Tan cerca

Beth Revis · Capítulo 69 de 71

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Tan cerca

70. Amy

Cuando Elder y yo asomamos por la trampilla del estanque, hay una multitud esperándonos.

—¿Es verdad? —grita alguien.

—¿El qué? —pregunta Elder.

—¿Hay otra forma de salir de la nave?

Bartte me ofrece una mano y tira de mí mientras subo los últimos peldaños.

—Tuve que decírselo —aclara—. Todo el mundo se dio cuenta de que había una escotilla en medio del estanque.

—¡Si, es cierto! —exclama Elder.

—¿Nos tenemos que marchar todos? —dice un hombre.

Miro alrededor para tratar de localizarlo, pero no soy capaz, la 9ente parece dividida. Alrededor del socavón lleno de lodo que en tiempos fue un estanque hay personas que se abrazan, llorando de alegría por las palabras de Elder. Más allá, sin embargo, la gente parece retraída, y lanzan miradas suspicaces mientras susurran ocultándose la boca con la mano. A pesar de que están lejos, distingo unos cuantos parches verdes. Algunos los manosean sin llegar a abrirlos; otros miran al vacío, con los parches ya pegados en los brazos.

—¡Voy a convocar otra asamblea! —dice Elder.

Aprieta su intercom y hace una llamada general para pedir a los dos mil setecientos sesenta y tres pasajeros de la nave que acudan de inmediato al jardín del hospital.

Pero no: ya no son dos mil setecientos sesenta y tres. Voy restando de memoria: Victria; Luthor; los navegadores de élite; la gente que murió en la revuelta; los que Doc asesinó con sus parches… La población de la Fortuna, que tan inamovible me parecía, es en realidad muy frágil.

Bartie se aproxima a Elder con paso inseguro.

—¿Puedo…? ¿Te importaría que dijera algo yo también en la asamblea?

Elder lo mira con una sonrisa irónica.

—Qué, ¿ya estés listo para montar otro motín?

—No —responde Bartie muy serio.

Elder me mira, y me doy cuenta de que me está pidiendo un poco de privacidad. En cuanto me alejo, los dos acercan las cabezas y empiezan a hablar en susurros. Veo la tensión en los rasgos de Elder mientras escucha a Bartie; cuando terminan, se sacuden las manos con una determinación que me asusta.

Me da la impresión de que pasan horas antes de que todo el mundo se reúna por fin en el jardín. La gente acude a paso lento, cruzando los campos de alrededor. Me llevo la mano al pelo y caigo en la cuenta de que no llevo puesta la tira de tela ni la capucha. Pero me da igual; esta gente ya no me da miedo. Hoy he disparado a un hombre y he visto morir a una mujer. Además, bajo mis pies hay una lanzadera que me llevará lejos de aquí. Lo que opinen de mí estas personas me deja indiferente.

Me quedo de pie junto al estanque, en el lado más cercano a la pared. La gente se acumula en torno al agujero y se sitúan a mi lado. Algunos hacen una mueca de disgusto al verme, pero la mayor parte me ignoran. Una chica me roza con el brazo sin querer y me pide disculpas. La miro, asombrada: no ha dado un respingo ni ha puesto cara de asco al tocarme.

Elder se mete en la hondonada y camina hasta llegar a la abertura del centro.

En una ocasión, Victria me dijo que no podemos elegir a quién amamos. Aún no sé si eso es cierto, pero ya no me importa: con elección o sin ella, sé dónde está mi corazón.

Todo el mundo se asoma a la orilla del estanque para observar a Elder. Está de pie, metido en el barro hasta los tobillos, y cambia el peso de un lado a otro en actitud inquieta. A pesar de los moretones verdosos que le cubren la cara, nunca me ha parecido más fuerte ni más noble que en este momento.

Se lleva la mano al intercom y lo conecta para que todos puedan oírle claramente. Al principio balbucea algo que no logro entender, pero enseguida empieza a hablar con voz fuerte y clara.

—En los siglos que han pasado desde que despegó la Fortuna, hemos ganado muchas cosas. Otras, sin embargo, han quedado sepultadas por el olvido. Esta es una de ellas —Elder señala la trampilla con un amplio gesto—. Durante muchos años, hemos creído que bajo nuestros pies había otro nivel de la nave. Estábamos equivocados: no se trata de otro nivel, sino de una lanzadera de emergencia. Al final de esta escalerilla hay un segundo puente. El nivel inferior puede separarse del cuerpo de la nave y llevarnos a nuestro nuevo hogar en Tierra Centauri.

Miro a mi alrededor: todo el mundo tiene los ojos clavados en él.

Elder carraspea y explica brevemente cómo funciona la lanzadera. Luego, tras una leve vacilación, les habla también de las advertencias de Orion y de los peligros que pueden aguardarnos en el planeta.

—Sé que es una perspectiva muy difícil —añade, y levanto la mirada bruscamente al oírlo—. Cuando despeguemos en la lanzadera, dejaremos atrás la Fortuna para siempre. Sé que esta nave ha sido vuestro hogar; también ha sido el mío. Pero la Fortuna ya no es estable. Como todas las máquinas, empieza a faltar… El nivel inferior es grande, y procuraremos encajar en él todo lo que podamos necesitar allá abajo. Haceos a la idea de que solo podréis llevar las cosas más esenciales. Las que no lo sean tendrán que quedar atrás.

Elder le indica a Bartie que se acerque y se aparta del centro del estanque. La gente se concentra en el recién llegado.

—Yo también quiero comunicaros algo —dice. No puede usar su intercom porque Elder aún tiene restringido el acceso, pero alza la voz todo lo que puede—. Lo que Elder os ha contado es la verdad. Hoy he entrado con él en la lanzadera; la he visto con mis propios ojos. Lo que os ha dicho acerca de dejar cosas atrás también es cierto. Y yo… —traga saliva—. Yo seré una de esas cosas que se queden atrás. La Fortuna es mi casa, y no quiero otra. No voy a marcharme. Y si vosotros queréis quedaros conmigo, podéis hacerlo.

La boca se me abre de puro asombro. Me vuelvo esperando ver un mar de rostros escandalizados o escépticos ante la locura que Bartie acaba de proponer, y descubro que mucha gente asiente. Están de acuerdo con él…

Necesitan estas paredes.

—¿De verdad podemos quedarnos? —grita alguien.

—¿No será peligroso? —dice otra persona.

—Es un suicidio —murmuro yo, pero no me atrevo a decirlo en voz alta.

Elder se acerca a la orilla y hace gestos a alguien para que se acerque. Una mujer joven se aproxima y se agacha para hablar con él, volviéndose de vez en cuando para mirar a Bartie y a la gente que lo rodea. Al cabo de unos minutos, Elder asiente y vuelve al centro del estanque.

—Según los científicos, las funciones internas de la nave pueden durar al menos una generación, y tal vez sea posible mantenerlas indefinidamente si se conserva la biosfera y se ahorra energía.

Un rumor de conversaciones estalla entre la gente. Elder levanta un brazo y todos se callan inmediatamente.

—Se trata de un momento muy importante. Lo que decidáis ahora no tendré vuelta atrás —se interrumpe y toma aire—. Tenéis el resto de vuestra vida en las manos; solo vosotros podéis decidir qué hacer con él.