Tan cerca
15. Elder
No ha dado ni dos pasos cuando Doc me llama por el intercom.
—¿Dónde estás?
—Saliendo del archivo.
—Bien. Ven a la pared que da al jardín.
—¿Por qué?
—No puedo explicártelo. Tú ven.
—Pero quería hablar con…
—¿Con Amy? —pregunta, haciendo hincapié en cada sílaba.
Exacto. El arranque de ira de Bartie y el destrozo de mi retrato me han recordado que Amy es una de las pocas habitantes de esta nave del frexo que no está esperando para verme fracasar. Tengo que pedirle perdón una vez más por haberla llamado anomalía; quiero decirle que, necesite lo que necesite para sentirse a salvo en la Fortuna, yo se lo daré. Que si lo único que consigue devolver la alegría a sus ojos es despertar a sus padres, quizá debamos hacerlo. Y aunque esto último no puedo decírselo, quiero mirarla a los ojos para que se dé cuenta de que lo haría gustoso si pudiese.
Mi silencio contesta la pregunta de Doc.
—Elder, este es tu trabajo. No puedes decidir cuándo eres Eldest y cuándo no. Eres Eldest a todas horas, aunque no hayas aceptado llamarte así.
Ya: la reprimenda que estaba esperando.
Dejo escapar un suspiro.
—Vale. Enseguida estoy ahí.
Kit, la aprendiz de Doc, se reúne conmigo en el jardín. Doc no quería tener un aprendiz, pero dada su edad, no tardará mucho en necesitar a alguien que lo sustituya, así que yo insistí. De todos los enfermeros que solicitaron la plaza, Kit fue la que me pareció más adecuada. No es la que más sabe de medicina —Doc siempre está quejándose de que aprende muy despacio—, pero es la que mejor sabe tratar a la gente, y a mí me parecía que Doc necesitaba trabajar junto a alguien más humano. A él no le gustó mi decisión, pero la acató.
—Gracias por venir —dice Kit—. No sabíamos qué hacer.
—¿Qué pasa? —pregunto, avanzando junto a ella por el camino. Pasamos junto a los parterres de hortensias y el estanque hasta llegar a la pared metálica que hay al otro lado del jardín.
Doc está sentado en el césped; por una vez, no parece importarle que se le manche la ropa.
Frente a la pared hay una mujer arrodillada. Me recuerda a algunas fotografías de gente rezando en Tierra Solar: está inclinada hacia delante y tiene la cara apoyada en la pared metálica. Sus manos descansan en el suelo, con las palmas hacia arriba.
—No quiere levantarse —dice Doc.
Me agacho a su lado.
—¿Qué le pasa?
Doc niega con la cabeza en un gesto de perplejidad.
—Que no quiere levantarse.
Apoyo la mano en la espalda de la mujer. No se mueve. Es más, ni siquiera advierte mi presencia. Le pongo la mano en el hombro y tiro de ella suavemente hasta que se incorpora un poco y se sienta sobre los talones.
Su cara me suena mucho.
Siempre me esfuerzo por recordar la cara y el nombre de todos los habitantes de la nave, pero no puedo: son demasiados. Pero a esta mujer la conozco.
Ya está: se llama Evalee y trabaja en la ciudad, en el distrito de almacenaje de comida. Viví una temporada con su familia cuando era pequeño, no recuerdo exactamente cuándo. No creo que ella tomase fidus cuando yo vivía con su familia, pero sé que empezó a tomarlo más adelante, cuando le hice una visita antes de mudarme al nivel de mando. Aun así, siempre se portó bien conmigo. Me puso ungüento en la mano cuando me quemé mientras aprendía a enlatar judías, y pasó por alto que llorase, aunque yo ya era lo bastante grande para saber que no debía llorar por una quemadura tan pequeña.
—Evie —digo—. Soy yo, Elder. ¿Qué te pasa?
Me mira, pero sus ojos parecen tan muertos como si aún estuviese drogada, o más muertos aún. Levanta una mano y, sin girarse, araña la pared que tiene delante.
—No hay escapatoria —susurra.
Lentamente, vuelve la cabeza de nuevo hacia la pared y, como una niña que hundiese la cara en la almohada, apoya el rostro en la superficie metálica. Su mano baja lentamente por la pared, arañándola tan suavemente que apenas se oye. Cuando llega al suelo, la deja muerta con la palma hacia arriba.
Doc me mira con expresión grave.
—¿Qué le pasa? —pregunto.
Frunce los labios y respira hondo.
—Es una de mis pacientes; sufre de depresión. Desapareció ayer. Creo que ha estado recorriendo el perímetro de este nivel hasta que se ha cansado y se ha parado aquí.
Miro los pies de Evie. Están teñidos de marrón rojizo, y bajo las uñas se le acumulan unas líneas oscuras de barro.
—¿Qué podemos hacer? —pregunto.
En realidad, lo que quiero saber es si todos reaccionarán igual cuando averigüen que la nave se ha detenido. Siempre pensé que lo peor que podía pasar era una rebelión; pero esta depresión, esta muerte interior, me hace sentir vacío. ¿Qué sería mejor, destrozar la nave en un arrebato de ira o arañar las paredes en silencio hasta dejar de respirar?
Doc mira a su aprendiz. Kit se mete la mano en el bolsillo de la bata y saca un mediparche verde pálido.
—Por eso te he llamado —dice Doc mientras Kit me entrega el parche—. He desarrollado un nuevo medicamento para los pacientes depresivos.
Le doy la vuelta al parche. Los hace Doc con ayuda de algunos navegadores del laboratorio de investigación química. En un lado hay cientos de agujas diminutas, adheridas como limaduras metálicas a una cinta adhesiva; cuando el parche entra en contacto con la piel, se clavan e inyectan sustancias.
—Úsalo —digo dándoselo a Doc.
Él agarra el parche por los bordes para evitar las agujas.
—Tengo que pedirte permiso. Quería que vieses con tus propios ojos por qué es necesario, pero tengo que pedirte permiso. Para hacer los parches he utilizado fidus.
Me vuelvo hacia él. ¿Fidus? Le dije que destruyese todas las reservas. Está claro que no me hizo caso… y que no me teme lo suficiente para mentirme y decirme que ha obedecido mis órdenes.
Al menos, tiene la chulza suficiente para pedirme permiso antes de usarlo.
Kit se remueve a nuestro lado, nerviosa; hasta Doc parece preocupado por mi reacción. Evie, con la cara aplastada contra la pared metálica y los pies llenos de barro y durezas, es la única a quien no le importa.
—Úsalo —repito poniéndome en pie.
Doc aplica el mediparche y Evie suelta un suspiro en cuanto la sustancia química le entra en el cuerpo. Doc le pide que se levante y lo siga al hospital y ella obedece en silencio.
Los sigo. El vacío interior de Evie es aún peor que la falta de voluntad que mostraban los alimentadores cuando aún tomaban fidus. Me acuerdo de los ojos de Amy, apagados y muertos por la droga. Doc dijo que el fidus le había causado una reacción imprevisible y exagerada. ¿Estará sufriendo Evie una reacción imprevisible por dejar de tomarlo?
—Llévala a una de las habitaciones de la cuarta planta —le indica Doc a Kit.
Mientras Kit conduce a Evie al ascensor, fulmino a Doc con la mirada.
—Ahora en la cuarta planta solo hay pacientes normales —me asegura Doc; sabe que estoy pensando en los mayores, en cómo los mataba por orden de Eldest para hacer sitio a la gente joven—. ¿Quieres que te entregue ahora mi informe semanal, ya que estás aquí? Podemos ir a mi despacho.
Asiento y lo sigo en silencio hasta el ascensor. Al llegar a la tercera planta nos bajamos los dos y dejamos que Kit y Evie sigan hasta la cuarta. Mientras Doc camina hacia su despacho, yo me detengo ante la puerta de Amy. Me gustaría entrar y pedirle disculpas una y otra vez hasta que las acepte. Pero giro a la izquierda y entro en el despacho de Doc.
—En el hospital estamos muy ocupados últimamente —dice Doc—. Esta es la primera vez que vengo al despacho en dos días. Siento mucho el desorden.
Resoplo. El despacho parece inmaculado, pero Doc se pone a arreglar los papeles que hay sobre la mesa igualmente.
No obstante, tiene razón: la plantilla del hospital está más ocupada que de costumbre. Magulladuras y cortes ocasionados en peleas; heridas causadas por máquinas agrícolas mientras los operarios estaban distraídos por culpa de ensoñaciones inútiles, que nunca se les habrían ocurrido de haber seguido tomando el fidus; incluso hay varios heridos por hacer tonterías solo para demostrar la chulza que tenían. Otros casos, los más curiosos, son personas que se hacen daño a sí mismas o a los demás, solo porque de repente tienen la capacidad de sentir, y hacen cualquier cosa con tal de sentir algo.
Hace unos días, Amy me dijo que se podía medir la velocidad a la que se desvanecen los efectos del fidus contando los pacientes que acuden al hospital cada día.
Algo se me revuelve por dentro al pensar en ella. Estará al otro lado del pasillo, sentada en su habitación, concentrada en odiarme.
—Mi informe —dice Doc deslizando un flexible sobre la mesa mientras se sienta.
—¿Se pondrá bien Evie? —pregunto antes de examinarlo.
Doc asiente con la cabeza.
—Le he administrado un mediparche como cualquier otro, solo que la sustancia que contiene es un derivado del fidus. Es lo bastante fuerte para actuar de inmediato. En cualquier caso, también he desarrollado un mediparche que lo contrarresta, por si acaso.
Aunque el uso del fidus en cualquier forma me sigue pareciendo nocivo, decido dejarlo estar. Al menos, ahora hay un antídoto.
Por un momento me planteo si decirle a Doc que la nave está parada. Si Eldest lo hubiera sabido, se lo habría contado. Pero ni yo soy Eldest, ni Doc no es amigo mío. En lugar de abrir la boca, le echo un vistazo al informe que acaba de pasarme.
INFORME MÉDICO DE LA NAVE
Población actual: 2763
Fluctuación demográfica: –2
Jordee (ganadero): suicidio
Ellemae (operaria de invernadero): complicaciones en heridas
externas
Enfermedades y lesiones:
+3: infección causada por lesiones previas
+18: gastroenteritis por preparación indebida de alimentos
+6: accidentes laborales
+9: violencia y heridas autoinfligidas
+43: problemas relacionados con el alcohol (intoxicación,
lesiones, etc.)
+24: desnutrición
+63: sobrealimentación
Problemas de salud mental:
–1: depresión (mismo nivel): acaparamiento
+6: hipocondría
+2: comportamiento sexual anormal
Notas médicas:
+2: embarazos
Hago clic en las muertes, leo los nombres y los memorizo. Porque el fondo de la cuestión es esto: si yo no hubiese cortado el suministro de fidus, Jordee y Ellemae seguirían vivos. Y aunque se puede opinar que es mejor una vida corta con sentimientos que una vida larga sin ellos, los muertos no pueden contarme su versión de la historia.
Me detengo en los desnutridos y los sobrealimentados. Estoy seguro de que tiene que ver con los casos de acaparamiento. Hay gente que teme que la comida se acabe dentro de algún tiempo y prefiere guardarla a comérsela. Otras personas comen tanto como pueden antes de que se agoten las reservas.
Me viene a la mente la advertencia de Bartie: las revoluciones se fraguan en los estómagos de la gente.
—¿Dos nuevos embarazos? —pregunto al llegar al final del informe.
Doc agarra el flexible y lo lee, aunque tiene que saber lo que hay escrito.
—Ah, sí —contesta—. Las dos vivían en el pabellón y prefirieron no participar en la época reproductora. Sin embargo, después han decidido procrear y…
—Doc —le interrumpo—. La época reproductora no es un método demasiado eficaz para aumentar la población de la nave, ¿verdad?
Apaga el flexible, lo deja sobre la mesa y le da varios toques hasta dejarlo perfectamente alineado con el borde de la mesa.
—Pues… eh… ¿por qué lo dices?
Me inclino hacia delante y me siento en el borde de la silla.
—Antes pensaba que la época reproductora era la manera natural de hacer las cosas, igual que se aparean los animales cuando les toca. Sin embargo, está claro que la época reproductora no es algo natural en los humanos. Se supone que llevamos años intentando recuperar el nivel de población de antes de la epidemia, ¿verdad? Pero si es así, la época reproductora no tiene sentido. El que solo haya una época reproductora por generación no hace más que reducir la población…
Mi voz se va apagando, pero Doc no dice nada. Cuanto más lo pienso, más me convenzo de ello: la época reproductora es un método descabellado si lo que realmente se quiere es reconstruir la población.
—Bueno, durante varias generaciones hubo dos épocas reproductoras —aduce Doc al fin—. Y en cualquier caso, hacíamos que muchas parejas tuviesen partos múltiples.
Durante unos segundos, nos miramos fijamente.
—Todo empezó hace unas generaciones —reconoce Doc por fin con voz sorda, como si estuviese confesándome un pecado—. Pensamos que sería bueno ralentizar el ritmo de crecimiento de la población; bastantes problemas teníamos ya para producir alimentos.
—¿Y qué pasará cuando la producción de alimentos no sea suficiente?
Doc me mira en silencio. Sé que está intentando decidir si contestarme o no. A los navegadores puedo exigirles la verdad; sé que me la dirán. Pero con Doc no me queda más remedio que confiar en que me la diga. Doc aprobaba el uso que hacía Eldest del fidus, y también apoyaba los métodos de Orion; después de todo, fue él quien mantuvo con vida a Orion cuando Eldest le ordenó matarlo. Pero creo que aún no ha decidido si soy un buen sustituto de cualquiera de esos dos hombres.
Al cabo de un rato que se me hace eterno, suspira: parece haber decidido que puede confiarme la verdad. Al menos, en este caso.
—Eldest ya lo había pensado. Tenemos almacenados más de tres mil mediparches negros —contesta por fin.
—¿Negros? —pregunto. Nunca he visto mediparches negros.
Doc asiente con gesto cortante.
—En el caso de que la nave no pueda mantener a su población, los parches negros serán distribuidos a todos sus habitantes.
Ya entiendo qué son los parches negros: la garantía de una muerte rápida.