Tan cerca

Beth Revis · Capítulo 32 de 71

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Tan cerca

33. Elder

—Frexo —mascullo mientras Marae enumera todo lo que ha pasado desde que empezó el día. Solo he pasado dos horas con Amy, pero ha sido demasiado tiempo: no tendría que haber ignorado las llamadas a mi intercom.

Lo primero fue la reunión que Bartie convocó en el archivo en cuanto se encendió la lámpara solar. La segunda navegadora Shelby se enteró y llamó desde allí a Marae, quien trató de ponerse en contacto conmigo. Para cuando Marae y los demás navegadores de elite lograron llegar al archivo, Bartie ya había expuesto sus ideas sobre la forma en que debe dirigirse la nave, dejando claro que no me considera apto para hacerlo. Treinta de los asistentes firmaron el escrito con sus huellas dactilares.

Entonces Marae trató de «arrestar» a Bartie; sin embargo, a pesar de todo lo que le di para leer acerca de los conflictos civiles y la función de la policía, creo que no ha llegado a captar el concepto. Ella pensó que bastaría con gritar «¡Te arresto!» en voz muy alta para que Bartie abandonara. Evidentemente, no lo hizo, y para la hora del almuerzo todos los habitantes de la nave habían recibido el escrito en sus flexibles.

Lo que no habían recibido era el almuerzo. Así que tuve que ir a la ciudad, subirme a una mesa del Punto de Distribución y explicar a la gente que la entrega de comida se retrasaría unas horas por razones que aún no podía explicar. Mientras hablaba, Fridrick no dejaba de mirarme con una sonrisilla de suficiencia; su expresión me hizo recordar lo que me había dicho Bartie sobre las sublevaciones y la falta de comida. Aunque hice una llamada general por los intercoms para decir que a la hora de la cena habría ración extra, los ánimos no parecieron calmarse.

Y ahora, cuando pensaba que había logrado sobrevivir a este día, Doc me llama para comentarme que alguien entró ayer en su despacho y le robó todos los parches de fidus que tenía almacenados.

—¿Por qué no me lo dijiste antes, frexo? —estallo, y Doc se sobresalta.

—Parecías muy ocupado…

Suelto un rugido de rabia. Esto explica muchas cosas: mientras corría antes de un lado a otro, observé que mucha gente intercambiaba comentarios disimulados, pero pensé que se debía al manifiesto de Bartie. Ahora, sin embargo, me doy cuenta de que se estaban pasando parches de fidus. Mucha gente deprimida —y otros que no lo están— pagaría lo que fuera por uno de ellos.

—Lo peor es que debió de ocurrir ayer —comenta Doc mientras yo observo el desorden de su despacho—. La última vez que estuve aquí fue ayer por la mañana, muy temprano; alguien entró, se llevó todos los mediparches y luego aprovechó para matar a Stevy con ellos.

Sus labios se tuercen en una mueca de amargura: no sé qué le disgusta más, si el robo o el caos que han provocado los ladrones en su despacho.

—Apliqué una concentración de fidus muy alta a esos parches —explica—. Lo hice a propósito, de forma que solo hiciera falta uno para aplacar instantáneamente a los pacientes. Lo malo es que la dosis es tan alta…

—… que solo hacen falta tres para causar una sobredosis mortal.

—Exacto. Con dos, todos los sistemas corporales se ralentizan y los órganos empiezan a fallar. Con tres, el paciente muere. No hubiera debido hacerlos tan potentes, pero pensé…

—Pensaste que no los manejaría nadie más que tú.

—Sí, Kit o yo: alguien que conociera los riesgos y pudiera calibrarlos.

Doc parece arrepentido. Pero yo soy tan culpable como él, si no más: al fin y al cabo, yo aprobé el uso de esos parches.

Los dos nos quedamos callados unos segundos y miramos alrededor. El despacho, siempre tan ordenado y limpio, está irreconocible: la mesa, tirada junto a la pared; el armario donde Doc guarda las medicinas bajo llave está reventado, y todos los parches, esparcidos por el suelo. No hay ninguno de color verde pálido.

Kit entra a la carrera.

—Ha llegado un informe —jadea.

—¿De qué? —pregunta Doc.

—De una muerte. Sobredosis. Los parches…

Nos ponemos en marcha de inmediato. Doc me lleva al vehículo eléctrico que utiliza el personal médico y me indica que me siente en la parte de atrás. Mientras cruzamos a toda velocidad el nivel de alimentación, pienso en lo mal que se han puesto las cosas desde que me he hecho cargo de la nave.

—¡Tienes que hacer algo! —grita Doc volviendo la cabeza—. Hay que lograr que los alimentadores te acepten como líder. ¡Usa este problema para demostrar tu fuerza!

Sí, claro. Nada más fácil.

Doc guía el vehículo por las calles de la ciudad hasta llegar al barrio de los tejedores.

—¿Por qué paramos aquí? —pregunto con el corazón encogido.

Antes de que Doc pueda responderme, alguien me agarra del cuello de la camisa y me saca del vehículo en volandas. Me tambaleo en la calzada, luchando por no perder el equilibrio.

—¡Hace falta tener chulza! —berrea Bartie.

Retrocedo, asombrado.

—¿Se puede saber qué…?

Bartie me interrumpe con un empujón que me hace recular hasta que mi espalda choca con el vehículo. Observo atónito cómo se saca un puñado de parches verdes y me los tira a la cara.

—¿Es esto cosa tuya? —chilla, con la nariz casi pegada a la mía.

—No sé de qué me hablas.

—Estos mediparches «especializados» están llenos de fidus, chulza de mierda — gruñe lanzándome salivazos a la cara.

—Sí, ya… ya lo sé —respondo mientras miro de reojo los parches esparcidos por el suelo.

—¿Lo sabes? ¿Ni siquiera vas a negarlo? ¡Lo sabes! ¿Cómo has podido permitir que Doc volviera a fabricar fidus? Dijiste… Prometiste no volver a usarlo jamás. ¡Estúpido chulza de frexo…!

—Y tú, ¿de dónde los has sacado? —contraataco.

No me gusta la forma en que está invadiendo mi espacio, sin dejarme aire suficiente para respirar. Intento recuperar posiciones, pero Bartie no retrocede.

—¿Cómo has sido capaz? —suelta con desprecio—. ¡Te paseas por toda la nave jactándote de lo grande que eres porque nos has librado del fidus, y luego te dedicas a pegar parches a la gente como si nada! ¿Que alguien se cruza en tu camino, que alguien te molesta un poco? ¡No pasa nada, le sueltas un parche y problema solucionado!

Bartie se da la vuelta y hace ademán de marcharse. Pero justo cuando me acerco a Doc, que está petrificado en la calzada, Bartie gira en redondo y me propina un nuevo empujón que vuelve a estamparme contra el vehículo.

—Eres peor que Eldest, ¿sabes? Al menos, él nos trataba a todos igual. ¡Tú estás eliminando a los que no te gustan! —me espeta.

Me vuelve la espalda y echa a andar.

—¡Eh, un momento! —estallo.

Él se detiene, pero no se vuelve a mirarme. Se queda parado, con la espalda rígida y las manos cerradas.

—¡No he hecho nada malo! —digo.

—¿Que no has hecho nada malo? —Se burla Bartie—. Eso cuéntaselo a Lil — remacha, y se aleja sin más.

La gente ha salido de las casas y nos mira en silencio. En cuanto Bartie dobla la esquina, todos empiezan a murmurar.

—¿Qué dice de Lil? —le pregunto a Doc mientras recojo los parches del suelo y me los guardo en los bolsillos; puede que la nave esté repleta de parches, pero al menos estos no caerán en malas manos.

Él me observa con el rostro fruncido en una mueca oscura. No me preocupa: sé que va dirigida a Bartie, no a mí.

—Lil es la muerta de la que hablaba Kit —responde.

 

Subo de dos en dos las escaleras del antiguo hogar de Harley. No sé qué espero encontrar dentro, la verdad. La casa está exactamente igual que el otro día: desordenada y con olor a rancio. Cuando entro en el dormitorio principal, veo a Lil en el mismo lugar en que la dejamos Amy y yo.

En su frente se alinean tres parches verdes. Hay una palabra escrita en cada uno: «Seguid al líder».

—¿Te das cuenta de lo que significa esto? —dice Doc.

Al comprobar que no digo nada, él mismo contesta a su pregunta.

—Esto es un asesinato. Alguien ha matado a Lil por ti.

—¿Por mí? —balbuceo.

No logro despegar los ojos del cuerpo de Lil, que se hunde en el colchón como si fuera parte de él.

—«Seguid al líder». Es una advertencia para los que quieran desviarse.

—¡Pero si ella no había hecho nada! No estaba metida en el grupo de Bartie, jamás habló en contra de mí…

—Se negaba a trabajar —replica Doc.

Se sienta en el borde de la cama y empieza a despegar los parches de la frente de Lil. Al principio se quedan prendidos a su piel, y tiene que darles un tirón para que se desprendan con un ruidito rasposo.

—La gente que no trabaja, que no coopera en las tareas de la nave, se separa del líder. Si no trabajan, no te siguen —explica Doc, y se queda callado hasta que separo los ojos del cuerpo de Lil para mirarlo a él—. La mataron por ti —remacha lentamente, como si quisiera asegurarse de que el peso de esta muerte queda bien asentado sobre mis hombros.