Tan cerca

Beth Revis · Capítulo 35 de 71

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Tan cerca

36. Amy

La puerta se abre de par en par, y solo cuando tomo aliento me doy cuenta de que llevo un rato sin respirar. Estaba segura de que funcionaría, pero al mismo tiempo no me lo puedo creer.

En la pared de la sala hay siete cubículos y cada uno contiene un traje. Las botas reposan debajo entre una maraña de tubos y cables, y en unos estantes altos se alinean los cascos, resplandecientes a pesar de la fina capa de polvo que los cubre.

Elder se abalanza dentro y recorre con las manos el traje más cercano; el tejido tiene aspecto de papel pintado, pero se desliza entre sus dedos como la seda. Debe de ser una especie de mono interior, porque detrás se distinguen varias piezas rígidas que parecen partes de una armadura de plástico.

—¿Sabes cómo funcionan estas cosas? —dice Elder mirándome con los ojos brillantes.

—Ni idea. ¿Por qué iba a saberlo?

—Bueno, estos trajes son de Tierra Solar y tú vienes de allí.

Suelto una carcajada sin humor.

—¡Toda la nave se fabricó en Tierra Solar, y yo no tengo ni idea de su funcionamiento!

—Pero…

—Mira, un manual.

En la pared hay una gruesa pantalla de vidrio y metal de la que sale un cable; supongo que en otros tiempos funcionaría como guía visual del uso de los trajes, pero ahora el cable está pelado y el vidrio roto. Sin embargo, justo debajo hay un compartimento con un grueso libro negro. Dando gracias mentalmente porque el papel sea tan duradero, lo saco y empiezo a hojearlo. Solo un tercio de las páginas están en inglés, y lo que pone es tan complicado que me pongo bizca solo de leerlo. Al llegar a la parte final del libro, suelto una exclamación de alegría: es una guía ilustrada paso a paso. Supongo que los diseñadores de la nave quisieron asegurarse de que sus tripulantes pudieran utilizar los trajes aunque su lenguaje evolucionara.

Al ofrecerle el manual a Elder, advierto que tenía otro libro debajo, tan pequeño que quedaba completamente oculto.

—¿Qué es eso? —me pregunta sin prestar demasiada atención, absorto en los diagramas que tiene ante los ojos.

—El Principito —leo en voz alta, preguntándome si contendrá algún mensaje de Orion.

Al examinarlo veo que la esquina de una hoja está doblada, así que lo abro por ahí. Los colores están desvaídos por el tiempo, pero aun así logro distinguir el dibujo: es una especie de rey gigantesco, vestido con una túnica de estrellas, que está sentado sobre un pequeño planeta.

Debajo hay un párrafo con una frase subrayada una y otra vez:

A mí —dijo el Principito— no me gusta condenar a muerte.

—Vaya, qué alentador —murmuro.

La frase me trae a la cabeza la forma en que amenacé ayer a Luthor; está claro que el principito no había conocido a nadie como él. Miro a Elder. Debería contárselo, pero ahora no es el momento de hacerlo.

Algo cae del libro y al recogerlo veo es que un papel doblado. Lo abro y las manos me tiemblan al reconocer el tacto sedoso del papel.

Es el soneto XXX, el que se perdió. O el que robaron.

Además del poema, en la hoja se ven muchas rayas y una nota.

—Mira esto —digo volviéndome hacia Elder.

Pero no me hace caso: los trajes absorben toda su atención. Se me escapa una sonrisa. Parece un niño al que le hayan dicho que puede elegir todos los helados que quiera. Me guardo la hoja y examino el manual; no voy a lograr que Elder se interese ahora por pistas ocultas en libros antiguos.

—Hay dos tipos de trajes —explico al cabo de un rato—: unos para expediciones largas y otros para expediciones de duración limitada. Los marrones son más ligeros y fáciles de usar, pero solo te protegen durante dos horas como máximo.

—Con eso me vale —responde Elder acercándose a uno de los cubículos.

Cuando descuelga el traje me doy cuenta de que en realidad no es marrón, como mostraba la pintura, sino de un dorado oscuro. Resplandece a la luz escasa de la sala, y cuando Elder lo sacude, del tejido sale una nube de polvo que amortigua el brillo.

—Los trajes de protección limitada tienen una capa interior que bloquea las radiaciones exteriores y limita la baja temperatura —explico—. Encima de esa capa hay que ponerse la coraza exterior, que protege el cuerpo y también sirve de barrera para las radiaciones. Creo que las piezas de fuera se unen solas al colocarlas; cuando están todas en su sitio, hay que ponerse los guantes y las botas. La verdad es que parece simple; siempre pensé que ponerse un traje espacial sería mucho más complicado que esto.

—Bueno, los de protección extensa parecen bastante más complejos. Pero si Orion dice la verdad cuando afirma que el problema es evidente, solo me hará falta ponerme uno de los limitados —dice Elder—. ¿Me echas una mano?

Ya se ha quitado el pantalón y la camisa, que están hechos un gurruño a sus pies, y se está subiendo la cremallera del mono dorado.

—Eh, para un momento. ¡No! —protesto mientras avanzo hacia él.

—¿Qué te pasa?

—¡Que no vas a salir ahí fuera! Quítatelo de la cabeza, Elder. No pienso dejarte salir de la nave con un traje de papel de aluminio que has aprendido a ponerte gracias a un tebeo. No.

—Amy, yo…

—NO.

—Pero…

—¿Es que no te acuerdas de cómo murió Harley? ¡El espacio no es una granja del nivel de alimentación! Te puede matar, Elder. Matar. ¿Y esto? —digo, agarrando un pellizco del tejido dorado entre los dedos y soltándolo de nuevo—. Esto no puede protegerte en condiciones. ¡No puedes enfundarte en un mono y salir de la nave así, sin más!

Elder me lanza una mirada dubitativa, como un niño coartado por una madre hiperprotectora. Me da lo mismo.

—Eres demasiado importante para correr un riesgo así —digo inclinándome hacia él.

—Recuerda la grabación, Amy —responde él con voz grave—. Es la única manera de saber a qué se refería Orion.

—¿Tú no decías que Orion estaba chalado?

—Sí, pero…

—Además, es muy posible que alguien modificara la grabación, alguien que no quería que encontráramos esta sala, y…

—¡Amy, ahora tenemos trajes! ¡Imagínate! —me interrumpe Elder, emocionado ante la perspectiva de salir a las estrellas.

Sin embargo, a mí esto me asusta tanto como a él le emociona.

—¡Los trajes no cambian nada! —digo, aunque en el fondo sé que los trajes lo cambian todo—. Deja que salga yo, Elder —susurro—. Y si no yo, otra persona. No puedes arriesgarte tanto.

Elder me mira con una sonrisa de oreja a oreja; ahora sí que me siento como una madre que presenciara cómo su hijo de dos años se dirige en línea recta hacia una hoguera.

—Ah, esto me conmueve —dice—. Veo que en el fondo te preocupas por mí.

—¿Serás…? ¡Pues claro que me preocupo por ti, idiota!

Acerca su cara a la mía con un gesto rápido y me da un beso en la frente.

—Entonces ayúdame a ponerme este trasto.

Suelto un gruñido de impotencia, pero está claro que no puedo detenerle. Tendré que conformarme con ayudarle a ponerse el traje lo mejor posible. Me viene a la cabeza una película que vi hace mucho en Tierra Sol… en la Tierra, sobre un caballero al que su dama ayudaba a ponerse la armadura. La dama introducía un pañuelo en la coraza, una prenda de amor para que el caballero se acordara de ella. Yo no tengo ningún pañuelo a mano y ni siquiera estoy segura de amar a Elder, pero le ajusto las piezas del pecho con tanta energía que se le escapa un gruñido de protesta.

Vuelvo a mirar el manual: no me acaba de entrar en la cabeza que alguien pueda salir al espacio solo con unos leotardos dorados y un cascarón de plástico. Sí, sabía que el equipamiento de los astronautas había avanzado mucho desde los trajes de michelín del siglo veinte, pero esto más parece un disfraz que otra cosa. Aunque es verdad que, en los vídeos que me enseñaron antes de embarcar acerca del ensamblaje de la Fortuna en el espacio, los obreros llevaban trajes parecidísimos a este.

Elder se enfunda una bota y luego la otra. Le llegan a media pantorrilla. Cuando pulso los botones que tienen en la parte superior, el tejido se pega completamente a sus piernas. Ya calzado, avanza un poco tambaleante hasta el centro de la sala y se da la vuelta para que yo lo inspeccione.

—Bueno, parece bastante resistente —admito.

—Solo quedan la mochila y el casco —dice Elder levantando un brazo hacia el estante de arriba.

—Espera, la mochila primero.

Le meto los brazos por los tirantes. En cuanto la mochila queda situada a su espalda, se pega con un chasquido a la coraza.

Enchufo los cables que salen de la mochila en las entradas que hay en el hombro del traje.

—Esto es un subsistema de soporte vital básico, un SSVB —explico mientras encajo un tubo en el casco—. Proporciona todo lo necesario para sobrevivir: aporta oxígeno, expulsa el dióxido de carbono, regula la presión…

Engancho un cable metálico a una arandela que hay en la parte del pecho.

—Y esto es el cordón umbilical que te unirá a la nave. Voy a enganchar el otro extremo a la escotilla; según el manual, hay una pieza especial para asegurarlo.

Elder asiente. Su cara está pálida y brilla por el sudor.

Se me pasa por la cabeza darle un beso por si acaso.

Pero en vez de hacerlo, le encajo el casco en la cabeza y me aseguro de que queda bien sellado. El SSVB solo tiene dos posiciones —encendido y apagado—, así que abro el panel de encendido, lo conecto y vuelvo a deslizar el panel en su sitio.

—Estás respirando oxígeno puro —digo en voz bien alta—. Espera a acostumbrarte antes de salir.

Elder trata de asentir con la cabeza, pero el casco pesa tanto que su cuerpo se dobla por la cintura. Me muerdo el labio, preocupada.

Echo a andar hacia la escotilla exterior y Elmer me sigue con pasos torpes. Cuando llego, engancho el extremo del cable metálico a un gancho que hay en el suelo.

—Vuelve conmigo —susurro junto al casco de Elder; no sé si me oye, pero me da igual.

Regreso al pasillo y cierro la puerta de la sala a mi espalda. Me doy la vuelta para mirar el interior de la sala por el ojo de buey y veo que Elder se despide de mí con la mano.

Tecleo el código lentamente, dejando pasar unos segundos antes de introducir el último número. ¿Estoy haciendo bien? ¿Merece la pena que Elder arriesgue la vida por descubrir el secreto de Orion?

Suena un chirrido metálico: la puerta ya está sellada. Echo una última mirada al traje dorado bajo el que se oculta Elder. Por un instante, me invade el deseo irracional de arrancar el panel de la pared para que no se abra la escotilla exterior.

Demasiado tarde: se ha abierto.

Elder ya no está.