Tan cerca
20. Amy
—¿Quién pudo llevárselo? —pregunto—. ¿Alguien cercano a Harley, tal vez?
—Aparte de mí, no tenía tantos amigos. Bartie, Victria…
—¿Pudo ser alguno de los dos?
Elder niega con la cabeza. Creo que tiene razón: Bartie es una persona demasiado seria para ir por ahí robando cuadros, y aunque no creo que Victria tuviera escrúpulos a la hora de hacerlo, habría robado un retrato de Orion y no de Kayleigh, a juzgar por el bosquejo que se llevó del cuarto de Harley.
—Si de algo estoy seguro es de que no fue Doc —añade Elder.
Suelto una risita irónica: no, Doc no pudo ser.
—Pero bien podría ser que…
—¿Qué? —pregunto con impaciencia.
—Tal vez los padres de Harley hayan…
Es absurdo, pero sus palabras me sorprenden: nunca se me había ocurrido pensar que Harley tuviera padres. Existía, y ya está. Aunque sé muy bien que los internos del hospital estaban allí para separarlos del resto de alimentadores, nunca caí en la cuenta de que podía haber un pedazo de Harley allí fuera, más allá del hospital y de las estrellas.
—Venga, apura —me espolea Elder—. Vamos a comprobarlo.
Llevo más de tres meses viviendo en la Fortuna, pero en todo este tiempo no creo haber ido de un lado a otro andando. Lo he hecho corriendo docenas de veces —al menos, hasta que a la gente se le empezaron a pasar los efectos del fidus—, pero nunca he caminado de un extremo al opuesto.
Emprendemos camino por la misma ruta que tomamos para ir a la granja de conejos. Cuando llegamos a la bifurcación, torcemos a la izquierda en vez de subir las colinas hacia los campos. Echo la mirada atrás: la valla vuelve a estar entera, como si nada hubiera pasado en esa zona. Un par de conejos se desplazan a saltitos y olfatean la tierra sobre la que su cuidadora murió hace solo unas horas.
—Háblame del cuadro —digo, en un intento desesperado de reemplazar el recuerdo de la chica muerta por cualquier otra cosa.
—Era bueno del frexo —contesta Elder—. Aunque también resultaba… extraño, no sé. Harley solía pintar escenas realistas, pero este cuadro era diferente. Era un retrato de Kayleigh justo antes de que muriera.
En el fondo no me sorprende que el cuadro que Harley pintó con motivo de la muerte de Kayleigh sea raro; al fin y al cabo, el otro cuadro surrealista que pintó fue el de su propia muerte.
—Lo de Kayleigh nos sorprendió a todos. Si me hubieran dicho que uno de nosotros iba a suicidarse, yo hubiera pensado inmediatamente en…
—¿En Harley?
—Sí. Lo intentó varias veces, ¿sabes? Una antes de lo de Kayleigh y dos después… No, tres. Tres después.
Había olvidado contar el tercer intento, el definitivo.
—Harley empezó el cuadro justo después de que Kayleigh muriera —explica Elder —. Literalmente. Ajustó el lienzo al marco el mismo día en que encontramos su cadáver y se pasó toda la noche pintando. Al final, Doc tuvo que ponerle un mediparche. Se durmió sin soltar el pincel, y cuando se lo saqué de entre los dedos, vi que lo agarraba con tanta fuerza que le había dejado marcas —añade con voz sorda.
Pasamos junto a un campo lleno de polluelos amarillos que pían al vernos pasar. La lámpara solar brilla justo sobre nuestras cabezas, de forma que apenas arrojamos sombra en el camino polvoriento. La ciudad está bastante lejos, y aunque veo a la gente que se apresura por las calles, no distingo sus caras. En cuanto al archivo y el hospital, han quedado muy atrás, tanto que ya no siento el peso de las miradas de la gente. Me bajo la capucha, desenrosco la tira de tela que me oculta el pelo y disfruto del roce del aire en el cuero cabelludo.
Aquí, en este paraje desierto de la nave, con la única compañía de Elder, no siento miedo.
Elder arrastra los pies por el camino, con la cabeza gacha y la preocupación reflejada en el rostro. Lo entiendo: sé muy bien cómo el silencio y los secretos pueden roerte por dentro. Le rozo el codo y él se detiene con un respingo.
—Cuéntame cómo murió Kayleigh —le pido.