Tan cerca
60. Amy
El corazón me retumba en la garganta y tengo ganas de vomitar. He estado tan preocupada por otras cosas —Elder, los asesinatos, el secreto…— que casi olvido la más importante: mis padres.
Atrapados en el hielo, durmiendo en sus cámaras del nivel inferior.
Indefensos.
Me lanzo por las escaleras, apoyándome en la barandilla para bajar los peldaños de dos en dos. Cuanto más bajo, más espeso se hace el humo. Tiene un olor fuerte como de metal quemado, tan penetrante que me corta la lengua. En el aire flota un polvillo amarillento que pica como un enjambre de avispas. Me lo sacudo con las mangas y me subo el cuello de la blusa hasta cubrirme la boca y la nariz. Espero que el pelo me proteja el resto de la cabeza y la cara.
Resbalo en la arista de un escalón, pero me agarro al pasamano y consigo evitar la caída. Justo a tiempo: dos peldaños más allá, se abre el vacío.
Me inclino hacia delante con cuidado. Tal como sospechaba, la bomba ha estallado en el ascensor que une el nivel de criopreservación con el hospital. La explosión ha destrozado las escaleras de chapa con tanta facilidad como si fueran de papel.
El nivel inferior ha quedado aislado.
Durante un momento de locura, me planteo si saltar. No creo que esta escalera lleve directamente al nivel inferior, porque algo más abajo se adivina una superficie de metal; supongo que en alguna parte habrá una trampilla que permita seguir descendiendo. Entre la escalera y el ascensor hay una columna muy gruesa en la que me parece ver una escotilla. Pero el polvo amarillento me impide distinguir los detalles, y todas las superficies que veo están llenas de picos. No, no creo que deba saltar.
Examino el panorama, con los ojos llorosos por el humo, pero no veo más que un revoltijo de chatarra, vigas retorcidas y remaches reventados.
La garganta me arde y toso, preguntándome qué me estará haciendo por dentro ese polvo amarillo. Hace frío aquí, más que en cualquier otra parte de la nave.
Me doy la vuelta y subo por donde he venido. El corazón me retumba en los oídos y estoy empapada en sudor. Jadeo recordando cómo Victria creyó asfixiarse abrumada por la idea de salir de la nave. Ahora me invade el mismo pánico, pero el mío está causado por el miedo de quedarme atrapada para siempre entre estas paredes.
Al llegar al nivel de alimentación, veo que Elder está frente al archivo, rodeado de gente, y me abro paso hasta él. No me molesto en ser educada: aparto a la gente a codazos sin hacer caso de sus protestas, y al llegar a Elder, le agarro de un brazo y le obligo a alejarse conmigo hasta un rincón.
—No he podido llegar al nivel inferior —le digo, y luego le cuento todo lo que he visto.
Él asiente como si ya se lo esperara. Su mirada está vacía.
Él perdió la esperanza al ver lo ocurrido en el puente. Yo acabo de perderla al ver su mirada.