Tan cerca
03. Elder
Me quedo mirando a Marae, boquiabierto.
—¿Qué… qué frexo dices? —tartamudeo por fin.
Marae echa los hombros hacia atrás y eleva la barbilla un poco más. Observo de soslayo a los demás navegadores. Los ojos de Marae solo enfocan a los míos: no necesita a nadie más para confirmar quién es ni ratificar lo que cree.
—Como comprenderás, Eldes… Elder —dice—, nuestro cometido principal como navegadores no es arreglar el motor.
Levanto la voz con indignación.
—¡Pues claro que es arreglar el motor, frexo! ¡El motor es la parte más importante de la nave!
Marae niega con la cabeza.
—El motor es una parte más. Tenemos que centrarnos en la Fortuna como un todo.
Espero a que prosiga mientras el motor zumba detrás de nosotros. Es el latido de la nave.
—A la Fortuna le pasan muchas cosas, como ya habrás podido comprobar —Marae frunce el ceño—. La nave no es nueva precisamente. Conoces las leyes del movimiento, pero ¿has estudiado la entropía?
—Pues… eh… —me vuelvo hacia los otros navegadores. Tienen la mirada fija en mí, expectantes, pero yo no dispongo de respuestas.
—Todo avanza constantemente hacia el caos, hacia un estado de desorden, destrucción y desintegración, Elder —afirma Marae, y esta vez no vacila al pronunciar mi nombre—. La Fortuna es muy antigua y se está cayendo a trozos. Quiero negarlo, pero no puedo. El bruuum, uiii, bruuum del motor se convierte en un estertor que rebota por toda la sala. Cierro los ojos, pero no oigo el ruido mecánico de los engranajes ni huelo la grasa recalentada: oigo a dos mil setecientas sesenta y tres personas respirando con dificultad y percibo el hedor de dos mil setecientos sesenta y tres cadáveres en estado de descomposición.
Así de frágil es la vida en una nave generacional: el peso de nuestra existencia descansa sobre un motor renqueante.
Hace tres meses, Eldest me dijo que mi trabajo consistía en ocuparme de la gente, no de la nave; sin embargo, yo sé que ocuparse de la nave es lo mismo que ocuparse de la gente. Detrás de los navegadores están los mandos que distribuyen la energía por todos los sistemas. Si destrozase el panel que hay a la espalda de Marae, la nave se quedaría sin aire. Si rompiese el de al lado, se quedaría sin agua. Sin su vecino, no habría luz. Sin el de más allá, se desactivarían los sensores de gravedad. El corazón de la nave no es solo el motor: es toda esta sala, con lo que tiene dentro, y late con tanta vida como las dos mil setecientas sesenta y tres personas que hay en este nivel y en el de más abajo.
Marae estira una mano y Shelby, la navegadora segunda, le pasa un flexible donde ya parpadea la información. Marae lo toca para bajar por la pantalla y me lo ofrece.
—La semana pasada tuvimos que hacer dos arreglos muy importantes en el compartimento de fusión interna de la lámpara solar. El rendimiento de los cultivos está muy por debajo de lo normal, y en el sistema de riego no dejan de aparecer fugas. La producción de alimentos apenas es suficiente desde hace más de un año, y pronto habrá escasez. La productividad laboral ha descendido considerablemente en estos dos últimos meses. Mantener viva la nave no es poca cosa.
—Pero el motor… —digo estudiando el flexible, lleno de diagramas con flechas que apuntan hacia abajo y gráficos de barras que se hunden hacia el final.
—¡Al frexo el motor! —grita Marae, y los demás navegadores dan un respingo al oírla gritar. Ella respira hondo, temblorosa, y se aprieta con los dedos el puente de la nariz—. Lo siento.
—No pasa nada —musito, porque sé que no abrirá la boca hasta que se lo diga.
—Nuestro cometido está muy claro…, Elder —prosigue Marae, haciendo hincapié en cada palabra y controlando su mal genio—. La nave va antes que el planeta. Si tenemos que elegir entre mejorar las condiciones de vida a bordo de la nave y trabajar en el motor para acercarnos más a Tierra Centauri, siempre elegiremos la nave.
Aferro el flexible, sin saber qué decir. Marae casi nunca revela sus sentimientos y jamás pierde el control. No estoy acostumbrado a ver en su cara nada que no sea calma y compostura.
—Pero podríamos hacer algunos sacrificios para mejorar el rendimiento del motor…
—La nave primero, el planeta después —replica Marae—. Esa ha sido la prioridad de los navegadores desde que aparecimos, después de la epidemia.
No pienso soltar mi presa.
—De eso hace… —intento sumar los años, pero nuestra historia es demasiado confusa por culpa de las mentiras y del fidus para determinar con exactitud el tiempo transcurrido—. Desde la epidemia han pasado generaciones y más generaciones. Aunque la nave sea prioritaria, en todo ese tiempo se os ha tenido que ocurrir algo para mejorar el motor de forma que podamos llegar a nuestro destino.
Marae no responde. En su silencio detecto algo sospechoso.
—¿Qué es lo que no me estás contando?
Por primera vez, ella se gira para mirar a los otros navegadores. Shelby asiente con la cabeza tan discretamente que apenas advierto el gesto.
—Fue antes de que me nombrasen navegadora primera. Antes de que nacieses. En aquella época, el navegador primero era un hombre llamado Devyn —Marae vuelve a mirar a Shelby—. Los Eldest siempre han escogido minuciosamente a aquellos que recibían información sobre el motor.
Claro: cuantas menos personas conocieran la verdad, mejor.
—Entonces yo era una simple aprendiz —prosigue Marae—, y recuerdo que Elder… el otro Elder, el que te precedió…
—Orion —digo.
Marae asiente con la cabeza.
—Eldest lo envió a realizar alguna labor de mantenimiento en la nave y, cuando volvió, no informó a Eldest. Fue directo a hablar con Devyn. No sé qué le diría, pero a Devyn le impactó mucho. Durante una temporada cesó toda la investigación.
—¿Los navegadores se declararon en huelga? —pregunto horrorizado.
De todos los habitantes de la Fortuna, los navegadores son los más leales. No sé si es porque los Eldest confiaban en ellos incluso sin fidus, porque han sido modificados genéticamente o simplemente porque les gusta el sistema de mando centralizado en un Eldest. Sea por lo que sea, su lealtad siempre ha sido inquebrantable.
—No se declararon en huelga exactamente; al menos, no como hicieron los tejedores la semana pasada. Cumplían su cometido con normalidad, salvo en lo relativo a la investigación del motor.
—¿Y cuándo volvieron a investigar? —pregunto.
Soy vagamente consciente de la presencia de los demás navegadores, del profundo silencio y de su incomodidad, pero sigo centrado en Marae.
—Cuando Elder murió —se limita a decir.
Se refiere a Orion. Cuando Orion era Elder, fingió su propia muerte para evitar una mucho más real a manos de Eldest.
—Después de aquello —prosigue Marae—, el navegador primero Devyn retomó la investigación del motor. Sin embargo, el acceso a la información se restringió todavía más. Cada vez permitían acceder al motor a menos navegadores, y Devyn no era precisamente sincero con Eldest. Cuando pasé a ocupar su puesto, seguí haciendo las cosas como él me había enseñado. Pero empecé a detectar… irregularidades.
—¿Irregularidades?
Marae asiente.
—Las cosas no encajaban. Algunos de los problemas del motor parecían nuevos, como si alguien los hubiese creado intencionadamente poco antes. Todos los registros de la investigación habían desaparecido. Debieron de destruirlos, porque nunca los hemos encontrado.
Así que Devyn engañó a Marae, su aprendiz. Lo que le había contado Orion hizo que Devyn lo cambiara todo, e incluso ocultara información a sus navegadores y a Eldest. Orion me dijo que la Fortuna funcionaba en piloto automático y que podría llegar a Tierra Centauri sin nosotros. ¿Por qué iba a decirme algo así, cuando era el único que sabía que los problemas del motor eran más graves de lo que creía todo el mundo?
—Eldest empezó a sospechar, ¿no? —pregunto.
Marae se mira las manos.
—El trabajo de un Eldest es ocuparse de la gente. El de los navegadores consiste en ocuparse de la nave. Pero antes de… antes de morir, sí, creo que se dio cuenta de que algo iba mal.
Me froto la cara. Recuerdo el momento en que advertí que algo no funcionaba bien: durante sus últimas semanas de vida, antes de que Orion lo matase, Eldest pasaba cada vez más tiempo en el nivel de navegación.
¿Cuándo empezaría todo esto? Eldest me dijo que tenía que centrarme en la gente, pero tuvo que haber algún otro Eldest en el pasado que empezara a prestar atención al motor. ¿Qué les pasaría a los demás? Todo esto está relacionado con la epidemia, con el comienzo de las mentiras y del fidus. En algún momento entre la epidemia y el presente, la verdad se perdió. Y, sin embargo, nosotros —todos nosotros: Eldest, los navegadores, los alimentadores, yo…—, estuviésemos o no bajo los efectos del fidus, creímos ciegamente en lo que nos contaban.
—Estoy harto —digo dejando caer los brazos—. Estoy harto de mentiras, de la forma en que se hacían antes las cosas en esta nave. ¿Qué le pasa exactamente al motor? Si nuestro problema no es el rendimiento del combustible, ¿qué es? ¿Vamos demasiado rápido? ¿Vamos demasiado lento? ¿Qué pasa?
Marae se encorva de repente.
—No vamos ni demasiado rápido ni demasiado lento —dice; parece triste y preocupada—. En realidad, no nos movemos.