Tan cerca

Beth Revis · Capítulo 6 de 71

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Tan cerca

06. Amy

Se supone que este intercom me conecta con la nave, pero lo único que consigue es que me sienta aún más desconectada de mi pasado. Y sin embargo… sin embargo, lo necesito, como ha dicho Doc. Aquí no estoy a salvo.

Me agarro una muñeca. Ya hace mucho que desaparecieron los cardenales, pero hace tiempo, unas manos me aferraron las muñecas y me obligaron a tumbarme…

Abro los dedos y respiro hondo. No voy a pensar en eso. No puedo pensar en eso.

Para distraerme, miro el intercom. Me imagino los cables trenzados separándose, deslizándose bajo mi piel y atravesando mi carne. Llevo una pulsera que estuvo dentro de otra persona. Es como llevar un colgante hecho de dientes o pendientes hechos con recortes de uñas… Y lo peor de todo es que pertenecía a Orion. Me gustaría arrancarme de la muñeca esto que fue suyo y destrozarlo, pero algo dentro de mí me lo impide.

Al menos, con el intercom puedo llamar a Elder. Estas últimas semanas lo he visto cada vez menos. Lo entiendo, claro; sé que está muy ocupado. Pero no puedo evitar sonreír; será agradable poder hablar con él.

Pulso el botón y pronuncio su nombre. Me acerco el intercom a la oreja esperando oír su voz. ¡Bip!

—Enlace de comunicación denegado —dice una bella voz de mujer.

Bueno, me gustaría poder hablar con Elder… si contestase a mi llamada.

Me acerco el aparato a los ojos. En uno de los cables hay unas diminutas letras negras; si no hubiera mirado el intercom tan de cerca, nunca habría reparado en ellas. Separo con el dedo el cable rojo para verlas con más claridad.

Es una sola frase, tres palabras repetidas una y otra vez con letras pequeñísimas:

Abandonad toda esperanza.

¿Cómo es posible que Doc haya pasado esto por alto?

Dijo que había limpiado el intercom. Supongo que es otra prueba más de lo trastornado —por decirlo suavemente— que estaba Orion. No me extrañaría que Doc hubiese visto el mensaje y me hubiese dado el intercom de todos modos: al fin y al cabo, unas palabras impresas en un cable no hacen que el aparato funcione o deje de funcionar. A Doc le preocupa más la utilidad que los restos de locura de Orion que puedan quedar trenzados en este trasto.

Por otra parte, la frase es de lo más acertado: si hay algo que ya no tengo, es esperanza. Es como si Orion hubiese dejado ese mensaje exclusivamente para mí.

Entonces caigo en la cuenta: lo dejó para mí.

Doc dijo que el intercom venía con una nota. En cierto modo, es la herencia que Orion me legó.

La cabeza me da vueltas. No hace falta que nadie me diga que no hay esperanza para mí en esta nave; a esa conclusión he llegado yo sola. Pero tal vez… tal vez quisiera decir otra cosa. Sé de dónde viene esa frase. Según la señora Parker, mi profesora de Lengua de segundo, es una de las frases más reconocibles de la literatura, al mismo nivel que esa en la que Rhett le dice a Scarlett que le importa un bledo o la otra en la que Hamlet se pone a dudar entre ser o no ser. «Abandonad toda esperanza» es la frase que hay escrita sobre las puertas del infierno en La divina comedia de Dante.

Como los libros no estaban al alcance de cualquiera hasta que Elder asumió el mando de la Fortuna, lo más seguro es que Doc no lo sepa. De todos los que viajamos a bordo de la nave, es probable que yo sea la única familiarizada con los libros de la Tierra.

Aparte de Orion, claro, que pasó casi toda su vida escondido en el archivo con la única compañía de las palabras y los personajes de ficción.

Cuanto más lo pienso, más convencida estoy: no es una frase casual que Orion garabateó porque sí. «Abandonad toda esperanza» es una frase muy concreta de un libro muy concreto, escrita en un intercom que Orion dejó expresamente para mí.

A lo mejor estoy viendo cosas donde no las hay. Seguramente no sea nada. Pero ya estoy harta de tanta nada; estoy lista para hacer algo. Lo que sea. Prefiero ir al archivo a buscar la frase en La divina comedia antes que quedarme aquí sentada mirando las paredes. Me subo la cremallera de la chaqueta, salgo de la habitación y me dirijo al ascensor. Estoy nerviosa; me gustaría echar a correr. Pero cuando salgo al exterior, recuerdo que si corro llamaré más la atención, así que echo a andar con la cabeza gacha y me pongo la capucha.

Al subir la escalera que lleva al archivo, miro hacia arriba. En una especie de hornacina junto a la puerta hay colgado un retrato de Elder, uno de los últimos cuadros que pintó Harley. Es lo más cerca de Elder que he estado en varios días; cada hora que pasa está más ocupado dirigiendo la Fortuna. En cierto modo, él está aún más atrapado que yo.

El Elder del cuadro contempla su reino limitado por paredes de metal. Me vuelvo y miro en la misma dirección que sus ojos pintados.

El brillo de la lámpara solar me ciega momentáneamente y, en ese segundo de oscuridad, me doy cuenta de algo que no sabía: no necesito ver el paisaje para conocer hasta el último rincón del nivel de alimentación que tengo delante. Aunque cierre los ojos, sigo viendo los campos que se extienden entre colinas idénticas y equidistantes. Sé de qué color están pintados los remolques que forman la ciudad al otro lado de la nave. Conozco el punto exacto donde se pierden de vista los remaches que mantienen unida la cúpula. Podría dibujar cada nube pintada en el techo.

Intento hacer memoria para recordar mi casa de Colorado, pero no soy capaz de verla con exactitud. ¿Las contraventanas eran rojas o granates? ¿Qué flores tenía plantadas mi madre en el jardín?

Ya conozco mejor la Fortuna de lo que recuerdo la Tierra.

—Aparta, anomalía —dice una mujer robusta, empujándome con el hombro al salir del archivo. Debo de parecer aún más rara que de costumbre, arrebujada en una chaqueta cuando todo el mundo lleva manga corta y plantada como una idiota en el umbral del archivo.

Por el camino del hospital pasa una mujer seguida de un chico alto y delgado que se queda mirándome. Me ajusto aún más la capucha. Mientras baja la escalera, el chico se gira para no perderme de vista. Hay algo en sus ojos que me incita a dar media vuelta y entrar a la carrera en el archivo.

La Fortuna no solo ha sustituido a la Tierra en mi cabeza; además, ahora es el único hogar que tengo. Un hogar lleno de gente que esconde pensamientos siniestros tras sus ojos oscuros.

Sacudo la cabeza en un intento de despejar los recuerdos de mi antiguo hogar y la imagen del chico que acabo de ver. No me sirve de nada pensar en ello.

En el archivo reinan la penumbra y el silencio. Hay varias personas dentro, pero no me prestan atención. En el exterior, donde la falsa luz del sol resalta la palidez de mi piel y el rojo de los mechones que asoman bajo el pañuelo, su actitud sería muy diferente. Pero aquí, concentrados en la información que ven y entienden por primera vez, no reparan en mí.

Por eso me gusta venir.

Casi todos se agolpan ante las pantallas gigantes que cuelgan de las paredes. Aunque Elder ha abierto el archivo entero a todos los habitantes de la nave, los escasos alimentadores que acuden se quedan plantados ante las pantallas. Muy pocos se aventuran en las salas llenas de libros, y menos todavía van a las otras dos plantas a visitar las galerías de arte.

Cada flexible colgado en la pared tiene un rótulo que indica el tema al que está dedicado. Los más populares son los de Historia, Agricultura y Ciencia. Un grupo de unas diez personas observa un diagrama de un reactor nuclear en el flexible de Ciencia y discute en voz baja sobre algún detalle del dibujo.

El flexible menos frecuentado es el de Literatura. Solo hay unas cuantas chicas leyendo un ejemplar de Romeo y Julieta. Les cuesta entender el lenguaje más que a mis compañeros de primero. Me pregunto si, una vez superados los «vos», los «vuestra merced» y el lío de Capuletos y Montescos, se marcharán de aquí pensando que eso es el amor. Por un momento me tienta detenerme a su lado para hablarles del debate que mantuvimos en clase de primero, en el que yo defendía que Romeo y Julieta no estaban enamorados de verdad. Por entonces estaba muy segura de mí misma. Gané el debate (como premio, aquel día me fui a casa sin deberes), y recuerdo que rebatí la tesis del equipo contrario tan apasionadamente que toda la clase se puso de mi lado. Pero ahora… ahora soy incapaz de recordar ni uno solo de mis argumentos. ¿Cómo voy a defender que Romeo y Julieta no representa el amor de verdad, ante un grupo de gente que no tiene ni idea de lo que es el amor? Claro que tampoco lo sé yo; solo sé lo que no es.

De pronto, las pantallas de todos los flexibles de la pared se funden en negro.

—¡Eh! —grita una de las chicas que estaban leyendo a Shakespeare.

—¿Qué pasa? —gruñe un hombre corpulento ante el flexible de Agricultura.

Unas letras grandes y brillantes se deslizan por las pantallas y llenan el vestíbulo con una sola frase repetida una y otra vez.

SÉ TU PROPIO LÍDER

Abro los ojos como platos y me calo la capucha, tirando tanto de ella que las costuras se tensan contra la nuca. Mientras todos están distraídos leyendo las frases, me escabullo deprisa al fondo, hacia las salas de los libros. Tenía que pasar algo así. Elder ha estado mucho tiempo conmigo en el archivo leyendo cosas sobre el orden público y la organización social, pero creo que no ha entendido esto: hay gente que querrá rebelarse simplemente porque ahora puede hacerlo.

—¿Quién ha sido? —pregunta una voz de hombre entre los murmullos de la gente. Su tono es receloso, asustado incluso, pero también agresivo, como si quisiera encontrar y castigar a quien haya pirateado la red de flexibles.

—¿Qué significa? —dice una mujer cerca de mí. Su amiga abre los ojos exageradamente y sacude la cabeza con tanta vehemencia que el pelo le azota las mejillas.

Una chica que está ante el flexible de Ciencia se pone a dar toques en la pantalla para intentar que desaparezca el mensaje. Las demás comienzan a susurrar, incómodas, al ver que no lo consigue: quien haya pirateado la red ha hecho un buen trabajo.

—Eldest tiene que arreglarlo —comenta el primer hombre, y tardo un segundo en comprender que está hablando de Elder. Muchas de las personas que lo rodean asienten con la cabeza sin dejar de mirar la pantalla, atónitos.

—Los flexibles se han estropeado cuando la anomalía ha pasado por delante —salta una de las chicas que leían Romeo y Julieta, y se pone a buscarme entre la gente que se agolpa en el vestíbulo.

Agacho la cabeza y entro corriendo en la sala del fondo; solo respiro aliviada cuando la puerta de la sala de Narrativa se cierra a mis espaldas. No tiene cerradura —casi ninguna estancia de la nave la tiene—, pero si consigo pasar inadvertida un rato, tal vez la gente del vestíbulo acabe por olvidarse de su rabia y de mí.

La sala de Narrativa es más pequeña que otras de esta misma planta; está claro que los constructores de la nave decidieron que la historia y la ciencia son más importantes que las novelas. Me encantaría que se pareciese más a la biblioteca a la que iba yo en la Tierra: pufs enormes repartidos por la sala, moqueta oscura, pósteres de escritores famosos en las paredes, ventanucos cuadrados y polvorientos por los que se filtraba la luz del sol… Esta sala, sin embargo, es fría, aséptica y demasiado limpia, como todas las demás. Me recuerda a una habitación de hospital con libros en lugar de camas: pavimento de baldosas blancas, paredes revestidas con paneles y una mesa metálica.

Aunque todo está limpísimo, los libros desprenden un olor a polvo y papel viejo que llena la sala. Aquí casi todo está en orden alfabético, independientemente del tema de los libros. Chaucer está junto a Agatha Christie, J. K. Rowling junto al Dr. Seuss, y este junto a Shakespeare. Llego al final del estante y miro en el siguiente, pero solo veo títulos ilegibles, algunos escritos en idiomas que me suenan vagamente (francés, alemán, italiano) y otros que soy incapaz de descifrar (¿chino, coreano, japonés?).

Podría entretenerme aquí hasta perder la noción del tiempo, pero tengo que comprobar si Orion me dejó alguna pista que siga a la del intercom. Abandono la sección de cuentos y poesía (Grimm, Goethe) y vuelvo al primer estante para pasar los dedos por los lomos desiguales de los libros. Me fijo en los títulos —El progreso del peregrino, El juego de Ender, La ratonera…— hasta llegar al que busco.

Infierno. PARTE PRIMERA DE La divina comedia, de Dante Alighieri. Está junto a un delgado volumen de sonetos de Shakespeare. Qué ironía: un libro de poemas de amor junto a un libro sobre el infierno. Saco el libro de poemas y lo dejo sobre la mesa metálica para colocarlo después en su sitio. Luego engancho con el dedo el lomo del Infierno de Dante.

Solo leer el título me trae a la mente las semanas que pasamos estudiándolo en clase de Lengua con la señora Parker. Recuerdo el duro asiento del pupitre. Recuerdo lo mucho que Ryan, Mike y yo nos reímos mientras hacíamos el trabajo de fin de curso.

Es curioso que un libro sobre el infierno me recuerde a la Tierra.

Al sacar el libro de la estantería, algo más cae al suelo. Me agacho para recogerlo: es una lámina rectangular de plástico negro, del grosor de una hoja de papel y del tamaño de mi mano. Al tacto me recuerda a un flexible, pero es más pequeño y en una esquina tiene algo en relieve, un trocito duro poco mayor que una uña. Me lo meto en el bolsillo: seguro que Elder sabe lo que es. Vuelvo a ponerme en pie y estiro el brazo para agarrar el libro de Dante.

Se abre la puerta y aparece la cara de una mujer. Tiene los ojos desorbitados de miedo y está muy despeinada. Pasa corriendo junto a mí y al llegar al otro extremo de la sala se esconde detrás de la última estantería.

Corro hasta allí y me arrodillo junto a su cuerpo tembloroso.

—¿Qué pasa? —pregunto estirando un brazo para tocarla.

Ahora que puedo verla con claridad, me doy cuenta de quién es: Victria, la amiga de Harley y Elder, la chica que se dedica a escribir. La última vez que la vi, le hablé de cómo era el cielo de la Tierra. Ella me escupió en la cara y me denunció ante todo el mundo.

Ella me aparta la mano. Está bañada en sudor y jadea con fuerza.

—Luthe… Luthor. Está…

Es él.

Se me hace un nudo en el estómago.

Es él: el hombre que me forzó hace tres meses y que utilizó la época reproductora como excusa para intentar violarme. Como Harley y Elder, era perfectamente consciente, ya que el fidus no le embotaba el cerebro. Sabía lo que hacía cuando me derribó y se tumbó sobre mí con todo su peso. Lo sabía cuando vio que la esperanza abandonaba mis ojos, cuando dejé de ofrecer resistencia.

Me dijo que se llamaba Luthe, pero Victria lo ha llamado Luthor, como el archienemigo de Supermán. Sin embargo, las hazañas de un supervillano calvo parecen un chiste comparadas con la maldad que se oculta tras la piel de este Luthor. Caigo en la cuenta de que Luthe es su apodo, el nombre por el que lo conocen sus amigos. La simple idea de llamarlo así me llena de asco: no me gusta pensar en él en los mismos términos que sus amigos.

La puerta vuelve a abrirse y Victria gimotea en voz baja, tapándose la cara. Me levanto de un salto.

Luthor está en el umbral. Recorre la sala con la mirada.

Sus ojos se clavan en mí.

Su boca se ensancha en una sonrisa extraña.

Seductora.