Tan cerca
54. Amy
No hago caso de la llamada en la que Elder convoca a todo el mundo al nivel de mando; no creo que se refiriera a mí al hacerla. Mi presencia le perjudicaría más que otra cosa, y no se me ocurre nada más imprudente que meterme en una sala abarrotada de habitantes de la nave. Así que bajo al nivel inferior y me paso más de media hora con la cara pegada al ojo de buey de la escotilla, pensando que allá hay un planeta que me espera.
No me muevo hasta que oigo pasos, y luego una puerta que se abre al otro lado del nivel.
Mi primer impulso es esconderme, pero luego me recuerdo a mí misma que poca gente tiene acceso a este lugar y decido acercarme a la sala principal. Al llegar veo que la puerta del laboratorio está abierta.
—¿Quién está ahí? —digo.
Dentro suena un ruido como de algo que se arrastrara. Me asomo por el vano y veo a Victria arrodillada frente al tubo de crionización donde está Orion. Su melena oscura está enmarañada en la nuca; cuando alarga una mano para meterse un mechón tras la oreja, veo que está temblando. La silla en la que suele sentarse está caída a su lado, como si la hubiera apartado en un esfuerzo por acercarse más a Orion.
—¿Cómo puedes soportarlo? —pregunta con voz ronca.
—¿El qué?
—Tus padres siguen congelados, ¿verdad? ¿Cómo aguantas las ganas de reanimarlos? Los tienes tan cerca…
Me quedo callada. En su voz hay algo extraño, algo que no me gusta.
—Podría hacerlo —susurra—. Podría hacerlo ahora mismo. No puede ser tan difícil despertar a alguien congelado. A ti te despertaron… Además, ¿por qué no iba a hacerlo? Pronto aterrizaremos. Puedo sacarlo de aquí…
Me detengo y la observo. Así que Elder les ha contado lo del planeta.
—¡Le necesito! —exclama Victria en un tono mucho más agudo—. ¡Le necesito!
—¿Por qué?
—¡Porque estoy asustada, frexo! ¡Tengo miedo! —grita. Se mete una mano temblorosa en el bolsillo y saca un parche verde claro.
—Victria, Doc dijo que esos parches son peligrosos.
—Todo el mundo tiene y los usan —contesta ella con voz cantarina, como si fuera un eslogan—. Uno solo, solo uno.
—¿De dónde lo has sacado? —pregunto con cautela; según Kit, los parches que corrían por la nave eran robados.
Victria se encoge de hombros y trata de abrir el envoltorio del mediparche, pero el plástico se deforma en vez de romperse. Lo tira al suelo y se sienta de golpe, y al hacerlo le caen del bolsillo muchos más parches, al menos una docena. Levanto las cejas pero me quedo en silencio, aunque me gustaría saber por qué tiene tantos. Ella se abraza las piernas y oculta la cabeza entre las rodillas.
—¿Qué te asusta tanto? —pregunto mientras recojo los parches del suelo y me los guardo en el bolsillo.
—Era enorme…
—¿El qué?
—El planeta.
Se me hace un nudo en la garganta. ¿Se lo habrá enseñado Elder a todos? ¿Por qué no me dijo nada? Si lo hubiera sabido, tal vez habría decidido correr el riesgo de ir… ¿Y por qué no me lo enseñó antes a mí sola?
—Era muy bonito —añade Victria levantando la cabeza, y sus ojos se quedan prendidos en mi melena roja—. Pero también era… distinto. Extraño.
—Te gustará —le aseguro.
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno… Para empezar, allí no estaremos rodeados de paredes.
—A mí me gustan las paredes —murmura Victria.
Y entonces me doy cuenta de que, para ella, esta nave no es una jaula que la confina. No: para ella, estas paredes son las paredes de su casa. Lo que la aterra es el exterior, el espacio libre e ilimitado.
—Orion decía que no sabemos lo que puede haber ahí abajo. Podría ser cualquier cosa.
—Todos los análisis indican que el planeta es habitable… —empiezo a decir, pero ella me corta.
—A veces Orion me enseñaba grabaciones prohibidas —dice estirando las rodillas y clavando sus ojos asustados en los míos—. En Tierra Solar había dinosaurios, ¿sabes? Monstruos que te podían comer. Animales más grandes que las personas. Simas, volcanes, tornados, terremotos…
—E incluso lobos feroces —completo con una sonrisa. Victria, sin embargo, no se da cuenta de que es una broma y asiente con vehemencia.
Lleva un rato frotándose el vientre, y por un momento me recuerda al buda de barriga reluciente que había en mi restaurante chino favorito. La primera vez que Jason y yo salimos, fuimos allí a cenar; por aquel entonces, yo ni siquiera sabía que existía una nave llamada Fortuna.
—No puedo respirar, no puedo respirar —empieza a repetir Victria como si fuera una letanía.
—Ven, siéntate en la silla —le digo ofreciéndole una mano.
Victria sacude la cabeza con tanta energía que todo su torso se mueve. Sus brazos se mueven en sacudidas, y en su frente han aparecido gotas de sudor que resbalan por sus mejillas. Se abraza de nuevo las piernas y empieza a balancearse, resollando como si le faltara el aire.
—¡Me muero! —jadea.
—No, no te mueres —replico, haciendo un esfuerzo por que mi voz suene tranquila —. Solo es un ataque de ansiedad, Victria. Tienes que calmarte. El niño…
—¡El niño! —chilla ella, y empieza a balancearse más rápido—. ¡No puedo tener un hijo! ¡No podremos vivir ni aquí ni allí! —Victria boquea y los tendones se marcan en su cuello.
—Victria… ¡Victria! Cálmate, por favor. Dime qué te pasa —le suplico—. Victria, ¿qué te asusta tanto?
Me responde con una retahíla incoherente de la que solo logro entender varias palabras: «morir», «Orion», «planeta» y «no».
Me meto la mano en el bolsillo y saco el mismo parche que Victria intentó abrir antes. Bajo el envoltorio, el tejido tiene un tacto extrañamente resbaladizo. Es tan fino que resulta difícil creer que pueda dejar a alguien fuera de combate… y que tres sean capaces de matar a cualquiera. Lo saco y, de una palmada, se lo pego a Victria en el dorso de la mano.
Deja de balancearse de inmediato. Sus brazos se aflojan y caen dejando sueltas las piernas, que se estiran frente a ella.
—¿Estás bien? —susurro.
Ella parpadea.
—Vamos —digo mientras me levanto.
Le ofrezco una mano y ella la toma y se incorpora. Se queda de pie ante mí, con los hombros caídos y la mirada extraviada. El pelo, sudoroso y enredado, se le pega a la cara; me inclino para retirar varios mechones sueltos y se los meto tras la oreja izquierda, donde tiene el intercom. No reacciona cuando la toco. Ni siquiera parece darse cuenta.
—¿Victria? —digo—. ¿Victria? —repito en voz más alta.
Silencio. Victria parpadea.
La agarro del brazo y la llevo al ascensor.
Al entrar en el vestíbulo del hospital, veo que está más abarrotado que nunca. Dos enfermeros abrumados tratan de contener a un grupo de gente que pretende abrirse paso hacia las habitaciones, y varios aprendices de Doc revolotean de paciente en paciente. Cerca de mí, un hombre aferra los brazos de la silla en la que está sentado. Los agarra con tanta fuerza que ya los ha deformado un poco.
—¿Qué ocurre? —le pregunto a Kit cuando pasa corriendo a mi lado—. ¿Ha habido un accidente o algo así?
Ella niega con la cabeza, pero no se detiene.
Doc nos ve a Victria y a mí desde el otro lado del vestíbulo y se abre paso hacia nosotras. La gente se le acerca con gesto suplicante al verle pasar, y Doc va entregando un parche verde a cada uno.
—¿Qué pasa aquí? —le digo cuando llega a mi altura—. ¿Son heridos del motín de antes?
Él niega con la cabeza.
—Elder no piensa las cosas. Jamás reflexiona antes de actuar. No se le puede contar a la gente todo de una vez: muchos no son capaces de digerirlo.
Se vuelve hacia el hombre que aferra los brazos de la silla, saca un nuevo parche del bolsillo de su bata y se lo pega en el brazo. Las manos del hombre se aflojan y una expresión de tranquilidad ausente se adueña de su rostro.
—La llevaré a su habitación —ofrece Kit apareciendo a nuestro lado. Agarra a Victria de un codo y la conduce hacia los ascensores.
Aunque sé que debería encerrarme en mi cuarto, me doy la vuelta y avanzo hacia la puerta del hospital. Necesito un poco de aire fresco, aunque sea reciclado.
Todo está oscuro, pero no me hacen falta luces para llegar al archivo. El suelo está embarrado; supongo que Elder usó el chaparrón para detener la revuelta, porque desde entonces no ha vuelto a llover. Conozco este sendero mejor que los caminos por los que salía a correr, allá en la Tierra. Podría describir de memoria cada trecho: la tierra mullida que rodea el hospital, las flores que me acarician las piernas en las curvas del jardín, el fresco aroma del agua al pasar junto al estanque, la leve pendiente que conduce al archivo…
Casi puedo entender por qué la gente del hospital ha reaccionado así, y me invade un sentimiento de maravilla al pensar que hay otro mundo más allá de este. Incluso yo, que he respirado el aire de las montañas Rocosas y he nadado en el océano Atlántico, he llegado a convencerme de que no había nada tras estas paredes.
He llegado a olvidarme de la Tierra.