Tan cerca

Beth Revis · Capítulo 65 de 71

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Tan cerca

66. Amy

Elder se detiene junto a la bomba de fidus. Tiene los cables en la mano, pero no parece capaz de conectarlos; mira los mandos de la máquina, inmóvil. Me pregunto cuánto tiempo los habrá llevado en el bolsillo. Debe de guardárselos cada día al vestirse, de la misma forma en que yo me pongo mi colgante o me cubro el pelo. Pero ¿por qué los lleva? ¿Quiere recordar cómo eran antes las cosas para no caer en los mismos errores? ¿O quiere recordar que es capaz de manejar a la gente como hacía Eldest, y que puede volver a hacerlo en cuanto quiera?

Doc se vuelve hacia el tubo.

—Orion me lo confió todo, y yo le dejé vivir —dice—. Le ayudé a escapar. Pasó mucho tiempo escondido, sin dejarse ver. Yo no sabía que vivía en el archivo; ni siquiera sospechaba que estaba tan cerca de mí durante todos esos años. Pero antes de que lo crionizarais, me reveló sus secretos, y no pienso traicionar su confianza como habéis hecho vosotros.

Camina hasta colocarse al lado de Elder. Intento acercarme a él, pero Victria se interpone. Le tiembla la mano; no está acostumbrada a empuñar un arma, y la culata asoma entre sus dedos engarfiados. Pero da igual: por torpe que sea, solo tiene que doblar el dedo índice para matarme.

La estudio con cautela. Tiene el miedo escrito en la cara, y por el cuello le caen regueros de sudor. No le gusta esto; estoy segura de que preferiría no hacerme daño. Pero es como un animal acorralado, y sé que puede hacer cualquier cosa si se siente amenazada. Me quedo inmóvil.

—Ay, Elder… Intenté avisarte, ¿sabes? —dice Doc, sacando delicadamente los cables de entre los dedos de Elder—. Te advertí una y otra vez que debías seguir al líder.

—¡Estás loco! —grito—. ¡El líder es Elder!

Doc se vuelve hacia mí y me examina. Me da la impresión de que está calculando si merece la pena conservarme con vida, y no me fío nada de su conclusión.

—Yo también tenía la esperanza de que llegara a convertirse en un buen Eldest — repone—. Le di tres meses de plazo; pero a medida que la gente empezó a cuestionar su liderazgo más y más, fui dándome cuenta de que no servía. Y para rematarlo… apareció Bartie —dice, pronunciando el nombre con un desprecio infinito.

Miro a Bartie de reojo: sigue ahí plantado, tan atontado como Elder.

—Este insensato creyó que podía organizar una revolución —Doc suelta una risita seca—. Y la verdad es que mostró cierto talento cuando se introdujo en la red de flexibles y se infiltró en los intercoms. Pero a la hora de la verdad, es débil; no tiene las agallas necesarias para encabezar una auténtica revolución. Por otra parte, yo nunca hubiera permitido que las disensiones desembocaran en una rebelión. En cuanto volvamos a tener un líder, todas estas veleidades revolucionarias desaparecerán.

No me gusta nada el tono en que Doc pronuncia la palabra «desaparecerán».

—Traté de reconducir la situación —prosigue volviéndose de nuevo hacia mí—. Hice los parches de fidus y empecé a usarlos al ver que nadie más lo hacía. Elder podría haber usado esas muertes para poner a la gente en su sitio, pero… ¿acaso lo hizo? ¡No! —exclama, y le da un empellón a Elder que lo lanza contra la bomba de fidus —. Con el paso del tiempo, se fue haciendo cada vez más evidente que Elder debía dejar paso a otra persona. Tenía que seguir al auténtico líder; los avisos eran para él —dice golpeando el pecho de Elder con el dedo índice.

Elder no reacciona: sigue apoyado contra la bomba como un muñeco de trapo.

—¿Y Marae? —pregunto.

—Traté de razonar con ella. De todas las personas de la nave, ella era quien más razones tenía para apoyar a Orion. Pero no hubo manera: estaba empeñada en respaldar a Elder.

Doc deja los cables sobre la bomba —el fidus no es lo que más le preocupa en este momento— y avanza con paso decidido hacia el tubo de crionización.

—En cualquier caso, es demasiado tarde, Amy —dice con un suspiro de fatiga—. No sé si Bartie o Elder podrían llegar a convertirse en líderes algún día; lo que sí sé es que Orion ya lo es. Su único error fue confiarte a ti la decisión de aterrizar o no. No habría debido permitir que encontraras sus mensajes…

La cabeza me da vueltas.

—Pero entonces, ¿por qué me entregaste su intercom? —pregunto—. ¡Tenías que saber que ahí estaba la primera pista que me dejó!

Doc me observa.

—Lo hice porque él me lo pidió.

Y es verdad; así de simple. Por trastornado que esté, no cabe duda de que Doc es leal. No guardaba fidelidad a Eldest ni, desde luego, a Elder; ni siquiera creo que se la guarde a Orion. No, su fidelidad es hacia el sistema. Y si Orion es el líder de ese sistema, Doc lo obedecerá ciegamente aunque esté en desacuerdo con él.

Y sin embargo, esto no tiene sentido.

—Pero si tú me diste la primera pista —digo—, ¿quién saboteó el libro de poemas y la grabación de la sala de armas?

—También fui yo —contesta mientras examina un dial que hay en el panel de mandos del tubo.

—¿Tú? ¿Por qué?

Doc mira de arriba abajo como si no pudiera creer lo lenta que soy.

—No lo hice por mí. Si la nave aterriza en Tierra Centauri, puede que muramos todos sus habitantes. Todos, Amy. Sin embargo, soy una persona razonable. Cuando Orion despierte y se convierta en Eldest, podrá tomar la decisión final. Si elige aterrizar en la lanzadera, no me opondré. Lo que no me parece aceptable es que delegara en ti para una cuestión tan importante.

Y al fin entiendo por qué lo hizo: modificó el mensaje de la sala de armas y arrancó la página del libro porque no quería que mi búsqueda llegara a buen puerto. No quería que yo descubriera el secreto, pero tampoco era capaz de ignorar totalmente las instrucciones de Orion.

—¿Fuiste tú quien saboteó los trajes espaciales? —pregunto.

—Sí. Supuse que si llegabais hasta allí, uno de los dos los usaría.

—¿Y no te importaba cuál de los dos muriera?

—Si te sirve de algo —responde Doc volviéndose de nuevo hacia el panel de mandos —, te diré que esperaba que fueras tú.

En realidad, no me sirve de mucho saberlo.

—Nunca llegaste a ver lo que yo quería mostrarte —continúa Doc mientras baja una palanca—. Te obsesionaste tanto con el mensaje de Orion que pasaste por alto mi mensaje.

—¿Ah, sí? ¿Y qué querías mostrarme?

—Que lo importante no es salir de la nave. Amy, nunca podremos salir de aquí, nunca. Orion esperaba que algún día, en un futuro lejano, podríamos aterrizar, pero ni siquiera él estaba en lo cierto. Recuerda el arsenal y los resultados de las sondas: es demasiado peligroso. Tenemos que quedarnos en la Fortuna. Debemos mantener el mismo orden que ha reinado desde el primer Eldest.

Suelto un bufido de desprecio.

—Sé que tú piensas de manera distinta, Amy —dice Doc tranquilamente, como si estuviéramos manteniendo una discusión amistosa—. Pero no puedes negar que el sistema de gobierno de los Eldest funciona.

—Eldest estaba desequilibrado —replico—. ¿No lo viste al final? Lo único que le importaba era el poder.

—Sí, sí —contesta Doc quitándole importancia—. A lo largo de los años ha habido aberraciones en muchos de los Eldest y los Elder; es algo documentado. Y es cierto que Eldest debería haber renunciado a su cargo cuando Orion maduró. La posición de Eldest debería haber pasado a Orion, no a Elder.

—¡Orion estaba loco! —grito, y avanzo hacia el tubo apartando a Bartie de un codazo.

No debería haber reaccionado así. Solo he conseguido que Victria agarre la pistola con más fuerza —al fin y al cabo, está enamorada de Orion— y que Doc se pegue al tubo.

—Ni está loco, ni es ya Orion —repone Doc apretando un interruptor—. Ahora es Eldest.

Vuelve la cabeza y observa a Elder, que sigue inmóvil donde lo dejó.

—Tú nunca quisiste ser Eldest, ¿verdad? —le dice—. Por eso te negabas a aceptar el nombre. En el fondo sabías que no dabas la talla. Sigues siendo un mocoso, más preocupado por enamoramientos ridículos que por tus responsabilidades.

Elder asiente lentamente sin decir nada.

—¡No hables así de Elder! —exploto—. ¡Orion no era más que un cobarde que asesinaba a personas indefensas!

—No olvides que fue él, no Elder, quien te dio tu precioso planeta. Aun estando congelado, Orion te manipuló para que recorrieras la nave en busca de sus mensajes. Solo un auténtico líder puede controlar así a la gente.

Doc parece tan calmado, tan razonable… Jamás pierde la compostura. Ha matado a varias personas en nombre de Orion, ha conspirado para derrocar a Elder, pero ni siquiera mientras lo explica hay fuego en sus ojos. Se limita a avanzar con paso tranquilo e imparable hacia la meta que se ha fijado. Nos ha colocado a todos en los puestos que cree que merecemos: Orion va a ser Eldest, Elder seguirá siendo Elder… y yo, como siempre, escapo a todas sus categorías. Esa, y no otra, es la razón de que haya ordenado a Victria que me apunte a la cara con su pistola.

De pronto, me invade la certeza de que no voy a salir de esta. No encajo en los planes de Doc porque no encajo en la Fortuna, y Doc no soporta que haya nada —nadie— fuera de lugar. Necesita que todo sea perfectamente homogéneo, sosegado, sometido a un Eldest de verdad. Y yo nunca seré así.

Estoy tan segura de que no voy a salir viva de este laboratorio que me sorprende que Doc no le ordene a Victria disparar ahora mismo. Pero en vez de hacerlo, se limita a teclear un código en el panel del tubo y luego se gira hacia mí.

—Amy, yo no sirvo para dirigir a la gente —dice—. Lo sé muy bien. Lo único que quiero es hacer lo que he estado diciendo a la gente que haga una y otra vez.

—Seguir al líder —murmuro.

—Exacto. Si no lo hacemos, no hay esperanza para nosotros. No podemos desembarcar en el planeta, y tampoco podremos sobrevivir aquí arriba sin Orion. ¿No lo ves? Necesitamos alguien que nos dirija. Bartie no vale y Elder tampoco. Tenemos que reanimar al Eldest; es lo único que nos queda.

—Yo solo quiero que Orion vuelva —murmura Victria, pero Doc ni siquiera la mira.

—Esto no es una cuestión de esperanza, sino de fe —digo. Mis palabras se dirigen a Doc, pero no lo miro a él sino a Victria—. Fe en que el nuevo mundo sea mejor que esta vida. Y aunque no lo sea, creo que merece la pena comprobarlo.

Del tubo de Orion sale un pitido estridente.

—Ya está —dice Doc—. El proceso de reanimación ha empezado.

—¿Qué? —exclamo.

—¿De verdad? —dice Victria volviéndose hacia Orion.

Esta es mi oportunidad. Elder no es el único que ocultaba cosas en el bolsillo: yo todavía guardo varios parches de fidus en el mío. Con un solo gesto rápido y preciso, saco uno, lo despojo de su envoltorio y se lo pego a Victria en el brazo. Cuando agarro la pistola, ella la deja ir sin oponer resistencia.

Doc me observa con expresión calculadora.

—Ya es tarde —dice en tono casi despreocupado—. El proceso se ha puesto en marcha.

Miro el piloto que hay sobre la cabeza de Orion: está verde.

—Aunque me dispares, Orion despertará —añade Doc.

Me muevo un poco a la derecha para acercarme a Bartie. Pero aunque le despegara el parche del cuello, no podría ayudarme; los efectos del fidus tardarán un buen rato en desvanecerse.

—Amy, no hagas bobadas —dice Doc, en el mismo tono que usó hace meses para amenazar con mantenerme drogada el resto de mi vida—. No estás pensando con claridad.

—Eso no es cierto —replico—. Me niego a permitir que Orion controle la nave.

—Tal vez Elder decida no aterrizar. Lo sabes, ¿verdad?

Sí, lo sé. He visto en sus ojos el rechazo que le producía la idea, he oído sus protestas cuando propuse desembarcar de inmediato.

—Tengo fe en él —contesto.

Fe, y algo más.

Doc menea la cabeza con desaprobación, como si él fuera un profesor y yo una alumna especialmente torpe.

—No creerás que yo he puesto en Victria toda mi… fe, Amy —dice, y se saca una pistola del bolsillo.

La empuña con tanta torpeza como Victria, pero no creo que eso juegue a mi favor. Para acertar a alguien a esta distancia solo hace falta apretar el gatillo; el cañón apunta hacia mí, y eso es todo lo que le hace falta a Doc.

Me coloco en posición, alineando mis pies con mis hombros. Mi padre me enseñó a tratar las armas como herramientas peligrosas, no como juguetes; nunca he estado tan agradecida a esas tardes de sábado que pasamos en la galería de tiro como lo estoy en este momento. Respiro hondo mientras siento el frescor del gatillo bajo el dedo.

—No me puedes matar —dice Doc.

—No, no puedo —respondo mientras aprieto el gatillo.