuelvo al ascensor, subo hasta el hospital, me encierro en mi cuarto como le prometí a Elder que haría y me quedo mirando la hoja de papel hasta dormirme.
Por primera vez en mucho tiempo sueño con Jason, el novio que tenía en la Tierra. En el sueño, estamos juntos en la fiesta en la que nos conocimos. Todos los recuerdos que guardo de esa fiesta son escenas divertidas, llenas de risas y bailes, pero en el sueño no hay más que humo de cigarros y cretinos que derraman encima de mí la cerveza de sus tazas rojas de plástico.
Cuando Jason y yo salimos de la casa, empieza a llover. Y no es una romántica tormenta de verano, sino un chaparrón frío al que mi padre habría llamado «una tromba», que se me mete en los ojos y me hace daño en la piel.
—Ahora que no puedo tenerte, te quiero —dice Jason cuando nos separamos.
—Fuiste el primero para todo —contesto yo.
Él niega con la cabeza.
—No, no lo fui.
Antes de que logre comprender a qué se refiere, Jason vuelve a besarme. Es un beso viscoso y torpe; nuestros dientes entrechocan y su lengua se agita dentro de mi boca como un pez agonizante.
Retrocedo y, al mirarle, descubro que no es Jason sino Luthor.
—Nunca escaparás —dice.
Intento huir, pero me quedo petrificada mientras Luthor se aproxima aún más. Su boca se ensancha en una sonrisa que descubre unos dientes negros, podridos. Abro la boca para chillar, pero antes de que pueda hacerlo, sus labios se pegan a los míos.
Me incorporo, debatiéndome contra la sábana enredada. Tengo las mejillas húmedas, pero no sé si es sudor o lágrimas. Me levanto a toda prisa, corro al baño y me lavo la cara con agua fría, aún jadeante por el esfuerzo de contener el chillido.
Apoyo las manos a los lados del lavabo, incapaz de dejar de temblar. No reconozco a la chica del espejo: ojos rojos, labios agrietados, miedo que rezuma por todos los poros… No me gusta admitir lo mucho que Luthor me asusta. Me abrazo el torso y aprieto fuerte. ¿Por qué tengo tanto miedo de él, si apenas ha llegado a hacer nada? ¿Es ese «apenas» razón suficiente para temerle?
Sí.
El cuarto de baño parece encogerse a mi alrededor. Lo que necesito ahora mismo es salir a correr, pero me da miedo lo que puede acecharme en la oscuridad, en los sitios donde no hay nada más que vacas y ovejas y nadie puede oír un grito de socorro.
Y eso me pone furiosa.
Porque no solo se trata de Luthor, aunque él sea lo peor. También me asustan los ojos que se clavan en mí cuando entro en la ciudad. La forma en que algunos de ellos, como Lil, la madre de Harley, siguen dando un respingo al verme. La conciencia de que ya toda mi vida será así y no hay nada que pueda hacer para cambiarlo, aunque fuera capaz de arrancar el motor de la nave en segunda. No puedo cambiar quién soy ni de dónde vengo, y eso hace que ellos no puedan aceptarme.
Me visto tan deprisa que me lío con la tira del pelo y tengo que empezar de nuevo. No creo que haya nadie fuera aún —es demasiado temprano—, pero prefiero no correr riesgos. Me aseguro de que la lista que encontré ayer está a salvo dentro de mi bolsillo y salgo de mi cuarto. Tardo poco en atravesar el hospital y recorrer el camino que lleva al tubo gravitacional; justo cuando alcanzo la plataforma, la lámpara solar se enciende y me ciega por un momento. Aprieto el botón del intercom para activar el tubo gravitacional.
El aire empieza a empujarme hacia arriba, y por un momento me tienta la idea de salir de un salto y llamar a Elder para que venga a recogerme. Mi pelo comienza a flotar en mechones y, de pronto, el aire se acelera y toda mi melena se estira hacia arriba como un bosque de bracitos. Por un instante estoy de puntillas sobre la plataforma de cemento, y al siguiente —¡fiuuuu!— salgo disparada por el tubo. Cierro los párpados: no quiero ver cómo el nivel de alimentación disminuye a medida que yo me elevo más y más. Solo vuelvo a abrirlos cuando el aire se detiene y me deposita en el nivel de mando.
Trato de recolocarme la tira de tela, pero es inútil. Me la quito con exasperación y la meto en un bolsillo: de todos modos, no me hace falta camuflarme ante Elder.
Abro la boca para llamarle y la cierro de golpe al darme cuenta de algo: por primera vez en tres meses, no he empezado el día yendo al nivel de criopreservación para ver a mis padres.
Me desperté sintiéndome sola, triste y vacía por dentro… y vine aquí.
Con Elder.
Del mismo modo que Victria fue a refugiarse con Orion.
De modo que Orion no estaba en lo cierto. Mi verdadero refugio es Elder. Él es mi casa.
El nivel de navegación está totalmente silencioso; me voy a sentir como una idiota si, después de haberme tomado el trabajo de subir hasta aquí, Elder no está. Pero mientras atravieso la Gran Sala empiezo a oír ronquidos suaves. Me asomo por la puerta del dormitorio de Elder, que está abierta.
Dormido parece más joven, despojado de los años que el caos de ayer arrojó sobre su cara. La habitación está muy desordenada, con ropa tirada por todas partes a pesar de que Elder tiene una especie de cesto que le limpia la ropa automáticamente y al instante. En el aire flota un aroma almizclado que no es exactamente el olor de Elder, pero que me recuerda a él todavía más. Si cayera aquí desde cualquier otro lugar del universo, aun con los ojos vendados podría adivinar que es donde vive Elder.
Doy varias zancadas para esquivar la ropa y me siento en el borde de su cama, junto a sus pies. El colchón cede bajo mi peso y Elder parpadea.
—Amyyyy… —dice con voz pesada por el sueño, mientras una sonrisa se extiende por su cara—. ¡Amy! —exclama de pronto, repentinamente despierto—. ¿Qué frexo…? ¿Cómo…? ¿Por qué estás aquí?
Se me escapa una sonrisa.
—Mira lo que he encontrado —le digo, tirando el papel que encontré en mi cápsula sobre su regazo. Él se estira como un gato para alcanzarlo.
—¿Qué es esto? —pregunta mientras sus ojos recorren la página.
—Una lista de todo el personal militar que hay criopreservado en el nivel de abajo. La he comparado con el registro oficial y coincide.
Elder me mira con expresión perpleja.
—Es la siguiente pista que Orion me… nos dejó —explico.
—La pista anterior trataba de sumar cosas —dice Elder, mirando el papel con el ceño fruncido.
—Sí, ya lo sé. He contado los nombres y hay veintisiete. Pero cuando intenté acceder a las puertas de abajo con esa clave, no se abrieron. Probé en todas con números y con letras.
No sé qué esperaba obtener de Elder —¿que recordara de pronto otra puerta bloqueada en algún lugar recóndito de la nave?, ¿que cuente de nuevo los nombres y descubra que en realidad no hay veintisiete?—, pero él se limita a suspirar y me devuelve el papel. Aparta el cobertor y se levanta, y solo entonces me doy cuenta de que no lleva pantalones. De hecho, lo único que lleva puesto son unos calzoncillos de lino blanco, bastante más ajustados y cortos que los bóxers que solían llevar los chicos de la Tierra. Me quedo pasmada mirándolo; cuando entré aquí y fui directa a sentarme en su cama, no pensé en lo que podría llevar puesto, pero ahora…
Elder suelta una carcajada y me mira con cierto aire de suficiencia.
—¡Anda, cierra la boca y ponte unos pantalones! —protesto mientras le lanzo la almohada a la cara.
Aún estoy colorada mientras Elder —ya vestido— me conduce al tubo gravitacional del centro de Aprendizaje. Enciende su intercom para conectar el tubo, se da la vuelta y extiende una mano hacia mí.
¿Qué narices…?
—Ve tu primero; yo iré detrás —digo retrocediendo.
Él levanta una ceja, con los labios torcidos en media sonrisa.
—Vamos, Amy, monta conmigo.
Ya lo hice una vez, claro, pero entonces estaba atontada por el fidus. Además, eso fue antes de que… de que empezara a pensar que tal vez no sería tan terrible pasarme la vida encerrada en una nave si Elder se paseara en calzoncillos a mi alrededor más a menudo.
Antes de que pueda volver a protestar, Elder me acerca más a él y el calor de su cuerpo me envuelve. No se pega a mí —sabe que su contacto aún me hace sentir incómoda—, pero noto su brazo firme en torno a mi cintura y sé que nunca me dejaría caer. Se acerca al tubo sin soltarme, en una especie de giro de baile, y aprieta el botón de su intercom con la mano que le queda libre.
—¿Preparada? —susurra, y la palabra me roza la mejilla como una brisa de verano.
Asiento sin decir nada: no sé dónde se han quedado mis palabras.
El aire cobra vida dentro del tubo y empieza a moverse en espirales vertiginosas que me revuelven el pelo y nos pegan la ropa al cuerpo. Elder me estrecha más fuerte, da un paso y de pronto me encuentro suspendida con él en el vacío.
Durante un momento caemos por la oscuridad existente entre este nivel y el sucesivo. El corazón me late en la garganta, no solo por la sensación de velocidad y vértigo que da viajar en el tubo, sino también por la forma en que los brazos de Elder me rodean, acercándome más que nunca a él. En realidad, no caemos: más bien somos absorbidos por la fuerza del tubo, que nos arrastra hacia abajo mucho más rápido que la gravedad normal. Me acurruco contra Elder, cruzo las manos detrás de su nuca y entierro la cara en su hombro, pero su abrazo sigue teniendo la misma firmeza. Elder es lo único estable en este caos vertiginoso.
La luz estalla dentro del tubo: hemos salido del nivel de navegación y bajamos ya por el de alimentación. Nuestra trayectoria se curva para seguir el techo del nivel de alimentación, que es abovedado, y ahora ya no caigo hacia abajo, sino sobre Elder. Se me pasa por la cabeza escabullirme de sus brazos, pero mi cuerpo no quiere abandonar la seguridad de su abrazo.
Echo un vistazo por encima de su hombro y veo todo el nivel de alimentación extendido ante mí. No siento nada al verlo —ni odio ni amor—, así que cierro los ojos de nuevo y me pierdo la visión de los campos y los edificios que se precipitan hacia nosotros según nos acercamos al suelo.
Y entonces el viento se detiene, el pelo me cae sobre los hombros convertido en una maraña y los dos nos quedamos suspendidos en el aire unos segundos antes de tocar suavemente la plataforma.
—¿Lo ves? —me dice Elder mientras me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja —. ¿A que no ha sido tan terrible?
Doy un paso para salir de la plataforma, reprimiendo el impulso de atusarle el pelo yo también.
Cuando echamos a andar por el camino, nuestros hombros se rozan. Me hago a un lado y me adelanto un poco a él.
—Venga, vamos —le digo, incapaz de mirarle a los ojos.