Tan cerca
58. Amy
Nunca he corrido tan rápido como en el camino desde el ascensor hasta el tubo gravitacional. Y sin embargo, presiento que no voy a llegar a tiempo.
Cuando al fin logro que me dejen pasar en la sala de energía, suena una explosión al otro lado de la puerta, en la sala de máquinas.
Chillidos.
La sala de energía, que está llena de gente, cae en una especie de horror mudo. La puerta se hunde hacia dentro igual que si un monstruo tirara de ella, pero el metal reforzado aguanta. Aun así, mucha gente sale de su estupor y echa a correr en dirección opuesta para ponerse a cubierto, convencidos de que la nave los protegerá aun cuando se está desgarrando ante sus ojos.
Los demás contemplamos la puerta, inmóviles.
En las esquinas de las paredes y el techo empiezan a brillar luces rojas intermitentes. Por la megafonía suena una voz femenina que dice en tono casi alegre: «Rotura de casco en el puente».
Todos esperamos. Una mujer abre la boca para decir algo, pero la fulmino con la mirada y desiste. Escuchamos el silencio, preguntándonos si habrá alguien vivo al otro lado de esa puerta.
Si estará Elder.
Algo golpea una hoja de la puerta. Una mujer grita y un hombre suelta un taco desde el pasillo de detrás. La puerta vuelve a sacudirse, pero ya no parece como si un monstruo quisiera arrancarla de cuajo. Ahora da la impresión de que alguien trata de abrirla desde dentro.
Por un resquicio aparece una mano.
—¡Están vivos! —grita la mujer.
Como si nos hubiera dado el pistoletazo de salida, todos nos abalanzamos hacia la puerta, metemos los dedos por la grieta y tiramos para forzar el mecanismo averiado. La puerta cede unos centímetros. Redoblamos nuestros esfuerzos hasta que la hoja se desliza hasta el final con un chirrido.
Lo primero que veo es la sangre que gotea de un desgarrón en su hombro y colorea su piel tostada. El flequillo sudoroso se le pega a la frente. Aparta de un manotazo los fragmentos de un mueble y entra tambaleándose en la sala de energía.
—Elder —digo en un susurro roto.
Aunque las lágrimas me cosquillean en los ojos, no permito que caigan. He estado a punto de perderlo otra vez. Solo cuando vi ayer su cuerpo inmóvil frente a la escotilla me di cuenta de lo mucho que me importaba, pero ni siquiera entonces supe poner nombre a mis sentimientos.
Una parte de mí rechazó a Elder cuando me di cuenta de lo mucho que yo significaba para él. Esa parte entretejió palabras en mi alma, ideas como «duda», «desconfianza», «deseo» o «riesgo». Pero esas palabras se han ido desgarrando como hebras que cedieran en una tela ya raída.
Y ahora, al ver su rostro lleno de pesadumbre, dejo de pensar con palabras.
Detrás de él, los navegadores recorren la sala. Algunos gritan de alegría al descubrir a compañeros supervivientes, otros se lamentan en voz alta por los que han muerto al otro lado de la puerta sellada.
Pero yo solo quiero mirar a Elder. Sus ojos encuentran los míos.
Me tiemblan las manos; todo mi cuerpo está trémulo. Me gustaría lanzarme a su encuentro, pero no puedo moverme. Es él quien se mueve primero: atraviesa renqueando el umbral —¿por qué cojea?— y me abraza con fuerza. Me derrumbo contra él.
—Dios mío, Elder… —murmuro contra su pecho. No parece gran cosa, pero para mí es una plegaria.
Él me acaricia el pelo. El mundo gira vertiginoso alrededor de nosotros: gente que entra y sale de la sala de máquinas, gritos, sollozos…
—¿Cómo lo supiste? —pregunta Elder con la nariz enterrada en mi pelo.
Su pregunta —una sucesión lógica de palabras razonables— está tan lejos de lo que siento en este momento que al principio no la entiendo. Me despego de él para mirarle a la cara, y él me pasa un brazo por los hombros y me conduce entre la gente hasta salir de la estancia. Nos detenemos en un rincón tranquilo del pasillo. Por encima de su hombro atisbo cómo el caos causado por la explosión amaina poco a poco. Kit ha llegado con un equipo de enfermeros que llevan a los heridos a un lado de la sala y hacen salir a los demás. Varios ingenieros examinan la puerta del puente para asegurarse de que está bien sellada.
—La explosión… —dice Elder estrechándome de nuevo—. Tú lo sabías, ¿verdad? Viniste para avisarme.
—Encontré otra grabación de Orion en el arsenal.
—Orion… ¿Fue él quien hizo esto? —pregunta Elder, confuso; aún no se ha recuperado del todo de la explosión.
—No, no fue él. Pero hay otra persona, alguien que ha visto todas sus grabaciones y conoce las claves de las puertas bloqueadas. Creo que Orion pretendía decirnos cómo abandonar la nave, pero alguien averiguó su secreto antes que nosotros y está tratando de ocultarlo para siempre.
Le ofrezco a Elder el último flexible que he encontrado. En la primera grabación, Orion afirmaba que había que tomar una decisión y la ponía en mis manos. En esta, sin embargo, suena casi tan inseguro como en la escena que grabó justo después de escapar de Eldest. El planeta asustaba a Orion; claramente, quien ha colocado la bomba cree que sus miedos son fundados y está dispuesto a todo con tal de evitar que aterricemos. Y por ahora ha tenido éxito: tras la explosión del puente, no creo que podamos llegar a Tierra Centauri, por cerca que nos encontremos.
Elder se concentra en el mensaje de Orion. Su rostro muestra una expresión complicada, una mezcla de pena, ira, desconfianza y algo que tal vez sea dolor. Pero cuando yergue la cabeza y sus ojos se encuentran con los míos, no veo nada en ellos.
—Esto ya no tiene importancia —dice—. Sin el puente de mando, no podemos ir a ninguna parte.
Tal vez le hiciera falta decirlo para convencerse de ello, porque en cuanto las palabras abandonan su boca, parece derrumbarse. Los dieciséis años que ha pasado atrapado en esta nave y las décadas que le quedan en ella lo golpean como un mazazo. Ahora todo recae sobre sus hombros: la nave, la gente, los muertos, la desesperanza… Y de pronto me doy cuenta de que hace años que acarrea ese peso.
Elder vuelve la cabeza hacia la sala de máquinas.
—Shelby se quedó allí —dice—. En el puente de mando.
Y solo con esas dos frases, el estómago se me retuerce de puro terror. Intento aislar el miedo, ahogarlo en las aguas de mi alma, agarrarlo y dejarlo sumergido hasta que deje de debatirse.
—¿Por qué? —murmura Elder mirándome a los ojos.
No pregunta por qué han volado el puente. Lo que pregunta es cómo han podido sacrificar a personas como Shelby para hacerlo.